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Gustavo Alvarez Núñez
Martes 23 de Junio de 2009

Un homenaje a J. G. Ballard

Defensas bajas

por Gustavo Alvarez Núñez

Una vez J. G. Ballard le salvó la vida a una amiga. No en persona, claro. Esa es la magia o la sabiduría o la providencia de los escritores: te acompañan en el momento justo y te sacan del apuro sin necesidad de estar ahí. La literatura es el cuerpo. Su literatura es el tejido que subsana la aridez de un mundo del que escapamos sin otro objetivo que entregarnos a la fragilidad de los sueños, esos meteoritos que nos atacan de vez en cuando. El cuerpo del escritor está moldeado de pequeñas e iluminadas frases, un curioso personaje, una apreciación venida de la nada, un clima narrativo desatado, un pasaje que repone algo que pensamos pero que nunca logramos articular…


Las bondades de la lectura de un libro y las alianzas que producen no tienen parangón. La lectura revela aspectos inéditos o poco conocidos de la personalidad de quien se ha confiado a las ficciones. El lector avanza en un campo minado si se trata de rescatar armas vitales que nunca tendrán un uso establecido ni la confirmación que implicarán utilidad alguna. La lectura, podríamos decir, es lo menos parecido a la idea de valor que sustenta el mundo capitalista en que todo pero todo tiene precio y un beneficio. La lectura es inútil y persevera, montada en una paciencia estelar y sujeta a una modestia ostentosa. Y los escritores, en esta rueda de magia y contingencias, dejan escapar su floreciente empresa de devaneos y riesgos verosímiles sin otra intención que poblar la imaginación de los más variados anónimos.


Estaba en que Ballard una tarde le salvó la vida a una amiga. No Ballard en persona, sino un libro del escritor británico que falleció unas semanas atrás. Precisamente Crash. Sí, el de la película. Pero en ese momento, fines de los años 80, ese magnífico libro aún no contaba con una versión en la pantalla grande. Estábamos en la casa de mi amiga, una rubia alta, descendiente de alemanes, que el año anterior había ganado un concurso de belleza en un programa televisivo para adolescentes, que eso era lo que éramos: adolescentes que leían libros que nos desafiaban. Leíamos ya con voracidad y en una huida hacia delante descontrolada.


La cuestión es que mi amiga no quería atender el teléfono porque estaba atemorizada por los llamados de un tipo, un pobre tipo que le decía obscenidades. En la guía telefónica no había muchos apellidos como los de su familia, así que fue fácil para su acosador dar con ella y propinarle en cada oportunidad las más descaradas bravuconadas. Entonces esa tarde atendí yo. Obviamente que no quería hablar conmigo. Pero le dije que si no le molestaba, le iba a leer unos párrafos de Crash, una obra que destilaba perversiones sexuales indómitas; “es la primera novela pornográfica basada en la tecnología”, dijo su autor. El pobre tipo quedó encantado con los pasajes que recité. Estaba hechizado con la convivencia de lo hermoso y lo terrible, de lo discreto y lo grotesco, de lo fascinante y lo humillante. Y en las siguientes ocasiones en que llamó, preguntó siempre por mí.
En los años 70, Ballard (como décadas antes George Orwell) concentró su atención en las psicopatologías colectivas e indagó en nuevas fijaciones (como el matrimonio de la tecnología y el sexo) de nuestra perversidad y se preguntó si podrían ser de algún modo benéficas; si no estábamos asistiendo al desarrollo de una tecnología perversa, más poderosa que la razón. Entre los obituarios que siguieron a su fallecimiento (a los 78 años; padecía un cáncer de próstata), uno remarcaba que su literatura era “un retrato de la psicología del futuro”. Su obra pasó por varios enfoques o sustratos. Al final de sus días estaba más preocupado por los designios de la inseguridad en la vida cotidiana y no tanto por esa ficción especulativa que había sido su marca registrada.


Más allá de esto, por esas cosas que sólo el arbitrio de la causalidad puede imponer, me encontré viendo I Am Legend en el living de mi casa (encerrado por un estado gripal) justo el fin de semana en que cobraban dimensión global y paranoica los primeros casos de gripe A. Soy de esos que ante los grandes estrenos siguen de largo y los ven a los meses: el paso del tiempo logra que se pongan poéticos; así se transforman en retratos o en inductores de memorias. Lo llamativo fue que Hollywood estaba avisándome que el final ya había acontecido: según el filme, 2009 fue el año del virus que acabó con gran parte de la humanidad y los únicos pocos sobrevivientes luchaban como podían contra los descabellados zombies que surgían cuando la luz del día desaparecía.


Estaba perdido. Mi cuadro no podía ser peor. Debilitado por la gripe, con poca capacidad para reaccionar. Con Ballard bajo tierra. Una película me daba cuerda para que la paranoia generalizada haga efecto. Por suerte mi amiga que fue salvada por Crash (a quien no veo desde hace años) no llamó, si no el azar hubiera terminado conspirando de la forma más tonta pero no menos provocativa. Y yo con las defensas bajas.

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