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Gustavo Alvarez Núñez
Martes 9 de Marzo de 2010

Artistas y albaceas

Seguro de Salinger

por Gustavo Alvarez Núñez

Si bien nos habíamos acostumbrado a no contar con Jerome David Salinger –dio la última entrevista a principios de los años 80 y era célebre por su misantropía–, un hilo de esperanza corría por las fauces de todos sus lectores. Esos que despertaron a su maravilloso mundo de rebeldías insomnes y preguntas fuera de lugar –pero exquisitas y agudas– con la novela The Catcher in the Rye o el conjunto de relatos Nine Stories. Que una imagen captada por un paparazzi a la salida de un hipermercado. Que las memorias con muchas cicatrices y pases de factura de su hija Peggy. Que algunos procesos judiciales para defender su derecho a la privacidad. Que los testimonios dolidos de su ex amante Joyce Maynard.

Salinger no quería salir de la cueva. Y las noticias que provenían de su entorno dejaban mucho que desear sobre su carácter huraño –el hombre de dos metros de estatura y cabello blanco expulsó varias veces a visitantes no deseados con su escopeta, comentaban sus vecinos–, ideas políticamente incorrectas –paramilitar y ferviente republicano–, además de conductas rayanas no aptas para estómagos comunes y corrientes –bebía su propia orina–.

El hombre que falleció a los 91 años en una cabaña en Nueva Hampshire dicen que era adepto a la telebasura. Entonces, seguramente habrá seguido con inocultable morbo las extravagancias y los rumores que corrían sobre su vida, su encierro, sus gustos. Lo que escribía y no escribía. El tipo dejó que corran, que fluyan como las aguas de un río tenebroso e impredecible las distintas disquisiciones sobre su ya legendaria reclusión, sobre su decisión de no divulgar nada nuevo. Igual, él seguía escribiendo. Lejos del mundanal ruido de las grandes ciudades. Encerrado en su prisión de carne y hueso. “Hay una gran paz en el hecho de no publicar”, dijo al New York Times en 1974. “Publicar es una terrible invasión a mi privacidad, me gusta escribir, amo escribir, pero escribo sólo para mí mismo y para mi propio placer.”

¿Salinger era un mito a pesar de él o por propia decisión, al decidir en 1965 no dar la cara y dejar de publicar? ¿Sus memorables libros lo convirtieron en un mito o él construyó la figura permeable a la adoración aunque con la distancia implícita del que no quiere saber nada con las adulaciones? Un escritor no es culpable de los lectores que genera. Nietzsche no hubiese admirado a Adolf Hitler. Como Salinger seguramente no hubiese asesinado a John Lennon –sí lo hizo Mark Chapman, que llevaba consigo en ese momento un ejemplar de El guardián entre el centeno– ni acosado a Jodie Foster como John Hinckley –que intentó matar a Ronald Reagan para llamar la atención de la actriz–, ambos furiosos admiradores de sus libros.

Escribo “seguramente” con seguridad. Seguro de mí mismo y del juicio que hay detrás del uso. ¿Por qué aseguro que Salinger esto, Salinger lo otro? No tengo opciones. No es un arma en mi cabeza la que posa el recuerdo en la lectura de algunas líneas memorables de sus libros. Tampoco soy un adscripto a la vida eterna del espíritu juvenil que hace identificar a muchos de sus lectores. Quizás en Salinger encontré una armadura, una coraza frente a diversos impedimentos o dificultades; debe ser cierta filosofía budista que se desprende de sus textos y flota en la superficie de mis impresiones: razones mínimas para alentar empresas grandes.

Nunca entendí los discursos de la sinceridad o en contra de la hipocresía. Una lectura apresurada o transparente de Salinger supondría esos estandartes. Que en ciertos instantes de nuestras vidas se pueden volver en contra como un bumerán. La celebración del espacio idílico de la infancia o la adolescencia muchas veces encierra una negación de la responsabilidad de hombre, decía mi padre. Salinger inspiró esos valores, sí, aunque también regó de libertad los caminos de la vida. Y ése es el punto.

No hubo foro en el mundo entero que luego de la noticia de su muerte cobijase dudas como: “¿El autor de The Catcher in the Rye guardaba manuscritos inéditos en una caja fuerte en Nueva Hampshire?” “¿Se trata de obras maestras, curiosidades o simples borradores?” En la biografía que escribió su hija en el 2000 señaló que su padre tenía un sistema de archivo preciso para sus escritos: una marca roja significaba que el libro podría ser publicado “como está” si el autor moría. Una marca azul significaba que el manuscrito debía ser editado, es decir, pasar por las manos de un experto.

Mi duda se relaciona con un dilema no menor: ¿Nos ponemos contentos porque ahora saldrán a la luz una serie de libros que él se tomó el trabajo de que permanecieran inéditos? Vienen hacia mí casos de escritores que habían impuesto a sus albaceas medidas drásticas sobre su legado: Virgilio en su lecho de muerte ordenó a Augusto que destruyera la Eneida; Franz Kakfa le solicitó a su gran amigo, Max Brod, que quemara todos los papeles. Conocemos muy bien el final de estas historias…

Mientras Salinger descansaba en paz, se conocía la suerte de otro Peter Pan –Michael Jackson–; más precisamente, la de su médico, culpado de homicidio involuntario. La acusación indicó que Conrad Murray actuó “sin la precaución y cautela necesarias” cuando le dio al artista un poderoso sedante en un esfuerzo por ayudarlo a dormir. Es injusta la inmortalidad. Ya no estaremos ahí para luchar por nuestros derechos.

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