PARA EL NORTEAMERICANO JONATHAN LITTELL PARIS ES UNA FIESTA

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A los 39 años, Jonathan Littell entregó su primer libro, Les Bienveillantes, y vendió 300.000 ejemplares, conmovió a Francia y a su mercado editorial, fue candidato a todos los premios literarios que se entregan en el país galo, y los derechos de la obra para el exterior se vendieron como pan caliente, sólo a los Estados Unidos en un millón de dólares. El tema es el Holocausto, y el protagonista, un oficial nazi que cuenta de manera casi autobiográfica la lógica con que se movió esa “burocracia del genocidio”.

Texto: Carlos Genovino / Fotos: AFP

Jorge Semprún –que no es precisamente generoso en elogios– lo definió como la “primera obra maestra del siglo XXI”. El escritor español, que después de pasar dos años en el campo de concentración de Buchenwald escribió El largo viaje, considera las 912 páginas de Les Bienveillantes, del escritor norteamericano Jonathan Littell, como la novela que mejor logró expresar hasta ahora los mecanismos de destrucción que aplicó el régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial. “Hermanos humanos, déjenme contarles la historia tal como ocurrió”, dice la primera frase de ese libro sobrecogedor que imagina las memorias de un oficial SS que participó en el exterminio de judíos. Les Bienveillantes, que literalmente significa “Las bien intencionadas”, vendió 300.000 ejemplares en dos meses y se convirtió en un best-seller que no tiene precedentes en Francia desde el lanzamiento de Harry Potter. Ocho semanas después de su publicación, recibió el premio Goncourt, que recompensa a la mejor novela del año. Era la primera vez que un autor norteamericano, que escribe en francés, recibía esa codiciada distinción.

La gran originalidad del libro reside en que consigue transmitir las horrorosas reflexiones del oficial nazi como si se tratara de un relato autobiográfico y logra explicar la “lógica interna” que tuvo esa “burocracia del genocidio”.

JONATHAN LITTELL escritor

Jonathan Littell escritor.

Por encima de su éxito, ese libro se convirtió en un fenómeno de sociedad, porque permitió descubrir el funcionamiento de la industria editorial y –por otra parte– el comportamiento de la sociedad frente al recuerdo de la Shoah. El fenómeno es particularmente significativo por tratarse del primer libro de un autor que –supuestamente– hasta ahora había vivido de espaldas a la creación literaria. Sin ninguna publicidad y con escasa promoción, ese espeso volumen se vende a un ritmo de 3.000 ejemplares diarios. “Se trata de un suceso fuera de lo común. El fenómeno nos supera y escapa totalmente a nuestro control”, reconoció Richard Mollet, su editor en Gallimard. El éxito se debió únicamente al impacto que provocó el tema del libro, pues Littell sólo concedió algunas entrevistas aisladas para la prensa escrita y firmó ejemplares en grandes librerías, pero se negó a plegarse al ritual de la televisión para promocionar su novela. Desde su aparición, Les Bienveillantes opacó a las otras 679 novelas publicadas a principios de septiembre al comienzo de la temporada 2006-2007. “Atención: obra maestra”, proclamó el crítico literario Jerome Garcin en la portada del semanario Le Nouvel Observateur. “Jamás en la historia de la literatura moderna de Francia un escritor debutante había mostrado tanta fuerza narrativa, tanta maestría en la escritura, tanta meticulosidad por los detalles históricos y tanta serenidad en el espanto”, precisó. La gran originalidad del libro reside en que consigue transmitir las horrorosas reflexiones del oficial nazi como si se tratara de un relato autobiográfico y logra explicar la “lógica interna” que tuvo esa “burocracia del genocidio”. Littell nunca pensó que el difícil juego de asumir la personalidad de un exterminador pudiera resultar ambiguo para el lector. “No es un testimonio –explica Littell–, sino que se trata de una novela”. El escritor se coloca, en cierto modo, en el mismo plano que los autores de las grandes tragedias de la Antigüedad. De ahí proviene el título de la novela. En la mitología griega existían unas divinidades vengativas, persecutoras y odiosas conocidas como Euménides. Por temor a pronunciar su nombre, en forma eufemística se las llamaba “Las bien intencionadas”. Corresponden a lo que la mitología romana denominaba las Furias. En Grecia aparecen sobre todo en Las Euménides, de Esquilo, un autor que Jonathan Littell reconoce como inspirador de su novela. “El personaje principal de mi libro –admite– se parece a Orestes, figura trágica de la mitología griega”.

Ese éxito sin precedentes no se explica sólo por el contenido del libro. El público también cayó subyugado por la historia del escritor y el recorrido insólito que siguió el manuscrito antes de llegar a los escaparates de las librerías. Alto, delgado, de rostro anguloso, rubio y de ojos azules, con un aro en la oreja izquierda y pequeñas gafas de sol, Jonathan Littell parece más un beatnik de los años ’60 que un escritor del siglo XXI torturado por los horrores del Holocausto. Para escribir Les Bienveillantes, Littell se documentó, hurgó en archivos y bibliotecas, y viajó durante más de tres años. Pero el trabajo de redacción lo resolvió en algo menos de cuatro meses: “Exactamente en 112 días”, asegura. Esa frase, que presupone un ritmo de trabajo de 8 páginas diarias, provocó uno de los tantos escándalos que estallaron después de la aparición del libro. Algunos críticos insinuaron que, en verdad, el libro había sido escrito por su padre, Robert Littell, gran especialista de la CIA y exitoso autor de novelas de espionaje tan célebres como La Compañía; Los hijos de Abraham; El hilo rojo; y La esfinge de Siberia. El único detalle que no mencionan los millones de palabras escritas sobre el éxito de Les Bienveillantes es que el libro está escrito en un mal francés y que debió ser corregido por un escritor profesional, un “negro” como se dice en la jerga editorial. Aunque nació en Nueva York, Littell decidió escribir su primera novela en francés. Si bien habla y escribe perfectamente en ese idioma, su estilo –desde el punto de vista literario– es imperfecto. Aprendió ese idioma durante su adolescencia, cuando vivió e hizo sus estudios secundarios en Francia en la época en que su padre era corresponsal de la revista Newsweek en París.

Littell por Littell

• Nosotros somos los verdugos.

• En la Alemania nazi, la sociedad perdió completamente el control. Como ahora en Estados Unidos. Todo es válido. Yo espero que dentro de algunos años, cuando el país haya recuperado su equilibrio, se podrá decir: era como en tiempos de McCarthy, todo el mundo había enloquecido.

• ¿Qué habría sido de mi vida si hubiera nacido en Alemania en 1913 en lugar de nacer en Estados Unidos en 1967? La respuesta, tal vez, está en el libro.

• Cuando yo era niño, en mi casa no se hablaba de la Shoah, sino de la guerra de Vietnam.

• La guerra de Vietnam me marcó profundamente y fue clave en mis opciones posteriores.

• Cuando era adolescente tenía terror de que, al cumplir 18 años, me enviaran a Vietnam a matar niños.

• Tengo horror de los nacionalismos, de los particularismos. Yo me siento sobre todo europeo. Si ser francés es decirle “no” a Europa, entonces no soy para nada francés.

• Estados Unidos carece locamente de encanto. No soporto no poder fumar mientras bebo mi whisky o no poder beber mientras fumo.

• Mi pasaporte norteamericano me estorba. En mis viajes por el mundo sólo me causó trastornos y fastidios.

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Littell viajó por tres años a Europa, para las investigaciones. La etapa de escritura duró sólo cuatro meses.

Descendiente de judíos polacos que emigraron a Estados Unidos a fines del siglo XIX, su familia no vivió directamente los horrores del exterminio nazi. Pero Jonathan Littell creció entre los recuerdos de ese drama, lo que explica fácilmente por qué eligió el Holocausto como tema central de su primera obra. Después de tres años de universidad en Yale, partió a los Balcanes –en plena guerra– con la ONG Acción contra el Hambre. A partir de ese momento, durante siete años trabajó en misiones humanitarias en Bosnia- Herzegovina, Chechenia, Afganistán, China, el Congo, Ruanda y Rusia, hasta que en 2001 suspendió sus actividades humanitarias para comenzar la investigación histórica que necesitaba para escribir Les Bienveillantes. Como su compañera belga continúa trabajando en la ONG Médicos sin Fronteras, toda la familia está radicada en Barcelona. Allí fue donde puso punto final a su libro y comenzó la búsqueda de editor. Contrariamente a lo que afirma algún rumor mal intencionado, no utilizó el prestigio de su padre para abrir las puertas de las editoriales, sino que prefirió ponerse en contacto con un agente literario: el británico Andrew Nurnberg le aconsejó que enviara el manuscrito con seudónimo a cuatro editoriales prestigiosas al mismo tiempo. “Su padre es muy conocido en Francia y no queríamos que los editores pudieran establecer un vínculo perturbador”, explica Nurnberg. Como nom de plume, Littell eligió Jean Petit, traducción aproximada de su nombre al francés. Finalmente, en enero pasado despachó por correo las 1.500 hojas del manuscrito. A todos los destinatarios les adjuntó una pequeña esquela para decirles que también había enviado los originales a otras tres editoriales. Gallimard, que fue el primero en responder, no disimuló su entusiasmo: “Después de leer 50 páginas –recuerda el editor Richard Millet–, fui a ver a Antoine Gallimard para pedirle que tomara una opción”. Apenas tuvo la respuesta, Andrew Nurnberg escribió a las otras tres editoriales para comunicarles que había recibido una oferta aceptable y que tenían dos días para hacer una propuesta. “Pero no hicimos ninguna subasta”, aseguró. Grasset y Calman-Levy rechazaron el texto. Lattès pidió un plazo de reflexión. En definitiva, Gallimard obtuvo los derechos con un anticipo de 37.500 dólares, suma razonable para una primera novela, pero irrisoria para un libro que va a marcar la historia de la industria editorial francesa. La verdadera carrera de Les Bienveillantes comenzó, en realidad, cuando empezó a crecer la leyenda que rodea el libro. Después de agotar una primera edición de 10.000 ejemplares, su editorial lanzó una segunda edición que desapareció de los escaparates apenas llegó a las librerías. Ese éxito inusitado obligó a Gallimard a suspender la impresión de los otros títulos de la editorial para colocar todas las rotativas de sus tres imprentas al servicio de ese fenómeno de ventas. Pero fue tan grande la demanda que en poco tiempo se agotó el papel y se produjo una penuria de abastecimiento.

Por su parte, Littell jugó perfectamente su papel de “anti-vedette”: no apareció nunca por televisión, dio escasas declaraciones radiales y sólo acordó algunas entrevistas muy seleccionadas a la prensa escrita francesa. Al mismo tiempo, el fenómeno terminó por llamar la atención del influyente The New York Times y, sobre todo, Les Bienveillantes fue consagrado por el semanario profesional Publisher Weekly como el gran libro del año. Ese preámbulo permite comprender el éxito que obtuvo en la Feria del Libro de Francfort, que se realizó a principios de octubre. En ese mercado, donde se negocian los copyrights de los grandes best-sellers, su agente literario vendió los derechos de traducción en un millón de dólares para Estados Unidos, en 450.000 a Berlin Verlag (Alemania), en 250.000 a Einaudi (Italia), en 100.000 a Arbeiderspers (Holanda). También se firmaron contratos en sumas no reveladas con RBA (España), Livanis (Grecia) y Kinnereth (Israel). Otra originalidad de ese fenómeno es que sobre los derechos extranjeros, el autor recibirá 80% y su agente literario el 20% restante, pero Gallimard no verá un sólo céntimo de las ventas mundiales. Hasta ahora, las editoriales obtenían la parte sustancial de sus ganancias con las traducciones en el extranjero y –eventualmente– los derechos cinematográficos. “En Francia, prácticamente ningún autor puede vivir de la literatura. En la industria editorial francesa, toda la cadena de producción gana dinero, menos el autor”, declaró Littell recientemente para justificar su decisión de contratar a un agente literario para que defienda sus intereses. Esta vez, sin embargo, el cine queda totalmente excluido del botín. El propio Littell descartó esa posibilidad: “Los derechos cinematográficos no están en venta. No pienso que se pueda adaptar al cine”. Tres meses después de su lanzamiento, Les Bienveillantes no es sólo un éxito de ventas. El aspecto más sorprendente es que también se convirtió en un auténtico fenómeno literario, pues es la primera vez que una novela fue seleccionada para los seis premios más importantes de Francia que se entregan en noviembre: Goncourt, Academia Francesa, Renaudot, Médicis, Femina, e Interallié. Ganó dos: Goncourt y el premio de la Academia Francesa. El verdadero veredicto se conocerá en los próximos meses cuando empiecen a aparecer las primeras traducciones en el extranjero.


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