ULTIMAS PALABRAS: UN GENERO LITERARIO EN SI

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Es un hombre grande. Está en la cama del hospital. A veces a esa cama la llamamos o la conocemos como el “lecho de muerte”. En verdad, el tipo está agonizando. Hace días, hace semanas. Entra muy poca gente a la habitación. Sólo sus familiares. Pero no siempre. Sí, se está por morir aunque parecería que al hombre grande mucho no lo aprecian sus más cercanos. ¿Algo habrá hecho? Va a morir y eso es todo. Ni el anuncio de la muerte hace que sus familiares le tengan compasión. A su funeral asistirán doce personas, entre ellas su hijo mayor. Sin embargo, en el instante de la muerte, su primogénito no será de la partida. En cambio, lo asistirá una enfermera, una dulce y compasiva enfermera. Una mujer que no entenderá sus últimas palabras, porque el hombre mayor habla en alemán y ella, una enfermera estadounidense, no comprende ese idioma. Para ella sólo serán balbuceos de un genio de la ciencia, un físico célebre, al que conoce por las fotos que publica la prensa, aunque nunca se tomó el trabajo de leer sus teorías e invenciones. No obstante, el señor grande muere y esos balbuceos no tendrán traducción. Esos balbuceos se quedarán sin memoria. Se quedarán astillados en la garganta de la historia.
Entonces, nos quedamos sin las últimas palabras de un genial Albert Einstein. Eso dicen los manuales. Conocemos las últimas palabras de muchas estrellas de cine, líderes políticos y escritores notables, también, por los manuales. Ahora mismo se pueden leer en varias páginas de internet listas y listas de las últimas palabras de gente notable o muy popular. Claro, que sean populares o notables no significa que hayan dejado últimas palabras notables o populares. Nos quedan otros recuerdos, nos quedan otros placeres. Igual, que las hay, las hay. Cito: “El escritor Oscar Wilde, un derrochador que siempre vivió rodeado de lujo, en su lecho de muerte, en un hotel parisino, bebió una copa de champán rodeado de sus amigos más fieles. Sus últimas palabras fueron: ‘Muero como he vivido, por encima de mis posibilidades’”. Otra cita: “El poeta galés Dylan Thomas se dirigió a su amante, justo antes de entrar en el coma que le causaría la muerte cinco días después, con una frase más bien prosaica: ‘Bebí 18 vasos de whisky puro. Creo que es todo un récord’”.
Es un género literario en sí, pese a que no sea probable o posible consignar que fue así, que esa persona moribunda dijo lo que se dice que dijo. Pero existe más allá de lo irrisorio o lo tremendo. Son las últimas palabras y tienen su atractivo. Fueron vertidas por gente popular, notable. Sin embargo, hay algo irresoluto, incontrastable. Ese último suspiro, adosado de cierto silencio que parece un ruido, ese ruido que se asemeja a una palabra. Ese último suspiro será el recuerdo que doblegue al otro recuerdo: donde había una vida, un cuerpo de experiencias, quedará ese suspiro, esa mácula de aire que se terminará encaramando en las costas del sentido. Porque querremos endosarle un halo de sentido. Nos quiso decir algo. Nos quiso contar, con la torpeza y el sometimiento que tiene la muerte que se avecina, el moribundo nos quiso contar algo. Nos quiso dejar testimonio. Casi como ese viaje que muchos narran, esos que han vuelto de la muerte, y vieron en unos segundos pasar delante de sí momentos precisos de su vida, así también brotan esas últimas palabras que rubrican el desparrame de sensaciones que buscarán ser concretas, si es que se puede ser concreto en ese instante.
Unos días atrás, di con un documento que puso en línea el Departamento de Justicia Criminal de Texas con las últimas palabras pronunciadas por los prisioneros antes de ser ejecutados. Desde el 7 de diciembre de 1982, el estado de Texas ha sido el escenario de más de 500 condenas a muerte. Como es costumbre, los presos tienen la oportunidad de decir sus últimas palabras, textos que han sido publicados en la página web del organismo oficial: www.tdcj.state.tx.us/death_row/dr_executed_offenders.html. En este caso, la muerte ya no acosa, la muerte es una puerta que hay que atravesar con todo el dolor del alma. Es pagar el mal cometido. Es también arrepentirse. Y es también pedir disculpas. Y es también gritar por su inocencia.
Cito algunas: “No llores. Te amo. He terminado mi declaración”, Derrick Johnson; “Ojalá pudiera morir más de una vez para decirte cuánto lo siento”, Karl Chamberlain; “Me van a matar esta noche, me van a asesinar”, Cary Graham; “Esto no es el final, sino el comienzo de un nuevo capítulo para que tú y yo estemos juntos para siempre. Los quiero a todos”, James Jackson; “Señor Jesús, recibe mi espíritu”, David Ray Harris; “Te quiero. Voy a estar esperándote en el otro lado. Hijo, sé fuerte, no importa lo que pase”, Domingo Cantu; “Es un buen día para morir. Entré aquí como un hombre y me voy de aquí como un hombre”, Earl Behringer; “Mi juicio no fue justo. No fue justo. Mintieron en mi contra”, Markham Duff-Smith; “Me lo merezco”, Charles Bass.
Condenada a ser decapitada por presunto adulterio y alta traición, la noble inglesa Anne Boleyn fue llevada al cadalso, donde le dijo a su verdugo: “No le dará ningún trabajo: tengo el cuello muy fino”. A veces es muy fina la línea entre la vida y la muerte. Me quedo con una anécdota atribuida a William Faulkner. El escritor acompañaba a su madre en su agonía. Su estado era irreversible y ella lo sabía. Faulkner, para consolarla, empezó a describirle las cosas y los elementos maravillosos que ella iba encontrar en el otro lado. Todo iba bien hasta que el escritor nombró a su padre. La anciana lo interrumpió y preguntó enojada: “¿Cómo? ¿En ese cielo voy a tener que encontrarme con tu padre?” “Si no quieres, no”, respondió el escritor. La madre pudo decir algo más antes de expirar: “Qué bueno, porque ese hombre no me agradaba mucho”.
Que nos sea leve,
Gustavo Alvarez Núñez


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