PLANOS: SILENCIOS ELEGIDOS

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“Le tengo rabia al silencio / por todo lo que perdí / que no se quede callado / quien quiera vivir feliz / Un día monté a caballo / y en la selva me metí / y sentí que un gran silencio / crecía dentro de mí / Hay silencio en mi guitarra / cuando canto el yaraví / y lo mejor de mi canto / se queda dentro de mí / Cuando el amor me hizo señas / todo entero me encendí / y a fuerza de ser callado / callado me consumí”, cantaba el gran Atahualpa Yupanqui. El silencio es un arma de doble filo. Se emparenta tanto con la sabiduría y el pensamiento profundo como con la represión y la opresión de los regímenes dictatoriales.
Aquí buscaremos destacar y cruzar impresiones sobre la primera de las asociaciones. Ya se ha escrito bastante y se seguirá escribiendo sobre esa mordaza que empalideció el destino del continente latinoamericano. Y bien que se siga reflexionando sobre ello. Ese manto de silencio que encabalga también la anuencia de la sociedad civil, en muchos casos, hace todavía más irrespirable ese estigma. Recomiendo leer INRI, del poeta chileno Raúl Zurita, un canto a la libertad y al recuerdo con la cabeza en alto por los miles de torturados y asesinados políticos de su país, de los cuales una gran cantidad fue arrojada al mar y a las montañas.
Pero eso es otro cantar. Aquí y ahora me quedo con el hombre que se pierde en la vastedad de la selva y repasa sigilosamente los momentos de su vida. Rebobinar una cinta ajada es ensimismarse, concentrarse en los desvaríos, en los contratiempos, en los olores podridos. Es meter la cabeza en un panal, con las abejas zumbando y zumbando. Porque el silencio puede imperar, pero la crudeza del mutismo puede ensordecer. Entonces, ahí, lo que cuenta es rescatar añoranzas que con la templanza del tiempo se tornarán anécdotas y que ya no se vivirán con el dolor… del dolor.
Sin embargo, hay un silencio que me parece curioso. Es el de los artistas que se corren del centelleo de las luces y la gran exposición, para encogerse o guardarse en la más recóndita de las discreciones. Pasan a un tercer plano, se escabullen. Dicen que “no”, como el copista que Herman Melville trazó en el cuento “Bartleby, el escribiente”. Ese mantra de aplazamiento que implica el “preferiría no hacerlo” (I would prefer not to, en el original) resuena cuando uno lee que un artista regresa a la vida pública luego de tantos años de ausencia.
Si hago cuentas, John Lennon y Miles Davis abandonaron los primeros planos entre los mismos años, 1975 y 1980. Uno, para criar a su hijo, hacer pan y mirarse crecer las uñas de los pies. El otro, inflamado de cocaína y con la única visita de prostitutas a su apartamento. Después, retornaron y validaron sus cuentas pendientes con la música. Salvo que muy tempranamente al ex Beatle lo esperaba un loco de atar que desencajó una serie de balas sobre su cuerpo para triturar un sueño que parecía volver a encenderse.
Es de otra magnitud el regreso después de 18 años de silencio de la sueca Neneh Cherry. Su último disco, Man, fue publicado en 1996. Si bien dos años atrás había grabado junto al grupo escandinavo de free jazz The Thing el disco The Cherry Thing; y en el medio había registrado dos álbumes bajo el ala del colectivo de trip hop CirKus, proyecto pergeñado junto a su esposo, el productor inglés Cameron McVey, y Tyson –la segunda de sus tres hijas–, recién en este 2014 dio la cara en su faceta solista. Si no les suena el nombre, recordarán su voz con sólo escribir en YouTube el título de los dos hits que le dieron reconocimiento mundial: Buffalo Stance, que formaba parte de su álbum debut, Raw Like Sushi (1989); y 7 Seconds, a dúo con el senegalés Youssou N’Dour, lanzado cinco años más tarde.
“Durante este tiempo, me mantuve componiendo, generando música y colaborando con otros artistas, quizá desde un lugar más invisible. La industria musical no me provoca demasiado desafío”, le dijo unos meses atrás al periodista venezolano Yumber Vera Rojas a raíz de la llegada a las bateas del excitante Blank Project. ¿Cómo ese caudal de voz se puede volver invisible? Tan dulce como explosiva, la voz de esta mujer de 50 años continúa arrebatándole magia a la eternidad; deslizándose como una víbora peligrosa y anudándonos la garganta con la calidez de una bufanda.
Blank Project, que podría traducirse como “proyecto en blanco”, a partir del cruce entre electrónica experimental y un soul futurista, y con ese espacio que le brinda al spoken word, tal vez aparezca en la lista de los discos del año de algunos críticos y de muchos oyentes. Un modo de revalidar el paso del tiempo, la constancia de una trayectoria. Pese a todo.
Que nos sea leve.


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