PAN Y CIRCO

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A imagen y semejanza de cualquier reality show, la interna del Partido Republicano ha mutado a algo sórdido, por momentos bizarro y confuso. La aparición formal de Donald Trump en la escena política ha puesto al descubierto mucho más que su conocida vocación por el mal gusto, el populismo barato y la orgullosa exhibición de su propia ignorancia. Trump ha sacado a la luz el riesgoso simplismo de un sector de la América profunda. Que este multimillonario de Nueva York lidere cómodamente las encuestas para las primarias republicanas es una clara demostración de la existencia de una fracción peligrosamente grande de la población sumida en la ignorancia y encaminada a dejarse llevar por la demagogia más pura que este país haya visto jamás.

Dicho esto, cabe la pregunta: ¿es Donald Trump un paracaidista estúpido que haciendo gala de su histórico oportunismo deambula por la periferia de la política profesional sin un objetivo específico? Lo dudo. La transversalidad de su discurso rompe con el esquema clásico de hacer política. Los manuales más elementales dan por cierto que si un candidato se dice republicano hay por lo menos cinco mandamientos que no debería transgredir. Trump destruye la regla. La política en Estados Unidos es bipartidista y cada de uno de los dos partidos ostenta una lista de principios sobre los cuales se construye cualquier campaña. Hasta que aparece un outsider. Un oportunista de la palabra. Alguien que encarna el descontento general disfrazado de transparente, de sincero, de audaz.

Trump se presenta a las primarias republicanas sin descartar ir por afuera del partido a las elecciones generales. Se muestra ultraconservador en el trato a los inmigrantes, pero aprueba la necesidad de una cobertura de salud universal. Es un hombre que va por su tercer matrimonio, pero no para de cosechar aprobación entre los fundamentalistas cristianos. Su retórica nauseabunda, su intolerancia y su rechazo visceral a los políticos tradicionales le proveen la simpatía del Tea Party. Y con sus insultos a los inmigrantes mexicanos, Trump va directo a la fibra del sector más xenófobo de la ultraderecha. Aunque al mismo tiempo, sin pausa ni cambio de audiencia, pide subir los impuestos a los más ricos. Y defiende el proteccionismo comercial.

Trump, en las últimas semanas, ha recibido elogios de algunas prominentes figuras del progresismo nacional. La senadora Elizabeth Warren celebra que Trump instale masivamente debates importantes como aumentar los impuestos a los más ricos. El economista Paul Krugman ha publicado una columna titulada “Trump tiene razón en la economía”. Y es que a pesar de que una parte sustancial de su verborragia rompe con la doctrina republicana, inevitablemente cautiva a los votantes conservadores que no quieren sufrir recortes en sus pensiones, ni pérdida de empleos por relocalización de fábricas en el extranjero, ni obscenos privilegios para Wall Street.

Trump es Trump. No pertenece a ninguna parte. Sólo se pertenece a sí mismo. Es un espejismo de la extrema derecha. Un oportunista sin escrúpulos. Si usted inserta su nombre en el popular buscador Google encontrará que hay diez artículos en los periódicos de Estados Unidos por cada uno que hable de sus contendientes más directos. Su estrategia no es una genialidad, ni siquiera un descubrimiento. Trump hace uso y abuso de un viejo recurso: la antipolítica. Las últimas encuestas de Gallup revelan que en Estados Unidos la confianza en el gobierno está en el punto más bajo desde que existe el registro, y que la aprobación de los dos principales partidos se ha derrumbado, por primera vez, por debajo del 40%.

Trump, a diferencia de los políticos tradicionales, pretende que habla con transparencia y sinceridad. No es loco. Hace de loco. Se muestra inmune al temor de decir algo políticamente incorrecto. Sus ampulosas y desagradables declaraciones, y su renuencia a dar discursos preparados con una estructura de desarrollo tradicional, son presentadas como su principal activo. Como una carta de triunfo. Su capacidad actoral proyecta signos de autenticidad. Exhibe su falta de experiencia en Washington como una garantía de honestidad y asepsia política. El nunca ha sido contaminado por el establishment.

No es casual que entre los 15 aspirantes a la nominación por el Partido Republicano, los tres que mejor califican en las encuestas son tres independientes sin experiencia política previa: Donald Trump, Ben Carson y Carly Fiorina. Pero Trump está naturalmente equipado con una batería de herramientas ideales para un escenario como éste: es inmensamente rico, ya era una celebridad mucho antes de su postulación y maneja extraordinariamente bien la movilización emocional de las audiencias. Una especie de tiburón en una pecera.

El ultimo debate entre los once principales postulantes republicanos, organizado por CNN, fue visto por 23 millones de personas, repitiendo el suceso de semanas atrás cuando el debate transmitido por la cadena Fox alcanzó a 25 millones de espectadores; récord histórico de la televisión por cable para un programa no deportivo. Ambos debates giraron en derredor de Donald. “Todos contra Trump”, pareció ser el lema. La realidad es que aún con enormes lagunas –ancladas en su incapacidad de dar respuestas concretas–, y a pesar de su manifiesta ignorancia acerca de temas de política exterior, seguridad nacional o presupuesto interno, Donald sólo perdió algunos pocos puntos de aprobación.

Es cierto que recién estamos en los albores de una campaña que ha de ser larga. También es prudente recordar que el 60% de los estadounidenses piensa que Trump no está preparado para ser presidente. Y, con la excepción del general Dwight D. Eisenhower, no existe un caso en Estados Unidos de un mandatario sin previa experiencia política. No obstante, en docenas de países, ricos y pobres, excéntricos demagogos han ganado elecciones. No una, sino varias veces.

Tal vez no sea este el momento. Tal vez pasen décadas. Pero los números de Donald Trump nos obligan a pensar que sería descabelladamente posible que, en algún momento, un personaje de esta calaña pueda llegar a ser el presidente de la mayor potencia del mundo. Entre finales del siglo I y comienzos del siglo II, el poeta romano Juvenal describía en sus sátiras a la Roma pagana de la época. Un llamado de atención al pueblo romano que había olvidado su derecho natural a involucrarse en la política. Juvenal cuestionaba con crudeza el demagogo comportamiento de la política al regalar comida barata y entretenimiento a cambio del voto de los pobres. Le llamó “Pan y circo”. Donald Trump ha tomado nota.

Hasta la próxima,

Alex Gasquet


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