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Por momentos tengo la amarga sensación de que la tecnología está en deuda con la humanidad. Asistimos simultáneamente a un espectáculo de desarrollo tecnológico sin precedentes en la historia a la vez que concebimos un mundo cada vez más pobre, menos educado y más peligroso. La promocionada transferencia de tecnología ha sido, en gran medida, un fenómeno comercial que exporta grandes toneladas de equipos de toda especie desde el mundo desarrollado al mundo en vías de desarrollo. Pero la exportación de cultura tecnológica es aún una deuda pendiente. Sin dudas, la comunicación es uno de los exponentes más destacados en la incorporación y el uso de nuevas tecnologías. Pero lejos de proveer educación y riqueza, su efecto está concentrado en aumentar la exposición de la brecha entre ricos y pobres haciéndola todavía más visible. La tecnología no ha resuelto la intransigencia étnica, ni el fanatismo religioso, ni el hambre, ni la soberbia bélica de algunos países. El desarrollo tecnológico parece ir a una velocidad inalcanzable para los procesos de la reflexión humana. En esta era digital, el hombre parece consolidar su condición analógica.
A través de los años, arqueólogos e historiadores le han dado razones y fundamentos al ascenso y caída de civilizaciones anteriores, pero hoy son reacios a ocuparse de nuestro propio destino. El futuro sigue siendo incierto, y la tecnología juega un papel fundamental en ello. Porque ya no sólo se trata de predecir los nuevos avances en la investigación y el desarrollo: el verdadero desafío radica en vencer la imposibilidad de anticipar el uso que el hombre hará de sus más recientes descubrimientos en todos los campos.
En la industria bélica, el desarrollo alcanzado gracias a la evolución tecnológica le ha permitido a países como Estados Unidos, Rusia o China, entre otros, concentrar una capacidad armamentística suficiente para destruir varias veces el planeta, con el extraño argumento del poder persuasivo. En el campo de la salud, los avances en la expectativa de vida han sido notables, al igual que en la cura de algunas enfermedades otrora terminales. Es decir, la ciencia, con el invalorable aporte de la tecnología aplicada a su campo específico, logra salvar las vidas de individuos que luego morirán por guerras, invasiones, atentados, actos de violencia urbana o desastres naturales provocados por el uso o abuso contaminante de nuevas tecnologías, que utilizan viejos combustibles.
La explosión de los medios digitales merece un capítulo aparte. Apalancados en la proliferación masiva de dispositivos móviles y de una internet cada vez más rápida y mejor distribuida, convierten al usuario en protagonista y provocan un fenómeno de participación sin precedentes. La próxima generación dirigente, la que hoy tiene entre 15 y 25 años, mayoritariamente no lee periódicos ni libros, y no mira noticieros de televisión. Su mundo gira alrededor de lo que acontece en redes sociales, blogs y comunidades online. Y esto, no es bueno ni malo. Simplemente es así. Pero obliga a la política tradicional, a las marcas y hasta a las organizaciones de bien público a crear sus espacios en ese nuevo universo, ya que en los próximos años, lo que no tenga una presencia consolidada en esos espacios, simplemente dejará de existir. La primera noticia del avión que hace pocos meses aterrizó en el río Hudson, Nueva York, pudo leerse en Twitter. También la primera red de pedófilos especialmente creada para el aprovechamiento de las redes sociales fue desarticulada en España el pasado año. Otra vez, el hombre define el uso de la herramienta. Imagen, sonido e inmediatez. Una combinación que rompe todos los paradigmas de asignación de roles que las sociedades han sostenido durante décadas. Cambiando la jerarquía de valores e instalando modelos de vida que obligan a redefinir el sentido de términos como celebridad. Hoy la celebridad puede alcanzarse con un poco de tecnología y un poco de audacia. Un ignoto vendedor de teléfonos celulares de una aldea irlandesa es visto por cientos de millones de personas alrededor del mundo, que lo aman, lo idolatran, lo odian y lo descartan en un proceso tan corto como vacío de fundamentos en todas sus etapas. La exaltación de la inmediatez llevada al extremo actual se presenta como uno de los cambios más profundos que la tecnología ha producido en la conducta humana. Ha modificado radicalmente los patrones de éxito y fracaso creando nuevos paradigmas que descartan todo aquello que no provea un resultado rápido. La paciencia y el bajo perfi l parecen haber muerto como atributos necesarios en el camino del éxito. Hoy todo es vértigo y visibilidad. Esta metamorfosis individual y colectiva se ha desarrollado al ritmo de la evolución tecnológica y sus consecuentes derivaciones en dispositivos de uso simple y cotidiano. El hombre cree que avanza. Pero en realidad, de la mano de su extraordinario hemisferio racional y con su irremplazable espíritu creativo, lo que avanza es la ciencia y la tecnología. A la hora de la utilización de sus propias creaciones, la humanidad daría la impresión de no estar a la altura de su propia inteligencia. La historia muestra que el pensamiento auténtico, algunas veces se ha adelantado a su tiempo y otras ha hecho su aporte desde la reflexión ante los hechos consumados. Para comprender cómo conviven las partes contradictorias de nuestra existencia, necesitamos que la razón humana discipline las emociones y recupere una moral a favor de la vida. La tecnología es pura razón, lógica, pragmatismo. Y como tal provee herramientas que pueden curar o matar. Crear o destruir. Educar o idiotizar. Esta evolución genera recursos insospechados años –y hasta minutos– atrás. La clave sigue siendo el hombre. Unas veces, demasiada pasión. Otras, demasiada codicia, o demasiado miedo. Difícil diagnóstico.
El ser humano, definitivamente, es analógico.
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