por Felipe Real
El último director maldito de Hollywood fue Samuel Fuller (1912-1997), un maestro del séptimo arte dedicado a predicar contra las guerras. Su enorme talento le permitió desenvolverse dentro de la industria cinematográfica durante cuatro décadas hasta que dirigió White Dog –una cruda metáfora de la sociedad estadounidense de los años 80– y la Paramount lo expulsó del "paraíso". Todavía hoy su historia personal y sus cintas permanecen en el olvido.
Pese a su mirada ácida sobre la vida, Sam gozaba de cierto prestigio por saber concretar con bajos presupuestos películas sobre temas controversiales como el racismo, la discriminación y la no-violencia teniendo el suficiente cuidado de no herir sensibilidades. No obstante, por su belicoso carácter pacifista se ganó –al mismo tiempo–, la antipatía de dogmáticos intelectuales de izquierda y del FBI. Recibió su premio mayor cuando un importante militar le dijo: “Por sus películas, cada vez serán menos los jóvenes que se alisten en el ejército”. Era cierto: siempre solía decir: “Una buena película de guerra es una película contra la guerra”, reflexión basada en su propia experiencia que lo llevó a dejar su puesto como periodista de policiales en Nueva York para participar de la Segunda Guerra Mundial y, pese a regresar como un héroe, quiso dedicarse a vivir de su creatividad. Así fue que participó en más de 60 películas como guionista, director y actor desde 1939 hasta 1982.
Fue entonces cuando la Paramount le encargó dirigir White Dog, que pretendía ser la versión canina de la exitosa Jaws, el trhiller submarino de 1975 que lanzó a Steven Spielberg a la fama. Bastaba seguir su fórmula para que la película cautivara al público como aquel angurriento escualo. Sin embargo, Fuller no se tentó con la taquilla y nos regaló una descarnada moraleja social.
White Dog cuenta la historia de una actriz fracasada que atropella a un perro blanco y lo lleva al veterinario que recomienda: encerrarlo en la perrera o sacrificarlo. Pero la joven lo ve tan bonito que lo adopta. La mascota se comporta de forma cariñosa hasta que ve a un afroamericano: de pronto, lo ataca y lo mata. Ella no avisa a las autoridades pensando que no volverá a ocurrir: se equivoca. Desesperada, busca sin éxito una escuela canina para encausarlo. La música de Ennio Morricone amplifica el suspenso y la sensación de claustrofobia hasta que el espectador comprende, junto a la protagonista, que este perro es un animal racista. Que no le importa si la persona que va a atacar es buena o mala, si es honesta o inmoral. Mucho menos si tiene virtudes, sentimientos o derechos. Simplemente, este perro ha sido entrenado para expresar su odio contra los afroamericanos. Y lo que es peor aún: no puede ser “reeducado” para cambiar su “objeto de odio” porque entonces empezará a liberar su furia contra unos y otros hasta amenazar a todos. Fue educado en el odio y no hará otra cosa más que odiar y lastimar. Cuando la protagonista lo comprende, ya es demasiado tarde para llevar a la mascota a la perrera.
Al ver la edición final, los directivos de Paramount quedaron perplejos y prefirieron perder los seis millones de dólares invertidos en su realización antes que afrontar los escándalos de uno y otro bando que podría despertar la exhibición pública de la cinta. Era 1982, hacía un año que Ronald Reagan residía en la Casa Blanca y todavía se temía a los Panteras Negras, movimiento que había nacido como patrullas que defendía a los afroamericanos de los ataques policiales.
El mito dice que el FBI metió a Fuller en la lista de artistas prohibidos. Tal vez, se vieron reflejados en aquel perro blanco. Lo cierto es que Sam no volvió a ser contratado por ningún otro estudio. De nada sirvió que Bernardo Bertolucci dijera que su cine era como “la música negra: puro ritmo, violencia y un toque de erotismo”.
Así fue que a sus 72 años, este veterano de guerra –premiado con el Corazón Púrpura por su rol en Normadía–, debió abandonar el país llevando como único capital una máquina de escribir, una cámara y un rifle para pasar sus últimos 13 años en Francia. Recién en 1991 White Dog pudo exhibirse en Estados Unidos y hace seis meses, The Criterion Collection la lanzó en DVD. Después de tantos años de oscurantismo, es una buena noticia que las películas de Sam Fuller salgan del olvido.
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