NIGHT LIFE: STUDIO 54, LA FIESTA INOLVIDABLE

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Veinte años después de cerrar sus puertas, todavía queda la resaca de la fiesta más larga, intensa, provocadora y escandalosa de todos los tiempos. La que tuvo lugar en la mítica discoteca Studio 54 de New York, desde su fundación en 1977 hasta su cierre definitivo en 1986. Ni antes ni después, ningún centro nocturno puede vanagloriarse de haber contado entre sus más asiduos clientes a las personalidades más cool, bellas e influyentes del mundo. De la euforia al silencio, la historia completa del club más famoso del planeta.

TEXTO: Héctor Velarde / Fotos: AP

Elton John en Studio 54

Un jovencísimo Elton John en Studio 54, en el año 1977.

Frank Sinatra, Donna Summer, David Bowie, Cher, Andy Warhol, John F. Kennedy Jr., Richard Gere, Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stallone, Elton John, Madonna, Mick Jagger y su esposa, Jerry Hall, Elizabeth Taylor, Brooke Shields, Warren Beatty, Calvin Klein e incluso Pelé. La lista es interminable. Durante años, los más cool de la Gran Manzana y el jet-set de las grandes estrellas decían que uno no era nadie si no era admitido en Studio 54. El secreto para lograr semejante honor era tener un “good looking”, como decía Steve Rubell, uno de los propietarios y el principal responsable del éxito de Studio –como le llamaban, a secas–. “No importaba ser un Don Nadie si uno era bello”. Se podía ser pequeño, regordete y poco atractivo como Truman Capote, pero si del escritor se trataba, las puertas de la discoteca siempre estaban abiertas. La leyenda cuenta que la pista de baile se partía en dos cada vez que llegaba el autor de A sangre fría y Desayuno en Tiffany’s, “como si fuera el profeta Moisés partiendo las aguas para salvar al pueblo judío”, contaba Steve. Aún hoy resulta difícil separar el mito de la realidad, sin embargo la leyenda en torno de Studio 54 es muy justificada en muchos sentidos: Studio fue algo más que juerga y desmadre. La discoteca y sus dos creadores, Steve Rubell e Ian Schragerm, fueron precursores de una subcultura urbana y un estilo de vida que desde los años ’70, poco a poco se ha ido imponiendo en los Estados Unidos y el mundo. Studio fue uno de los primeros espacios en juntar las vidas nocturnas homosexual y heterosexual. Además fue clave en el crecimiento de la música disco y los clubes nocturnos, y reunió en sus instalaciones a gente de toda condición social. Mujeres, hombres, ricos, pobres, gays, negros, latinos, asiáticos y blancos. Aunque la disco estaba noche a noche llena de ricos y famosos, también vendía la ilusión, al resto de mortales, de que sus fiestas paradisíacas y hedonistas podían también estar a su alcance, si lucían adecuadamente.

EL HOMBRE EN LA LUNA

Studio 54 New York

Para entrar al paraíso de Studio 54, había que ser muy célebre. O muy hermoso.

Probablemente, ninguna imagen expresaba mejor el espíritu irreverente del Studio que la que decoraba su escenario principal: un hombre en la Luna inhalando cocaína. A finales de los años ’70 todavía se oían las protestas y la rebeldía de los ’60 y también, por supuesto, el gran hito de la historia americana: la llegada del hombre a la Luna. Los valores tradicionales no tenían cabida en este recinto, y con la inmensa fotografía sus autores se burlaban y enfrentaban al conservadurismo y la cultura oficial norteamericana. Steve Rubell dijo alguna vez que se consideraba a sí mismo un filósofo más que un empresario nocturno y que su poeta favorito era William Blake. Quizá no fuera verdad, sino parte del esnobismo neoyorquino tan famoso –gracias a Woody Allen, en parte, quien también frecuentaba el local junto a su esposa Mia Farrow–. De todos modos, esta declaración culta dice mucho de la atmósfera que se quería mostrar e imponer desde Studio 54. El edificio en donde estaba ubicado el Studio 54 fue, antes de convertirse en discoteca, un estudio de televisión abandonado de la cadena CBS, en la calle 54 en Manhattan, cerca de Times Square. En la década de 1940, la CBS lo usó como estudio de radio y luego de televisión (y lo bautizó Studio 52, aun cuando estaba en la calle 54, ya que tenía otros 51 estudios funcionando), hasta que simplemente dejó de usarlo y lo abandonó por años. Muchos años antes, en 1927, había sido ocupado por el Teatro Gallo Opera House. Luego, en 1930, se llamaría New Yorker Theater, y en 1933 se convirtió en un night-club restaurante conocido como Casino de París. Tres años después cambiaría nuevamente de nombre para llamarse Palladium Theatre, y, en 1937, sería el Federal Music Theatre. Finalmente, en 1977, Steve Rubell e Ian Schrager, dos jóvenes empresarios con experiencia en night-clubes y restaurantes, decidieron que éste era el local ideal para hacer realidad sus sueños, ya que estaba muy cerca de los más prestigiosos teatros de Broadway, en el corazón de Manhattan. A una semana de haber visto el teatro firmaron el contrato de alquiler. La década de 1970 fue una época de transición, entre los ’60, marcados por las protestas y la psicodelia, y los años ’80, testigos de la llegada de Ronald Reagan al poder, y con él, de una derecha religiosa y conservadora que no toleraba las licencias morales de las últimas dos décadas en los Estados Unidos. La confluencia de ambos factores hizo que Studio 54 se convirtiera en una especie de oasis donde, protegidos por las paredes, luces y música, sus clientes se sentían, al menos por unas horas, liberados del conservadurismo y también del compromiso social, las revueltas y protestas contra la guerra de Vietnam y a favor del amor libre. Era preferible no pensar demasiado y sólo pasarla bien con las “right peoples”, como le gustaba decir a Steve Rubell.

NOCHES MAGICAS

Steve Rubell y su abogado Studio 54

Steve Rubell y su abogado, en juicio por evasión de impuestos.

Para eso, Studio ofrecía un menú envidiable: la música del momento, los conciertos más espectaculares, la gente más extravagante y hermosa, una total discreción, pero sobre todo una permisividad absoluta para la promiscuidad sexual, las drogas y el alcohol, que eran la gasolina de un motor que no se detenía nunca. La fecha de inauguración fue el 26 de abril de 1977. Los socios gastaron más de 700 mil dólares, en 7 meses, para acondicionar el local. Desde la primera noche se repitió una regla fija hasta el cierre definitivo del local: Studio 54 se reservaba el derecho de admisión. Sus dueños se preocuparon, desde el principio, por tener siempre una lista de invitados deslumbrantes, pero como ellos no podían ser su única clientela, los mezclaron con gente común. Este trabajo se lo encargaron a Carmen D’Alessio, anfitriona de lujo, con excelentes contactos gracias a su amistad con Andy Warhol y lo más in de NY. Era una joven de la alta sociedad peruana que contaba, antes de abrir la disco, con las mejores relaciones sociales, gracias a su íntima amistad con gente del jet-set internacional, a quienes invitaba a su apartamento de Manhattan para mostrarles un cuadro dedicado por Warhol. Carmen solía decir, sin modestia: “Mi agenda tiene los 8 mil mejores nombres del mundo. Yo conozco a todo el mundo: los bellos, los ricos, todos ellos son mis amigos”. Años después, en tono jocoso, diría que si Steve e Ian no habrían sido los dueños, tampoco a ellos les hubiera permitido entrar porque eran feos. Steve notó el talento especial de esta peruana que hablaba cinco idiomas, que había vivido en Inglaterra y Francia, que acostumbraba pasar veranos en Ibiza y viajar en avión privado cada vez que regresaba al Perú por Navidades, y decidió reclutarla en su proyecto. No se equivocó, y al poco tiempo declaró a la prensa: “Todas las estrellas la conocen, la aman”. Fue ella misma quien presentó a los dueños de la discoteca con el artista Joe Eula, diseñador del famoso logo que se convirtió en un ícono de los años ’70. Como ellos decían, la idea era “hacer una ensalada mixta noche a noche”, sin importar, según Ian, que “tocara la puerta de Studio un millonario petrolero de Texas. El no entraba si no tenía el look y la actitud correctos”. ¿Cuál era el look correcto? Alguna vez le preguntaron a Steve –que solía pararse en la puerta del local y señalar con el dedo a quien tenía el honor de entrar– y él respondió: “Odio a aquellos que lucen como John Travolta en Fiebre de sábado por la noche, y también a aquellos que usan sus collares fuera de la camisa. Para ellos, Studio 54 siempre estará cerrado”.

En 1982 la discoteca ya no pertenecía a sus dueños originales, sino a Mark Fleischman. Aún así, Ian y Steve continuaron trabajando como consultores, pero la presión de las autoridades era tan fuerte que poco a poco fue perdiendo la mística que lo caracterizó en los ’70 y las estrellas de Hollywood dejaron de ir.

DOS CEREBROS

Keith Richards y Chuck Berry Studio 54

Keith Richards y Chuck Berry, música disco y cocktails.

¿Pero quiénes eran Ian Schragerm y Steve Rubell, los grandes responsables del éxito de Studio 54? Eran compañeros de cuarto cuando estudiaban en la Universidad de Syracuse. Steve era homosexual e Ian heterosexual, y ambos tuvieron muchos amantes. Este detalle no es gratuito; parte del éxito de la disco fue el borramiento de las diferencias entre los gays y el resto de la gente, al menos en cuanto a diversión se refería. El sótano del club era un oscuro lugar para los encuentros sexuales, al igual que los balcones, que permitían disfrutar de la sensación de estar haciendo el amor encima de los bailarines. Estos espacios estaban, usualmente, reservados sólo para la gente muy importante. Lo fundamental era pertenecer. La leyenda cuenta que en varias ocasiones la discoteca estaba medio vacía y afuera, 500 personas pugnaban por entrar. Pero tanto, Alessia como los propietarios preferían dejar de ganar dinero antes de permitir el ingreso a cualquiera. Aunque Schragerm también tuvo un papel importante en la construcción del mito, especialmente por sus dotes administrativas, fue Steve Rubell el centro creativo del proyecto. Nacido el 2 de diciembre de 1943, era el anfitrión de las estrellas y fue a él a quien se le ocurrieron la mayoría de las extravagancias de Studio, como mantener los balcones del antiguo teatro como espacios privados en donde todo estaba permitido. Era el más alegre y visible de la sociedad, y alguna vez dijo que sus meseros y bartenders eran como actores, y por esa razón él no usaba el término entrevistas de trabajo sino audiciones, cuando se trataba de contratar a nuevos empleados. Tampoco permitía el ingreso de mujeres solas a la disco, por más despampanantes que fueran, ya que no quería que su negocio se convirtiera en un lugar donde se practicara la prostitución. En 1985 fue diagnosticado como portador de HIV, una enfermedad desconocida hasta entonces, pero que estaba diezmando a la comunidad gay. Pocos meses antes de morir comenzó a tomar AZT para contener la enfermedad, pero continuaba consumiendo grandes cantidades de alcohol y drogas, lo que aceleró su muerte. No quiso hospitalizarse hasta poco antes de morir, el 25 de julio de 1989. Ian acompañó a Steve en todas las etapas de su vida, hasta su muerte, e incluyendo la cárcel. Ambos fueron a prisión en 1979 al ser acusados de evasión de impuestos por la suma de dos millones y medio de dólares. A la fiesta de despedida de los socios, antes de entrar a la cárcel, la llamaron: The End of Modern Day Gomorrah. Pasaron 13 meses entre rejas, y durante ese período se cerró la disco. Cuando salieron, en 1981, la vendieron por 5 millones de dólares al empresario Mark Fleischman. Todavía fue muy frecuentado por gente de la farándula, pero ya nada era igual sin la presencia de esta dupla, y cerró definitivamente sus puertas en 1986. A Ian Schrager los negocios siguieron funcionándole muy bien desde entonces: fue uno de los creadores del concepto hotel-boutique, junto a su socio Steve. A la muerte de éste, continuó con los negocios hoteleros e inmobiliarios, y sus trabajos se expandieron a muchos lugares de Estados Unidos y el mundo.

Desde la primera noche se repitió una regla fija hasta el cierre definitivo del local: Studio 54 se reservaba el derecho de admisión. Sus dueños se preocuparon, desde el principio, por tener siempre una lista de invitados deslumbrantes, pero como ellos no podían ser su única clientela, los mezclaron con gente de a pie.

FIN DE FIESTA

Truman Capote Studio 54

Truman Capote, visitante ilustre de la discoteca.

El desfalco por U$ 2.5 millones no fue el único problema que enfrentó el dúo. También eran sospechosos de convertir al Studio en uno de los mayores centros de distribución de drogas de New York. Sin embargo, las luces de Studio 54 continuaban iluminando la noche de Manhattan. Allí, un jovencísimo Elton John, igual que Capote, acostumbraba pellizcar a los chicos que les llevaban los tragos. La prensa de la época decía que todos querían intimar con ellos. A principios de la década de 1980, Studio perdió su licencia de venta de bebidas alcohólicas. La leyenda cuenta que fue Sylvester Stallone quien tomó la última cerveza legal en el club. En 1982 la discoteca ya no pertenecía a sus dueños originales, sino a Mark Fleischman. Aún así, Ian y Steve continuaron trabajando como consultores, pero la presión de las autoridades era tan fuerte que poco a poco fue perdiendo la mística que lo caracterizó en los ’70 y las estrellas de Hollywood dejaron de ir. Los primeros conciertos de Madonna encendieron un poco el alicaído espíritu del Studio. Otra de las razones de la decadencia fue que, durante sus años de apogeo, dentro de esas paredes se vivía un verdadero estado de excepción. Allí los famosos podían dar rienda suelta a sus instintos sin temor a ser pescados por la prensa. En ese punto, Steve y Carmen D’Allesio eran estrictos. Protegían a sus invitados de lujo. Pocos periodistas tuvieron acceso a sus míticas entrañas. En 1986, pleno apogeo conservador del gobierno de Ronald Reagan y con la música disco pasada de moda, Studio 54 dejó de tener a la gente apropiada. Era una disco más, con una clientela común y silvestre. Las deudas acechaban a su nuevo dueño, lo que lo obligó a cerrar sus puertas. Una era terminaba, y las revistas de la época decían: “The party is over”. Años después, Studio 54 volvió a abrir, esta vez como un club nudista en el que los caballeros pagaban 20 dólares por un baile sensual. Como si fuera una maldición, también este negocio quebró, igual que todos los intentos por reflotar el teatro. Recién en los dos últimos años han reabierto sus puertas y ahora funciona como un teatro culto y de lujo. La obra que se presenta actualmente, y con mucho éxito, es la Opera de los tres centavos, por la compañía de teatro Roundabout. Hace dos años, Las Vegas inauguró su propio Studio 54, una imitación exacta del original, con los mismos balcones. A la memoria del original, el verdadero. El refugio de las estrellas que bailaron la década de 1970.


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