NUEVO ATEISMO: ALEGATO CONTRA LA RELIGION

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Mordaz y polémico, columnista estrella de la revista Vanity Fair, el escritor nacido en Inglaterra y radicado en Washington publicó el año pasado un libro que causó revuelo y se vendió muy bien: God Is Not Great: How Religion Poisons Everything. En poco tiempo, su versión en español (Dios no es bueno) arribará a las librerías del país. ALMA MAGAZINE adelanta un capítulo en el que Christopher Hitchens (1949, Portsmouth) sienta las bases de la hipótesis de su trabajo: la gran batalla que se libra hoy en el mundo es la que enfrenta al laicismo contra los fanatismos religiosos; y que la religión fuerza a la gente a comportarse de manera cruel y violenta.

Texto: Christopher Hitchens / Fotos: AP / AFP

Libro de Christopher Hitchens

Libro de Christopher Hitchens.

Cuando era un niño de unos nueve años y asistía a un colegio de los confines de Dartmoor, al suroeste de Inglaterra, la misión de la señora Watts consistía en instruirme con sus lecciones de ciencias naturales y también de las escrituras. Nos llevaba a mí y a mis compañeros a dar largos paseos por una zona particularmente adorable de la hermosa tierra en que nací y nos enseñaba a distinguir las diferentes especies de aves, árboles y plantas. Más adelante, en otras clases, se nos entregaba un pedazo de papel impreso encabezado con el epígrafe de “Busca en las Escrituras”, el cual remitía a la escuela la autoridad nacional competente encargada de supervisar la enseñanza de la religión. (Junto con las oraciones diarias, esta actividad era obligatoria y venía impuesta por el estado.) Aquel papel presentaba un versículo aislado extraído del Antiguo o del Nuevo Testamento, y la tarea consistía en localizar dicho versículo y, a continuación, contarle a la clase o a la maestra, de forma oral o por escrito, qué contaba el pasaje y cuál era la enseñanza. Sin embargo, llegó un día en que la pobre y querida señora Watts se extralimitó. Tratando ambiciosamente de fundir sus dos papeles de instructora de la naturaleza y profesora de la Biblia, nos dijo: “Así que ya veis, niños, lo poderoso y generoso que es Dios. Ha hecho que todos los árboles y la hierba sean verdes, que es justamente el color que más descansa nuestra vista. Imagináos lo desagradable que sería si, en lugar de hacerlo así, la vegetación fuera toda morada o naranja”. Y fíjense en lo que aquella piadosa y anciana adivina consiguió con ello. La señora Watts me agradaba: era una viuda cariñosa y sin hijos que tenía un perro ovejero muy viejo. Después de clase nos invitaba a golosinas o a merendar a su vieja y destartalada casa, que estaba cerca de la vía del tren. Si Satán la escogió a ella para tentarme con el error, tuvo mucha más imaginación que la de recurrir a la taimada serpiente del Jardín del Edén. En todo caso, quedé francamente horrorizado por lo que nos dijo. Mis pequeñas sandalias con correa se erizaron de bochorno. A la edad de nueve años yo no tenía la menor idea de lo que era el argumento del diseño inteligente, ni su rival, el de la evolución humana, ni de la relación entre la fotosíntesis y la clorofila. Yo simplemente sabía, casi como si tuviera acceso privilegiado a una autoridad superior, que mi profesora había conseguido confundirlo todo en tan sólo dos frases. Son los ojos los que se adaptan a la naturaleza, y no al contrario. No voy a fingir que recuerdo perfecta u ordenadamente todo lo que sucedió tras aquella epifanía, pero en relativamente poco tiempo empecé a reparar en otras curiosidades. Si dios era el creador de todas las cosas, ¿por qué se suponía que teníamos que “alabarle” de un modo tan incesante por haber hecho algo que le salía de una forma tan natural? Aparte de otras cosas, me parecía servil. Si Jesús podía curar a un ciego con el que se topaba por casualidad, ¿por qué no curaba entonces a todos de la ceguera? ¿Qué había de maravilloso en expulsar a los demonios si acababan entrando en una piara de cerdos? Aquello parecía siniestro: era más propio de la magia negra. Con tanto rezo continuo, ¿por qué no había ningún resultado? ¿Por qué tenía yo que seguir diciendo en público que era un desgraciado pecador? ¿Por qué el asunto del sexo se consideraba tan pernicioso? Desde aquel entonces, he descubierto que todas estas objeciones ingenuas e infantiles son extremadamente habituales, en parte porque ninguna religión puede atajarlas con ninguna respuesta satisfactoria. Pero también se me presentó otra objeción más importante. El director del colegio, que oficiaba las misas diarias, dirigía las oraciones y se aferraba al libro, y además era un sádico y un homosexual encubierto (al que hace mucho tiempo he perdonado porque despertó en mí el interés por la historia y me prestó mi primer ejemplar de P.G. Wodehouse), estaba una tarde dándonos una charla absurda a algunos de nosotros. “Tal vez ahora no encontréis sentido a toda esta fe”, nos dijo. “Pero algún día lo encontraréis, cuando empecéis a perder seres queridos.” Además de incredulidad, sentí otra vez un aguijonazo de pura indignación. ¿Por qué? Eso era como decir que tal vez la religión no fuera verdadera, pero que no importaba, porque se podía encontrar consuelo en ella. Cuán despreciable. En ese momento yo tenía unos trece años y estaba empezando a convertirme un poco en un pequeño intelectual insoportable. Les cuento todo esto porque no soy una de esas personas cuya posibilidad de vivir una fe saludable haya quedado destruida por los abusos infantiles o el adoctrinamiento salvaje. Sé que hay millones de seres humanos que han tenido que sufrir este tipo de cosas y no creo que se pueda, ni se deba, absolver a las religiones de haber impuesto semejantes calamidades. (En el pasado muy reciente hemos visto a la Iglesia de Roma contaminarse con su complicidad en el imperdonable pecado de los abusos de menores.)

Nuestra creencia no es una fe. Nuestros principios no son una fe. No mantenemos nuestras convicciones de forma dogmática. Creemos que se puede vivir una vida ética sin religión.

Annie Laurie Gaylor

Annie Laurie Gaylor, copresidente de Freedom From Religion Foundation, una de las promotoras de la reflexión sobre el ateísmo.

Pero también hay organizaciones no religiosas que han cometido delitos similares, o incluso peores. Sigue habiendo cuatro objeciones irreductibles a la fe religiosa: que representa de forma absolutamente incorrecta los orígenes del ser humano y del cosmos, que debido a este error inicial consigue aunar el máximo de servilismo con el máximo de solipsismo, que es causa y consecuencia al mismo tiempo de una peligrosa represión sexual y que, en última instancia, se basa en ilusiones. No creo que se considere arrogante por mi parte decir que yo ya había descubierto estas cuatro objeciones antes de que mi tono de voz infantil se hubiera desbaratado (además de haber percibido el hecho más vulgar y evidente de que quienes están a cargo del poder temporal utilizan la religión para investirse de autoridad). Estoy moralmente convencido de que otros millones de personas extrajeron conclusiones muy similares en buena medida del mismo modo, y desde entonces he conocido gente parecida en centenares de hogares y decenas de países distintos. Muchos de ellos no tuvieron fe nunca, y otros muchos abandonaron la fe tras una dura tribulación. Y aquí reside lo importante por lo que respecta a mí y a quienes piensan como yo. Nuestra creencia no es una fe. Nuestros principios no son una fe. No confiamos exclusivamente en la ciencia y en la razón, ya que éstos son elementos necesarios en lugar de suficientes, pero desconfiamos de todo aquello que contradiga a la ciencia o atente contra la razón. Podemos discrepar en muchas cosas, pero lo que respetamos es la libre indagación, la actitud abierta y la búsqueda de las ideas por lo que valen en sí mismas. No mantenemos nuestras convicciones de forma dogmática. No somos inmunes al reclamo de lo maravilloso, del misterio y el sobrecogimiento: tenemos la música, el arte y la literatura, y nos parece que Shakespeare, Tolstoi, Schiller, Dostoievski y George Eliot plantean mejor los dilemas éticos importantes que los cuentos morales mitológicos de los libros sagrados. Es la literatura, y no las escrituras, la que nutre la mente y (ya que no disponemos de ninguna otra metáfora) también el alma. No creemos en el cielo ni en el infierno, pero ninguna estadística demostrará jamás que sin este tipo de lisonjas y amenazas nosotros cometemos más delitos de codicia o violencia que los creyentes. (De hecho, si se pudiera realizar alguna vez el oportuno estudio estadístico, estoy seguro de que la evidencia sería la inversa.) Nos conformamos con vivir sólo una vez, salvo a través de nuestros hijos, a los que nos alegramos absolutamente de sentir que debemos abrir camino y dejar sitio. Especulamos con la idea de que al menos es posible que, una vez que las personas acepten el hecho de que sus vidas son cortas y penosas, tal vez se comporten mejor unos con otros, y no peor. Estamos seguros de que se puede vivir una vida ética sin religión. Y sabemos de hecho que es cierto el corolario: que la religión ha ocasionado que innumerables personas no sólo no se comporten mejor que otras, sino que se concedan licencias para comportarse de formas que dejarían estupefacto al regente de un burdel o a un genocida. Y lo que tal vez sea más importante: nosotros, los infieles, no necesitamos ningún mecanismo de refuerzo. Somos aquellos a los que se refería Blaise Pascal cuando afirmaba dirigirse a aquel que dice “estoy hecho de tal manera que no puedo creer”. Nosotros no tenemos necesidad de reunirnos todos los días, ni cada siete, ni con motivo de ninguna festividad, ni para proclamar nuestra rectitud o postrarnos y regodearnos en nuestra indignidad. Nosotros, los ateos, no necesitamos ningún sacerdote, ni ninguna jerarquía superior que custodie nuestra doctrina. Abominamos los rituales y las ceremonias, como también abominamos las reliquias y el culto a cualquier tipo de imágenes u objetos. Para nosotros, ningún lugar de la tierra es o podría ser “más santo” que otro: al ostentoso acto absurdo de peregrinar a algún sitio y al brutal espanto de matar a civiles en nombre de algún muro, cueva, santuario o roca sagrada podemos oponer un paseo ocioso o urgente de un lado a otro de la biblioteca, el museo, o para acudir a comer con un amigo afectuoso para buscar la verdad o la belleza. Aunque, pese a sus limitaciones, algunas defensas de la religión son espléndidas (podríamos citar a Pascal) y otras aburridas y absurdas (aquí no podemos evitar citar a C.S. Lewis), ambas modalidades tienen algo en común, y es lo siguiente: la atroz carga de retorcimiento que tienen que soportar. ¡Cuánto esfuerzo hace falta para afi rmar lo increíble! Los aztecas tenían que descuartizar una cavidad torácica humana a diario únicamente para asegurarse de que saliera el sol. Se supone que los monoteístas incomodan a su divinidad más veces todavía; tal vez por si fuera sordo. ¿Cuánta vanidad es preciso reunir (sin que, por otra parte, sea muy eficiente) para fingir que uno es un objeto personal de un plan divino? ¿Cuánto respeto a uno mismo hay que sacrificar para poder avergonzarse continuamente por la conciencia de los propios pecados? ¿Cuántas suposiciones innecesarias es preciso postular y cuánta capacidad de tergiversación hace falta para tomar cada una de las ideas nuevas de la ciencia y manipularla hasta que “encaje” con las palabras reveladas por deidades de la antigüedad inventadas por el ser humano? ¿Cuántos santos, milagros, concilios y cónclaves son necesarios para, primero, establecer un dogma y, a continuación, tras un dolor, pérdida, sinsentido y crueldad infinitos, verse obligado a rescindir uno de esos dogmas? Dios no creó al ser humano a su imagen y semejanza. Evidentemente, fue al revés, lo cual constituye la sencilla explicación para toda esta profusión de dioses y religiones y para la lucha fratricida, tanto entre cultos distintos como en el seno de cada uno de ellos, que se desarrolla continuamente a nuestro alrededor y que tanto ha retrasado el progreso de la civilización. Por lo que respecta al consuelo, como la gente religiosa insiste con tanta frecuencia en que la fe responde a esta supuesta necesidad, diré simplemente que aquellos que ofrecen falso consuelo son falsos amigos. En cualquier caso, los críticos de la religión no niegan que tenga simplemente un efecto analgésico. Por el contrario, advierten contra el placebo y contra la trampa que tiende una botella llena de agua teñida de colores. Tal vez la cita incorrecta más famosa de nuestro tiempo sea que Marx descalificó a la religión por considerarla “el opio del pueblo”. Por el contrario, este descendiente de varias generaciones de rabinos se tomaba muy en serio la fe, y escribió lo siguiente en su Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel: “La miseria religiosa es, por una parte, la expresión de la miseria real y, por otra, la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura agobiada, el estado alma de un mundo desalmado, porque es el espíritu de los estados de alma carentes de espíritu. La religión es el opio del pueblo”. Sobreponerse a la religión como la dicha ilusoria del pueblo es exigir para éste una dicha real.

La religión es una creación del ser humano. Ni siquiera los seres humanos que la crearon pueden ponerse de acuerdo acerca de lo que dijeron o hicieron en realidad sus profetas, redentores o gurús.

LA Times Festival of Books

LA Times festival de libros.

El pugnar por acabar con las ilusiones acerca de una situación, significa pedir que se acabe con una situación que necesita de ilusiones. La crítica de la religión es, por tanto, en germen, la crítica de este valle de lágrimas que la religión rodea de un halo de santidad. Por tanto, la crítica más suave de la religión es la más radical y la más demoledora. La religión es una creación del ser humano. Ni siquiera los seres humanos que la crearon pueden ponerse de acuerdo acerca de lo que dijeron o hicieron en realidad sus profetas, redentores o gurús. Y menos aún pueden confi ar en contarnos el “significado” de descubrimientos y adelantos posteriores que, cuando comenzaron a producirse, fueron o bien obstaculizados o bien denunciados por las religiones. Y sin embargo… ¡los creyentes siguen afi rmando saber! Y no sólo saber, sino saberlo todo. No sólo saber que dios existe y que creó y supervisó toda la empresa, sino también saber lo que él “quiere” de nosotros: desde lo que tenemos que comer hasta nuestros ritos o nuestra moral sexual. La fe religiosa es imposible de erradicar precisamente porque somos criaturas que todavía estamos evolucionando. Jamás sucumbirá; o, al menos, no sucumbirá hasta que superemos el miedo a la muerte, a las tinieblas, a lo desconocido y a los demás. Por esta razón, no la prohibiría ni siquiera en el caso de que pudiera hacerlo. Usted dirá: “Es usted muy generoso”. Pero ¿serán los creyentes igual de indulgentes conmigo? Lo digo porque hay una auténtica e importante diferencia entre mis amigos religiosos y yo, y los amigos auténticos e importantes son lo suficientemente honrados para reconocerlo. Me conformaría con poder acudir a los ritos con que se acoge la madurez religiosa de sus hijos, con maravillarme ante sus catedrales góticas, con “respetar” su fe en que el Corán fue fruto de un dictado, aunque fuera exclusivamente en árabe y a un comerciante analfabeto, o con interesarme por el consuelo que ofrecen las religiones neopaganas, el hinduismo o el jainismo. Y, si es así, seguiré haciéndolo sin insistir en que me prodiguen cortés y recíprocamente idéntico trato… que consiste en que ellos, por su parte, me dejen en paz. Pero, en última instancia, la religión es incapaz de hacerlo. Mientras escribo estas palabras, y mientras usted las lee, las personas de fe planean cada una a su modo destruirnos a mí y a usted y destruir todas las magnífi cas realizaciones humanas que he mencionado y que han costado tanto esfuerzo. La religión lo emponzoña todo.


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