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La venganza es un sentimiento muy antiguo. No atesora –como la prostitución– mote alguno que la haga resplandecer o ser citada en caso de necesitar un ejemplo. Es antigua. Sólo sabemos eso. No surgió de la nada. Venía acompañada de una traición, un mal infligido, una guerra injusta o una invasión. Sabemos también que acababa yendo contra el sujeto que la cultiva. Para eso surgió la justicia y los jueces, que se encargaron de encontrar el equilibrio entre la venganza disuasoria y la venganza sediciosa. Leo por ahí que en griego justicia se dice dikh (díke), y que venganza corresponde a ekdikh (ekdíke). Es mínima la diferencia lingüística, como amplio el espectro entre el fallo de un tribunal y la decisión de un sentimiento incontrolable.
Nadie se vuelve un vengador porque sí. Hay motivos. Hay razones. ¿No se moviliza tanta rabia, tanta frustración sin ayuda, sin una gota que colmó el vaso? Aunque con varios siglos de diferencia, en algo se parecían un filósofo inglés y un emperador romano. Uno, Sir Francis Bacon, dijo: “Vengándose, uno se iguala a su enemigo; perdonándolo, se muestra superior a él”. El otro, Marco Aurelio, ya había señalado: “El verdadero modo de vengarse de un enemigo es no parecérsele”. El legado de los proverbios ha dejado algunos que pueden bien acompañar este racconto: “Ojo por ojo, diente por diente”; “lo que no mata, fortalece”; “quien ríe último, ríe mejor”. “El tiro por la culata”, aseguran otros.
En su maravilloso Viajes con Heródoto, en un momento el fallecido y genial Ryszard Kapusinski destaca un relato sobre la venganza que proporciona ese archivo de la historia de la primera humanidad que es Las Historias o Encuestas, libro seminal del historiador griego. Cuenta, a grandes rasgos, las vueltas de la vida: un esclavo eunuco que terminó siendo la mano derecha del rey y que un día vuelve a encontrarse con su castrador… y se resarce. En primera instancia, el muchacho lo saluda con entusiasmo y reponen qué ha sido de la vida de cada uno. Quien fuera su victimario, le confiesa que su situación económica y laboral no es la mejor. El eunuco, Hermotimo, lo cita al otro día para ayudarlo a resolver el asunto. Lo que no espera Panionio es que su antigua víctima vaya a desquitarse utilizando los mismos modos sanguinarios y crueles que él supo ejecutar. Pero Hermotimo no se ensucia las manos, sino que obliga a los cuatro hijos del castrador a que sean ellos quienes cercenen el miembro viril del padre. Claro que antes Panionio tuvo que amputar el sexo a cada uno de sus herederos…
Crimen y castigo. Todo esto vino a mi memoria mientras veía la última película de Quentin Tarantino, Inglourious Basterds, una épica redención combinada con una quimera jocosa. Los buenos terminan ganando y a los malos los entierra su merecido, sería la moraleja. El filme produce momentos notables –el diálogo entre el cazador de nazis y un granjero francés no tiene desperdicio y está a la altura del ya mítico Reservoir Dogs– y la sensación vil de esperar lo peor que termina generando un grado de paranoia suculento. Más allá de esto, el aspecto fascinante que destila la película es el costado de pocas pulgas, de poca paciencia y de poca indulgencia hacia el enemigo que tiene el batallón comandado por Brad Pitt –Tarantino parecería reciclar la célebre frase del difunto presidente argentino Juan Domingo Perón: “A los enemigos, ni justicia”–. Corrosiva por donde se la mire si vemos el trasfondo del Holocausto que es abordado sin melodrama detrás. Ingenua y desopilante por donde se la mire si vemos que la vuelta de tuerca a semejante carnicería humana está envasada en una hipotética y soñada represalia.
Con otro tenor, Pedro Almodóvar en la flamante Los abrazos rotos también bosqueja el gusto o la sed de venganza a partir de un triángulo amoroso que termina mal. Con límites que se corren. Con murallas que se vienen abajo. Con incontinencias que derrapan. Con recuerdos que no se pueden evaporar tan fácilmente. Con el peso de la traición en la piel. Con obsesiones que llevan a mal puerto. Con manipulaciones que agotan su caudal de revancha.
Igual, me sigue gustando esa frase: “La venganza es un plato que se come frío”.
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