JULIO CORTAZAR: ESCRIBIR PARA LAS VIUDAS

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Un músico amigo siempre saca a colación un hermoso latiguillo cuando se trata de enaltecer la figura post mortem de un artista: “Tenemos que componer canciones para las viudas”. Cuando un músico deja de existir, puede que lo sobrevivan las canciones –varias de ellas han entrado en el pedestal del gusto popular–, puede que se enaltezcan a su muerte las audacias y rupturas que concretó –abriendo la brecha entre lo esperado y lo desconocido–, puede que recién después de muerto se comprenda su aventura artística… Son miles las suposiciones y posibilidades. Pero está claro que el día después, el legado del músico pasará a pertenecer a sus herederos, y la viuda, mi amigo propaga, será la promotora de no sólo perpetuar su memoria con la autorización para publicar canciones inéditas o desechadas, sino que será quien goce de las mieles (o hieles) de ese testamento.
Es un clásico leer en las entrevistas a músicos –tanto a los célebres como a los que no lograron tal apego en el gran público– la queja de que nunca se los escucha a tiempo. Como que cuando les llega el reconocimiento, ya han elucubrado lo más potable de su obra, y que podrían haber capturado más altas cúspides de arte si hubiesen contado con el suficiente apoyo que en otro momento les fue negado.
Toda esta introducción tiene un justificativo. Este 2014 se cumplen treinta años de la muerte del escritor argentino Julio Cortázar acaecida el 12 de febrero de 1984, aquejado por una leucemia (aunque este año varios medios de prensa argentinos han lanzado el rumor que la causa de su muerte fue el virus de HIV a través de una transfusión). Y también se conmemora el centenario de su nacimiento (el 24 de agosto de 1914). Es decir, un festín de celebraciones cortazarianas nos esperan a lo largo de estos 365 días. No es para menos. Cortázar es uno de los últimos representantes de una época en la que la palabra escritor iba ungida a otras como compromiso, ética y tantas otras pompas (progresistas), que la posmodernidad y el cinismo imperante han vuelto refractarias.
No sólo Buenos Aires –ciudad que lo adoptó, porque en verdad nació en Bruselas, Bélgica–, sino París (su amada París), Madrid y Ciudad México se disputan un torbellino de actividades y homenajes que le rendirán culto a su figura y a sus libros. Y entre los lanzamientos editoriales, se destaca el reciente Cortázar de la A a la Z, una biografía visual y autocomentada del autor de Rayuela.
Se trata, como explican sus hacedores (Aurora Bernárdez, su viuda, y Carles Alvarez Garriga), de “un diccionario biográfico ilustrado, una fotobiografía autocomentada con retratos de todas las épocas, fotografías de las primeras ediciones de todos sus libros, algunas de sus publicaciones en periódicos y revistas; una antología de textos acompañada de objetos y cuadros que fueron suyos, reproducciones de manuscritos y mecanuscritos originales, papelitos sueltos todavía inéditos y, de vez en cuando, el recuerdo en primera persona de quienes fueron sus amigos”.
Recurriendo al tópico de mi amigo, es la traductora argentina Aurora Bernárdez, su albacea, quien se viene encargando de dar a luz todo el material desconocido de Cortázar. Hace muy poco su amigo Julio Ortega manifestaba que la obra inédita de Cortázar es más vasta que su obra publicada, parte de la cual él dejó preparada para su edición; pero hay otra que todavía sigue siendo recuperada. Es decir, habrá una feliz continuidad para sus fieles lectores, esos que se sumergieron en sus novelas, cuentos y otros textos que el argentino fue publicando en vida; y los tantos otros que cobraron relevancia post mortem.
Algo similar ocurre en los casos de las mujeres de Witold Gombrowicz y el chileno Roberto Bolaño. Así, Rita Gombrowicz mantuvo en secreto hasta el año pasado el diario íntimo del genial polaco: Kronos –que espera su traducción al español y cuyo original estuvo enterrado en la bóveda de un banco como un tesoro–, es para su viuda “un enclave fundamental en su obra”; y recordó que Witold le dijo: “Estoy escribiendo mi diario íntimo, de vez en cuando anoto cosas privadas. En ese momento no me asaltó una curiosidad especial. No me mezclaba en sus escritos, yo no leía ni hablaba polaco. La segunda vez fue en 1968. Enfermo, desbordado por el trabajo administrativo que exigía su obra, me pidió que le ayudara y me puso al corriente de sus ‘asuntos’. Me indicó dónde estaba su diario íntimo, al que llamaba Kronos, mientras me decía: ‘Si la casa se quema, toma Kronos y los contratos y corre lo más rápido que puedas’”.
Mientras que el caso de Carolina López –mujer y madre de los hijos de Bolaño– tiene otros matices. Su lucha es contra la catalana Carmen Pérez de Vega, la última compañera de su marido. Su aparición pública ha llevado a la viuda del autor de 2666 a interponer acciones legales a todo aquel que se atreva a presentarla como tal a la española. Esta, ni lenta ni perezosa, ha declarado: “Los verdaderos herederos de Bolaño son sus lectores”.
Todo indica que la próxima vez que hable con mi amigo tendremos que revisar ciertos puntos sobre su propuesta.
Que nos sea leve,
Gustavo Alvarez Núñez

 


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