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Gustavo Alvarez Núñez
Viernes 1 de Abril de 2011

Después del tsunami en Japón

Recuerdos de 1755

por Gustavo Alvarez Núñez

Antes era la religión, ahora es el cine quien nos prepara para el fin del mundo. No voy aquí a sumergirme en la cantidad de películas que en los últimos años se han ocupado del tema. Porque no soy crítico ni experto en la materia. Pero mientras buceaba en mi cabeza para exprimir alguna idea sobre la cual escribir para esta columna, el desastre que provocó el terremoto en Japón arrasó también con las débiles certidumbres que poseía. Por lo pronto, en lo relativo a la finalidad de lo que debía escribir en esta página.

Como cuando era un torpe enamorado que abría mi casilla de correo electrónico cada un minuto, así ahora voy de aquí para allá recorriendo los portales de los principales periódicos del mundo. Muertos por doquier, temor nuclear, contaminación por radiactividad, paranoia, mentiras encubiertas, las centrales nucleares en la encrucijada, debate atómico, soldados contaminados, la energía nuclear no es renovable, catástrofe, "más allá de Three Mile Island, sin llegar al nivel de Chernobyl", nivel 4 "accidente con consecuencias de alcance local", millares de personas evacuadas, evitar una fusión en el núcleo, fuga descontrolada de radiactividad, nivel 5 "accidente con consecuencias de mayor alcance", los gases podrían provocar una explosión... Es infinita esta tristeza. Podría hacer un poema surrealista con esta catarata de palabras y frases que focalizan en un solo blanco: está todo mal.

Pero este cadáver exquisito me remonta a lo que fue el terremoto de Lisboa en 1755. Reinaba el iluminismo; un filósofo como Leibniz decía que estaba "todo bien", que éste era el mejor entre los mundos posibles. No obstante, la mancha negra que fue el desastre natural en la capital portuguesa dejó secuelas. Y muchas. Hasta en la cabeza y las creencias de dos de los grandes escritores de esos tiempos. Un ya maduro Goethe recordó en sus memorias esos días turbulentos: tenía seis años y eso le dio pie para negar la existencia de Dios. Así rememoró lo que significó el sismo de Lisboa: "Una gran y magnífica ciudad, al mismo tiempo ciudad comercial y marítima, es golpeada inesperadamente por la más temible calamidad. La tierra tiembla y se tambalea, el mar hierve, los barcos chocan entre sí, las casas se derrumban y sobre ellas las iglesias y las torres; el palacio real es absorbido en parte por el mar, la tierra entreabierta parece vomitar llamas, porque el humo y el fuego se anuncian por todos lados en el medio de las ruinas. 60 mil criaturas humanas, hace sólo un momento felices y tranquilas, perecen entre el más inmundo de los horrores. Los desafortunados sobrevivientes son abandonados a los saqueos, al pillaje y a la deriva más cruel. Y la naturaleza hace reinar su tiranía sin freno. Dios, creador y protector de la tierra y de los cielos, condena a la vez a ser destruidos al mismo tiempo a los justos y a los injustos".

Más adelante, el hacedor de Las penas del joven Werther se preguntó: "¿Cómo un joven podía defenderse contra sus dudas, si hasta los sabios y los doctos en escritura no sabían en absoluto cómo explicar estos terribles fenómenos?". En un mundo en que imperaba la idea de orden y armonía en la naturaleza, el supuesto de que un mal pudiera ser ocasión de un bien mayor quedaba seriamente en entredicho: "¿Si Dios es todopoderoso y bondadoso, por qué no creó un mundo sin terremotos y víctimas inocentes?", era el cuestionamiento de la época. Lo imprevisto rajaba la tierra y desacomodaba todo lo conocido. Había que renunciar a una lógica que obraba sin lógica: la lección que dejaba Lisboa es que no se podía prever catástrofe alguna. El hombre estaba librado a sí mismo, a su devenir incierto. Eso le llevó al francés Voltaire (el mismo del célebre Cándido o el optimismo) a escribir un largo poema sobre la incomprensión ante lo que se había vivido:

 ¡Oh infelices mortales! ¡Oh tierra deplorable!

¡Oh espantoso conjunto de todos los mortales!,

¡De inútiles dolores la eterna conversación!

Filósofos engañados que gritan: "Todo está bien",

¡Vengan y contemplen estas ruinas espantosas!

Esos restos, esos despojos, esas cenizas desdichadas,

Esas mujeres, esos niños, uno sobre otro, apilados,

Debajo de esos mármoles rotos, esos miembros diseminados;

Cien mil desventurados que la tierra traga

Ensangrentados, desgarrados, y todavía palpitantes,

Enterrados bajo sus techos, sin ayuda, terminan

En el horror de los tormentos sus lamentosos días.

(...)

¿Dirán ustedes, al ver ese montón de víctimas:

"Se ha vengado Dios; su muerte paga sus crímenes"?

¿Qué crimen, qué culpa cometieron esos niños,

Sobre el seno materno aplastados y sangrientos?

(...)

Todo está bien, dicen ustedes, y todo es necesario

¿Qué, el universo entero, sin ese infernal abismo,

Sin engullir Lisboa, hubiese estado peor?

(...)

Un día todo estará bien, he allí nuestra esperanza

Hoy todo está bien, he allí la quimera

Los sabios me engañaban, y sólo Dios tiene razón.

El transcurso del tiempo ha demostrado que estamos en manos de la naturaleza y sus entredichos, sus irrupciones y su histeria. La felicidad es un arma tibia, cantaban los Beatles.

Que nos sea leve,

Gustavo Alvarez Núñez

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