Alma Magazine.com
Arte post mortem - Las herederas

Arte post mortem

Las herederas

Politica hiper emocional - Venezuela: el nuevo populismo

Politica hiper emocional

Venezuela: el nuevo populismo

Opinion

Ultimos artículos de Opinión

Gustavo Alvarez Núñez
Jueves 30 de Julio de 2009

No me gustan los hospitales

Sanatorio sanata

por Gustavo Alvarez Núñez

No soy de los que creen que la biografía de un escritor sea relevante a la hora de leer una novela o un libro de poemas. Me es indiferente si el texto está basado en hechos reales o si son parte de la vida del autor los distintos motivos que sustentan una trama. No poseo ese costado detectivesco que a muchos les subyuga. Es más, la biografía no es un género que particularmente me excite. Paso.

 

Marcel Proust escribió una monumental obra supuestamente sobre su vida, una existencia que combinaba las bondades de ser la última generación de una aristocracia en retirada, el conflicto de salir del armario y la necesidad de rebatir una concepción de la literatura obsoleta, entre otros puntos. Digo supuestamente porque Marcel, en un momento, cuando su salud se tornó precaria, debió encerrarse en su habitación a pasar sus últimos años de vida. Escribiendo. Escribió sobre un joven futuro escritor, sobre la vida de un joven escritor deslumbrado tanto por el cotilleo como por los dilemas del amor, atribulado tanto por los juicios críticos sobre el arte como por su predisposición a recordarlo todo. Escribiendo entonces sobre alguien muy parecido a él, alguien con un poder de memoria fenomenal. Si muchos políticos tuviesen la memoria de Proust, seguramente no estarían repitiendo eslóganes sin tanto descaro desde la tribuna. Ahora bien, no por todo lo dicho leo en Proust a Proust: leo un modo de ver la literatura, una aproximación a la vida de los hombres cargada de un rigor y un reto encomiables.

 

En la misma época en que Marcel estaba concibiendo ese mosaico tan hermoso y misterioso que es En busca del tiempo perdido, otro gran escritor, el alemán Thomas Mann se encontraba dándole cauce a otra obra monumental y fundamental, La montaña mágica. En su caso, todo partió de un dato biográfico: visitó a su esposa en el sanatorio Wald de Davos donde se encontraba internada, lo que le disparó el deseo de escribir sobre ese universo. La obra narra la estancia de su protagonista principal, el joven Hans Castorp, en un sanatorio de los Alpes suizos al que inicialmente había llegado como visitante. Recuerdo que cuando la leí, en medio de unas plácidas vacaciones, me dio ganas de estar viviendo en ese letargo. Porque lo mágico del hospital en que está recluido Castorp –que no tenía nada malo pero el clima tan benigno al costado de la montaña, lo dominó y se quedó allí– es cómo el tiempo se disuelve, la forma en que se estira y se estira. El tiempo vivido como un dopádromo.


Sin embargo, no me gustan los hospitales. Básicamente porque no son un lugar al que me invitaron: ni música ni tragos ni hermosas mujeres esperan por mí. A la rastra de Groucho Marx, quien nunca sería socio de un club que lo admitiese, en mi caso, los hospitales son como las cárceles: si unas engendran más delincuencia, los otros propagan más enfermedades. Es decir, uno puede entrar en buen estado, saludable, de ánimo estable. Y salir a las horas, luego de acompañar a su pareja –a que la revisen porque está sufriendo una gripe estacional de esas que cada vez son más fuertes, largas e insoportables–, y además de llevarse una serie de recetas para comprar medicinas para su querido amor, es muy probable que a usted le hayan administrado en algún recoveco de la ropa, el cuerpo o el facebook una poción poco mágica de una enfermedad que lo dejará un par de días en cama, en estado febril y psicodélico, viendo el alma de las estrellas y con los ojos tan abiertos como el bolsillo de Charles Huffman (célebre avaro).


No me gustan los hospitales. Tampoco los lunes. Y tampoco los lugares donde la música ensordece. Pero los hospitales, con ese diseño aséptico, con ese calorcito de spa, esa ropa blanca uniforme, con esas puertas de los consultorios que permanecen a veces mucho tiempo cerradas y que uno tiene ganas de derribarlas a patadas, me producen aún más fobia.
No me gustan. Y no tiene la culpa tampoco la cantidad exorbitante de series televisivas donde la acción transcurre en sus pasillos, en sus consultorios, en sus laboratorios, en sus camas, en sus comederos. Series que van inoculando la presencia vital en nuestra vida de médicos, de salas de internación, de profesionales vestidos con muy poca ropa (y no son strippers); de ambiciosos enjambres informativos (como si el resultado tratara de un examen matemático y no de nuestro golpeado cuerpo). ¡El virus está en la pantalla y no nos dimos cuenta!


A todo esto, volviendo a Proust y a Mann: ¿El cuerpo busca las enfermedades para crear? ¿Nos enfermamos porque en el fondo “nos queremos” enfermar? Más punzante aún: ¿Es la enfermedad un designio de la providencia? ¿O es una extraña configuración del mundo para que uno se encuentre con su vocación?


Me voy a toser un poco.

Notas relacionadas

Calificar artículo

92 Votos

Espacio de lectores Deje su comentario

Seguir los comentarios por email.