JOHNNY CASH: HONESTIDAD BRUTAL

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Escucho Hurt, en la versión de Johnny Cash –canción que le pertenece a Nine Inch Nails–, y lloro. Lloro como pocas veces en mi vida. Más allá de la letra, que es toda una oda al fracaso, los sentimientos frustrados y las amistades perdidas, lo que me emociona y me deja inválido es la interpretación. Cada palabra emitida, cada golpe de la mano derecha en las cuerdas de la guitarra, el embeleso planeador del piano… No salgo ileso. En el estribillo, la tensión es culminante. El embudo del estribillo tira por la borda toda mi coraza. Soy un bebé, pienso. Pero no, no soy un bebé. Soy una persona adulta. Soy una persona adulta a la que le pueden romper el corazón. Soy el desasosiego mismo.
Escribo con lágrimas en los ojos. Lágrimas que corren por un rostro ajado. Fui bello como la juventud. Y ahora soy la belleza de la juventud marchita. Creí que la juventud era el estadio perpetuo en que iba a moverse mi vida. Pero Hurt lo desmiente. Johnny Cash, su rostro ajado, su mirada marchita, me lo desmienten. No soy otra cosa que Hurt. Y lloro. Con la entereza desconsolada de una persona adulta, lloro. “Me concentro en el dolor, la única cosa que es real”, canta Cash. Pienso en la gente que como yo no puede reponerse de ciertas pérdidas, esas pérdidas que hieren su vanidad y a las que no logran superar. Hurt está en loop. Es decir, incansablemente suena y suena en mi equipo. Para penetrar, como “la aguja”, un orificio atónito, mi piel. Mi piel tendría que ser mi cuerpo, pero es una piel vencida, sin fuerza. Moralmente ineficaz. En general, la batalla es entre el cuerpo y la mente. En mi caso, siempre fue entre el cuerpo y la piel.
Mi ética ha sido la piel. He razonado con la piel. He vivido con la piel. Me he entregado a la piel, a sus desatinos, a sus provocaciones, a sus láudanos, a su impericia. La piel ha organizado y desorganizado mis emociones. Dicen que los periodistas no tenemos sentimientos, que tratamos a la música como un objeto más; inconmovibles, nosotros, los críticos –ácidos–, ante esa desmesura de sensaciones que son las canciones. Mentira. Sucede que no hay tantas canciones como Hurt. Sucede que no hay tantos cantantes como Johnny Cash.
¿Si Johnny Cash no existiese, estaría yo aquí, llorando, revolviéndome en la ciénaga de una vida llena de agujeros? Están los que sufren ser una promesa incumplida. Están los que no encuentran impulsos para transformar su desidia en vientos promisorios. Están los que no logran canalizar su discrepancia o inconformismo en algo perdurable y no sólo una respuesta automática a formas de vida intolerables. Están los que no escatiman en clavarse puñales sin resolver ninguno de los conflictos que los han ubicado en esa circunstancia. Están los que esperan y esperan, sin desesperar pero anestesiados por la fulmínica figura de la espera. Y están los que como yo, cuando no pueden dormir otra noche más, se congratulan llorando a destajo, mordiéndose las lágrimas.
Hurt, como canción pop, cumple con todas las reglas del relato de la canción pop. Desarrolla el problema con sobriedad, enumera los síntomas, alista el conflicto y en el estribillo se zambulle en el meollo de la cuestión: “¿En qué me he convertido? Mi más dulce amigo, cada persona que conozco se aleja al final”. Como ya dije, la tensión está muy lograda. No hay que saber mucho inglés para entender que algo está mal, que el tipo está confesándose de una manera brutal. Sí, la honestidad brutal del argentino Andrés Calamaro. El día mundial de la mujer es una gran canción de las rupturas más dolorosas: la amorosa. El despecho, la amargura y el abandono son los soportes de una canción muy densa. El hombre en carne viva está muy bien personificado por la marea sonora espesa construida a partir de dos simples acordes. Un amigo me confesó que en una época no paraba de escucharla. Se había separado. Y esa canción estaba escrita para él, aducía mi amigo. Decía todo lo que sus palabras no lograron traducir frente a ella.
Las mejores canciones son las que, como Hurt, reparan en lo irreparable: que hemos cometido errores que nada ni nadie podrá subsanarlos. Que pese a que pongamos las mejores intenciones, el traspié ya fue perpetrado y no hay vuelta atrás. Sólo resta saber convivir con el dolor. En este entorno, la voz de Johnny Cash va destejiendo su prédica, su inconmensurable pérdida: lo hecho, hecho está. ¿Cómo hago ahora para salir indemne?, eso viene a potenciar el machacante estribillo. Momentos como “cada persona que conozco se aleja al final” o “recuerdo todo” son ahora como electroshocks. Estoy muy frágil para seguir. Estoy muy desarmado. No puede ser que estas cosas me pasen a esta altura de la vida, cuando se suponía que iba a tener claras ciertas cosas.
No hay edad ante el sufrimiento. Recuerdo todo pero quisiera olvidarlo todo, quisiera deshacerme de semejante peso. ¿Cómo hago? Johnny Cash sigue y sigue. Pero no me brinda la señal que me saque del atolladero. Sólo la evidencia de que no hay escapatoria. El tiempo se ocupará de sanar todas las heridas, dicen. Eso espero.
Que nos sea leve,
Gustavo Alvarez Núñez


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