OKINAWA, EL PARAJE MAS LONGEVO DE LA TIERRA: CELEBRACION DE LA VIDA

0

Se jubilan cuando andan entre los 70 y 90 años. Entre ellos, la senilidad, las quejas y otras mañas comunes en la tercera edad son poco frecuentes. Sufren, además, menos cardiopatías, cáncer de mama y de próstata que el resto del mundo. Así son los ancianos de Okinawa, el archipiélago más austral de Japón, formado por 160 islas de las que sólo 44 están habitadas. La exuberante selva subtropical que cubre tres cuartas partes del territorio, la alimentación, la vida activa y la espiritualidad parecen las claves de este oasis de veteranos que, sin embargo, resiste a las costumbres occidentales que amenazan con derribarlo del podio.

Texto: Silvina Batallanez / Fotos: AP / AFP

TO GO WITH STORY: LIFESTYLE-JAPAN-BUDDHISM-LITERATURE

Practica del budismo en Okinawa.

En todo el territorio de Japón, más de 470 mil personas superan los 90 años y la expectativa de vida sobrepasa los 80 para las mujeres y 77 para los hombres: el promedio más alto en el mundo. Dentro de estos estándares ya auspiciosos, en Okinawa viven las personas más saludables y longevas del país. Exactamente en Ogimi, una aldea costera al norte del archipiélago coral de 160 islas, imperceptible en los mapas de tan pequeña, sin embargo, atrajo la curiosidad del mundo entero por su récord en longevidad. Un tercio de sus 3500 habitantes tiene más de 65 años; entre ellos una decena son centenarios, muy pocos están hospitalizados, y sólo 50 viven en residencias geriátricas. Tokino acaba de cumplir 84 años y por propia voluntad se mudó con su madre de 101 “porque ya es hora de vigilarla de cerca, o de tanto romper corazones terminará rompiéndose la cadera y voy a pasar a ser, prematuramente, el hombre de la casa”, comenta con un sentido del humor inalterable al paso de los años. El buen clima, las costumbres ancestrales, la espiritualidad y una nutrida vida social caracterizan a los habitantes de Ogimi. Viven a la vera de un paraíso subtropical de apariencia flemática, de arenas blancas bañadas en aguas turquesas, donde una vegetación tupida irradia colores brillantes hacia un cielo transparente. Un escenario ideal para el compromiso con la vida. Aunque su filosofía se impone al paisaje a la hora de las explicaciones. Iwa, a sus 97 años, junto a otras ancianas, enseña a los escolares cómo hacer bashofu, un tejido que existe desde el siglo XIII en la región. “Desde que terminó la guerra me convertí en maestra de niños; creo que me volvería vieja si dejara de enseñar”, resume su actitud. La misma que ostenta Wakata, un ex cocinero de embarcaciones militares. En el pueblo aseguran que tiene más de 100, aunque él –como invitando a un acertijo–, aclara: “Cien menos unos cuantos”; mientras cocina unos deliciosos mochis (pasteles de arroz) para sus tataranietos y los apabulla con historias de todos los puertos del mundo. En Okinawa los ancianos afrontan la vejez con complacencia y placer, y gozan de gran respeto social al punto de que existen festividades especiales según la cantidad de años que cumplan. Al llegar a los 60, celebran el kanreki o comienzo de la edad mayor feliz y el toukachi, a los 88. Pero la fiesta mayor, el kajimaya, se da al alcanzar los 97. En ella los ancianos visten de rojo como símbolo de regreso a la juventud y portan un molinete de papel o kajimayaa en un desfile a través del pueblo en el que la gente se les acerca para tocarlos o estrechar sus manos, pues de esa manera compartirán salud y longevidad.

Mente, cuerpo y espíritu. Varios investigadores se han dedicado a estudiar de qué se valen los okinawenses para mantenerse con este caudal de vida y no encontraron ninguna poción mágica. El Instituto Nacional de Gerontología norteamericano, por un lado, confirmó que el simple hecho de limitar la ingesta de calorías supone un aumento de la esperanza de vida en todas las especies estudiadas, desde la mosca hasta los primates. Por su parte, The Okinawan Program, un informe elaborado por el geriatra y cardiólogo japonés Makoto Suzuki y los hermanos estadounidenses Bradley y Craig Willcox, revela que el factor genético influye sólo en un 30%, y no es determinante. La receta para la longevidad parece sustentarse en la conjunción de genes y varios elementos clave que conectan mente, cuerpo y espíritu: una alimentación adecuada, la práctica habitual de ejercicio y una vida tranquila y con sentido espiritual. Porque en este rincón del globo, la vida saludable está menos ligada a la estética que a preceptos profundos que le dan sentido a la existencia del alma. Entre los mayores de Okinawa conviven en armonía ciertas corrientes filosóficas y religiosas como el sintoísmo, bajo cuyos rituales se celebran el nacimiento y el matrimonio; el budismo, que llegó desde China en el siglo VI y está destinado a los actos funerarios; y el confucianismo, que considera realizada a la persona que ocupa un puesto y desempeña una función en una comunidad. Pero también les dan gran importancia a los ritos que conservan el pasado mítico legado, como símbolo de jerarquía y poder, como método de autodisciplina y dominio de uno mismo.

La receta para la longevidad parece sustentarse en la conjunción de genes y varios elementos clave que conectan mente, cuerpo y espíritu: una alimentación adecuada, la práctica habitual de ejercicio y una vida tranquila y con sentido espiritual. Entre los mayores de Okinawa conviven en armonía ciertas corrientes filosóficas y religiosas como el sintoísmo, el budismo, y el confucianismo. Pero también les dan gran importancia a los ritos que conservan el pasado mítico legado, como símbolo de jerarquía y poder, como método de autodisciplina y dominio de uno mismo.

La dieta de Okinawa. Buscadores incansables de la moderación, los ancianos de la isla son fieles practicantes del aforismo confuciano hara hachi bu (“Come hasta que estés lleno al 80%”). Es decir, evitan comer hasta saciarse. En algunos restaurantes de Okinawa se anuncia en inglés Okinawan food, una vertiente ancestral del movimiento internacional Slow Food, que prescribe una gastronomía con base en la frugalidad, degustar los alimentos con lentitud para que cuando el cerebro reciba la señal de saturación del estómago –a los 20 minutos de haber comenzado a comer– no se haya ingerido demasiada cantidad de alimentos. Evitan casi totalmente los productos animales, salvo el salmón y atún, ricos en ácidos grasos omega 3, tan favoritos que suelen comerlos hasta tres veces al día. Dan preferencia a frutas como la papaya y a hortalizas como zanahorias, repollo, cebollas, pimientos verdes, más una mezcla de algas y de hierbas como la albahaca. Incluyen además, pasta, arroz y maíz. En cuanto a la carne roja, huevos y leche prefi eren consumirlos sólo unas pocas porciones a la semana. Todo ello va acompañado con té verde o negro (ricos en antioxidantes) y evitan el azúcar; además toman mucha agua (de 8 a 12 vasos diarios) y cúrcuma, una de sus especias favoritas para aderezar las comidas o para beber, a la que se atribuye un sinnúmero de benefi cios para la salud. A los pies de las frondosas colinas erguidas levemente sobre las playas blancas, se extienden los huertos que cultivan sus dueños entrados en años. Porque ellos mismos siembran buena parte de lo que comen. Al observar los huertos de Okinawa, Greg Plotnikoff, un investigador dedicado a la medicina tradicional, aseguró que “tienen componentes que podrían bloquear el cáncer antes de que aparezca”, y los llamó Botiquines de medicina preventiva.

JAPAN-ROYAL-PRINCESS-PARADE-2

Okinawa, el paraje mas longevo de la tierra.

Economía de guerra. Muchos de los ancianos de Okinawa crecieron antes de la Segunda Guerra Mundial y nunca desarrollaron la tendencia a darse gustos con las comidas. Es más, irónicamente, para muchos ancianos de Okinawa, esta dieta surgió de épocas de penurias. Wakata creció en absoluta pobreza, descalzo e ingiriendo pequeñas porciones de lo que cultivaba su familia. En la celebración del Año Nuevo, el pueblo entero se conformaba con un solo cerdo que trozaban y compartían todos. Durante la extensa y sangrienta batalla de Okinawa en el 45, mientras los hombres estaban en el frente, Iwa huyó con las mujeres de la aldea y sus hijos a las montañas. “Sufrimos una terrible hambruna, pero la mayoría de las mujeres logramos seguir”, recuerda mientras hace una pausa corta en su tejido para hacer una especie de sencilla y secreta reverencia. Si bien la dieta magra es sinónimo de buena salud, para estas personas que han sufrido escasez y otros dolores insoportables para el ánimo de cualquier ser humano, un factor incidente para la salud física y sobre todo psíquica es el Ikigai, que se traduce como “Aquello que hace que valga la pena vivir la vida”. Según Craig Willcox, del Estudio de Centenarios de Okinawa: “Estos ancianos poseen un fuerte sentido de motivación que podría actuar como una especie de amortiguador contra el estrés, la tristeza convertida en depresión y contra las enfermedades como la hipertensión”. Para Masami, la madre de 101 años de Takumi, su Ikigai está en él. “De los tres hijos que tuve sólo uno sobrevivió. Dos se perdieron heroicamente en el cielo ardiente de la guerra, eran buenos pilotos del Emperador”, relata. A través de sus ranuritas brillantes observa sigilosamente a Takumi y agrega: “Es un niño bueno, y ha sabido ser un hombre mejor”. El elemento cultural es inapelable. La gente de Okinawa forma una comunidad muy unida en la que el yuimaru –el círculo de relaciones– tiene vital importancia. Es parte de la rutina diaria intercambiar visitas. Muchos de ellos también pertenecen a un moai, una red compuesta por un grupo de amigos, vecinos o familiares que se reúnen con regularidad y proporcionan apoyo mutuo: ayuda económica, emocional y social a lo largo de su vida.

Los ancianos de la isla de Okinawa son fieles practicantes del aforismo confuciano hara hachi bu (“Come hasta que estés lleno al 80%”). En algunos restaurantes de Okinawa se anuncia en inglés Okinawan food, que prescribe una gastronomía con base en la frugalidad, degustar los alimentos con placentera lentitud para que cuando el cerebro reciba la señal de saturación del estómago –a los 20 minutos de haber comenzado a comer– no se haya ingerido demasiada cantidad de alimentos.

Vida activa. La bicicleta, medio de transporte muy extendido en Asia y en Okinawa, resulta muy útil para circular entre los estrechos caminos que separan sus casitas de madera rodeadas de jardines y huertos. “Mientras pueda moverme seguiré pedaleando para repartir el pan que horneo y el pescado que me encargan las señoras que viven solas y tienen mucho trabajo dentro de sus casas”, afirma Wakata en alusión a las vecinas casi centenarias que se dan el lujo de ocuparse ellas solas de sus hogares. El ejercicio físico incluye bailes tradicionales como el minyo, la jardinería que es concebida como una “conexión espiritual” con tierra, la pesca, las caminatas y las artes marciales como el Tai Chi y el karate, que fue inventado por uno de sus habitantes, Funakoshi Gichin, en la primera mitad del siglo XX, a partir de las antiguas artes marciales de Okinawa.

La pista genética. Que la longevidad es más una cuestión de costumbres sabias que de genes es una certeza. Sin embargo, se detectó en los centenarios okinawenses mayor actividad del gen que regula la producción de la proteína HLA, que disminuye el riesgo de las enfermedades auto-inmunes. Aunque cuando muchos de ellos tuvieron que salir del archipiélago vieron dramáticamente reducida su esperanza de vida. Los reclutados en 1930 para trabajar en las plantaciones de caucho en Brasil, donde consumían carne vacuna en abundancia y sus rituales cotidianos cambiaron brutalmente, perdieron los beneficios del gen.

No todo sabe a mermelada de flores, una exquisitez típica de la región. El especialista Makoto Suzuki define la Paradoja de Okinawa como “La sorprendente convivencia entre centenarios dinámicos y jóvenes obesos decididos a adoptar la forma de vida estadounidense de desplazarse en automóvil, pasar el tiempo libre en centros comerciales e ingerir fast food, mientras que los longevos se mueven al aire libre y se mantienen en excelente estado físico y mental”.

JAPAN-WTO-CHINA

Anciano de Okinawa.

El quiebre. Aunque no todo sabe a mermelada de flores, una exquisitez típica de la región. En Okinawa está desplegada la mayor cifra de fuerzas militares de Estados Unidos en un país asiático, 18 mil efectivos repartidos en nueve bases. Y aunque la gente mayor no ha cambiado sus costumbres, no se puede decir lo mismo del resto. En 2005, la publicación de un censo conmocionó al archipiélago al revelar que la esperanza de vida de los hombres de la isla cayó hasta el puesto 26 de la clasifi cación mundial y hasta el último de Japón por el aumento de la tasa de suicidios, que llegó ese año a 27,5 por cada 100 mil habitantes. Curiosamente, la mayoría de los afectados son los nacidos después de la Segunda Guerra Mundial, entre 1946 y 1949, aseguran desde el Centro de Bienestar Psiquiátrico de Okinawa. Okinawa posee, curiosamente, la tasa de divorcios más alta de Japón. Y sin embargo esta práctica no ha constituido para ellos la ruptura traumática de la familia tradicional: el que se divorcia, conserva el lugar en su amplia familia de origen. Los hombres continúan con sus negocios y trabajos; mientras que las mujeres son consideradas responsables de la salud espiritual de sus familias. De hecho, la más viejita queda a cargo de preservar la relación con los antepasados y preside la ceremonia anual ante la tumba familiar. El especialista Makoto Suzuki defi ne la Paradoja de Okinawa como “La sorprendente convivencia entre centenarios dinámicos y jóvenes obesos que se han decidido por adoptar la forma de vida estadounidense de desplazarse siempre en automóvil, pasar el tiempo libre en centros comerciales e ingerir fast food, mientras que los longevos se mueven al aire libre y se mantienen en excelente estado físico y mental”. El primer Mc Donald’s de Japón, por caso, no se abrió en Tokio sino en la isla en 1976, y tuvo tanto éxito que hoy cuenta con el mayor porcentaje de hamburgueserías del país: 8,19 cada 100 mil habitantes. Al respecto, Suzuki es contundente: “Si las cosas se mantienen así, la longevidad de Okinawa será sólo un bonito recuerdo dentro de 20 o 30 años. Los mayores están viviendo más tiempo, pero los jóvenes están muriendo cada vez más jóvenes”.

Volver a empezar. Alertados por la realidad, en la isla muchos han empezado a despertar del “idealizado sueño americano”, mientras que las autoridades han puesto en marcha un plan de salud pública hasta 2010 para intentar invertir la tendencia. Se han tomado medidas para reducir el tabaquismo, primera causa de mortalidad, el sobrepeso y combatir la mala higiene dental. En las escuelas se desplegaron campañas de información, con la esperanza de salvar de esta caída en picada a una cultura admirable. La que ve con felicidad el advenimiento de la tercera edad porque cree que “Cada cual envejece según cómo ha vivido”, y lo que no se ha hecho antes no implica fracaso sino una vida orientada hacia diferentes direcciones. Así, arrugados y fuertes como una nuez, estos hombres y mujeres siguen sintiéndose vivos.


Compartir.

Dejar un Comentario