PATRICK MCGRATH: CONSTANCE

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Heredera de los mejores maestros del género, Constance, la octava novela del británico Patrick McGrath, es una historia de suspense psicológico que comparte rasgos temáticos y formales con autores como Patricia Highsmith o Alfred Hitchcock. En la Nueva York de la década de 1960, Constance, la protagonista, es una atractiva y distante joven que trabaja en una editorial. Una tarde asiste a una fiesta literaria y conoce a Sidney Klein, académico inglés expatriado veinte años mayor que ella, con quien se casará en cuestión de meses. Una atmósfera de fatalidad planea sobre la pareja desde el primer momento. El pasado de Constance es turbulento y la supuestamente idílica infancia en una bella casa del valle del Hudson no es lo que a primera vista pudiera parecer. Compartimos las primeras páginas.

Texto: Patrick McGrath / Fotos: Gentileza Editorial Random House

Me llamo Constance Schuyler Klein. La historia de mi vida empieza el día en que me casé con un inglés llamado Sidney Klein y dije adiós para siempre a Ravenswood, a Papá y a todo lo que había antes. Ahora tengo un marido, pensé, un nuevo Papá. Yo tenía intención de ser una mujer independiente. Tenía intención… en fin, de todo. Me imaginé que estaba renaciendo. Que desaparecía la voz de la burla y la desaprobación, aquella voz punzante, quejumbrosa e inquebrantablemente convencida de que yo no valía para nada, o peor, de que era innecesaria. A Sidney yo no le parecía innecesaria, y estoy hablando de un hombre que conocía mundo y que podía recitar a Shakespeare de memoria. Sidney me dijo que me quería, y cuando le pregunté por qué, me contestó que era como preguntar por qué el cielo es azul. Aquello lo cambió todo. Si antes yo recorría las calles de Nueva York con los pasos inseguros de una extraña, ahora me regocijaba de todo lo que hasta entonces me había angustiado: las multitudes, la velocidad, los ruidos, las voces.
Los demás se dieron cuenta de mi cambio. La redactora jefa adivinó mi secreto de inmediato. Me dijo que yo estaba enamorada. Intenté negarlo, porque no se me había ocurrido que pudiera ser aquello lo que me pasaba, pero insistió. Me dijo que ella sabía qué cara tenía el enamoramiento, y yo le pregunté qué cara tenía. La tuya, me dijo, y se alejó con una sonrisa inescrutable. En otra ocasión me preguntó si estaba satisfecha con mi trabajo y le dije que sí. Pues entonces aférrate a él. Di por sentado que ella me estaba diciendo que no podía amar a Sidney Klein y mi trabajo al mismo tiempo, y le dije que sí podía. Ellen Taussig era capaz de decirlo todo con un pequeño movimiento de la ceja. Pero es que es verdad, gemí por lo bajo. ¿Por qué no iba a poder? Muchos son los llamados, me dijo ella, y me echó un vistazo por encima de sus gafas. Dice mucho de lo que yo sentía por entonces el hecho de que toda la carga de escepticismo que transmitía aquella ceja depilada y enarcada no consiguiera quebrar mi confianza.
Y entonces vino la boda. Sólo después, tras el almuerzo en el restaurante, en plena deshonra de mi hermana Iris y en plena furia de Papá, me pregunté a mí misma qué creía estar haciendo. ¿Quién me creía yo que era, una persona normal? Mi nuevo mundo se arrugó como una bola de papel arrojada a las llamas y lo único que me quedó fueron unos pocos restos calcinados y unas cuantas cenizas. Degradada y humillada como estaba, me acordé de la madre de Sidney, una mujercilla demente, reumática y contrahecha que se había presentado a nuestra boda vestida de negro. Yo era un guiñapo igual que ella. Yo era la madre de Sidney. Intenté contarle lo que me estaba pasando pero él no quiso oírlo. No encajaba con su idea de mí. Era la primera vez que yo veía esto con claridad, y al verlo me di cuenta de lo tonta que había sido al pensar ni por un instante que era posible que alguien me quisiera…
El apartamento de Sidney era grande y oscuro y estaba lleno de libros. No me gustaba. Me resultaba intimidante. Todo lo que había en él parecía indicarme que allí vivía una persona lista, una persona como era debido. Me hacía sentir que en cualquier momento descubrirían que yo era una intrusa y me desahuciarían. Estaba en un piso alto de un edificio del Upper West Side de antes de la guerra, y por las noches era muy ruidoso. Todo estaba cambiando, me decía Sidney, a medida que los antiguos vecinos se mudaban a los barrios residenciales y se instalaba la gente pobre, los negros y los puertorriqueños, los inmigrantes y los recién llegados. De la calle provenían voces ásperas, toscas y extranjeras, y tenía la sensación inquietante de vivir en dos mundos al mismo tiempo y de no encajar en ninguno ni formar parte de ellos.
Sidney había adquirido el apartamento durante su primer matrimonio, que había terminado en divorcio. De aquel matrimonio había nacido un hijo, un niño llamado Howard que ahora vivía con su madre en Atlantic City. Sidney iba a menudo a verlos y estaba claro que le tenía mucho cariño al chaval, pero yo no tenía ganas de conocerlo. Prefería que Sidney no me hablara de él. Howard ya tenía madre. Entretanto, a mí me preocupaba cada vez más la cuestión de por qué me había elegido aquel hombre como esposa. Cuando se lo preguntaba, me contestaba en broma. Me decía que me había visto tan confusa en aquella fiesta literaria de Sutton Place que le había parecido que debía rescatarme antes de que yo me pusiera a gritar.
Luego fui feliz durante una temporada, o por lo menos todo lo feliz que se podía ser dadas las circunstancias. Sidney ocupaba los márgenes de mi jornada. Era el hombre con el que me despertaba por la mañana, a cuyo lado regresaba por la tarde después del trabajo y con quien me acostaba por la noche. Pero yo ya no estaba en paz mentalmente, y cada vez me sentía más incómoda con los términos del matrimonio que él había establecido. No entiendo cómo sucedió, y traté de no obsesionarme con ello, pero empecé a sospechar que había cometido una equivocación, y que nada de aquello era para mí, que en realidad era para otra persona. Una de las dificultades que yo había previsto al proponerme matrimonio Sidney era que él era mucho más culto que yo, y al cabo de un tiempo es cierto que aquello se volvió irritante.
Pobre Sidney, le encantaba enseñarme cosas. Quería darme todo el conocimiento que poseía y le molestaba que no le agradeciera su generosidad. Yo le dije que ya me habían educado.

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–¡Ja! –gritó él. Se inclinó hacia delante en su asiento. Tenía la mirada inflamada de desdén–. Conque eso crees, ¿eh?
Aquello fue cruel y me hizo daño. Era exactamente la clase de cosa que diría Papá. Sidney prefería a las alumnas que después de un rato de discusión se echaban atrás, pero aquella vez no me eché atrás, ya estaba harta de que me hablara de aquella manera. Fue nuestra primera pelea de verdad y a mí me asustaron mucho las cosas que solté. Le dije que era un viejo y que estaba demasiado gordo y que había sido cruel al obligarme a casarme con él. Más tarde lo abracé con fuerza en la cama, horrorizada por lo que le había dicho. El me reconfortó.
Me dijo que en realidad mi deseo imperioso de desafiarlo era una expresión de amor. Yo me aferré a aquella idea, pero más tarde me di cuenta de que no me la creía. No se lo dije, pero aquello confirmaba mi sospecha de que en realidad a Sidney no le interesaba quién fuera yo, sólo el hecho de que me amoldara a la imagen mental que él se había formado de mí. A veces me sentía como un fantasma en aquel apartamento.
En otra ocasión me preguntó si podía leer unas galeradas para él.
–¿Qué pasa, te crees que yo no tengo trabajo? –le dije.
–Te pagaré.
“Te pagaré.” Estaba empezando a entender por qué había aceptado casarme con él. Papá nunca me había dado lo que a mí me hacía falta y yo creía que era culpa mía. Los hijos siempre asumen la responsabilidad de lo que les ha caído encima, sea bueno o malo. En mi caso, malo. Y desde el momento en que conocí a Sidney, había querido tenerlo a él de padre, para poder empezar otra vez desde cero. ¡Pero eso era imposible! ¡Era una idea absurda ya de entrada! Qué tonta fui al pensar que podría haber sido distinto. Pero para cuando me di cuenta ya era demasiado tarde, yo ya era la señora Klein. O la señora Schuyler Klein.
Otro problema era que él daba por sentado que yo compartía su impaciencia por formar una familia. No sé por qué me resistía tanto a la idea. La mayoría de las mujeres quieren tener hijos, ¿por qué yo no? Tal vez estuviera relacionado con las exigencias sexuales de él. Yo no me oponía terminantemente a la idea, me refiero a la idea de tener un hijo, pero ahora sí creo que la situación era una expresión más de la lucha de poder que se estaba convirtiendo en un constante susurro disonante de fondo en el matrimonio. Sidney escribía, daba charlas y a menudo viajaba a seminarios: era un hombre ocupado y estaba muy solicitado. ¿Qué pasaría si hubiera un niño en el apartamento? Yo sabía lo que pasaría: que me tocaría renunciar a mi trabajo, y no estaba preparada para dejarlo. Recuerdo que una vez le pregunté si su padre había ayudado en la casa. El me contestó que no, que su padre dejaba las tareas domésticas a las mujeres. ¿Y por qué él era distinto?
–Porque lo he pensado detenidamente.
El lo pensaba todo detenidamente. A veces me agotaba de tanto pensar. Tenía una mente precisa y lógica que funcionaba con una rapidez impresionante, pero no era creativo. Jamás podría haber escrito un poema, por ejemplo. Podía someter un poema a análisis crítico, pero no llegaba más allá. Le faltaba imaginación. En aquella época le gustaba llevarse a menudo a sus alumnos a casa y montar discusiones en voz muy alta en la sala de estar. Como era un apartamento grande, y como no teníamos cuidado en este sentido, reinaba un estado de desorden crónico.
Sólo los esfuerzos de Gladys impedían que cayéramos en el caos absoluto. Gladys era la asistenta de Sidney, una buena cristiana de Atlanta, Georgia, como a él le gustaba definirla. Y aunque yo siempre estaba demasiado cansada para participar en aquellas discusiones que él organizaba en casa, tampoco le ponía objeción alguna. Me limitaba a irme al dormitorio, y aunque me enervaba el ruido de la conversación y las risas estridentes que llegaban hasta allí, no me quejaba. Lo que no podía era participar. A diferencia de mi hermana, no se me daban bien los grupos grandes.
Todas las semanas, como la hija diligente que fingía ser, llamaba a Papá para asegurarme de que todo iba bien en Ravenswood. A él no le gustaban demasiado las conversaciones telefónicas largas y enseguida le pasaba el aparato a Mildred Knapp. Mildred llevaba viviendo en la torre desde la muerte de Harriet. Limpiaba y cocinaba para Papá y para Iris, aunque para él hacía más cosas. Yo me la imaginaba muy bien allí plantada, con el teléfono en la mano, y a Papá haciéndole de apuntador. Mildred no podía hablar con libertad, pero no importaba. Ella y yo nunca habíamos sido amigas. Lo que yo obtenía de Mildred Knapp eran noticias de Iris. Mi hermana tenía planeado mudarse a la ciudad cuando se licenciara de su universidad del norte del estado.
Como a mí, la idea de que Iris viviera en Nueva York debía de alarmar a Papá, y por eso no me sorprendió que me sugiriera que me la llevara al apartamento con Sidney y conmigo para poder desempeñar el rol de madre, igual que había hecho cuando ella era adolescente, después de la muerte de Harriet. A Sidney le parecía bien pero a mí no. Antes muerta, dije.
Por suerte para mí, Iris quería vivir en el sur de la isla, de manera que no me hizo falta negarme a acogerla. Con Iris no había nada que sucediera de forma simple. Siempre tenía que haber drama, emoción y confusión. Mientras asistía a la universidad había hecho varias visitas a Nueva York, y a mí nunca me había entristecido ponerla en el tren de vuelta al norte del estado. Daba más problemas todavía que en el instituto.
Los breves períodos que pasaba con ella me agotaban. No era guapa, por lo menos en el sentido convencional. Tenía la cara demasiado gorda y los dientes mal puestos, aunque sí que tenía unos ojos bonitos y la piel cremosa. Era igual de alta que yo pero entrada en carnes. Los hombres sí que la encontraban atractiva. En cuanto a su pelo, era rubia, aunque no tenía el cabello tan claro como yo, más bien era pajizo, y demasiado abundante considerando los pocos cuidados que le prodigaba. La veía a menudo con la cara empapada de lágrimas y el pelo húmedo y adherido a la cara, así de desastre era. Una chica imposible.
Sin embargo, una semana después de llegar ya había encontrado un piso estrecho y alargado encima de un restaurante de fideos en Chinatown. Jamás descubrí cómo había conseguido que le alquilara un casero chino: todo el mundo contaba que para vivir en Chinatown había que hablar cantonés, aún que para ser precisos ella vivía más bien en The Bowery. También encontró trabajo en un hotel. Mi marido estaba impresionado. Iris le divertía, y él aprobaba la ambición que ella tenía de ser médico. Sidney creía que mi hermana llegaría a ser una buena médico en cuanto sentara la cabeza. Iris poseía lo que él denominaba una “personalidad enérgica”. También decía que tenía “vitalidad desorganizada”. Con lo cual quería decir que era escandalosa y tenía apetitos. Y con eso que ría decir que le había cogido gusto al alcohol y también a los hombres. Atraía a los hombres mayores y le daba igual que estuvieran casados o no. Esto yo lo sabía porque siempre que ella se aposentaba en cierto bar-bodega de Greenwich Village, donde se sentía como en su casa, nada le gustaba más que atiborrarse de cócteles y contarme su vida sexual.
Nunca me he sentido cómoda conversando abiertamente sobre sexo. A Iris, en cambio, le gustaba explayarse. Con un Martini en una mano y un cigarrillo en la otra, los ojos chispeantes y el pelo alborotado, se burlaba del hecho de que me escandalizara cuando me hablaba abiertamente de sus asuntos.

Traducción: Javier Calvo Perales


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