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Alex Gasquet
Viernes 2 de Diciembre de 2011

El año de la mentira

El fracaso del súper comité

por Alex Gasquet

El año de la mentira - El fracaso del súper comité

Finalmente ocurrió lo que todos daban por descontado: el fracaso del súper comité -formado por seis legisladores demócratas y seis republicanos de ambas Cámaras- creado para consensuar una política de ahorros de 1,2 billones de dólares a ejecutar durante los próximos diez años con el objeto de enfrentar una imperiosa necesidad de reducir el déficit estadounidense. Después de tres meses de posiciones inflexibles, este Día de Acción de Gracias ha sido el escenario para que los representantes de ambos partidos salieran a reconocer no sólo el fracaso, sino el hecho de no haber estado siquiera cerca de un acuerdo durante todo el período de deliberaciones.

Otra oportunidad perdida para recuperar la condición de liderazgo que la historia le tiene reservada a Estados Unidos. Después del bochornoso comportamiento legislativo de agosto pasado, donde el país estuvo a horas de declararse en cesación de pagos, una solución consensuada hubiera sido una demostración de regreso a un espacio perdido, a un universo de certezas indiscutibles acerca de nuestro lugar en el mundo. Sin embargo, la miope búsqueda del rédito político partidario nos hace pensar en el riesgo de caer en el síndrome de la orquesta del Titanic. Esos músicos que -según la tradición- seguían tocando impávidos en el salón mientras el célebre paquebote se hundía en las frías aguas del Atlántico Norte.

Tras el rotundo fiasco, el debate regresará al pleno del Congreso donde ambos partidos tendrán otra oportunidad de acordar un modelo eficiente de reducción del gasto antes de la entrada en vigor, a partir de 2013, de los recortes automáticos previstos en el acuerdo de agosto para el caso de que no se alcanzara el consenso. Con una elección presidencial en el horizonte cercano, resulta ingenuo soñar con una casta de políticos que anteponga la necesidad verdadera del país frente a sus perentorias necesidades electorales.

Las diferencias enquistadas en el riñón del oportunismo ideológico de ambos partidos impiden el camino a la recuperación de la economía. Los republicanos, convencidos de que el presupuesto de defensa no debe ser tocado y a la vez negando toda posibilidad de aumento de impuestos, o siquiera de la derogación de exenciones fiscales a los ingresos superiores a los 750 mil dólares instalada por el gobierno de George W. Bush, y prorrogada por la administración Obama, que técnicamente no implicaría un aumento de impuestos sino la eliminación de una excepción temporal sobre una tributación que ya existía. Los demócratas, con la bandera de la protección de los planes sociales, se oponen a la reestructuración de Medicaid y Medicare, dos centros de ineficiencia y corrupción que desangran las arcas del gobierno federal sin resolver de plano los problemas de aquellos más necesitados.

La realidad es que ha llegado la hora de reformar los sistemas de asistencia social, bajando el gasto y ganando en eficiencia, reducir drásticamente el presupuesto militar y poner en funcionamiento una política fiscal más justa y equitativa. Sólo después de que esas medidas entren en vigor, y el Estado nacional pueda equilibrar sus cuentas y detener sus desenfrenados niveles de endeudamiento se podrá pensar en una posible recuperación de la economía y el empleo. Demócratas y republicanos sienten que pagarían muy caro una renuncia a sus principios en aras de acordar una solución de fondo al tema del déficit. No obstante, la posición de rigidez y parálisis que han elegido está acabando con la paciencia del electorado. Una encuesta reciente, a nivel nacional, muestra un precario 9% de aprobación popular a la gestión del Congreso; todo un récord histórico.

Estados Unidos carece hoy de una raza política dispuesta a arriesgar. Si bien es justo recordar que este fracaso es la más reciente demostración del grado de obstruccionismo que Barack Obama ha tenido que soportar de parte de una oposición controlada por su sector más radical e intransigente, no es menos cierto que después de tres años de gestión, el presidente no ha estado a la altura de las circunstancias y hoy ha quedado manifiestamente ubicado en las antípodas de la expectativa generada al momento de asumir. Sus políticas de continuidad en la falta de regulación a la banca, la pasividad ante las obscenas compensaciones de Wall Street para sus ejecutivos con el dinero de los contribuyentes, su falsa promesa de reforma radical de la política en Washington, la revalidación de los tribunales militares en Guantánamo y la ausencia generalizada de liderazgo de gestión, no hacen más que presagiar un final sin cambios de fondo.

El presidente Obama es un negociador. Su experiencia legislativa lo ha preparado para el intercambio de favores. En su menú no existe la herramienta "gobernar en soledad si es necesario". El no es un administrador: en ningún momento de estos tres años ha demostrado el temperamento, la personalidad y el carácter de un estadista. Entró por la puerta de las grandes esperanzas y va camino a salir por la ventana de la frustración y la impotencia. La democracia vuelve a demostrar su incapacidad para resolver las debilidades de la condición humana. Y con un escenario de fanáticos ignorantes de un lado y una consagrada masa de inoperantes del otro, es de esperar que las cosas empeoren aún más antes de experimentar una mejoría. Nos espera un año de parálisis, promesas vacías y mentiras crónicas.

Que pase rápido. Por el bien de todos.

Hasta la próxima,

Alex Gasquet

 

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