OPTIMISMO EN EL “CONTINENTE NEGRO”: LA ESPERANZA DE AFRICA

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Aunque los fantasmas del hambre y el sida siguen azotando todo el continente, en el horizonte africano comienzan a vislumbrarse algunos destellos de progreso económico. El precio del petróleo y el comercio de materias primas, sumados al creciente interés de los Estados Unidos y China por la región, han catapultado los números de Angola, Ghana y Nigeria, entre otros países. Postergada por décadas, en África aún persisten los anacronismos, mientras los especialistas afirman que los primeros indicios de prosperidad son evidencia firme de un crecimiento a largo plazo.

Texto: Carlos Genovino / Fotos: AP / AFP

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Una plataforma angoleña. El petróleo es el principal motor de la recuperación africana.

Cuales son los dos países que tuvieron el desarrollo económico más alto en 2006? ¿China e India? ¡Error! El campeón planetario fue Angola, con 26% de crecimiento de su Producto Bruto Interno, seguido por Guinea Ecuatorial, con 21%. El comportamiento económico de esos dos países africanos traduce con claridad el fenómeno generalizado que se está produciendo en el “continente negro”. Hace casi 50 años que Africa no conocía un período de prosperidad como el que registra desde que comenzó el siglo XXI. La última época de euforia fue la etapa posterior a la descolonización, en la década del 60. Pero, desde el comienzo de los años 2000, Africa es el continente que tiene la economía más dinámica luego de Asia: el promedio de crecimiento en 2006 fue de 5,4% y para este año el Fondo Monetario Internacional pronostica un ritmo de 6%, la tasa de inflación apenas llega al 8%, los déficit presupuestarios están en constante reducción y las inversiones extranjeras se duplicaron en los últimos años. La deuda externa, que llegaba a 275.000 millones de dólares en 2004, se redujo a 220.000 millones gracias a la anulación de 55.000 millones acordada a los 22 países más pobres. El «continente perdido», como se le llamaba hasta hace poco tiempo, comienza a ser –nuevamente- el continente de la esperanza. “Africa es una región en plena ebullición, que registra reales progresos en materia de crecimiento económico, comercio exterior, reducción de la pobreza, educación y salud”, afirmó en octubre pasado el ghaneano Gobind Nankani, vicepresidente del Banco Mundial. Para comprender la resurrección de Africa es necesario relativizar ese entusiasmo. Con 900 millones de habitantes, los 37 países de la llamada Africa negra producen la misma riqueza que los 16 millones de holandeses. De todos modos, en ese continente de 30,3 millones de kilómetros cuadrados, todavía hay un tercio de su población que vive con menos de un dólar por día, la pandemia de sida mató 2,1 millones de personas y hay 24 millones de seropositivos, según las pavorosas estadísticas de la Organización Mundial de la Salud. El paludismo provoca un millón de víctimas por año y la tuberculosis extermina otras 500.000 personas. Otro millón fue diezmado por la sequía y la hambruna que castiga desde hace años a los seis países de la franja del Sahel (Senegal, Mauritania, Malí, Alto Volta, Níger y Chad) y los cuatro ubicados en el Cuerno de Africa (Etiopía, Eritrea, Sudán y Somalia). “Todavía hay un tercio de la población africana que pasa hambre”, reconoció en noviembre de 2006 Jacques Diouf, director general de la Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO). En algunos países, incluso, la agricultura es la única fuente de ingresos, de empleo o de alimentación. En otros términos, “los africanos son 40 veces más pobres y viven dos veces menos que los noruegos”, según el índice de desarrollo humano del PNUD (Programa de la ONU para el Desarrollo), que combina ingresos y educación por habitante. Con una renta per cápita de 2.170 dólares anuales, un africano tiene un ingreso casi 10 veces inferior al de un europeo (18.550 dólares). La esperanza de vida es de 57 años (contra 75 en Europa) y la tasa de mortalidad infantil es de 89‰ (contra 7‰ en Europa). En ese continente -que desde hace medio siglo vive en constante inestabilidad política-, todavía no desaparecieron los focos de tensión, las guerras ni las rivalidades. En la actualidad hay 11 conflictos de diversa índole: Sudán, Chad y la República Centroafricana, Somalia, Guinea, República Democrática del Congo, Uganda, Costa de Marfil, Argelia, Nigeria, Sahara Occidental y Eritrea- Etiopía. Desde 2003, la guerra civil de Darfur (Sudán) causó 200.000 muertos y el conflicto interno de Sudán otras 300.000 víctimas desde 1990. El continente todavía padece algunas dictaduras anacrónicas, como ocurre en Zimbabwe (ex Rhodesia). El presidente Robert Mugabe, de 83 años, en el poder desde 1980, expulsó a la mayoría de los ex colonos blancos, expropió sus granjas y plantaciones y llevó al país al borde del colapso. Con una caída de 40% de la producción agrícola, una hiperinflación de 1.600% y la producción paralizada, el país ahora se encuentra al borde de la asfixia económica. Hay dos millones de niños desnutridos y, según el Banco Mundial, harán falta 20 años para que la economía recupere su nivel de 1980. Frente a ese panorama desolador, el único denominador común de los africanos es tratar de huir hacia los dos grandes polos de opulencia que excitan la imaginación: Europa y los Estados Unidos. Cada año unos 400.000 africanos intentan la aventura de llegar a las costas europeas en avión, en las frágiles «pateras» que parten de Túnez y de Marruecos, o en los «cayucos» que zarpan de Mauritania y Senegal hacia las islas Canarias.

El motor más dinámico del crecimiento son los nuevos recursos generados en 2005 y 2006 por el aumento de los precios de las materias primas: África concentra 70% de la producción mundial de cacao, 65% de diamantes, 50% del oro, 40% del café, 16% del algodón y 11% del petróleo. La producción total de los 17 países petroleros de África es de 8,7 millones de barriles diarios.

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Bush en Uganda. Las potencias tomaron nota del creciente peso geopolítico de África.

¿Cómo se explica el optimismo de los africanos y de los economistas del FMI? Aunque los expertos no consiguen ponerse de acuerdo sobre el origen del actual proceso de recuperación, es evidente que Africa ingresó en una fase de bonanza económica que parece relativamente durable: “El crecimiento seguirá siendo fuerte. Africa tiene actualmente la mejor oportunidad desde hace 30 años de conocer una expansión prolongada”, estima el ruandés Donald Kaberuka, presidente del BAD (Banco Africano de Desarrollo). Ese fenómeno obedece en primer lugar a las políticas de saneamiento económico aplicadas en toda la región. Pero el motor más dinámico del crecimiento son los nuevos recursos generados en 2005 y 2006 por el aumento de los precios de las materias primas: África concentra 70% de la producción mundial de cacao, 65% de la de diamantes, 50% del oro, 40% del café, 16% del algodón y 11% del petróleo. La producción total de los 17 países petroleros de África es de 8,7 millones de barriles diarios, según la Agencia Internacional de la Energía. Esa cifra equivale al nivel de extracción de Arabia Saudita. El subsuelo africano, que concentra 9,4% de las reservas mundiales, seduce a las grandes compañías, que ven una posibilidad concreta de responder al proyecto de los Estados Unidos de diversificar sus fuentes de aprovisionamiento: en la actualidad, la primera potencia económica del planeta compra 1,1 millón de barriles diarios (15% de sus importaciones). Esa cifra debe llegar a 25% en 2015. “Los barriles marginales ayudan a equilibrar el mercado y aumentan la seguridad energética”, explicó en diciembre Samuel W. Bodman, secretario norteamericano de Energía. En términos reales, el precio del petróleo aumentó 25% por año entre 2002 y 2006, según el FMI. El principal favorecido por la estampida de precios petroleros fue Angola que, con una producción de 1,4 millones de barriles diarios (mb/d), se convirtió en la segunda potencia petrolera del continente después de Nigeria (2,6 mb/d). Los 9.400 millones de dólares que llegaron en 2006 están transformando aceleradamente ese país devastado por 30 años de guerra civil. En medio de barrios precarios de lata y cartón brotan imponentes torres de vidrio y cemento, y los Mercedes Benz flamantes circulan por calles barrosas y agujereadas. Gracias a los recientes descubrimientos de yacimientos off shore, su nivel de extracción llegará a 2,4 mb/d en 2008. Cuando miran el futuro inmediato, los 15 millones de habitantes se ven como nuevos jeques de una «Angola Saudita». El mismo fenómeno se registró, en otra escala, en los otros países productores de petróleo de la región (Nigeria, Gabón, Camerún, Sudán, Mauritania, Argelia y Libia). Burundi, Etiopía, Sierra Leona, Ruanda y Uganda, por su parte, se favorecieron con el aumento del café.

En ese continente que desde hace medio siglo vive en constante inestabilidad política, todavía no desaparecieron los focos de tensión, guerras y rivalidades. En la actualidad hay 11 conflictos de diversa índole: Sudán, Chad y la República Centroafricana, Somalia, Guinea, República Democrática del Congo, Uganda, Costa de Marfil, Argelia, Nigeria, Sahara Occidental y Eritrea-Etiopía. Desde 2003, la guerra civil de Darfur (Sudán) causó 200.000 muertos y el conflicto interno de Sudán otras 300.000 víctimas desde 1990.

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Nomsa, una sudafricana con HIV. En África existen unos 24 millones de seropositivos.

La segunda razón que explica el despegue es de orden geopolítico. Todas las grandes potencias comprendieron que, si no aplicaban un enérgico «electroshock» económico, la miseria y la desesperanza amenazaban con arrojar a ese continente en brazos del Islam. Estados Unidos, que había vivido de espaldas al África, cambió de actitud y decidió realizar un verdadero esfuerzo para ayudar al desarrollo económico del continente. En el plano político, la Casa Blanca trata de sustentar el resurgimiento progresivo de la democracia que se observa después del derrumbe de la Unión Soviética, que en los años ´80 amenazaba con sovietizar todo el continente. Pero el interés de los Estados Unidos también obedece a motivos de orden económico. Después de observar la realidad con sus propios ojos durante la gira de 2003, el presidente George W. Bush decidió elevar la asistencia económica a 19.000 millones de dólares anuales. Ese cambio facilitó la penetración de las empresas norteamericanas de petróleo, telecomunicaciones e infraestructura en países que -hasta ahora- eran feudos inexpugnables de las dos grandes potencias coloniales: Francia y Gran Bretaña. Para los Estados Unidos, África también es una pieza vital de su estrategia de «shaping», que consiste en modelar el contexto internacional mediante la difusión de normas, valores y estándares norteamericanos. Ansiosos por abandonar su estado de subdesarrollo endémico, los países africanos no sólo no oponen ninguna reserva, sino que abren las puertas a la invasión de organismos genéticamente modificados (OGM), a los laboratorios farmacéuticos, a las empresas de servicios urbanos, a los constructores de obras de infraestructura y transportes, a las «majors» de entretenimiento, a las grandes marcas de cosméticos y vestimenta, a los supermercados y a los operadores de Internet y de telefonía celular. En un continente sin redes de comunicación, los móviles representan un producto de primera necesidad. La presencia norteamericana en los sectores más dinámicos de la economía constituye también un modo de poner límites a la creciente ofensiva de China, interesada en asegurarse el acceso a las materias primas que necesita para su desarrollo. El presidente chino Hu Jintao realizó tres giras en menos de dos años, concedió 3.000 millones de dólares en préstamos, financió obras de envergadura, como un oleoducto de 1.300 kilómetros en Sudán, ferrocarriles y caminos en Gabón para explotar el manganeso, la reapertura de las minas de cobre Zambezi (Zambia) y prometió comprar mineral de hierro, uranio y petróleo. Ghana es otro país que supo aprovechar el actual despegue. Gracias a las remesas que envían los 3 millones de expatriados que residen en los Estados Unidos, Gran Bretaña o Nigeria, este país de 21 millones de habitantes conoce un boom sin precedentes. En Accra, la capital, se acaba de inaugurar un barrio de mansiones con piscinas que no tienen nada que envidiar a las residencias de Hollywood. En todo el país se están construyendo autopistas, aeropuertos, escuelas y hospitales. Por primera vez, los ghaneanos pueden experimentar las delicias del shopping sin tener que viajar a París, Londres o Nueva York. El boom también llegó a la embrionaria clase media, principal clienta del flamante shopping center que se acaba de inaugurar en Accra. El otro modelo es Sudáfrica, que fue probablemente el país que mejor manejó la transición. Gracias a la prudencia y a la moderación del ex presidente Nelson Mandela, pudo pasar sin desgarros ni revanchismos del «appartheid» – equivalente al colonialismo interno- a un gobierno de la mayoría negra. Ahora, convertido en primera potencia económica africana, su gran objetivo consiste en terminar de integrarse a la globalización. Después de haberse adaptado a las exigencias del modelo liberal, en 2010 enfrentará su prueba de fuego: la organización de la Copa del Mundo de fútbol. Si aprueba ese examen, entonces se podrá decir que Africa comienza a formar parte del mundo.


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