PEGGY GUGGENHEIM: PRIMERA DAMA DEL ARTE MODERNO

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Amo el arte moderno en todos los aspectos. Se acosto con sus mayores representantes y vivio inmersa en un torbellino de relaciones fugaces y violentas. Max Ernst, Lawrence Vail y Samuel Beckett fueron algunos de sus hombres. Marcel Duchamp su intimo amigo y consejero. Jackson Pollock, su protegido. Su historia se construye con retazos variados de exitos profesionales y fracasos personales. Su vida marca los pasos del nacimiento del arte moderno.

Texto: Belén Bauzá / Fotos: AP / AFP

GuggenheimSu nombre, Peggy, despierta en la mente popular la imagen de una mujer dulce, delicada y hogareña, asidua a los pasteles de manzana y al bordado. Sin embargo, una vez indagada su vida, se descubre que este perfil es incompatible con su naturaleza. Su apellido, por otra parte, es sinónimo de arte y carga con el peso de una historia dedicada por completo al oficio. A Peggy Guggenheim las categorías de gestora, marchande, galerista y –el tardíamente establecido– curadora, le quedan por demás chicos. Ella se definió mejor como una amante del arte; a decir verdad, su total dedicación la llevó a una entrega absoluta, transformándose en una verdadera adicta al arte. Vivía por el arte y respiraba abstracción y modernismo, tanto era así que dormía cada noche con un vanguardista diferente. De este modo, se mantuvo al tanto de lo más contemporáneo, de lo virgen, de lo no descubierto. Nació bajo el nombre de Marguerite Guggenheim en Nueva York en 1898. Su infancia fue la de una niña rica, en una familia judía de hombres de negocios dedicados a generar fortuna con las industrias de la metalurgia. Nieta de un inmigrante suizo que hizo dinero con los metales, pertenece al linaje de aquellos que junto a los Rockefeller y los Ford apostaron a un país y alzaron industrias imperiales. En la actualidad, el nombre Guggenheim nos remite a los grandes museos que embellecen nuestras ciudades y las vuelven sofisticadas y únicas; hoy en día, Nueva York, Bilbao, Las Vegas, Berlín y Venecia lucen con orgullo las distinguidas instituciones erigidas por los Guggenheim. Sin embargo, sólo en las venas de dos miembros de esta acaudalada familia corría la oleaginosa sangre del arte. Solomon Guggenheim ofició de mecenas casi por casualidad, al cruzarse por su camino la estilizada figura de la baronesa Hilla Rebay, que lo convenció de ser pionero en un área intacta del coleccionismo. Por ese entonces, muchos magnates invertían en obras de arte, pero ninguno se atrevía a arriesgarse con artistas vivos, desconocidos, jóvenes y con nuevas ideas. Gracias a la novedad del proyecto, Hilla Rebay consiguió el financiamiento para apoyar a artistas como Léger, Delaunay, Gleizes, Chagall y Modigliani, entre otros. Más tarde Solomon se convirtió en una leyenda gracias a los osados planos de su museo en espiral, representante excelso de la arquitectura moderna. Su sobrina, Peggy, en cambio, vivió el arte de una manera más visceral: alejada del concepto de inversión, ella se guió por completo por su intuición.

GuggenheimLlegó a despreciar la colección de Solomon, refiriéndose muchas veces a ella como “el garage de mi tío”. Su padre Benjamin fue una de las tantas víctimas consumidas por las aguas del Atlántico y sepultadas junto al célebre eco de la orquesta del Titanic. Si bien es recordado como un fatal inversionista, volvía de la en nada insignificante tarea de instalar el sistema de elevación en la Torre Eiffel. Ben, como lo llamaban en su círculo íntimo, no era un padre ejemplar. A pesar de tener una buena relación con sus hijas, no estaba muy unido a ellas debido a las grandes ausencias en las que incurría. Sus constantes huidas no se debían a un profundo compromiso con los negocios, sino que su interés anidaba en la noche y en especial en la compañía femenina, preferentemente no la de su mujer. El playboy de la familia mantenía un apartamento en París donde solía instalarse con sus fortuitas amantes. Volviendo de uno de sus tantos idilios extramaritales en sus viajes de negocios, lo sorprendió la gélida muerte a bordo del navío más famoso de todos los tiempos. La fábula cuenta que en el momento de mayor desesperación por el inminente final, Benjamin Guggenheim regresó a su lujoso camarote junto a su chofer y se vistió de gala; como buen caballero, recibió a la mortal dama, su última amante, con la elegancia que correspondía. Su legado, además de la trágica experiencia que años más tarde dio a luz uno de los filmes más taquilleros del mundo, le permitió a Peggy relajarse económicamente y gozar de los privilegios del dinero. Pese a que la desastrosa administración económica del dandy diezmara la inconmensurable riqueza de la familia, a los catorce años Peggy pudo heredar una pequeña fortuna que sustentó sus caprichos artísticos. La joven heredera, aunque estilizada e interesante, no calificaba dentro de los parámetros de la estereotipada jovencita bella y adinerada; su nariz –que había ganado el título de berenjena– atormentaba su frágil autoestima adolescente. Sus complejos y su inseguridad la llevaron a una cirugía plástica de nariz con resultados desastrosos. Así, se volvió una joven solitaria alejada de los círculos sociales de su entorno, retraída y sin encanto; se refugió en un trabajo voluntario en una librería que comercializaba literatura de avant-garde y ciertas representaciones inusuales del arte. Ese fue su primer contacto con el ambiente que más tarde defi niría su personalidad.

El desembarco europeo le acerco las emanaciones que se respiraban en los barrios bohemios de las grandes ciudades. Paris y Londres fueron sus maestras y desplegaron ante sus ojos las maravillas del arte que la encandilarian.

Peggy GuggenheimInicios de su metier En 1920, viajó a Europa y descubrió mucho más que un continente: un horizonte lleno de experiencias aguardaba a una Peggy huérfana de estímulos. Al arribar al viejo mundo nunca imaginó que se quedaría allí 23 años y se llevaría como souvenir la satisfacción de media carrera profesional consolidada y a la espera de ser pulida. El desembarco europeo le acercó las emanaciones que se respiraban en los barrios bohemios de las grandes ciudades. París y Londres fueron sus maestras y desplegaron ante sus ojos las maravillas del arte que la encandilarían. Amistades como el provocador Marcel Duchamp y Djuna Barnes, la brillante escritora neoyorquina, le posibilitaron descubrir las incógnitas del surrealismo y del arte abstracto. Un universo de experiencias no tardó en despertar sus sentidos. En 1938, inauguró en Londres la Guggenheim Jeune, galería donde hicieron sus primeras muestras artistas como Jean Cocteau, Vasily Kandinsky e Yves Tanguy. A partir de este momento la voracidad de Peggy por las obras de vanguardia era cada día más extrema. Su lema se volvió “Compra una obra cada día”. Gracias a la posibilidad económica de poder obedecer a dicha premisa, su colección se tornó inmensa. Es en este período donde se evidencia su fi delidad y devoción por el arte. Su talento se hallaba en la capacidad para lograr un perfecto balance entre riesgo y compromiso. Así consiguió ser dueña y hacedora de una de las colecciones más admiradas de arte moderno del mundo. Sus experiencias profesionales fueron de la mano de vivencias personales, aunque no en el equilibrio ideal que se espera obtener entre la familia y el trabajo; los éxitos del último se ensombrecían con las catástrofes de su historia privada. La vida, lamentablemente, nunca es de color rosa en todas sus facetas. En oposición a lo que se podría imaginar, sus complejos físicos no lograron retener su avidez: Peggy era sexualmente voraz, atrevida y come hombres. Parece que los genes seductores de su padre se potenciaron en contacto con las experiencias bohemias adquiridas en su itinerario hacia las últimas tendencias del arte. Tuvo tantos amantes como artistas predilectos. Se le preguntó una vez “¿Sra. Guggenheim, cuántos maridos ha tenido?”, a lo que ella respondió desafiante “¿Se refiere a los míos o a los ajenos?”.

GuggenheimPeggy se casó en primeras nupcias con el escritor Lawrence Vail con quien compartió un matrimonio en donde florecían las escenas violentas, los insultos y los maltratos verbales y físicos, contrastando con la belleza, la elegancia y la sofisticación de los ambientes que frecuentaban. Su genial marido, bon vivant, bohemio, alcohólico y agresivo, no dudaba en denigrarla arrojándole cualquier objeto que se le cruzara por sus narices, ya fuera en la privacidad del hogar, ya en la esfera pública; la calle o un restaurante siempre eran lugares aptos para agredirla. De la amarga unión perduraron dos hijos, Sindbad y Jezebel (a la que llamaban Pegeen). Evidentemente Peggy no logró combinar su inquietud por el arte y su vida bohemia con el rol de madre: sus hijos nunca fueron una prioridad. La maternidad nunca le interesó demasiado, poco se recuerda de la relación con sus hijos, a quienes ignoraba casi por completo. Algunos episodios trágicos de los que luego Peggy se arrepentiría pervivieron en la memoria colectiva, como aquel cuando, discutiendo con su hija, Peggy le lanzó la hiriente frase “Preferiría tener un Picasso antes que tener una hija”. Las relaciones con los hombres siempre fueron tormentosas para ella. Luego de soportar siete años de abuso de Lawrence Vail, huyó con John Holms, quien encabezó un exuberante inventario de amantes. Después sería el turno de Douglas Garman, más tarde llegarían el escritor Samuel Beckett y el artista Max Ernst. El abuso físico y la violencia verbal eran condiciones que predominaban en todos sus affaires. El alto nivel intelectual de sus conquistas oscilaba frente a la brutalidad de sus tratos y a la falta de sensibilidad o de carencia emocional que, combinadas con sustancias como el alcohol, devenían cruda violencia. Pese a las terribles situaciones a las que se sometió, Peggy aprendió mucho de sus eruditos y talentosos acompañantes. El dinero fue para ella el escalón que la lanzó a tomar sus propias decisiones. Le permitió la independencia que las relaciones abusivas y sexistas con sus parejas no le otorgaban con facilidad. Su fortuna fue una herramienta para equilibrar su estado mental abatido por su baja autoestima y le proporcionó la libertad de construir un refugio frente a la imposibilidad de una vida privada armoniosa. No supo ayudarse a ella misma, ni a sus hijos; sin embargo, en otras esferas, en las que circulaban artistas y amigos, era considerada una benefactora.

Sus experiencias profesionales fueron de la mano de vivencias personales, aunque no en el equilibrio ideal que se espera obtener entre la familia y el trabajo; los exitos del ultimo se ensombrecian con las catastrofes de su historia privada.

Peggy GuggenheimUn espacio propio En 1942, en plena guerra y tras haber deambulado por Londres y París, Peggy decidió aterrizar en Nueva York y abrir Art of this Century, una galería-museo destinada a exhibir arte moderno. En la inauguración asistió con un pendiente diseñado por Tanguy y otro por el escultor Calder. El surrealismo y el arte abstracto inundaban las paredes y acosaban a los espectadores. El espacio, diseñado por el arquitecto Kiesler, era considerado una obra de arte en sí mismo: “una galería maravillosa, muy teatral y de lo más original”, según palabras de Peggy. En su galería neoyorquina exhibió tanto obras de los mejores exponentes del arte moderno europeo como de artistas norteamericanos desconocidos como Mark Rothko, William Baziotes y Robert Motherwell. Jackson Pollock fue su artista estrella, su gran descubrimiento, al que llevó, rebosante de orgullo, a exhibir sus obras en Venecia, otorgándole de esa forma el lugar que le correspondía en el circuito del arte. En 1947, una vez diluida su unión con Max Ernst, Peggy retornó a la Europa que la había visto emerger y allí se dedicó a continuar su carrera. Se identificó de inmediato con los aires enigmáticos de Venecia y se instaló allí a generar nuevos emprendimientos. En 1948 ayudó a relanzar la prestigiosísima Bienal de Venecia, interrumpida durante el período de guerra, encandilando al público con su colección personal y con una retrospectiva de la obra de Picasso. Enraizada en la ciudad de los canales, compró el Palazzo Venier dei Leoni, un palacio inacabado del siglo XVIII donde instaló un museo privado para su colección a orillas del Gran Canal. A este museo le dedicó los últimos años de su vida, rodeada siempre de una alborotada jauría de mascotas y mimetizada con la ciudad, adquiriendo cierto aire de misterio y de sofisticación. Así reinó en el palacio renacentista como una antigua emperatriz oriental. Los últimos capítulos de su vida, a pesar de su excentricidad y su aura mágica, fueron desoladores. Las malas relaciones con sus hijos se agravaron. Su hija Pegeen cayó en una profunda depresión consumida por agudas inestabilidades mentales y, luego de años de tortuosa existencia, se suicidó en 1967. Pese a la aparente falta de interés en sus hijos, Peggy nunca pudo sobreponerse a esa tragedia y se recluyó por completo en sus aposentos venecianos. En 1979 murió de una enfermedad del corazón y sus cenizas fueron enterradas en una esquina del jardín del Palazzo Venier, cerca del lugar donde ella solía dar sepultura a sus mascotas.


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