PANDILLAS EN LOS ANGELES: NADIE SALE VIVO DE AQUI

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En la misma ciudad donde levantan sus mansiones las estrellas de Hollywood hay niños que matan y mueren tiroteados en plena calle. La lucha entre bandas de afroamericanos y latinos por el poder ha convertido al sur de Los Angeles en el lugar más peligroso de Estados Unidos. Aquí es difícil llegar a viejo.

Texto: Yolanda Monge / Fotos: AFP / AP

WILLIAMS EXECUTION

Un militante afroamericano lamenta la ejecución de un integrante de su comunidad.

El estadounidense medio tiene una posibilidad entre 18 mil de ser asesinado. En Los Angeles, la probabilidad asciende a una sobre 250. Atrapadas en el fuego cruzado del odio entre bandas, 272 personas cayeron muertas en la ciudad californiana el año pasado. En los últimos cinco años se han cometido 23 mil crímenes relacionados con bandas. En total, 782 muertes, 5 mil violaciones, 10 mil robos… Y la tendencia está en alza. Cuentan en el distrito de Watts que en la Nochevieja pasada el cielo se iluminó por la enorme cantidad de armas de fuego disparadas. Tantas que el espacio aéreo sobre el aeropuerto de Los Angeles se vio cegado y el tráfico aéreo tuvo que ser desviado. El ejército manda a Watts a sus médicos porque lo que se ve en las unidades de traumatología de los hospitales es lo más parecido a una zona de guerra. “¿Por qué estamos en Irak?”, se pregunta el reverendo Clarence Mountie. “Si las armas de destrucción masiva están aquí. Adolescentes embarazadas, niños sin padres, muchachos cabeza de familia…” La muerte a la vuelta de la esquina. Los chicos acostumbran ir a funerales de amigos. Cadáveres amortajados de apenas 13 años. Entre la autopista 110 y la 105, los Bounty Hunter Bloods y los Grape Street Crips aterrorizan a la población de Nickerson Gardens, Jordan Downs, Imperial Courts y Gonzaque Village; y todas las calles que conectan estos suburbios de protección oficial. “Las bandas callejeras son las responsables de la mayoría de los crímenes en Los Angeles”, declaró en enero el alcalde de la ciudad, Antonio Villaraigosa. Y dio un dato: “Son responsables del 70% de los tiroteos”. Los Angeles es un lugar en el que el día y la noche se corresponden con la vida y la muerte. Que cuando se contempla de madrugada no parece corresponderse con el que se ve con el sol en alto. “Nadie acaba de entenderlo”, cuenta el jefe de la policía de Los Ángeles, William Bratton, acerca de la segregada geografía de Los Angeles. A la vista de las palmeras, de la quietud, bajo el cielo azul que cubre a las estrellas de Hollywood. “Esos barrios no parecen peligrosos”, admite el jefe de la policía. Hasta que cae la noche. Es entonces cuando 700 bandas con 80 mil miembros aterrorizan la ciudad (de cuatro millones de habitantes), 65 de ellas concentradas en Watts, con 15 mil miembros dedicados a defender su feudo. Uno de cada 100 ciudadanos de Los Angeles es un pandillero, un asociado, un cooker (los que saben cómo convertir la cocaína en crack), un hook (los que conducen a los clientes a los dealers) o un afiliado. Sólo en Watts, los pandilleros dispararon sobre 500 personas en un año. Mataron a 90. Son contados los vecinos que no tienen un lazo con los Bloods o los Crips, pocos los que no portan el color rojo de los primeros ni el azul de los segundos. Quienes se resisten a formar parte de la cadena sufren las consecuencias. En Jordan Downs, hace unas semanas, un joven de 14 años se negó a engrosar las filas de la manada. El argumento que le convenció de la necesidad de tener el carné de miembro fue la violación en grupo de su hermana de 12 años. El nuevo cofrade fue obligado a contemplar en video el ataque.

TOOKIE WILLIAMS FUNERAL

Con 9 mil agentes, la policía de Los Angeles tiene fama de dura e inclemente. Pero los métodos aplicados han hecho aumentar el aprecio de los jóvenes por los pandilleros.

Los Angeles. Una ciudad dividida. La segunda urbe más grande de Estados Unidos. La autopista de Santa Mónica separa dos mundos. Al norte, las glamorosas colinas de Hollywood, las playas de Malibú, Bel-Air, Beverly Hills, los menos de tres kilómetros de derroche concentrados en Sunset Strip. Los barrios ricos con coches caros aparcados frente a casas de lujo. Eso al norte. Y luego está el sur. Con población, en su mayoría, afroamericana e hispana, epicentro de una epidemia de paro y violencia. Los Angeles son dos ciudades, y casi nunca se solapan. Los del norte ignoran la lucha por sobrevivir de sus vecinos del sur. Sólo en Watts, un 75% de la población adulta afroamericana ingresará en algún momento de su malograda vida en la cárcel. Ya hay más hombres afroamericanos en prisión que en la universidad. A la exponencial violencia que aplican las bandas se ha sumado la ola de criminalidad exportada desde México y América Central. Las bandas latinas dominan el núcleo duro del negocio de la droga. Son éstas las mismas maras que han obligado al Departamento de Estado a anunciar una estrategia para combatir el crimen llegado desde la frontera sur. El norte de Los Angeles. Donde el brillo de los barrios contrasta con la oscuridad en la que se vive por debajo de la autopista 10. A las casas de cristal se contrapone el ladrillo y las ventanas mínimas. Es de noche y no hay un alma en las calles de Watts. Tampoco una sola luz. Pero a través de las ventanas se adivinan fi guras en movimiento. Humanos que se saben la topografía de sus pisos de memoria, al tacto. Sólo el resplandor de la colilla de un cigarrillo. Una bombilla prendida puede facilitar al inquilino ser el blanco de una Glock semiautomática 9 milímetros, o de una Uzi, o de un Ak 47… Tayisha admite haber pasado su infancia y adolescencia encerrada en casa. Dejaba su hogar antes de que saliera el sol, para no cruzarse con nadie. Llegaba antes de anochecer y ya no salía hasta el día siguiente. Así día tras día, mes tras mes, año tras año, hasta llegar a abandonar el gueto sin haber sucumbido a la violencia. “Nunca jugar en la calle, siempre estar refugiado en casa”. Tayisha es afroamericana. Tiene 20 años –casi una vieja para haber vivido en Watts–. Ha sobrevivido.

Krumping

No todo está perdido. El deporte y la música permiten escapar de una vida violenta.

Un 96% de los miembros de las bandas son afroamericanos o latinos. Y se matan en una guerra racial que nadie ha declarado. A veces incluso se asesinan entre ellos, latinos exterminando a latinos, afroamericanos ajusticiando a afroamericanos. Por el los expertos. Devon Perry tenía bastante más de uno. Por eso su madre lo envió a vivir fuera, alejado de Watts, alejado de los miembros de su familia –todos– que pertenecían o estaban relacionados con los Bounty Hunter Bloods. Pero una noche del pasado abril, un joven afroamericano de 17 años fue asesinado de un tiro en la nuca en una calle de South Central, escenario en 1992 de una guerra entre los Crips y los Bloods que conmocionó al país y enseñó al mundo una de las peores caras de la nación. Ese joven era Devon Perry. A su funeral asistieron cerca de mil personas, incluidos miembros de los Crips y de los Bloods. Aquel día era soleado. Desde el cementerio se veían las famosas letras que conforman HOLLYWOOD. Volaron palomas blancas que simbolizaban el alma de Devon. Quienes portaban el féretro lucían su más amenazador rostro. Y allí estaban los enterradores. Dos mexicanos con el miedo en el cuerpo. Con las manos temblorosas. Sin duda estaban en el funeral del miembro de una banda, de uno de los muchos grupos que no gustan de los hispanos en la calles de Los Angeles. Había control del poder. Por un ajuste de cuentas. O porque sí. A fi nes del año pasado, tres miembros de una banda latina fueron condenados a cadena perpetua por varios crímenes entre los que se contaba el asesinato de dos hombres afroamericanos. Ambos fueron elegidos al azar. Uno esperaba el bus. El otro buscaba aparcamiento. De los 64 millones de jóvenes que hay en Estados Unidos, 40 millones cumplen al menos con uno de los criterios que les ponen en riesgo de caer en las bandas, según los expertos. Devon Perry tenía bastante más de uno. Por eso su madre lo envió a vivir fuera, alejado de Watts, alejado de los miembros de su familia –todos– que pertenecían o estaban relacionados con los Bounty Hunter Bloods. Pero una noche del pasado abril, un joven afroamericano de 17 años fue asesinado de un tiro en la nuca en una calle de South Central, escenario en 1992 de una guerra entre los Crips y los Bloods que conmocionó al país y enseñó al mundo una de las peores caras de la nación. Ese joven era Devon Perry. A su funeral asistieron cerca de mil personas, incluidos miembros de los Crips y de los Bloods. Aquel día era soleado. Desde el cementerio se veían las famosas letras que conforman HOLLYWOOD. Volaron palomas blancas que simbolizaban el alma de Devon. Quienes portaban el féretro lucían su más amenazador rostro. Y allí estaban los enterradores. Dos mexicanos con el miedo en el cuerpo. Con las manos temblorosas. Sin duda estaban en el funeral del miembro de una banda, de uno de los muchos grupos que no gustan de los hispanos en la calles de Los Angeles. Había que acabar el trabajo y esfumarse. Pero los nervios los traicionaron. Perdieron el control de los mandos que introducían el féretro en la cripta. La caja acabó estrellándose contra el mármol. El sonido de la madera rota fue el punto de inflexión. Primero, el silencio. Después, la furia. De la garganta de la madre de Devon salió un grito desgarrador. Los portadores del féretro descargaron toda su ira contra los dos sepultureros. Cuando la policía llegó al lugar, los mexicanos eran un amasijo de carne y sangre tras la brutal paliza. Fue un milagro que no se disparase un tiro, teniendo en cuenta que más de la mitad de los asistentes al velatorio estaban fuertemente armados. El asesinato de Devon Perry fue uno más de los 272 homicidios entre bandas que se ejecutaron en Los Angeles el año pasado. Y a tenor de las cifras habrá más. Hoy hay seis veces más bandas que hace un cuarto de siglo. Como elemento disuasorio contra el crimen, el barrio tiene instalado un circuito de cámaras en lo alto de postes de luz parapetados tras una barrera militar de plexiglás diseñada para resistir balas de calibre 0,50. Libertad en una cárcel de cristal.

En un intento desesperado por acabar con las bandas, Antonio Villaraigosa, el primer alcalde hispano de Los Angeles, ha creado una lista de los pandilleros más peligrosos. Se gestó también un grupo de 120 detectives y 10 agentes del FBI. Pese a esto, según el subjefe de policía, se ha producido un aumento “vertiginoso” de la violencia.

US-SOUTH CENTRAL MURALS-FENCE

A la noche, muchos de los 80 mil miembros de las 700 bandas dejan sus mensajes en las paredes de los barrios. Lamentablemente pintar muros no es el único delito que cometen.

“187”. Dibujado en graffiti sobre una pared. Tres guarismos que componen una amenaza. “187” es el símbolo empleado por las bandas para marcar de muerte a un enemigo. “187” es el número correspondiente a la sección del código penal dedicada al asesinato. “Quienes nacen en el gueto lo hacen sabiendo que no tienen opciones”, dice Constante Rice, abogada de derechos civiles y autora del último informe sobre bandas en Los Angeles (además de prima de la primera mujer afroamericana secretaria de Estado, Condoleezza Rice). Impotentes, abandonados por madres que los quemaban con cigarrillos –los padres, siempre ausentes–, los chicos buscan refugio en la banda. El 40% de los niños de Watts sufren estrés postraumático, un nivel mucho más alto que en la guerra de Beirut. “Los escolares de ocho años se hacen pis en clase sin razón aparente”, asegura Michelle Charters, trabajadora social. “No existe la idea de familia”. Se estima que el 90% de los jóvenes varones del barrio han sido víctimas de abusos sexuales. La cifra salta hasta el 99% cuando se trata de mujeres. Son chicos y chicas que viven anestesiados por la violencia. “Los miembros de las bandas son hombres que han sido castrados”, expone Rice. “La mayoría no conoce a su padre. Buscan el amor y el respeto de un varón. Pero están a la defensiva.” Los Angeles. Una ciudad cuya área metropolitana engloba a 21 millones de personas. Cuya carencia de transporte público ha convertido la extensa red de calles y autopistas en vallas que han cercenado la ciudad en cientos de zonas aisladas entre sí. El padre Boyle no para de responder el teléfono en su oficina de la calle East First Street. Corta continuamente la conversación para atender a los presos que buscan una oportunidad. El padre Gregory Boyle lleva un sombrío recuento: el número de jóvenes miembros de bandas a los que ha enterrado. Ordenado sacerdote en 1984, eligió ser jesuita porque esta congregación tiene una misión social. Hace 20 años que comenzó a trabajar con las bandas, en un entorno en el que una vida vale menos que un calzado deportivo. Desde entonces ha enterrado a 154 chicos. Recuerda todos sus nombres. “Al primero le di sepultura en 1984. Al último, hace tres semanas”. Este jesuita hace de todo: le arregla la corbata a un ex convicto que tiene una entrevista, testifica en juicios o dice misa en alguna de las 14 prisiones a las que acude regularmente. Contesta todas las cartas de la cárcel y tiene tiempo para pensar cómo solucionar este problema. “Hay que usar nuevos métodos. Con la lucha policial no basta, eso ha quedado más que demostrado. Así se puede detener a algunos pandilleros. Pero lo que necesitamos es educación, valores, enseñarles a estos chicos una vida mejor”. Algunos policías recelan de Boyle. Alguna vez se lo ha acusado de haber dado cobijo a criminales. A la policía de Los Angeles no le gusta que se entierre a miembros de bandas con los honores que recibiría un ciudadano de bien. El padre Boyle creó la compañía Homeboy Industries en 1988 con el objetivo de rehabilitar a pandilleros y enseñarles que existe una vida mejor. Su sueño es ayudar a estos chicos a buscar un nuevo rumbo en sus vidas.

Cuentan en el distrito de Watts que en la Nochevieja pasada el cielo se iluminó por la enorme cantidad de armas de fuego disparadas. Tantas que el espacio aéreo sobre el aeropuerto de Los Angeles se vio cegado y el tráfico aéreo tuvo que ser desviado.

En un intento desesperado por acabar con las bandas, Antonio Villaraigosa, el primer alcalde hispano de Los Angeles, ha creado una lista de los grupos más buscados y de los pandilleros más peligrosos. Cuando anunció el listado, el funcionario demócrata aseguró que la policía y el FBI seguirían a sus miembros para evitar que se reunieran. Se ha creado un grupo de 120 detectives y 10 agentes del FBI que cubren el sur de la ciudad. Pese a esto, según el subjefe de policía de Los Angeles, se ha producido un aumento “vertiginoso” de la violencia. Antes de fi n de año serán unos 200 los agentes dedicados en exclusiva a este cometido. Hasta hoy, la totalidad del cuerpo de policía son 9 mil agentes. Nueva York tiene 40 mil, tres veces más per cápita que Los Angeles. Publicar nombres de bandas era tabú. En el mundo de los pandilleros se considera un honor estar clasifi cados como “los más peligrosos”. Pero la violencia devora a Los Angeles y el alcalde necesitaba un golpe de efecto. Por primera vez en su historia, el FBI ha incluido a uno de estos pandilleros en su celebérrimo catálogo de enemigos públicos. Emigdio Preciado Jr. está en busca y captura por disparar a dos agentes en Los Angeles cuando se dirigía a una reunión con miembros de su banda. Preciado disparó 21 veces con un rifl e desde su coche. El FBI ofrece 100 mil dólares a quien pueda dar alguna pista sobre su paradero. Villaraigosa acaba de nombrar un responsable en la lucha contra las bandas. Se trata del pastor evangélico Jeff Carr, que saltó a los medios de comunicación en febrero por reunirse con el presidente iraní en un intento de encauzar las relaciones entre Estados Unidos e Irán. Negociar con los ayatolás. Mediar entre las bandas. Hay quien piensa que las medidas gubernamentales están resultando un fracaso. Las detenciones masivas, la dureza policial, las listas… todo parece estar creando lazos más fuertes entre los miembros y volviéndolos más violentos. Esta es una de las conclusiones de un estudio editado por el Justice Policy Institute. “Las bandas no son las únicas responsables de las estadísticas criminales. Y estas técnicas agresivas empeoran la situación aislando a los ciudadanos y atrapando a los más jóvenes en el sistema de la justicia criminal”, dice Kevin Pranis, uno de sus autores. Los responsables del informe van más allá al recomendar “hay que invertir en puestos de trabajo, en escuelas, en prevención”. ¿Pero cómo se previene que una madre de 30 años conduzca a su hijo de 14 y a seis amigos (miembros de la banda Fumadores de Marihuana Latinos) a matar a un chico de 13 años? Los siete menores apuñalaron a José Bobby Cano hasta la muerte. “Creía que lo había visto todo”, confi esa Gary Hearnsberger, encargado de crímenes relacionados con bandas de la ofi cina del fi scal del distrito. Lo mismo debió de pensar el agente que leyó sus derechos a otra madre. Esta, de 37 años, llevó a sus hijos a que dispararan desde el coche a miembros de una banda rival. En Los Angeles es difícil haberlo visto todo.


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