Vida de perros
por Gustavo Alvarez Núñez
Escritor en bruto
por Gustavo Alvarez Núñez
por Alex Gasquet
El episodio ocurrido hace pocos días en Tucson, Arizona, en el que murieron seis personas y resultó gravemente herida la congresista Gabrielle Giffords, vuelve a poner en primer plano el debate sobre la violencia política en Estados Unidos. Abraham Lincoln, James Garfield, William McKinley, John F. Kennedy, Harvey Milk, Martin Luther King, Robert Kennedy y muchos otros nombres de una tristemente célebre lista tienen en común finales trágicos con armas de fuego en un marco de intolerancia y consolidación de un modelo de resolución de diferencias anclado en la violencia.
Un congresista de Virginia, Gerald Connolly, resumió en un comunicado un pensamiento que sobrevuela todos los estadios de la política: "Esta tragedia sirve como una dolorosa lección de que tenemos, como nación, que redoblar nuestros esfuerzos para promover el civismo y respetar los diferentes puntos de vista en nuestros discursos políticos". Es imposible no ver implícito en el discurso una alusión al Tea Party, el radicalizado movimiento que ocupa hoy el ala más conservadora del Partido Republicano. Imposible frente a estas circunstancias no recordar el mensaje constantemente violento transmitido por los líderes más encumbrados de este sector.
Cuando Sarah Palin publicó en su página de facebook una suerte de mapa de tiro al blanco con los nombres de los congresistas demócratas que habían votado a favor de la reforma de salud del presidente Barack Obama, seguramente no esperaba este desenlace. No obstante, el uso permanente de expresiones como "recarguen" o "disparen", la dejan inevitablemente presa de sus palabras jugando en un límite muy peligroso a la luz de los acontecimientos. Sin duda, ella no ha jalado el gatillo. Aunque en su discurso posterior a los sucesos de Arizona, lejos de condenar contundentemente los hechos y solidarizarse con las víctimas, Palin denostó a todos sus enemigos, cargó contra la prensa y destacó que, antiguamente, las personas zanjaban sus diferencias batiéndose a duelo.
El responsable de la matanza es un sujeto de 22 años llamado Jared Loughner, que se encuentra bajo custodia policial y del que no se sabe mucho: mente perturbada con paranoias conocidas respecto al rol del Estado, lavados de cerebro e incongruencias varias. La violencia de las armas está presente cada día en la sociedad norteamericana. En lo que va del día de hoy, 268 personas han sido alcanzadas por un arma de fuego en diferentes partes de Estados Unidos, según datos actualizados en tiempo real por la Campaña Brady para prevenir la violencia con armas. Si usted observa, en Finlandia mueren 17 personas por año víctimas de armas de fuego, 35 en Australia, 39 en el Reino Unido, 60 en España, 194 en Alemania y 200 en Canadá. En Estados Unidos: 9484.
La cultura de las armas es un sello de identidad de este país y un derecho por el que luchaba, incluso, la congresista Giffords. El cóctel conformado por la facilidad para adquirir un arma de guerra, portarla y eventualmente usarla, combinado con una retórica violenta de algunos sectores y la falta de contundencia general en la condena a hechos de intolerancia, discriminación y patoterismo, desembocan en un episodio como el de Tucson, que no hace más que alimentar la sensación de que en Estados Unidos pensar diferente sigue siendo muy peligroso.
Los políticos suelen decir cosas sorprendentemente lógicas después de un suceso violento. Pero al poco tiempo las cosas vuelven a estar en el mismo sitio donde la historia las puso. No es nada improbable que ocurra lo mismo en esta ocasión. Ya se escuchan voces de condena que apuntan directamente contra el Tea Party. "Yo le echo mucha culpa a la retórica que se ha escuchado últimamente", sostuvo la congresista demócrata Carolyn McCarthy. Un ex candidato presidencial demócrata, Gary Hart, ha sido aún más contundente: "Lo que ha ocurrido es el resultado de una retórica agresiva e irresponsable". Ciertamente, es difícil separar el ataque de Tucson de alguna de las propagandas republicanas exhibidas en la última campaña electoral. El propio rival de Giffords, Jesse Kelly, a quien ganó por un margen muy estrecho, realizaba recolecciones de fondos en sesiones de tiro con fusiles M16 y posaba constantemente en ropas militares en sus anuncios. Cosas similares se han visto constantemente en un año en el que se ha registrado un aumento considerable de la violencia política.
En los primeros tres meses de 2010, en el momento más intenso del debate sobre la reforma sanitaria, se denunciaron 42 ataques contra oficinas de congresistas, casi todos demócratas, entre ellos Giffords. Más allá de las maravillosas palabras que se escucharon los días posteriores a la tragedia, la pregunta continúa siendo por qué no se penaliza el discurso político que raya en la apología del delito. ¿Por qué el acceso a un arma de guerra sigue siendo mucho más sencillo que la compra de un simple antibiótico? La Casa Blanca ha sido hasta ahora por demás prudente, mientras analiza el mejor camino para obtener rédito político de la situación. Es una gran oportunidad, pero también un momento muy difícil de gestionar. Cualquier movimiento en falso, cualquier gesto que haga pensar que Obama trata de sacar partido de la sangre derramada en Tucson, se volvería inmediatamente en su contra con efectos definitivos para su futuro político.
Sin embargo, es tentador para los demócratas unir lo sucedido a la retórica extremista utilizada por los republicanos en los últimos tiempos. Está en el recuerdo de muchos políticos que todavía ocupan escaños en el Congreso el efecto positivo que tuvo para Bill Clinton el atentado de Oklahoma. Una cosa es cierta: los sucesos de Tucson colocan al país de nuevo en la situación ante la cual Obama tiene la ocasión de mostrar sus mejores virtudes, las que le dieron la presidencia: el líder bipartidista, centrista, prudente, capaz de elevarse por encima de la lucha ideológica y conducir a Estados Unidos hacia el futuro.
El mandatario enfrenta una oportunidad única. Si toma el camino de los hechos, obliga a legislar e impone criterios de tolerancia y convivencia con fundamentos jurídicos, colocando límites a todo exceso, tal vez le preste un servicio verdadero a la nación y las generaciones por venir leerán en los eBooks de historia que un atentado en Arizona allá por el año 2011 fue el elemento disparador de un cambio verdadero en la forma de hacer política en Estados Unidos. Suena raro, ¿no?
Hasta la próxima.
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