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Gustavo Alvarez Núñez
Jueves 19 de Agosto de 2010

Vieja escuela

En busca del último lector

por Gustavo Alvarez Núñez

Unas semanas atrás un amigo regresó de Austin, una ciudad netamente universitaria. Sangre joven por doquier. Con poco más de 700 mil habitantes, Austin posee en la actualidad casi 200 locales que ofrecen música en directo. Muchos bares. Muchos jóvenes en los bares. Pero lo que más le llamó la atención a mi amigo, en su recorrida por distintos sitios de la ciudad, en sus tiempos muertos en las mesas de los bares de la ciudad, fue que esas/os muchachas/os casi no leían en papel. Los distintos soportes tecnológicos (desde un e-book a un iPad) son los instrumentos más adecuados en la actualidad para transportar información según los jóvenes que viven en Austin. Un signo de los tiempos. Como concepto, como cultura, el papel parecería tender a desaparecer. Ya no sólo por todo lo que significa en el aspecto ecológico –¿cuántos miles y miles de árboles se esfuman cada vez que se lanza un libro o ante la impresión de periódicos día a día?–, sino también en lo relativo a la pérdida del aporte publicitario que están sufriendo los medios gráficos, migración continua y sin reparos hacia internet. Estos fueron algunos de los puntos en los que estuvimos buscándole la quinta pata al gato esa tarde en que mi amigo regresó de Austin.


Sin embargo, ya en mi casa, frente a la biblioteca donde atesoro mis lecturas de toda una vida, me fueron surgiendo otras dudas. Si ante la pregunta incómoda de “¿Qué libro te llevarías a una isla desierta?”, muchos escritores ahora se excusan salteando el problema con una respuesta más contemporánea: “Mi e-book lleno de novelas preferidas”; la cuestión es, más allá de que en esa isla en un momento tendremos que recargar la batería –no todo es Lost en la vida–, si no estamos reprimiendo una imperiosa necesidad de que las cosas no sean como son. Que el futuro llegó. Que es inevitable lo inevitable. Ya no tanto en el hecho de si cambia mucho que leamos literatura en otro soporte que no sea el clásico libro de tapa dura, sino en lo que hace a adaptarnos a una situación. Una situación flamante, con valores viejos pero con instancias nuevas o desconocidas.


A todo esto, llegó a mis manos un libro que se consigue en Amazon.com, de un escritor argentino muy exquisito. Matías Serra Bradford es su nombre y la maravilla de la que deseo comentarles algunas particularidades se llama La biblioteca ideal. Básicamente, con una prosa cuidada y construyendo la historia de los cuatro personajes a partir de pequeños párrafos –refinadas iluminaciones, sutiles remembranzas, lúcidas ideas–, Serra Bradford da cuenta de una pasión en extinción si la miramos con ojos cibernéticos: el lector.


Proveniente de un país que se jacta de muchas cosas, pero que algunas de ellas son ciertas –su capital, Buenos Aires, es de las ciudades con mayor concentración de librerías en el mundo–, Serra Bradford teje una minuciosa y bella oda al lector. A ese sujeto que puede llegar a perder la vida buscando ese objeto del deseo más preciado: un libro; un libro usado, que vive su segunda o tercera vida en un estante, perdido entre otros tantos. Más que historias, La biblioteca ideal traza una cartografía del último lector.

“Librerías que nos esclavizan: las que nunca tienen nada y obligan a volver porque prometen que el hallazgo –por efecto de su ausencia cada vez más prolongada– se aproxima día a día”; “el librero cuenta las coincidencias de las que fue testigo en ejercicio de su cargo. El ejemplo que reserva para el final: un señor entra a preguntar por un libro que no tiene. Acto seguido entra una mujer con dos cajas de libros para vender. El cuatro libro que saca de la primera caja es el libro por el que había preguntado ese señor unos minutos antes. El librero cree que está siendo engañado, que se trata de una puesta en escena. Confiesa que levantó la cabeza para verificar si el hombre seguía en su local y sobre todo para ver que ‘no se trataba de una broma’, tan absurdo le parecía todo. El hombre se había retirado. Puso el libro en vidriera por si el hombre volvía a pasar por ‘la zona`.” Estas son algunas muestras del paseo que hace La biblioteca ideal por las anécdotas o los pensamientos que bordean la tarea siempre inconclusa del lector, ese que tal vez, al ver los antiguos subrayados y las notas al margen “cae en la cuenta de que ha tratado no en pocas ocasiones a la literatura como un género de autoayuda”.

En otra oportunidad les cuento la historia de un viejo amigo, médico, lector furibundo, escritor inédito aún, que lleva a cabo desde hace años un minucioso reporte de sus lecturas en un Excel, y que ya ha ordenado los libros que le quedan por leer hasta dentro de cuarenta años.

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