Cambios radicales: Un nuevo Bartleby
por Gustavo Alvarez Núñez
Otra vez SOPA
por Alex Gasquet
por Alex Gasquet
Con el lema "somos el 99% que recibe el 1% de la riqueza", distintos movimientos alrededor del mundo reclaman un cambio profundo en los sistemas político, económico, legislativo y judicial. La protesta generalizada pareciera estar directamente enfocada en sacar de escena a una clase gobernante que sólo se mira a sí misma, y que ha dejado de dar respuestas hace ya demasiados años. Se trata de la política profesional, sin distinción de partidos políticos, ideologías ni clases. El pasado 15 de octubre millones de personas se manifestaron contra sistemas de gobierno de todo tipo y color en más de 950 ciudades de 82 países.
El elemento que los unió es ni más ni menos que el hartazgo. Los primeros resultados muestran dos transiciones políticas con elecciones democráticas ya programadas, una guerra civil a punto de concluir, dos largas revueltas de horizonte incierto, varias reformas constitucionales y diversos cambios en modelos económicos. Todo como consecuencia de la participación masiva de los pueblos como motor impulsor de las reformas. En algunos casos con lamentables derramamientos de sangre, como en Libia; una represión desenfrenada, como en Siria; enfrentamientos entre civiles o represión sistemática, como en Yemen. Esto es el tempranísimo comienzo de una historia de transformación profunda que todavía no dibuja un horizonte claro.
Los escépticos del cambio sostienen que el movimiento no es más que un grupo de trasnochados setentistas; izquierdistas nostálgicos que carecen de una propuesta seria. Y es muy probable que haya una importante porción de verdad en ello. Pero no es menos cierto que allí donde sólo se escuchaba la retórica de la política profesional y la voz codiciosa de las corporaciones, hoy sopla un viento de cambio que escribe en el aire un "basta" con un consenso total. Cuanto más se informa la población de las actividades de sus gobiernos y congresos, más crece la indignación y más gente se suma a las protestas. La reciente muerte de Muamar el Gadafi vuelve a refrescarnos las atrocidades cometidas por él y su régimen. Aunque mucho peor que esto es la muestra de la posición de Occidente frente a ello.
Gadafi ha financiado y sostenido a dictadores en Uganda, Somalia, Liberia o Burkina Faso. Sin distinción de ideologías y sin lógica aparente, las armas y el dinero libios llegaron con generosidad al IRA irlandés, a la ETA vasco-española, a los separatistas musulmanes de Filipinas, al ala paramilitar del Congreso Nacional Africano en Sudáfrica o a los Panteras Negras de Estados Unidos, además de los grupos extremistas palestinos. El ex líder libio ha ordenado quemar la embajada norteamericana en Trípoli. En 1985, la inteligencia libia ejecutó un doble ataque terrorista contra los mostradores de las aerolíneas israelí El Al y estadounidense TWA en los aeropuertos de Roma y Viena, con un balance de 19 muertos. En 1986, la discoteca de Berlín occidental La Belle, frecuentada por soldados de Estados Unidos, fue volada con un explosivo plástico en una maniobra dirigida por agentes libios. Apoyados por la logística del gobierno de Gadafi, en 1988, una bomba desintegró un Boeing 747 de la compañía Pan Am que realizaba la ruta Londres-Nueva York; los restos en llamas cayeron sobre la localidad escocesa de Lockerbie y la tragedia se cobró la vida de 270 personas. En 1989, agentes de inteligencia libios, incluyendo al cuñado de Gadafi, hicieron explotar en pleno vuelo un avión de la compañía francesa UTA, dejando 170 muertos. Sin contar el muestrario de atrocidades cometidas contra su propio pueblo, y sólo observando sus acciones alrededor del mundo es posible concluir sin atisbo de duda en que la lista de crímenes perpetrados por el payasesco dictador es tan extensa como imperdonable.
Sin embargo, la política occidental, en 2002, comenzó el rescate del régimen de Gadafi cuando el Departamento de Estado, sin más detalles, informó que estaban en curso conversaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Libia, y que las mismas se desarrollaban de manera "constructiva" y "positiva". El entonces presidente George W. Bush -a sólo un año del 11-S- excluyó deliberadamente a Libia de su presentación del tristemente célebre "Eje del mal". Inmediatamente, Gadafi anunció que su país renunciaba al "comportamiento revolucionario". En sus palabras: "Tenemos que aceptar la legalidad internacional pese a estar falseada e impuesta por Estados Unidos; de lo contrario, nos van a aplastar". Pero la realidad de Occidente tenía otros planes tan esperables como repugnantes: perdón y olvido a cambio de dinero y petróleo.
El gobierno libio acordó pagar a las familias de las víctimas del avión de Pan Am 2.700 millones de dólares. En simultáneo, Libia entregó al Consejo de Seguridad de la ONU una carta en la que, por vez primera, aceptaba su responsabilidad en ese atentado. El acuerdo incluía un punto particularmente vergonzoso: el otorgamiento de garantías, de parte de Washington y Londres, de que el reconocimiento de la autoría libia de la voladura del avión de Pan Am no daría pie a procesos judiciales ni al gobierno ni a ningún funcionario libio. Pocos días después se consolidó el arreglo para el pago de 1.700 millones de dólares a las víctimas del avión de la aerolínea francesa UTA.
No pocas voces de la opinión pública internacional denunciaron en ese momento el imperdonable hecho de que Gadafi, visto como un terrorista confeso, literalmente, comprara su amnistía y su impunidad a las potencias occidentales, donde gran número de compañías energéticas aguardaban impacientes el momento de poner el pie sobre el petróleo y el gas libios. En 2004, Washington anunció el restablecimiento de su presencia diplomática en Libia y puso fin al embargo comercial y al boicot petrolero. A partir de allí, el coronel fue visitado sucesivamente por el italiano Silvio Berlusconi, por el español José María Aznar, por Berlusconi de nuevo, por Tony Blair -en el primer viaje de un primer ministro británico desde 1943-, al que siguió -sólo días después- la firma de un enorme contrato de explotación de gas a favor de la Shell; otra vez por Berlusconi, por el alemán Gerhard Schröder, tras obtener Berlín el pago de 35 millones de dólares para los afectados por el atentado contra la discoteca La Belle; por el francés Jacques Chirac; por el canadiense Paul Martin, por el polaco Marek Belka, y la lista continúa...
No fue sorpresa la inmediata participación de ExxonMobil, ChevronTexaco y ConocoPhillips en los enormes contratos de explotación del crudo libio. Indignación. Vergüenza. Decepción. Hartazgo. Adjetivos que pretenden aunque no alcanzan a definir lo que el mundo moralmente civilizado siente frente a la impunidad y el atropello. El pedido de rendición a Gadafi, en una Libia surcada por una guerra civil y con un final lento pero seguro, se ha escuchado en la boca de la retórica política del mundo occidental repetidas veces en estos meses. Oportunismo ciego en un escenario claro. No obstante, la población toma nota. El mundo es un lugar mejor sin Gadafi. Y es también una promesa de un universo aún mejor si el instrumento que lo sacó de la escena es un movimiento popular cuya indignación hizo justicia ante la impunidad y la vergüenza de 42 años de corrupción y crimen.
Hasta la próxima,
Alex Gasquet
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