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Felipe Real
Jueves 1 de Octubre de 2009

Literatura policial

El mundo bajo sospecha

por Felipe Real

Cada época tiene su literatura. Y los días de la era posbushiana y del desmadre bursátil se consagraron a la literatura policial, en especial, el subgénero de la novela negra. En el pasado verano europeo, tanto los lectores como los críticos coincidieron al apoyar a estas narraciones –muchas veces tildadas de populacheras y pasatistas– que colmaron las librerías.

Como ante toda moda editorial, surge una pregunta: ¿el despertar de la literatura policial que se basa en una acertada campaña de márketing o en el talento de sus autores?

Las eficaces herramientas de márketing, evidentemente, no pueden obviarse, pero tampoco se debe despreciar la capacidad de una camada de escritores encabezada por el sueco Stieg Larsson entre los que se enrolan su compatriota Henning Mankell, el galés Beynon Rees, la escocesa Val McDermid y el argentino Leonardo Oyola. Pese a sus heterogéneos orígenes pueden rastrearse rasgos comunes: muchos son periodistas, enfadados con su profesión, que no han tenido mejor idea que plasmar su visión del mundo por medio de la ficción denunciando aquello que no pueden escribir por los compromisos de los propios medios o por falta de pruebas judiciales concretas.

El otro factor que, justamente, ayuda a comprender el inusitado interés por la literatura policial está relacionado con el desencanto de los ciudadanos de Europa –que hasta ahora se sentían a salvo de las crisis económicas– y en el presente año se descubrieron maniatados por la recesión, marcados por la desocupación y los absurdos financieros.
Queriendo calmar su rabia y buscando cierta sensación de justicia, los atosigados lectores encontraron en las páginas de las novelas policiales la mejor forma de sublimar la angustia neoliberal que sacude las almas y los bolsillos.

Demás está recordar que el popular género nació hace 150 años cuando las ciudades comenzaban a transformarse en el monstruo que hoy conocemos y se ha renovado periódicamente con las cíclicas crisis del capitalismo. Lejos quedó la etapa inaugural, cuando Arthur Conan Doyle y su inmoral detective, Sherlock Holmes, intentaban confirmar el dominio de la razón y el mito positivista del proceso ilimitado. También quedaron relegadas las novelas de enigma de Agatha Christie y su denuncia de la doble moral de la elite europea que desembocó en la hoguera de las guerras mundiales. Pues la nueva camada de escritores policiales se acerca más al paradigma del policial negro, aquel subgénero que surgió entre las sombras de la crisis del 30 con Raymond Chandler a la cabeza para trazar un mundo donde esfuma el bien y el mal.

Sin embargo, los relatos de esta nueva ola negra también guardan sus diferencias con el anterior modelo. Sus protagonistas no son detectives alcohólicos, sensuales viudas ni grotescos matones de barrio sino cerebrales freaks, empresarios quebrados por las importaciones chinas, oscuros financistas, traficantes de armas, magnates petroleros y millonarios rusos. La materia prima de sus novelas no son sólo crímenes sanguinarios sino, principalmente, resonantes casos de corrupción internacional realizados sin más armas que una lapicera. Las tragedias sociales, el narcotráfico, las aventuras militares y los planes de las multinacionales para expandirse en el Tercer Mundo son algunos de los componentes que nunca faltan.

Como suele ocurrir en el mundo de hoy, en estas páginas es más sencillo rotular a los desalmados que señalar a los espíritus impolutos. Y al momento de querer definir a los héroes entramos en problemas: pues en la trilogía Milenium de Larsson está protagonizada por un periodista acusado por calumnias y una hacker apática, mientras que el ex corresponsal de guerra, Beynon Rees, creó al primer detective palestino, un sujeto melancólico que no esconde sus posturas políticamente incorrectas. Tal vez, y entrando en el terreno de las generalidades, se pueda convenir que los héroes de estos relatos no son policías honestos ni detectives salvajes sino simplemente personas que tienen cierta mirada demodé frente a la sociedad actual e intentan ayudar, por primera y última vez, a que el mundo sea un lugar menos peor.

 
Si uno se dejara guiar por las novelas que proliferaron el pasado verano en las librerías europeas, tendría que pensar que la tan mentada aldea global es un auténtico nido de serpientes. Pero por suerte, todos sabemos que son meras ficciones. Lástima que el mismo Rees insista en avisarnos que “la ficción es más cercana a la realidad que el periodismo”.

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