PABLO PICASSO: RETRATO DE UN GENIO

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El vigor y talento del artista malagueño irrumpieron en el siglo XX, y los caminos del arte ya no fueron los mismos. Revolucionario, libre de todo clasicismo, Pablo Picasso utilizó tanto el dibujo y la pintura, como el grabado, la escultura y la cerámica. La versatilidad de sus estilos corrió parejo con sus tumultuosos amores. El autor de “Las señoritas d’Avignon” y el desgarrador “Guernica” murió a los 91 años. Hasta la noche anterior había trabajado en el retrato de su último amor.

Texto: Vicente Battista / Fotos: AFP/ AP

PARIS - PICASSO

Preludio. Picasso vivía en la pobreza, pero era feliz en París. Pintaba para un millonario a cambio de un humilde sueldo.

Un parto difícil: la pobre María está agotada por el dolor y por ese constante pujar. Por fin el bebé sale de su vientre. María escucha que el crío está muerto. “Por asfixia”, asegura la partera. Entonces, todo ha sido en vano. Ahora sólo resta llorar, pero las lágrimas se niegan a salir. Por suerte no salen, porque aquello que iba a ser desconsuelo se convierte en alegría. En el cuarto está el tío Salvador, médico, con su habitual habano en la boca. Pita largo y arroja el humo sobre la cara del recién nacido; de inmediato se oye el llanto. “¡Este crío está más vivo que todos vosotros!”, brama el tío Salvador. Faltan unos minutos para la medianoche del martes 25 de octubre de 1881 y en esa habitación de esa modesta vivienda de Málaga todo es felicidad. Dos días más tarde, José Ruiz Blasco se presenta en la parroquia de Santiago con el fin de anotar a su hijo. El sacristán está atento a los nombres que tendrá el recién nacido, moja la pluma en el tintero. “Quiero que se llame –pide Ruiz Blasco– Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios Crispiniano de la Santísima Trinidad Ruiz Picasso”. Entre tan vastos nombres, sus padres elegirán Pablo para llamarlo. El resto quedará para siempre en el registro de la parroquia. Hasta poco antes de su casamiento, José Ruiz Blasco había llevado una auténtica vida de bohemio, movido por dos pasiones: la pintura y las mujeres. Cuando se unió a María Picasso López, las mujeres comenzaron a ser un grato recuerdo, pero sigue fiel a la pintura; aunque ahora de manera menos bohemia, ya que se desempeña como profesor en la Escuela de Artes y Oficios de Málaga y es conservador del Museo del Ayuntamiento. Por eso a nadie sorprende que el pequeño Pablo ya a los tres años ande borroneando papeles y pase horas y horas con el lápiz en la mano. Su padre, además de la pintura, le transfiere la pasión por los toros. Suelen acudir a las corridas que se llevan a cabo en la plaza de Málaga. A los nueve años, Pablo dibuja a lápiz a un torero con trazos que dan cuenta de que estamos ante un artista superior. El dibujo actualmente se encuentra en el Museo Picasso de Barcelona. El chico no es un buen estudiante, no quiere saber nada con la matemática y muestra poco interés por las letras, la historia y la geografía; sólo le interesa el dibujo. Entre ir a la escuela o acompañar a su padre al museo, elige invariablemente el museo. El padre no se opone a los gustos de su hijo, es feliz enseñándole los secretos de la plástica. En más de una oportunidad permite que el pequeño finalice las telas que él mismo ha iniciado. A los 14 años, Pablo pinta un óleo, La muchacha de los pies desnudos, que aún impresiona a quienes lo ven: se trata de un trabajo realizado por un verdadero profesional de la pintura. Su tío Salvador, aquel que lo había revivido con el humo de su habano, le cede uno de sus cuartos para que lo habilite como estudio, le otorga una beca de cinco pesetas diarias y le consigue a un viejo marino para que pose como modelo. El pequeño Pablo termina el cuadro Viejo pescador en menos de dos días. Sus padres se han mudado a La Coruña y Pablo inicia su bachillerato en el Instituto Eusebio da Guarda, pero lo que más le interesa es asistir a la Escuela de Bellas Artes. En La Coruña comienza a desarrollar los temas de la humanidad desvalida que más tarde profundizará en su llamado Período Azul. El mendigo de la gorra y La enferma son los cuadros que destacan de aquella época. El padre de Pablo obtiene un puesto de profesor en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona. La familia se afinca en la Ciudad Condal y Pablo ingresa como alumno en las clases superiores. Una de las primeras pruebas es realizar un dibujo hecho del natural, otorgan un mes de plazo para concluir la obra. Pablo lo realiza en un día. Tiene 14 años y ya está decidido su destino. De esa época es su célebre Ciencia y caridad, por el que obtiene una mención honorífica en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1897 y la medalla de oro en Málaga.

Picasso - Retrato de Dora Maar (1939)

Retrato de Dora Maar (1939), el nombre de la fotógrafa que ocupó el corazón del artista.

Aún firma sus cuadros con el nombre Pablo Ruiz Picasso, pero no por mucho tiempo. ¿Por qué elige sólo el apellido Picasso? Años después, en una carta dirigida a su amigo Brassai lo explicaría así: “¿Sabe lo que me atraía de ese apellido? Pues sin duda las dos eses, bastante inusitadas en España (…) El apellido que se tiene o el que se adopta tiene su importancia. ¿Me imagina usted llamándome Ruiz? ¿Pablo Ruiz, Diego José Ruiz o Juan Nepomuceno Ruiz? Tengo no sé cuántos nombres de pila. ¿Se ha fijado en las dos eses de los apellidos de Matisse, Poussin o del aduanero Rousseau?”. Por fin es Pablo Picasso y se encuentra en Barcelona. Es un joven que aún no ha cumplido los 20 años y ya es un parroquiano habitual de Els Quatre Gats, la bohemia cervecería de la calle Montesino a la que acuden todos los artistas del lugar. Allí se topa con Utrillo y Santiago Rusiñol. En las paredes de Els Quatre Gats realiza su primera exposición individual: veintiuna acuarelas y dibujos, casi todos retratos de los bohemios que visitaban la cervecería. Varios de esos dibujos años después honrarán el Museo Picasso de Barcelona, el resto se los vende a los propios modelos a una o dos pesetas. La vida de artista exige sacrificios. Picasso es consciente de ello. Viste pobremente en una habitación miserable del Barrio Chino, y hay días en que directamente no tiene qué comer, pero continúa con el tesón y la seguridad de aquel que se sabe destinado a la inmortalidad. El próximo paso es París. Hacia allí se embarca en compañía de sus amigos Carlos Casagemas y Manuel Pallarés. Por entonces ya ha decidido romper con el academicismo que fatalmente le imponían las escuelas de arte. Una clara muestra de esa ruptura será El diván, una obra que realiza en 1900 y se la puede catalogar de fauvista-expresionista. En París, los tres amigos alquilan un cuarto en el 49 de la calle de Gabrielle. Picasso viste al estilo de un artista de la época: zapatos gruesos, ropas arrugadas y una gran capa para cubrirlo. Usa barba tupida e impresiona por sus ojos muy negros y profundos. Aunque está en el borde mismo de la pobreza, logra vender algunos cuadros y consigue que Pedro Mañach, un industrial catalán, le otorgue un sueldo de ciento cincuenta francos por mes a condición de que pinte para él. El joven Picasso no tiene de qué quejarse, ha conseguido una pequeña entrada y puede pasar largas horas en el Louvre y, sobre todo, puede visitar las galerías en las que se exhiben las grandes obras de los pintores modernistas: Degas, Gauguin, Van Gogh y Toulouse-Lautrec.

¿Por qué elige sólo el apellido Picasso? Años después, en una carta dirigida a su amigo Brassai lo explicaría así: “¿Sabe lo que me atraía de ese apellido? Pues sin duda las dos eses, bastante inusitadas en España (…). ¿Me imagina usted llamándome Ruiz? ¿Pablo Ruiz, Diego José Ruiz o Juan Nepomuceno Ruiz? (…) ¿Se ha fijado en las dos eses de los apellidos de Matisse, Poussin o del aduanero Rousseau?”.

Picasso - Las Senoritas d Avignon (1907)

Las Señoritas d’Avignon (1907). El MoMa de Nueva York expone –especialmente– el cuadro a 100 años de su composición.

Pero no todo es alegría. Su íntimo amigo Carlos Casagemas anda sufriendo un gran desengaño amoroso: la muchacha francesa por la que él viajó a París lo acaba de despreciar. Falta poco para la Navidad y Casagemas convence a Picasso de que vuelvan a Barcelona. Picasso le propone un destino mejor: lo invita a ir a Málaga, allí él podrá reencontrarse con la tierra que lo vio nacer y está seguro de que Málaga puede ser un buen remedio para la enfermedad que sufre Casagemas. Pero las cosas no son como imaginara. En la fonda Las Tres Naciones, de Málaga, se niegan a darles habitación a esos dos jóvenes tan mal vestidos, de barbas descuidadas y largas melenas. Los parientes de Picasso tampoco los reciben alegremente. El brillante cielo andaluz no le quita las penas a Casagemas; por el contrario, parece aumentárselas. Casagemas visita tabernas y tablaos flamencos y se emborracha salvajemente en cada una de esas visitas. Picasso decide abandonarlo a su suerte y viaja a Madrid. Jamás volverá a pisar Málaga. En Madrid se queda unos meses. Allí mismo recibe la noticia de que Casagemas había regresado a París y en el café L’Hippodrome, del Boulevard Cliché, se ha pegado un tiro en la cabeza. Le aseguran que murió de inmediato. “La muerte de Casagemas –escribiría Picasso años después– probablemente cambió el rumbo de mi vida; aquella tragedia me impresionó extraordinariamente”. Ese dolor lo plasmará en los futuros cuadros. Realiza una serie de retratos póstumos que culminarán con el definitivo Entierro de Casagemas. Incluso se traslada hasta el sitio en el que su amigo se había matado para tener el modelo natural de un cuadro que en principio decide llamar: En el Café del Boulevard de Cliché, donde se suicidó Casagemas. Otra vez en Barcelona, sus amigos de Els Quatre Gats le organizan una exposición en la Sala Parés. En el número de junio de la revista Pel i ploma, Utrillo le dedica un comentario elogioso. En 1901 vuelve a París. Allí lo aguarda Pedro Mañach, aquel empresario catalán que le había pagado un sueldo mensual para que le pintara cuadros. Mañach organiza una muestra en la galería Vollard. Picasso ha cumplido con su palabra, entre óleos y dibujos presenta sesenta y cuatro obras. Uno de los dueños de la galería Vollard hablará de esa muestra en su libro de Memorias. “Hacia 1901 –escribe– recibí la visita de un joven español, vestido de manera harto abigarrada, que trajo a mi casa un compatriota suyo, a quien yo conocía demasiado. Era un industrial barcelonés.

PICASSO - FRANCOISE GILLOT - CLAUDE

Picasso junto a Françoise y su hijo, Claude, en 1947. Dos años después, nacerá Paloma. Su obra se impregnará de temas infantiles y maternales.

El compañero de ‘manache’ era el pintor Pablo Picasso, el cual a sus 19 o 20 años, ya había pintado un centenar de telas, que me traía con miras a una exposición. Esta exposición no tuvo ningún éxito y, en mucho tiempo, Picasso no halló mejor acogida del público”. Pero esa poca acogida no lo desalienta. Continúa en París y su vida bohemia no le impide trabajar con un ímpetu poco común entre los otros artistas que lo acompañan: pinta un promedio de dos o tres cuadros por día. Uno de ellos es Niña sentada, la obra que preanuncia lo que luego será su Período Azul. Los festejos en el Boulevard Cliché ya no le interesan tanto: comienza a extrañar Barcelona, a los familiares que allá viven, a sus amigos. En febrero de 1902 hace las valijas y un día después se instala en la casa de su familia, una modesta vivienda en la calle de La Merced. No abandona su vida bohemia. Sobrevive pintando carteles de publicidad y en la soledad de su estudio continúa con su obra, que cada día le satisface menos. Se siente pegado a los modelos clásicos y él sabe que puede dar mucho más que eso. Entonces comienza a experimentar con el azul, un color que lo apasiona desde niño. El Barrio Chino barcelonés, poblado de figuras patéticas, miserables y estrafalarias, por donde Picasso deambula sin descanso es el modelo natural para una serie de cuadros que definitivamente rompen moldes. En El arlequín y su compañera, en La bebedora de ajenjo, en El niño del pichón se reflejan el dolor y la desesperanza de esas criaturas. Cerca de ciento cincuenta pinturas en las que imperan la tristeza, la angustia y la melancolía, con un mensaje definitivo: el hombre siempre estará solo. Luego de esa descarga, Picasso siente que debe volver a París. Otra vez hace las valijas y emprende el viaje, acompañado por su amigo, el pintor Sebastià Junker. Se instala en un ático del Hotel Marruecos, en el Barrio Chino. Un lugar realmente miserable. De allí lo rescata su amigo Max Jacob y lo lleva a vivir a su pieza en un quinto piso del Boulevard Voltaire. Tienen una sola cama. Max Jacob duerme de noche, en tanto que Picasso lo hace de día, porque las noches las utiliza para pintar. Los críticos hablan maravillas de sus cuadros: “Es extraordinaria la estéril tristeza de este joven, Picasso, que empezó a pintar aun antes de saber leer, y parece haber recibido la misión de expresar con el pincel todo lo que existe; diríase que es un joven dios decidido a reconstruir el mundo”. Pero sus cuadros no se venden y la miseria crece sin descanso. Es hora de regresar a Barcelona. Para pagar el pasaje malvende Madre con niño junto al mar y la noche antes de partir, atormentado por el frío y con el sólo fin de darse calor quema en la chimenea buena parte de sus últimos dibujos. Otra vez en la calle de La Merced, sigue trabajando con la fuerza del primer día. Sin embargo y pese a las desventuras que allí viviera, Picasso continúa pensando en París. Poco después lo encontramos en el número 13 de la rue Ravignan, en pleno Montmartre. El Período Azul está llegando a su fin para darle paso a lo que sería el Período Rosa. Se trata de una etapa más placentera, menos lúgubre que la azul. Tal vez una vecina, la bella Fernande Olivier, quien de inmediato se convierte en su amante, tenga algo que ver con esa metamorfosis. Ahora se los ve siempre juntos. A Fernande le asombra la manera de trabajar de Picasso: siempre de noche hasta bien entrada la madrugada; como no hay luz eléctrica y tampoco cuenta con lámparas de gas, coloca sobre su cabeza una lámpara de kerosén y así pinta, agachado ante la tela. Cuando no tiene plata para comprar el kerosén se alumbra con una antorcha bañada en aceite. “¿Cómo puedes pintar así?”, le ha preguntado. “Así lo hacía Goya”, responde Picasso de inmediato. Ha nombrado a uno de los artistas que más respeta. Aún no sabe que años después dirán que él es el Goya del siglo XX.

El artista ha instalado su estudio en el sótano de la casa, ahí se encierra todas las noches y trabaja sin descanso, apenas iluminado por una lámpara de kerosén. Picasso se guarda, no permite que nadie vea lo que está haciendo. Se trata de “Las señoritas d’Avignon”, una obra que plasma sobre la enorme tela, luego de haber realizado más de ochocientos bocetos.

El Guernica, Picasso

Antibélico. A 70 años del bombardeo sobre la ciudad vasca, el Guernica se mantiene como un fuerte alegato contra las guerras.

Es el invierno de 1905, Picasso acaba de conocer a Henry Matisse, uno de los artistas que con mayor justeza representan el fauvismo, e intuye que van a ser grandes amigos. Acaba de darle los últimos toques a El actor, el cuadro con el que se iniciaría el Período Rosa. En sus telas sigue habiendo arlequines, acróbatas y saltimbanquis, pero ya no muestran el patetismo de las criaturas del Período Azul, predominan los rosas suaves, con tonos de ocre y gris. Una tarde le avisan que Gertrude Stein y su hermano Leo, multimillonarios norteamericanos que han llegado a París en busca de nuevos talentos, quieren visitar su estudio. Picasso accede. Los Stein le compran varias telas por casi novecientos francos; en aquellos días, una pequeña fortuna. El Período Rosa también parece ser una época de suerte y de grandes cambios. Picasso se interesa por la escultura; ya en 1899 lo había intentado con Mujer sentada, pero después de aquel primer intento había dejado de pensar en el moldeado. Sin embargo, lo que de verdad le interesa ahora es esa nueva forma de la que Cézanne había sido su indiscutible precursor: el cubismo. Por aquellos días, Picasso visita el Museo Trocadero y pasa horas enteras contemplando las máscaras de los anónimos artistas africanos. Tiempo después dirá: “Comprendí el uso que los africanos hacen de su escultura, porque esculpían de aquella manera y no de otra. Al fin y al cabo, no eran cubistas, dado que el cubismo aún no existía”. Está a punto de producirse uno de los acontecimientos claves para el arte del siglo XX. Fernande advierte que Picasso está como poseído. Ha instalado su estudio en el sótano de la casa, y ahí se encierra todas las noches y trabaja sin descanso, apenas iluminado por una lámpara de kerosén; no permite que nadie vea lo que está haciendo. Se trata de Las señoritas d’Avignon, una obra que plasma sobre la enorme tela, luego de haber realizado más de ochocientos bocetos. El cuadro resulta la primera acción de ruptura con el arte moderno: las figuras, los objetos y el espacio no están diferenciados al modo tradicional, y no existe la perspectiva renacentista. Tal vez por eso es rechazado. Leo Stein señala que se trata de una solemne estupidez; Derain asegura que es el suicidio de Picasso; Matisse lo considera la muerte de la pintura; y Braque dice que es “como si bebieras petróleo mientras comes una estopa ardiendo”. Picasso ha pintado una composición que será considerada el punto de partida del cubismo. Sabe que es una obra mayor por eso; pese al juicio de sus amigos, no piensa cambiar de rumbo. Las cartas están echadas y ése será su futuro juego. A pesar de ello, Las señoritas d’Avignon permanece a lo largo de trece años en su estudio: no acepta venderlo ni mostrarlo. Por último, en 1920 lo compra Jacques Doucet. A lo largo de esos años, Picasso vivirá la angustia de la Primera Guerra mundial, se separará de Fernande y por un tiempo creerá estar enamorado de Marcelle Hubert, sufrirá la muerte de su padre, conocerá a Jean Cocteau, y por intermedio de éste a Olga Koklova, bailarina del ballet ruso, con quien se casará en 1918. Dos años después venderá Las señoritas d’Avignon, y al año siguiente nacerá su primer hijo: Paolo. Su pintura está llena de vida y de luminosidad, con muchachas jugando en la playa y gente feliz.

El “Guernica” mide tres metros y medio de alto por ocho y medio de ancho. Está realizado mediante una bella combinación de tonos grises, blancos, azules y negros. Allí aparecen los elementos vitales del toro, el caballo que simboliza al pueblo, el combatiente muerto y la mujer horrorizada que escapa de su casa en llamas. La guerra retratada por un genio.

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Su taller en Mougins, aldea del sur de Francia.

Picasso ya es un hombre de 40 años. Aquellos días de hambre y miseria han quedado atrás. Está considerado uno de los principales artistas de su tiempo, y su obra aumenta la cotización minuto a minuto. Esto parece importarle poco, no ha decaído su capacidad de trabajo, sigue experimentando con todo lo que encuentra a mano. La relación con Olga Koklova comienza a deteriorarse, la bailarina rusa lo cela sin descanso, incluso le reprocha los amores que Picasso tuvo antes de conocerla. Es 1927 y están veraneando en Cannes. Allí pinta Mujer sentada, un cuadro que sin duda representa a Olga: se trata de una mujer que parece estar encadenada a la silla. En 1931, cuando Picasso acaba de cumplir 50 años conoce a Marie Thérèse Walter, una muchacha rubia de apenas 17 años. El amor es recíproco. Para él pesa la juventud de ella; para ella, la personalidad arrolladora de él. Ambos viajan por España. Picasso ensaya nuevas esculturas, Marie Thérèse invariablemente es su modelo. También le dará una hija: María de la Concepción, que ellos prefieren llamar Maya. Picasso parece estar de verdad enamorado. Tal vez por amor o como consecuencia de su amistad con André Breton, con Louis Aragon y con Paul Eluard, lo encontramos escribiendo poesías de neto corte surrealista que más tarde Breton publicará en Les cahiers de l’Art. Poco después se sabrá que no era Marie Thérèse y menos aún Olga Koklova la musa de esos poemas. Ha conocido a Dora Maar, una sugestiva mujer que en realidad se llamaba Theodora Markovitch y que desde los 3 hasta los 19 años había vivido en Buenos Aires. Es Paul Eluard quien le presenta a esta dama arrolladora que había sido la tumultuosa amante de Georges Bataille. El tumulto también se produce en la vida amorosa de Picasso: sigue viviendo junto a Olga Koklova y al mismo tiempo visita a Marie Thérèse y a Dora Maar. Pinta dos cuadros en los que Marie Thérèse y Dora aparecen exactamente en la misma pose, recostadas en un canapé con un libro. Por entonces España se proclama república y Picasso, flamante afiliado al Partido Comunista, pasa a ser director del Museo del Prado.

Picasso - Jacqueline con Flores (1954)

Jacqueline con Flores (1954). Picasso admiraba su cuello delicado.

El gobierno republicano le encarga un mural para ser exhibido en el Pabellón Español de la Exposición de París. El 26 de abril de 1937, antes de que Picasso comience a diseñar su obra, los aviones alemanes de la Legión Cóndor, en apoyo al levantamiento del general Franco, bombardean Guernica, en el País Vasco. Ese ataque asesino a una población civil preanunciaría los mortíferos métodos que se llevarían a cabo dos años después, durante la Segunda Guerra Mundial. Entonces Picasso anuncia: “La pintura mural en la que estoy trabajando, y que titularé Guernica, expresa claramente mi repulsión hacia la casta militar, que ha sumido a España en un océano de dolor y muerte”. El cuadro mide tres metros y medio de alto por ocho y medio de ancho. Está realizado mediante una bella combinación de tonos grises, blancos, azules y negros. Allí aparecen los elementos vitales del toro, el caballo que simboliza al pueblo, el combatiente muerto y la mujer horrorizada que escapa de su casa en llamas. Para llegar a esa obra genial, Picasso realiza cientos de bosquejos, Dora Maar se ocupa de fotografiar cada uno de ellos. Luego de la clausura del Pabellón, el Guernica se expone en Noruega e Inglaterra, y viaja a Nueva York como parte de la gran exposición Picasso: forty years of his art que se realiza en el MOMA. Ante la derrota de la República española, Picasso ordena que quede allí en préstamo. Dice que deberá volver a España cuando el país recupere su democracia. Desde 1981 el Guernica está en España. En 1939, España ha quedado en manos del dictador Francisco Franco y el ejército nazi invade Polonia. Es un año de pesadumbre para Picasso: al horror del fin de la república y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial se une la muerte de su madre. Su vida romántica continúa siendo tormentosa (nunca dejará de serlo), Olga Koklova ya no vive con él, pero no le otorga el divorcio: se han casado bajo el rito ortodoxo ruso y lo tiene prohibido. Ahora vive con Dora Maar, pero se ocupa de que nada les falte a Marie Thérèse y a Maya, su hija. Todas sus mujeres han sido repetidas veces plasmadas en numerosos cuadros y esculturas, pero Dora es tal vez la más representada, en algunas ocasiones en estilo clásico; en otras, con las facciones distorsionadas. En 1941 finaliza el bronce Cabeza de Dora Maar. Ambos residen en París bajo la ocupación alemana, y por esos días escribe una pieza teatral, El deseo atrapado por la cola, que leen en una reunión secreta a la que, entre otros, asisten Albert Camus, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Jacques Lacan. Tres años más tarde sufre la muerte de su gran amigo Max Jacob, preso en un campo de concentración alemán.

En 1953 Françoise Gilot hace lo que ninguna mujer se había atrevido a hacer con Picasso: lo deja y se marcha con sus dos hijos. Pocos días después Picasso oye golpear la puerta, abre y se encuentra con Jacqueline Roque…

Le Mystère Picasso

Picasso pintando.

La guerra mundial llega a su fin y también la pasión de Picasso por Dora Maar. Su nuevo amor se llama Françoise Gilot. Se trata de una joven pintora a la que, tal como sucediera con sus parejas anteriores, le jura amor eterno. En esta ocasión, la eternidad durará algo menos de diez años. A lo largo de ese tiempo, Picasso se dedica a la litografía, y realiza casi doscientas obras en tres años. También le presta atención a la cerámica. Durante 1947 vive en Vallauris, en compañía de Françoise y Claude, el hijo que han tenido, y allí produce más de seiscientos objetos diferentes. Dos años después nace su hija Paloma y entonces retoma las temáticas infantiles y maternales. Por entonces viven en la villa de La Galloise, ha dibujado su célebre Paloma de la Paz y ha tenido tiempo de reencontrar a Genevieve Laporte, una jovencita de 24 años que en 1944, cuando aún era una niña, lo había visitado con el fin de hacerle un reportaje. Genevieve comienza a posar para él, y así surgen cuadros de exquisita sensualidad que Picasso debe ocultar a los ojos de Françoise. Puntualmente, los miércoles visita a su modelo quien, por supuesto, también se ha convertido en su amante. En 1953, Françoise Gilot hace lo que ninguna mujer se había atrevido a hacer con Picasso: lo deja. Dice que no quiere pasar el resto de su vida junto a un monumento histórico y se marcha con sus dos hijos. Pocos días después, Picasso oye golpear la puerta, abre y se encuentra con Jacqueline Roque. Ambos son vecinos de la villa de La Galloise. Jacqueline es catalana, separada de su marido y madre de una niña de 6 años.

PABLO PICASSO

Picasso junto a Jacqueline. Su último cuadro se lo dedicó a su último amor: un retrato de su dulce compañera.

Sabe que está solo y le trae una caja de dulces. Poco después es su nueva mujer; se mudan de La Galloise a la California, una villa cercana: Jacqueline no quiere compartir la casa en la que Picasso vivió con Françoise. En 1955 muere Olga Koklova. Picasso se convierte en un hombre viudo libre de casarse con quien quiera. Tres años después se casa con Jacqueline y dos años más tarde reconoce legalmente a sus hijos Maya, Paloma y Claude. Es un hombre de 77 años, pero mantiene la vitalidad y el genio de los primeros tiempos, ya que no cesa su capacidad creadora. Diez años más tarde sufre la muerte de su gran amigo Jaime Sabartés, quien fuera el impulsor y mecenas del Museo Picasso de Barcelona. Sin dudarlo, dona la serie de Las Meninas al Museo. Francia se apresta a celebrar los noventa años del artista que había elegido ese suelo para vivir, aunque jamás renegara de su nacionalidad española. Para que no queden dudas de ello, Picasso dona a España cuatro mil cuadros de su colección privada. Ha cumplido 91 años, pero no deja de crear. La muerte lo sorprende el 8 de abril de 1973, en el taller queda un cuadro de Jacqueline a medio terminar, había estado trabajando en él hasta la noche anterior. La última. Alguna vez dijo: “Si sabemos lo que vamos a hacer, ¿para qué hacerlo? Es mejor hacer otra cosa”. En base a esa consigna desarrolló el grabado, el dibujo, la pintura, la escultura, la cerámica y la gráfica; también escribió poemas y una pieza de teatro surrealista. Puso un toque mágico y revolucionario en cada una de sus obras, demostró que era posible ver y plasmar el mundo desde otra óptica; fue un artista en todo lo profundo de la palabra; sencillamente, un genio.


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