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Gustavo Alvarez Núñez
Viernes 29 de Mayo de 2009

A propósito del disco Amatoria

El amor en los tiempos de gripe A

por Gustavo Alvarez Núñez

No se puede vivir del amor. Lo saben los personajes de Gustave Flaubert como los de Manuel Puig y Haruki Murakami; los de Richard Linklater como los de Pedro Almodóvar y Arturo Ripstein. El amor es como un perro, te persigue, decía un poeta. Pasan y pasan los años, las generaciones, los gobiernos, los matrimonios, los divorcios, los desencuentros, las infidelidades, pero el amor sigue en pie.


Tal vez uno de los primeros indicios del dolor como sufrimiento en un ser humano se relacione con el amor. Con su pérdida. Es claro que las canciones más recordadas, las películas más inolvidables y los libros más imborrables son los que abordan el amor… pero desde la otra calle: la del abandono, el desconsuelo, el fracaso, la desatención o el olvido.


El bolero y el melodrama, dos géneros que Latinoamérica ha visto expandirse masivamente y que sigue exportando con creces, se balancean siempre entre la esperanza y la letanía mortal de la espera; entre el recuerdo abrasador y el despecho tan amargo.


Es decir, la falta siempre condujo a mejores puertos creativos y estéticos, diría el crítico. Y nuestro imaginario, nuestro día a día, han sido invadidos cariñosamente a veces, coléricamente otras, por las penas y desengaños del amor.
Es más, le ha sucedido a gente de nivel académico muy alto, con posgrado y master y demás, que ante los deslices trágicos del amor –parejas al borde de un ataque de corazón roto– recurrieron como solución al repertorio de un Joaquín Sabina, por ejemplo. Entonces, muchas veces, en casos donde ya no hay respuesta a tantas preguntas, la canción popular, en este caso, hace las veces de I-Ching…


También están aquellos que temen o rechazan el amor, lo sé. Los que se encuentran bien solos y sin pasar por los trances que supone el lazo afectivo. Algo de razón tienen si nos detenemos un segundo a reflexionar sobre los precarios resultados de parejas y parejas que siguen juntas por inercia/conveniencia, pero cuya incapacidad de remontar una historia ya trillada no tiene escapatoria.


¿Cómo es que teniendo en cuenta este cuadro, nos lanzamos sin miramiento alguno a la carrera para dar con un igual? ¿Hay algo de necedad enceguecida en tal emprendimiento? ¿O sólo es el arrebato ungido de un plan? ¿O el convencimiento de que el amor es para todos, y es parte de nuestro paso por el planeta tierra caer en los brazos del ser amado? A su vez, los que proyectan su vida en soledad, ¿lo hacen porque no están preparados para enfrentar el abandono, el rechazo o la indiferencia?


El filósofo Zygmunt Bauman encontró una arista importante del desmembramiento que trajo aparejada la posmodernidad, removiendo la estantería ya inestable de lo que hace a la familia, el trabajo y el amor. Para eso se dedicó a conceptos como “modernidad líquida”, también título de uno de sus libros más festejados, en el que desarrolla la idea de que cuando “lo público ya no existe como sólido, el peso de la construcción de pautas y la responsabilidad del fracaso caen total y fatalmente sobre los hombros del individuo”.


Más adelante indagó sobre los vínculos amorosos y sus efectos en la sociedad líquida en la que habitamos –Amor líquido, el nombre del libro–. Y remarcó cierto espíritu de época, el touch and go: “Lo que nos gustaría, en realidad, es poder colocar en cada relación un cartel avisando que se trata de un compromiso hasta nuevo aviso”.


Más allá de estos vaivenes y puntos de fuga, el amor continúa su batalla. Un Quijote que no sabe de crisis financieras, hipotecas ni corrupción. Es llamativo que muchas/os, después de deshacer una relación fructífera que no culminó en buenos términos, se embarquen sin tregua y rápidamente en otro vínculo. El amor actúa como una opción redentora: ¿Qué les lleva a creer que la salvación está ahí, en otro cuerpo, otro calor; en otra respiración, otra frecuencia?


Ya lo decía la canción: “Las deudas no se pueden pagar con amor / Una casa no se puede comprar con amor”. Pregunto: ¿No está en nosotros pensar que el amor es una invención feliz para algunos, incompatible para otros, reñida para muchos, incomprensible para ti? ¿O eres de los que creen que el amor y la belleza son una promesa de felicidad? ¿O estás con los que sostienen que el amor es una pasión inútil?


Estas disquisiciones vienen a cuenta del lanzamiento del tercer disco de Federico Aubele, Amatoria, un músico argentino cada vez más cosmopolita, que reside en estos días en Nueva York y que supo ser parte del colectivo musical de Thievery Corporation.


Con amor.

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