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Alex Gasquet
Lunes 10 de Enero de 2011

Maten al mensajero

El escándalo de WikiLeaks

por Alex Gasquet

Maten al mensajero - El escándalo de WikiLeaks

En la página 44 de esta edición de ALMA MAGA­ZINE, usted podrá leer una entrevista realizada a Julian Assange, fundador y presidente de Wiki­Leaks. La misma se llevó a cabo en los primeros días de noviembre y su eje temático fue anclado en la divulgación de los casi 400 mil documen­tos del Departamento de Defensa de Estados Unidos relacionados con la guerra de Irak, entre el 1 de enero de 2004 y el 31 de diciembre de 2009. Estos informes permitieron confirmar, por ejemplo, que las autoridades norteamericanas conocían el uso sistemático de la tortura, o que las víctimas en Irak alcanzaban oficialmente los 109.032 muertos y que el 63% eran civiles.

Al momento de escribir este editorial, ya en el cie­rre de esta edición, WikiLeaks ha publicado otras 253 mil comunicaciones del Departamento de Estado en las que se revelan distintos aspectos de su política exterior. La documentación expues­ta resume informes elaborados por funcionarios estadounidenses de distinto rango sobre perso­nalidades de todo el mundo: pone al descubierto actividades de espionaje y expone con detalle las opiniones y los datos aportados por diferentes fuentes en conversaciones con personal diplo­mático de Estados Unidos en numerosos países. Queda en evidencia, por ejemplo, la sospecha norteamericana de que la política rusa está en manos de Vladimir Putin, a quien se define como un político autoritario cuyo estilo personal ma­chista le facilita una relación estrecha con Silvio Berlusconi. Del primer ministro italiano se detallan sus "fiestas salvajes" y se plantea la desconfianza profunda que despierta en Washington.

Además, la citada documentación incluye una catarata de pruebas sobre el alcance de la corrupción a escala planetaria y las permanentes presiones que se ejercen so­bre los diferentes gobiernos -desde Brasil a Turquía- para favorecer los intereses comer­ciales o militares de Estados Unidos.

Por otro lado, se exhiben los movimientos entre Estados Unidos y sus aliados para hacer frente al terrorismo islámico, así como detalles significati­vos sobre episodios como el boicot de China a la empresa Google o los negocios conjuntos de Putin y Berlusconi en el sector del petróleo.

Si bien no es sorpresa, los cables grafican el pá­nico que los planes armamentísticos de Irán, in­cluido su programa nuclear, despiertan entre los países árabes, hasta el punto de que uno de sus gobernantes llega a sugerir que es preferible una guerra convencional hoy en día a un Irán nuclear mañana. De acuerdo con los documentos pu­blicados, el Departamento de Estado ordenó la recopilación de información personal y de otra ín­dole sobre funcionarios de las Naciones Unidas, incluso su secretario general, y especialmente sobre los representantes vinculados con Sudán, Afganistán, Somalia, Irán y Corea del Norte. El personal diplomático y consular acreditado ante la ONU es el encargado de ejecutar, según ca­bles clasificados como "Secret", esta tarea de­signada "espionaje blando". En algunos países específicos, como es el caso de Paraguay, se solicita información más propia de una ficha po­licial que de un perfil diplomático: el escáner del iris, huellas dactilares y el DNA de los cuatro can­didatos presidenciales durante las elecciones de abril de 2008. Muchos de los cables detallan lo que el Departamento de Estado denomina "hu­man intelligence" (inteligencia humana), que pa­rece aludir a la información lograda a través de contactos personales o mediante una relación informal. El escrutinio se amplía al ámbito priva­do cuando el Departamento de Estado engloba en su solicitud de referencias, sobre cualquier interlocutor susceptible de aprovechamiento, la numeración de sus tarjetas de crédito y de viaje­ro frecuente, teléfonos, correos electrónicos, di­recciones URL, programas de trabajo y aspecto físico. En lo referente a testimonios que compro­meten la conducta de los gobiernos más allá de Estados Unidos, es de destacar el despacho de 2008 enviado por el embajador estadounidense en Brasil, Clifford Sobel, confiando que los servi­cios brasileños acordaron "arrestar a sospecho­sos de terrorismo, pero se los acusará de otros delitos para evitar llamar la atención". El contenido de la documentación va desde denuncias sobre prácticas ilegales o antiéticas hasta comentarios banales o de simple mal gusto. Que el líder libio Muammar al-Gaddafi use botox y resulte ser un verdadero hipocondríaco carece de interés, y nivela hacia abajo la jerarquía del informe global.

A estas horas, le secretaria de Estado Hillary Clinton salió al cruce diciendo que se están tomando "medidas contundentes" para iden­tificar a los responsables de la filtración. Según la funcionaria "no hay nada de encomiable ni nada de valiente" en la publicación de informa­ción que "pone en riesgo real a personas rea­les". El argumento de la seguridad nacional o la acusación de que la divulgación de documen­tos secretos pone en peligro real a muchas de las personas que figuran en él, es siempre el primer frente de defensa de todo poder Eje­cutivo. Lo fue cuando los periódicos The New York Times y The Washington Post publicaron, en 1973, los papeles del Pentágono que ofrecían una descripción desoladora para la Admi­nistración Nixon sobre la guerra de Vietnam. En aquella ocasión, la Suprema Corte emitió una sentencia histórica, apoyando el derecho de publicación y afirmando que era el gobierno quien debía demostrar en cada caso y en cada artículo que existía realmente ese riesgo. De la lectura primaria de las comunicaciones revela­das no parece haber persona alguna, tanto en Europa occidental como en Estados Unidos, que arriesgue algo más que su carrera política al trascender los documentos. En temas de tan alta complejidad y tan vasto alcance, resul­ta difícil situar la cuestión en perspectiva, inferir el contexto en el que los documentos fueron escritos y poder verlos en blanco y negro. In­numerables zonas de lo considerado correcto o incorrecto se presentan en una amplísima y variada gama de grises. Pero es justamente por la ausencia de la posibilidad de obtener un juicio absoluto sobre todo el asunto que yo, como ciudadano, prefiero saber. Siempre prefiero saber. Cuando pienso en el hecho de que Estados Unidos no supo proteger una in­formación que consideraba ultraconfidencial, me pregunto qué garantías tengo de que la creciente y desproporcionada información que el gobierno obtiene de sus ciudadanos a diario no termine en manos equivocadas.

A veinticuatro horas de esta enorme revelación, el senador republicano Peter King ya ha propuesto que WikiLeaks sea considerada una organización terrorista. Su fundador, Julian Assange, tiene or­den de captura internacional por una acusación de delito sexual en Suecia. Llevamos algunas se­manas asistiendo a una campaña de difamación tanto de su persona como de la organización que preside. El sitio web ha sufrido varios ataques cibernéticos en los últimos meses. Más allá de todo lo que nos falta saber acerca de WikiLeaks, como de su fundador y sus fuentes de financia­miento, el eje del debate está centrado sobre la legalidad o no de los hechos que muchos de los documentos publicados muestran. Si us­ted, como yo y como muchos ciudadanos, elije saber toda la verdad para ejercer su dere­cho democrático de control republicano, únase a la campaña: por favor, no maten al mensajero.

Hasta la próxima.

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