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Gustavo Alvarez Núñez
Jueves 9 de Septiembre de 2010

Relaciones Peligrosas

Amigos son los amigos

por Gustavo Alvarez Núñez

El tema está presente invariablemente en las conversaciones que mantengo con algunos amigos. Es inevitable. Nadie puede dejar de sentirse aludido. Una situación delicada puso en conflicto las creencias y los lazos profundos de un grupo de personas, y disparó las inclemencias y los sofismas más arteros de cualquier grupo humano. Hay algo de comedia dramática sobre la mafia en cómo afloraron juicios de todo calibre, juicios que sacaron a relucir las pujas soterradas y las disputas previsibles, los deseos de la memoria y la memoria y sus deseos. Antes de que se lancen a pensar cualquier cosa, no hubo muertos ni nadie salió herido –en el aspecto más básico del término–, porque las heridas –y sin cicatrizar– comenzaron a propagarse a diestra y siniestra.

¿Qué desató la furia y los reproches, la catarata de e-mails y los encuentros a deshora en el seno de mi comunidad de amigos? Debo aclarar que ninguno de los ejecutores del escándalo es practicante de religión alguna. Son profesionales de distintas áreas de la industria del entretenimiento. La biblia no está entre los libros que se llevarían a una isla desierta. Tal vez por eso ninguno de los responsables de la discordia tuvo en cuenta el mandamiento que reza: “No desearás la mujer de tu prójimo”. Somos gente moderna. Con actitudes modernas. Con conductas modernas. ¿Qué es eso de no reconocer que la pareja de un amigo es muy bien parecida y que si hubiese una oportunidad terminaríamos en la cama?

Pero no nos precipitemos. No se trata sólo de sexo ni de religión. Cuestiones más nobles estaban en juego. El primer veredicto, al que se llegó casi por unanimidad, fue que se rompieron códigos. Códigos de sangre. Códigos de género. Códigos de amistad. ¿Todos códigos antiguos, códigos tan arraigados que a veces se confunden con la vida misma? Obviamente que ningún tribunal de justicia fue anoticiado ni se pidieron informes ni se labraron protocolos. ¿La justicia era injusta, la noticia ignorada, los informes intraducibles, los protocolos demasiado rígidos? Si alguien ya no tenía códigos, todo modo de enmendar el orden debía contemplar la fragilidad por donde íbamos a marchar. “Caminando sobre el hielo delgado”, cantaba Yoko Ono.

El caso es complejo porque ha movilizado muchas fuerzas en contracción. Muchos cristales se han hecho añicos. Varios mazos de naipes se han derrumbado. Hubo que recomponer el tejido de ese cuerpo mortecino, pero las herramientas estaban dispersas en una sala de hospital cerrada por reparaciones. Es tan enmarañada, a la vez, la suma de personas envueltas –claro, ¿se pensaban que estaba haciendo alusión a una fallida ménage à trois entre amigos?; no, aquí hay más morbo–, que se hace difícil empezar por el principio. Porque el problema más áspero no está en el origen de esta historia de traiciones, de celos y rencores, sino en el medio.

Uno de ellos –llamémosle Jesús– descubre que ella –llamémosla María– lo ha dejado por su mejor amigo –llamémosle Judas–. Ahí se descubre todo el entuerto. Porque lo que no sabíamos ninguno de los allegados era que Jesús tenía una relación encubierta con María, quien había sido la novia del mejor amigo de Jesús y Judas –llamémosle Pedro–. Judas es Judas, entonces se reúne con Pedro y le confirma la flamante relación. Jesús, que fue quien desató el temblor de placas tectónicas dentro de la región montañosa conocida como amistad, también se apersona y confiesa su desliz ante Pedro aunque no reniega de lo que siente. De lo que siente por María, que lo ha dejado por Judas, que no sólo es el mejor amigo de Jesús, sino también es el compañero de trabajo, de salidas, de proyectos paralelos de Jesús. Es decir, Judas y Jesús comparten mucho tiempo. Y en un momento, ¿hasta compartieron a María?

No, María eligió a Judas sobre Jesús. Con sólo una semana de diferencia, pasó de la alcoba de uno a la del otro. Es más, se fue a vivir al apartamento de Judas. Y también le dio explicaciones a Pedro, más allá de que hacía más de dos años que no eran pareja: ambos tenían un diálogo amable después de la ruptura. Además, María era parte del equipo de uno de los proyectos paralelos en que están inmersos –sí, en presente, porque siguen trabajando juntos– la dupla de Judas y Jesús. Sí, muy rebuscado. Pero real, tan real como la vida misma.

Seguramente algunos lectores se preguntarán si en verdad lo que estoy buscando es que Pedro Almodóvar o Arturo Ripstein me llamen, así les escribo el guión de su nuevo melodrama. El emperador y filósofo romano Marco Aurelio creía que “el arte de vivir se asemeja más a la lucha que a la danza”. Como dicen algunos, hemos bailado con la más fea, pero la contienda ha sido terrible, a cara de perro. Es que, para darle más aditamento a tanto lío, es que el supuesto Jesús me confesó que –la noche en que volcó todo su pesar y se revolcó en un festín de desconcierto e ira por partes iguales– es adepto a las relaciones encubiertas, solapadas o secretas. Y recordé la historia de su padre, que tuvo un vínculo amoroso –aún casado, es decir, cometiendo adulterio– con una señorita mucho más joven, y que cuando decidió que la relación no iba para más, ella le reveló que estaba embarazada. Y como buen señor, se hizo cargo de la criatura. Y admitió ante su familia el affaire, el hijo por venir y las vueltas de la vida.

Ahora sí: Almodóvar o Ripstein, ¡estoy preparado!

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