Alma Magazine.com
Una ley con fisuras - Otra vez SOPA

Una ley con fisuras

Otra vez SOPA

Opinion

Ultimos artículos de Opinión

Gustavo Alvarez Núñez
Miércoles 9 de Junio de 2010

Lecturas

¿Se acuerdan de Jonathan Franzen?

por Gustavo Alvarez Núñez

Días atrás me llama por teléfono una amiga, editora de textos escolares. Urgida en búsqueda de lecturas ágiles o descontracturadas, debido a que tanta enunciación para niños en edad escolar la estaban amortajando de tal modo, que no podía salir de la glosa infantil educativa. Y todo lo que rezumaba en su cabeza estaba ligado al mundo de la educación. Se encontraba en un atolladero. Algo así me decía. Que ya no daba con términos o palabras que no estuviesen en sintonía con lo que estaba editando. Y que a la vez, estaba agotando su mismo arsenal de alternativas: veía reducido su campo semántico y notaba que tenía que respirar otros aires lingüísticos. Entonces, me preguntaba en esa llamada telefónica, si yo podía proveerle de lecturas (novelas, poemas) que le aligerasen un poco los sentidos. Lecturas que le brindasen una renovación de su lenguaje. Aires nuevos, de vuelta.

No sé por qué, pero pensé rápidamente en Roberto Bolaño, tal vez el mejor escritor en español de los últimos veinte años. Maneja el ritmo narrativo como pocos. Su imaginación es a prueba de balas. En sus historias hay algo más que historias. Digamos, no se relame en que la literatura se trata de contar buenas historias, sino que propone (proponía, si aún no lo saben, el chileno falleció a los 50 años, en 2003) una inmersión en el disparate más conmovedor como en la desbordante caricia del lenguaje. Bolaño escribió poesía, por ende, no escribía con los codos. Por eso le propuse a mi amiga que se meta con los libros de Bolaño. Son cautivantes. Son impetuosos. Seguramente la iban a sacar fácilmente del lodazal.

Esto me dejó pensando. Las veces que terminamos presas de los vicios de nuestra profesión. Si una persona que se encarga de editar los colores de las imágenes que pueblan las pantallas de las películas que vemos, cuando te sientas con ella frente al televisor a ver un programa cualquiera, no podrá con su genio y sacará a relucir la mirada profesional. Y nos contará que la caja está reducida, o que la paleta de colores esto, o que la imagen no está expandida lo otro… Malformación profesional, dijo la partera.

Me ha pasado que me han enviado personas cercanas sus manuscritos de novelas o guiones de películas en un documento word, y que no he podido, a medida que avanzaba la lectura, dejar de meter mano al texto como si fuese un editor en su trabajo y no un simple amigo que estaba leyendo por primera vez una futura obra publicada o estrenada…

La malformación profesional me ha llevado a vivir en un presente que se evapora muy cruelmente. En el sentido de que muchos editores miramos películas antes de que se estrenen, leemos libros antes de que lleguen a las librerías, o escuchamos discos antes de que crucen la barrera del sonido. No me hago el interesante. Es un modo de vida. A veces cansador. A veces uno ni se da cuenta de que está inmerso en esas coordenadas.

Cuestión que un mes atrás descubrí en mi biblioteca –me puse a hacer limpieza y a fijarme a cuáles libros aún les debía lectura– una novela con mucho hype en su tiempo. Y que si bien compré, nunca abordé. Tal vez porque llegué tarde –los gajes del oficio: uno es un descubridor permanente, nada de que le digan qué tiene que leer, mirar o escuchar–, tal vez porque quienes la elogiaban no eran dignos de mi afecto –algunos sostienen que la primera crítica de cualquier obra que aparece es crucial para el modo en como se pararán los otros críticos; si han sido benévolos, los que siguen serán implacables y hostiles; si han sido lapidarios…–; tal vez también porque de vez en cuando no está mal dejar que ciertas novelas o discos se estacionen como un buen vino, que maceren, que encuentren su perfección. En este caso, hay gente que ama vérselas con material muy novedoso pero recién a los años. Más que nada esa aparición rutilante, con la que todos están encandilados y se llenan la boca de adjetivos: apreciarlas aunque mucho tiempo después.

Y ahí estaba yo sacando del ostracismo a The Corrections, la novela célebre de Jonathan Franzen, escritor norteamericano modelo 1959. En el momento de la publicación, eran todos elogios: “obra maestra”, “la gran novela del siglo”. Superó el millón de ejemplares vendidos en Estados Unidos y se tradujo en veinticuatro países. Fue seleccionada por el club de lectura de Oprah Winfrey (lo que implica popularidad seria). La cereza del postre: le otorgaron el National Book Award. No sé qué fue de todo esto que me frenó a leerla. Pero eso ya es historia pasada. Ahora estoy embelesado con la familia Lambert, originaria del Medio Oeste. Con tres hijos bastante particulares, insertos en la Norteamérica de fines de los años 90. Adhiero al momento en que uno de ellos, el más coherente –pese a que su mujer, la madre de sus tres hijos, le diagnosticó una depresión–, se pregunta sobre el destino de la sociedad estadounidense, de ese vicio por ser únicos: “La triste verdad era que no todo el mundo podía ser extraordinario, ni todo el mundo podía estar en la onda. Porque, entonces, ¿dónde queda lo normal y corriente? ¿Quién desempeñaría la desgraciada tarea de ser una persona relativamente sin onda?”.

Aún no la terminé. Pero es una buena novela para desentumecer el cerebro de mi amiga editora de libros escolares. Así que espero pronto poder prestársela.

Calificar artículo

35 Votos

Espacio de lectores Deje su comentario

Seguir los comentarios por email.