Noruega: Un viaje distino

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Aquí un cuaderno de viaje escrito a la vieja usanza, de puño y letra, para compartir y preservar. La llegada a un país distinto, único, quedado en el tiempo o que se despliega en otro tiempo, donde la luz es un bien preciado y en el que la primavera se parece un poco a un invierno crudo. Trenes eléctricos, nieve, mares helados, costumbres singulares y cuentos leídos antes de ir a dormir. Una visita familiar a un país poco familiar sólo en apariencia. Sean ustedes bienvenidos al nostálgico mundo de esta nación del Escudo Báltico.

Texto: Belén Iannuzzi / Fotos: Kathrine Mørkved / Siri Berget / Tor Johnsen / Olaf Svenssen / Johan Olsen / Arinbjørn Ludvigsen / Guthormr Finnsson / Molla Ødegaard / Joshua Nesbø

OperahusetEn la tarde de ayer llegué a Noruega. Mariano, mi hermano mayor, y Lorenzo, mi sobrino, fueron a buscarme al futurista aeropuerto de Oslo. Para llegar hasta su casa, en las afueras de la ciudad, un lugar llamado Bekkestua, tomamos un tren eléctrico que se desliza, tranquilo, a 200 kilómetros por hora. El aeropuerto se encuentra a 80 kilómetros de Oslo.

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Hoy fuimos al Norsk Teknisk Museum (Museo de Ciencia y Tecnología), y después caminamos cuatro kilómetros por Maridalen, una especie de Twin Peaks escandinavo: nieve, hielo, personas grandes y pequeñas haciendo esquí de fondo, caballos con patas peludas.
La primavera noruega me recibe con una temperatura de 3 grados y un sol apenas tibio, como una bombilla de 25 voltios, una luz encendida en un pasillo para que los niños no tengan miedo de noche.

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Fuimos al Munchmuseet (Museo Munch), vimos varias versiones de El grito y tomamos algo caliente en el jardín botánico. Hoy es un día nublado y muy frío.
Creo que no es tan normal la gente acá: desayunan pescado en soda cáustica (lutefisk) antes del amanecer.

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Nos despertamos a las siete de la mañana en punto con el jardín de la casa nevado; parecía que alguien había esparcido azúcar impalpable sobre los pinos. Desayunamos, caminamos por el bosque. Después del segundo puente nos encontramos con la escuela de Lorenzo. Nos damos cuenta porque está lleno de pomponcitos blancos con mamelucos de colores que saltan en la nieve antes de que suene la campana y deban entrar a clase.
El Norskehavet (mar de Noruega) es triste, se ve gris y congelado. Pasamos por la Fortaleza de Akershus, un castillo medieval que fue escenario de la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial. Hay un panteón levantado en el lugar preciso donde ejecutaron a diez intelectuales noruegos.
Por la ventana del bus, de regreso a la casa de mi hermano, miro Oslo con ojos de asombro: los edificios chatos con ventanas amplias y luminosas; en los escalones de las entradas a las casas, los bares, los restaurantes, hay velas encendidas. Los noruegos literalmente adoran la luz que tan poco tienen.

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Escribo en una habitación que mira a un bosque del que podrían salir personajes de una novela de Henning Mankell, aunque sea un escritor sueco; los noruegos y los suecos son primos hermanos. El gato vikingo ronronea, el cielo está azul eléctrico, lo más oscuro que se pondrá en esta época del año, y veo a través del ventanal a una anciana bordar.
Esta tarde comí estalactitas frente al mar y apunté algunas características: los noruegos no usan cortinas ni persianas; son altos, caminan sobre esquíes si hay nieve o hielo en el suelo (algo que ocurre casi todo el año); tienen perros pequeños, beben akvavit (un licor de papa con una graduación tan elevada que emborracharía hasta al propio diablo) desde temprano; practican deportes, disfrutan de la vida al aire libre; van con asiduidad a la ópera y al ballet, a un parque de esculturas que se llama Vigeland; hacen picnics, visten a las niñas como si fueran pequeñas Björks.
Hay noruegos de mar y noruegos de bosque. A los animales les colocan unos chips en el cuerpo para poder encontrarlos en la nieve cuando hay tormentas. El gobierno permite acampar libremente en cualquier espacio verde porque considera que la naturaleza no es propiedad privada. Las rutas son como en las películas de Jim Jarmusch. Y los precios, ¡los precios!, son como el océano: no hay que tenerles miedo, hay que tenerles respeto.
Es de noche y por la ventana sólo se ven luces blancas de las casas vecinas, una guirnalda que baja hasta el mar. Antes de dormir, mi sobrino me lee un cuento en noruego, en voz alta, y me explica que “ae” es “a” y que la “o” tachada se lee como una “o” más larga.

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María

Texto: Kjell Askildsen

Un otoño me encontré por sorpresa con mi hija María en la acera delante de la relojería; estaba más delgada, pero no me costó nada reconocerla. No recuerdo ya por qué estaba yo en la calle, pero tenía que tratarse de algo importante, porque fue después de que la barandilla de la escalera se hubiera roto, así que en realidad ya había dejado de salir a la calle. Pero fuera como fuera, me encontré con ella, y se me ocurrió pensar: Qué casualidad tan extraña que yo haya salido justamente hoy. Pareció alegrarse de verme, porque me dijo “padre” y me dio la mano. Ella era la que más me gustaba de mis hijos; cuando era pequeña decía a menudo que yo era el mejor padre del mundo. Y solía cantar para mí, por cierto bastante mal, pero no era culpa de ella, lo había heredado de su madre. “María, eres realmente tú, tienes buen aspecto”, dije. “Sí, bebo orina y soy vegetariana”, contestó. Me eché a reír, hacía mucho que no me reía, imagínate, tenía una hija con sentido del humor, incluso con un humor un poco atrevido, quién lo diría. Fue un momento hermoso. Pero me equivoqué, qué fastidio que uno nunca consiga quitarse las ilusiones de encima. Mi hija se quedó como embobada y con la mirada perdida. “Te estás burlando de mí”, dijo, “Pero si yo te contara…”. “Me pareció haberte oído decir orina”, contesté. “Orina, sí, y me he convertido en otra persona.” No lo dudé ni un momento, era lógico, debe resultar imposible seguir siendo la misma persona antes y después de haber empezado a beber orina. “Bueno, bueno”, dije en tono conciliador, y con ganas de hablar de otra cosa, tal vez de algo agradable, nunca se sabe. Entonces me fijé en que llevaba una alianza y le comenté: “Veo que te has casado”. Ella miró el anillo. “Ah, lo llevo sólo para mantener a raya a los pesados.” Eso sí que tendría que ser una broma, calculé rápidamente que por lo menos tendría unos cincuenta y cinco años, y tampoco era tan guapa. Así que volví a reírme por segunda vez en mucho tiempo, y en medio de la acera. “¿De qué te ríes?”, preguntó. “Creo que me estoy haciendo mayor”, contesté, cuando me di cuenta de que me había equivocado una vez más, “conque es así como se hace hoy en día”. Ella no contestó, así que no sé, supongo y espero que mi hija no sea muy representativa de los nuevos tiempos. Pero ¿por qué he tenido hijos como ella, por qué?
Nos quedamos un instante callados, pensé que ya era hora de despedirse, un encuentro inesperado no debe durar demasiado, pero justo en ese momento mi hija me preguntó si me encontraba bien. No sé lo que quiso preguntar, pero contesté la verdad, que lo único que me molestaba eran las piernas. “Ya no me obedecen, mis pasos son cada vez más cortos, y pronto no podré moverme.” No sé por qué le hablé tanto de mis piernas, y ciertamente resultó que no debería haberlo hecho. “Será la edad”, dijo ella. “Desde luego que es la edad”, contesté, “¿Qué otra cosa iba a ser?”. “Pero supongo que ya no necesitas usarlas tanto, ¿no?” “Si tú lo dices”, contesté, “Si tú lo dices.” Al menos captó la ironía, diré eso en su favor, y se irritó, pero no consigo misma, porque dijo: “Todo lo que digo está mal”. No supe qué contestar a eso, ¿qué podría haber contestado? Me limité a sacudir la cabeza inexpresivamente, ya hay demasiadas palabras en circulación por el mundo, y el que habla mucho no puede mantener lo dicho.
“Bueno, tengo que seguir mi camino”, dijo mi hija tras una pausa breve, pero lo suficientemente larga. “Tengo que ir al herbolario antes de que cierre. Ya nos veremos.” Y me dio la mano. “Adiós, María”, dije. Y se marchó. Esa era mi hija. Sé que todo tiene su lógica inherente, pero no siempre resulta fácil descubrirla.

Kjell Askildsen (Mandal, 1929) es considerado uno de los grandes maestros del relato corto y uno de los escritores noruegos contemporáneos más destacados. Su primer libro, Desde ahora te acompañaré a casa, fue aclamado por la crítica y al mismo tiempo prohibido en la biblioteca pública de su ciudad natal por “inmoral”. Entre sus libros más conocidos se destacan Un vasto y desierto paisaje (2002), que recibió el Premio de la Crítica Noruega, y Ultimas notas de Thomas F. para la humanidad (2003), que recibió el mismo galardón, además de Los perros de Tesalónica (2006). Su obra ha sido traducida a veinte idiomas.

 

Noruega 2La nieve comienza a derretirse. Vemos las hojas que estaban debajo de ella, mojadas y encendidas de color. El día está gris, frío, llueve. Entramos en el Astrup Fearnley Museet (el Museo de Arte Moderno de Oslo) y nos perdemos en una escultura de cintas bebé que conforma un laberinto. Dentro de él hay dos maniquíes, mitad hombre, mitad mujer. También hay una intervención de un francés, que es un teatro de sombras en una sala cerrada. En las sombras se proyectan esqueletos y fantasmas. Una de mis preferidas es un escenario forrado con papel rosa chicle y una foto de la artista envuelta en el mismo material, rasgada. Otra instalación es una sala llena de ropa tirada por el piso, colgada de las paredes, en cajas; arte povera siglo XXI.
Compramos un paraguas y salimos rumbo al Nasjonalmuseet for Kunst, Arkitektur og diseño (Museo Nacional de Arte, Arquitectura y Diseño), donde hay una muestra de casas inteligentes en China. Son de madera y vidrio, y están integradas a la naturaleza, como aquí.

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En el andén de la estación central de trenes, la Oslo Sentralstasjon, hay un esténcil que llama mi atención: el Che Guevara con una camiseta del Che Guevara. Nuevamente es de noche y las luces encendidas en las casas se ven desde el tren como bolas de un árbol de Navidad enorme, que es la ciudad sobre la montaña. Ya no hay nieve en los techos. Cenamos en horario noruego. Se acerca el tiempo del sol de noche.


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