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Gustavo Alvarez Núñez
Miércoles 22 de Abril de 2009

Clint Eastwood

El tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos

por Gustavo Alvarez Núñez

Pienso en la madurez mientras recuerdo el rostro de Clint Eastwood. Más que en el rostro, en los dibujos que sus facciones van generando según el humor de su personaje de turno. Porque a Eastwood nunca me lo crucé. Ni en la calle, ni en un bar, ni en un aeropuerto. Y ahora, mientras el sol acaricia la ventana de mi oficina, pienso en Eastwood, en las sombras que cada una de las líneas de la vida curtieron en su fisonomía. Me pregunto si un rostro duro, con las cicatrices justas para confesar que ha vivido, es el símbolo de la madurez.


En Gran Torino, –tal vez la última oportunidad de verlo frente a una cámara, aunque con él nunca se sabe: ya había prometido el retiro–, es un hombre ya grande, un veterano de la Guerra de Corea que acaba de perder a su mujer. Un tipo huraño, poco afable al diálogo. Ni su hijo y familia se salvan: detrás de ellos percibe sólo el interés por una herencia. Así que con ellos el trato también es parco. Como casi todo lo que lo involucra. Cada dos por tres, ante una situación de disgusto (¡todo le disgusta!), saliva en el piso. Además, es racista. Y su vecindario, un crisol de razas. En particular sus vecinos lindantes, unos orientales que no le simpatizan nada. Hasta que las vueltas de la vida lo van enterneciendo un poco y comienza a entablar amistad con el hombrecito de la casa contigua; un adolescente que todavía no sabe cómo decirle a una muchacha que está interesado en ella.


Olvidemos por un momento cierto aspecto moralizante del filme. Sigamos a Clint. Sus gestos son pura magia de hombre resuelto. No tiene que decir mucho. No es de hablar mucho, subrayemos. Igual, reserva una baraja: su auto, un Gran Torino 72. Una verdadera joya que resplandece desde el fondo de su garage. Clint atesora en él algo así como la experiencia. Guarda en ese legendario vehículo las infamias y los destellos de toda una existencia. A su vez, pasear en él no es para muchos. Es más que un objeto de colección: es la colección de sus recuerdos. Pero el peso de un error (podemos inferir que mató a varios inocentes en su carrera como militar) parece no dejarlo en paz.


Es sabido que Eastwood ha hecho de su rostro impasible una marca registrada. No está a la altura de la lengua de los Rolling Stones, el símbolo de la paz o la imagen del Che Guevara, pero se las ha ingeniado para ser reconocible y letal. Un rostro que no se dejó tentar por cirugía alguna. Un rostro que declama virulencia y saber, omnipotencia y seguridad. El inicio de un clásico de Bob Dylan, Blowin' In The Wind, se entromete en esta remembranza: “¿Cuántos caminos debe recorrer un hombre antes de que se lo considere un hombre?” Se me cruzan otros versos mientras vuelvo al semblante imperturbable de Clint. Pero no quiero desviarme de la madurez, los signos que aparentan atesorar una cara; señales que desembocan en rasgos paradigmáticos o cruciales para entender un proceder, una renuncia, un compromiso. No sólo es un hombre maduro, sino viejo. ¿Y qué?

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