A la derecha de la derecha
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No es paranoia. Más allá de la cuestión celebratoria, amistosa y comprensible, ¿es posible que haya un significado detrás de los regalos? ¿Alguna señal escondida, recóndita? ¿Una clave que intente conjeturar un cuadro de quiénes somos o qué representamos para el otro, nuestro agasajado? No estoy haciendo referencia a si en esta ocasión tu mejor amigo no te obsequió algo muy caro o vistoso, como suele ser su costumbre, y arregló el asunto con un sencillo DVD. No se trata del volumen del objeto o la cantidad del dinero invertido. Ni se relaciona con el hecho de que el año pasado, o en los últimos tiempos, ese amigo solía ser más dadivoso y la maldita crisis hizo que todos los bolsillos se replieguen, el suyo incluido.
La cuestión pasa por otro andarivel. Mejor no la pongamos en relación a un regalo propiamente dicho, cumpleaños mediante o según la conmemoración anual implicada (día de la madre, del padre o del niño; las fiestas religiosas, etc.). Vayamos a algo más sencillo. En mis años universitarios, un compañero que solía ser un aliado de aventuras fuera del claustro, una vez me obsequió –ahora que lo pienso, no recuerdo si me lo regaló o me lo prestó– un libro. Porque sí, sin ningún motivo de efeméride. Estábamos regresando de un fin de semana en el campo de un compañero con quien habíamos formado un buen grupo de estudio. La ruta estaba congestionada. La charla hacía que todo fuese más soportable: las largas filas de autos, la lentitud del desplazamiento, la caída de la tarde de domingo. Alguno rememoraba la instancia en que una noche salimos a correr como poseídos entre las vacas que estaban apaciblemente descansando en medio de la llanura. Otro hacía mención a lo que nos sucedió en el apartamento de una compañera que no pudo ir a este viaje, cuando otra noche un murciélago irrumpió como si nada en plena fajina de preparación de un examen.
En el medio de esas añoranzas, Juan –se llama Juan y un par de años atrás me lo crucé por las calles de su barrio, regresando de rentar una película para su pequeño hijo; ahora es docente en un par de escuelas y suele irse de vacaciones a la montaña– sacó de su bolso un libro y me lo cedió. No sé por qué. Tal vez porque el autor del texto formaba parte de esos escritores o filósofos que uno declara prescindibles sin haberse tomado el trabajo de inmiscuirse en su obra, pero el libro pasó delante de mis ojos sin pena ni gloria. Lo hojeé en ese momento, lo cargué en mi mochila y nunca más lo abrí hasta hace unos días.
Por alguna razón que no puedo vislumbrar, en esos años era más fácil hablar mal de lo que uno ignoraba –aunque estuviese convencido de que era una verdadera porquería– que de las cosas que nos embargaban. Pasábamos muchas horas hablando o infiriendo a través de los gustos y disgustos de cada uno: que la política, que la literatura, que la música, que el fútbol. Hay una escena de esa sitcom irrepetible y fuente de sabiduría cotidiana que fue Seinfeld, en que George y Jerry rememoran cómo era hacerse de amigos en la infancia. Sólo bastaba que te gustase la misma gaseosa, entonces la alianza era un hecho y ya teníamos un nuevo amigo.
Mis compañeros universitarios, tan letrados como yo, tan cáusticos como yo, tan distantes como yo, provenían de familias ilustradas, no era mi caso. Mi biblioteca la fui armando por mi cuenta. Y cuando mi hermano fue tomando el apetito por la lectura, también sumó los suyos. Los libros son como esos amigos de Seinfeld: pequeños detalles hacen a una gran amistad.
Ahora bien, días atrás, sin querer di con el ejemplar que ese domingo me había pasado Juan. Lo abrí. Me di cuenta de que no había sido un regalo, básicamente porque ya tenía marcas de lectura. Algunas con lapicera, otras con lápiz. Otras constituían solamente ese pliegue que se forma al doblar mínimamente la punta de la hoja, a modo de recordatorio. Como buen fisgón, indagué febrilmente en las citas apuntadas. Parecían hablarme. Parecían dar cuenta de sensaciones vividas, de recuerdos que nos unían en ese tiempo y que iban a terminar marcando la aventura intelectual de algunos de nosotros. Parecían también estar escritas para ser desveladas en el futuro. No hubo momento en estos días que no haya indagado en esas huellas que mi viejo amigo dejó para que hoy las lea con la perplejidad del arqueólogo o la incertidumbre del científico. ¿Un regalo del destino?
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