LA VIDA EN EL ESCENARIO: MURIO EN SU LEY

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Todos vamos a morir. Lo sabemos. No tenemos escapatoria ni tenemos idea del día ni la hora, pero sí que es inevitable: vamos a morir. Es una certeza a la que no podemos remediar. Días atrás, mientras despedíamos a un amigo músico que volvía a su vida saltimbanqui –de teatro en teatro del mundo, de ciudad en ciudad del mundo, de cama de hotel en cama de hotel del mundo–, uno de los comensales –siempre hay uno que propone proyectos con tinte agorero– lanzó la pregunta: “¿Nombres de músicos que han muerto tocando sobre un escenario?”. Hubo que aguzar la memoria porque cuando uno de nosotros intentó realizar la búsqueda en su teléfono móvil, el grito desaforado del dueño de la propuesta –mostrando su desacuerdo ante tal recurrencia– logró que nos pusiésemos en campaña.
Si bien nos reímos de la actitud contemporánea de requerir instintivamente a los servicios del omnipresente buscador de internet antes que acudir a las lagunas y desiertos de nuestros recuerdos, el plan tomó cauce con rapidez. También nos reímos de esa premisa que aún hoy continúa arraigada: el músico que deja la vida en el escenario –como metáfora de la entrega al espectáculo y a su público– es la imagen más seductora a la hora de conquistar réditos comerciales o de reconocimiento. Detrás de la condición “murió en su ley” tal vez se esconda cierta moral que privilegia el placer de la fatalidad antes que el goce de la dicha. Pero esta cuestión se pasó de largo. No así la remembranza del titular de un canal de noticias argentino que el día de la muerte del rockero Pappo –amante de los autos de carrera, sufrió un accidente al volcar su moto en febrero de 2005– apostó por ese tan redundante “Murió en su ley”, como si eso explicase el gusto del guitarrista por andar bajo los motores…
Entonces los nombres comenzaron a caer, no tanto como la nieve que asoló a una parte importante de Estados Unidos en los primeros días del año, pero sí lograron acomodar la conversación en un plano de sabiduría popular siempre refrescante. El más jazzero de los nuestros recordó a Lee Morgan, un trompetista que grabó para Blue Note y que tocó con artistas de la importancia de Art Blakey y Dizzy Gillespie. Su trágico desenlace ocurrió el 19 de febrero de 1972 en un club de Manhattan. El caso: lío de polleras. Su esposa lo sorprendió con otra. Palabras van, palabras viene, la mujer le disparó con un arma calibre 32 que le atravesó el corazón. Mujer desdichada, corazón roto…
Otro músico que padeció la ira –aunque no la de su amante– fue el guitarrista metálico Dimebag Abbott (ex Pantera). Sucedió el 8 de marzo de 2004 en el club Alrosa Villa, en Columbus, Ohio, cuando un ex infante de marina y jugador de fútbol americano semiprofesional, que escuchaba Pantera antes de comenzar sus partidos, le quitó la vida a cuatro personas en un concierto, entre ellas la del guitar heroe. La policía luego averiguó que el muchacho llegó incluso a decir que el popular grupo de heavy metal de los 90 le robó letras de algunas canciones… Sí, las obsesiones no son buenas.
Menos catastrófico aunque inesperado fue el final para un carismático Mark Sandman, que con 47 años y al frente del trío Morphine –uno de los atractivos de sus canciones oscuras e inspiradas era la capacidad instrumental del conjunto: el bajo con sólo dos cuerdas que él tocaba, un saxofón y una batería–, cayó desplomado en medio de un concierto que estaban dando en las afueras de Roma, Italia. Fue el 3 de julio de 1999 y el grupo de rock sin guitarras estaba a punto de lanzar un álbum en vivo, hecho que venía a corroborar la popularidad alcanzada. Si bien la policía en un primer momento informó que en la habitación del hotel hallaron gran cantidad de medicamentos, más tarde confirmó que Sandman murió por un ataque cardíaco.
Al argentino Domingo Cura también se lo llevó la parca por un paro cardíaco. Aunque tenía 75 años, el legendario percusionista –que acompañó a grandes exponentes del folclore de su país como Mercedes Sosa y Ariel Ramírez, entre otros– estaba en su plenitud artística. Esa noche del 13 de noviembre de 2004 era el invitado del cantante de boleros Chico Novarro. El show no pudo continuar. Hoy se pueden seguir disfrutando algunos de sus grandes discos solistas –Tiempo de percusión y La percusión en el folclore argentino, son muy recomendables– y escuchar la sabiduría de un músico excepcional y con una amplitud de miras encomiable (en los años 50 tocó con Nat King Cole y el trío Los Panchos; en los 70, subió al escenario del Central Park neoyorquino junto al Gato Barbieri). Más acá en el tiempo, en 2002, su compatriota Gustavo Cerati le ofreció participar en una canción de Siempre es hoy. El ex Soda Stereo no reparó en elogios: “Grabar con él fue excepcional. En el caso de Sulky (el tema que grabaron juntos) tenía una base rítmica con un sample de un vinilo de los años 60 de Cura. Y me dije: ‘¿Por qué no llamarlo y reemplazar el sample por el original?’. La energía que desplegó en el estudio me hizo reescribir la letra. Me dejó la sensación de que la música no tiene edad”.
Cerati lo señaló muy bien: la música no tiene edad. Uno de mis amigos, cuando ya habíamos arremetido con todos los candidatos de la consulta instaurada, dijo algo similar: “La vida es caprichosa”.
Que nos sea leve,
Gustavo Alvarez Núñez


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