THE POLICE Y LOS FURIOSOS OCHENTA: GUERRA DE EGOS

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Celos, rencores y juegos de poder le bajaron el telón a uno de los grupos más carismáticos de los ochenta. Antes, recorrieron Estados Unidos en una furgoneta y luego visitaron escenarios fuera del circuito convencional, como India y Egipto. En México, tocaron para los partidarios del PRI sólo para ser abucheados. Los excesos y la pedantería los hicieron desafinar y hasta desairar una oferta de Joni Mitchell para grabar juntos. La guitarra de lado, Andy Summers retrató con su cámara los momentos más íntimos de la banda. Su publicación, veinte años después, es todo un descubrimiento. Ahora, junto a Sting y el baterista Stewart Copeland han decidido dejar atrás las reyertas para resucitar en una gira por medio mundo.

Texto: Diego A. Manrique / Fernando Amdan / Fotos: Andy Summers / Taschen

The Police

Los pies de Summers, el fotógrafo en funciones. Sting prueba su bajo en un estudio de grabación en la isla caribeña de Montserrat. Corría 1981.

Mitos vivientes, divos, deidades. A principios de los ochenta, The Police era el grupo más popular del mundo. Aun a riesgo de parecer sacrílego, se podía decir que Sting, Andy Summers y Stewart Copeland habían alcanzado el nivel de omnipresencia de Los Beatles: como los de Liverpool, llenaban el neoyorquino Shea Stadium, pero además, y más importante, eran imitados en todo el planeta. The Police había hallado la vía para integrar los espaciosos ritmos del dub reggae en los arrebatados esquemas de la new wave. La fórmula, imposible de patentar, fue explotada por cien mil grupos en los cinco continentes y todavía colea. Pero The Police no funcionaba como un grupo de exultante fraternidad: celos, rencores, juegos de poder. Fríamente pensado, no debería escandalizarnos. Eran tres seres humanos muy dispares que se habían juntado en 1977 exclusivamente para intentar subirse al tren del éxito, aprovechando la fantástica confusión creada por la explosión del punk rock. Para Andy Summers, se trataba aproximadamente de su última oportunidad. Nacido en 1942, llevaba quince años tocando sin haber brillado con luz propia. Pero no era un improvisado: Andy fue el primer guitarrista británico que trató a Jimi Hendrix cuando éste aterrizó en Londres allá por 1966, un encuentro que le incitó a escaparse por la tangente, en busca de una expresión más sutil. Stewart Copeland, estadounidense de 1952, sí saboreó cierto éxito en su época como baterista del grupo Curved Air. Hasta se casó con la vocalista, Sonja Kristina, y tuvieron tres hijos. Pero de eso no podía presumir en los círculos punkies, que despreciaban el rock progresivo. Fue Copeland quien tuvo la visión. Había conocido en Newcastle a Gordon Matthew Sumner (1951), alias Sting, un maestro que combatía las frustraciones vitales tocando jazz en grupos de aficionados, donde cantaba mientras manejaba el bajo. Copeland reconoció el carisma de Sting y le ofreció probar suerte en Londres, donde las jerarquías musicales estaban temblando tras la eclosión de los rebeldes del punk rock. En la propuesta latía, reconoce ahora Stewart, un punto de arrogancia: “Hagamos lo mismo que ellos, pero tocándolo bien”, le sugirió a su colega. El plan maestro lo pulirían sus dos hermanos, los despiadados Ian y Miles Copeland, que se ocupaban del management, la discográfica (The Police comenzó en una independiente) y la contratación. Entre los argumentos que darían años después para explicar su divorcio, Sting sostuvo que mientras la mayor parte de las bandas se formaban en un barrio o en un colegio, ellos venían de lugares diferentes y tenían poco en común: “Stewart es hijo de diplomáticos, Andy, un tipo refinado, y yo un bruto de Wallsend. No teníamos nada en común, nunca compusimos un tema juntos”, disparó el cantante.

Las relaciones internas estaban más que deterioradas. Para esquivar los impuestos británicos, tanto Sting como Summers trasladaron sus domicilios a Irlanda. Claro que no se trataba de una decisión fraternal: sus mansiones estaban en diferentes costas de la isla para que no saltaran chispas.

FALSOS PUNKIES

Sting de gira

Copeland y Sting descansan en un inhabitual momento de calma en la banda.

Había un obstáculo en su objetivo de convertirse en el megagrupo de la era de los imperdibles. Musicalmente, Sting se mostraba como un esnob: el punk rock le resultaba horrible. Empezó a intuir posibilidades creativas en The Police cuando entró Andy Summers, músico más sofisticado que su primer guitarrista, aquel llamado Henri Padovani. Sting pronto se convertiría en un autor prolífico, desbancando a Copeland, que inicialmente veía al grupo como vehículo para sus canciones (frustrado, el baterista terminaría recurriendo al seudónimo Klark Kent para lanzar sus ocurrencias new wave). Además, al ser falsos punkies, podían aceptar cualquier oportunidad que se les presentara cerca, por mercenaria que resultara. Si había dinero, podían implicarse en proyectos de rock pretencioso (Strontium 90, Eberhard Schoener’s Laser Theatre) en la Europa continental. Hasta aceptaron protagonizar un anuncio televisivo para una goma de mascar: el guión exigía que se tiñeran el pelo de rubio, y de ese modo adquirieron uno de sus rasgos más reconocibles. “No somos tres chicos melosos que se sonríen unos a otros, eso sería aburrido”, diría Summers. Socialmente nada tenían que ver con el punk. Si coincidían con otras bandas, Sting marcaba las diferencias enfrascándose ostentosamente en un libro. Copeland se indignaba ante la provocación: escenificar su desprecio les cerraba puertas. De cualquier forma, no encajaban en el movimiento: The Police exhibía ética de trabajo y metas definidas. Por caso, los Sex Pistols fueron de gira a Estados Unidos y se autodestruyeron, pero los tres miembros de The Police viajaron por vez primera a Nueva York en una línea barata, llevando algunos de sus instrumentos como equipaje de mano. Una vez allí, se subieron a una furgoneta y se dispusieron a actuar en cualquier club estadounidense que aceptara pagarles 300 dólares, lo justo para la gasolina, comida rápida y un hotel barato a dos personas por habitación. “Una banda en la carretera es como una chusma de niños a los que atienden fieles gnomos cansados. Todo se hace en un mar de bromas escabrosas y sonrojantes comentarios sobre los fallos de los demás”, dice Summers.

Aun a riesgo de parecer sacrílego, se podía decir que Sting, Andy Summers y Stewart Copeland habían alcanzado el nivel de omnipresencia de Los Beatles: como los de Liverpool, llenaban el neoyorquino Shea Stadium, pero además, y más importante, eran imitados en todo el planeta.

Chica The Police

Una admiradora posa para Summers en un hotel de Nashville, Tennessee, 1982.

La vida de The Police fue intensa y productiva: entre 1977 y 1984, año en que anunciaron un “periodo sabático” que escondía una disolución, grabaron cinco elepés, de los que se extrajeron algunas melodías que luego sonarían en cada radio, por varios años, y serían infinitamente reversionadas y homenajeadas: Roxanne, Walking on the moon, Message in a bottle, Every little thing she does is magic, Every breath you take, eran algunas de las canciones que empezaban a cobrar vida por esos años. Exitos que ayudarían a vender nada menos que 50 millones de discos. Podían jugar a ser simplistas –“Do do do do, de da da da”–, pero al mismo tiempo se aproximaban al jazz y las músicas étnicas. Sting exhibía maneras de dios del rock mientras señalaba qué canciones referenciaban a Carl Jung o Paul Bowles. La pedantería que hubiera hundido a otros, en el caso de Sting potenciaba su sex-appeal. Alejados de los reflectores, sus compañeros se divertían como podían. Stewart Copeland se compró una cámara de súper 8 y rodó unas cincuenta horas del grupo en acción, que en 2006 se refundirían en el instructivo documental Everyone stares: The Police inside out. Andy Summers fue más modesto: adquirió una Nikon y llegó a montar un mecanismo en sus pedales para retratar al público mientras tocaba. Hoy, más de 25 años después, Summers publica sus fotos “policíacas” como I’ll be watching you. Unas imágenes que se complementan con anotaciones de su diario. Se trata, naturalmente, de una crónica de la pérdida de la inocencia, lo que ocurre cuando unos músicos –por muy resabiados que sean– ascienden a la estratósfera. En 1979, recuerda Andy, intentaron ligar con unas chicas estadounidenses que, de acuerdo con su indumentaria, parecían militares en la subcultura sadomasoquista (tardaron en descubrir que simplemente estaban disfrazadas, algo habitual en la noche de Halloween). Dos años después viajaban en avión privado y las azafatas, generosas, les ofrecían incluso prestaciones sexuales. Summers explica cómo, paulatinamente, se pierde el contacto con la realidad: “No puedo recordar la última vez que afiné personalmente mis guitarras. ¿Me estoy relacionando con mi instrumento tan profundamente como debiera? Nunca dejamos de tocar, imagino que eso lo compensa. Creo que estamos en Alemania, pero no estoy seguro”. De fondo, tensiones crecientes. En teoría, The Police tomaba decisiones por la vía democrática, lo que significaba que ganaba el bloque principal, formado generalmente por Summers y Copeland. Pero Sting, compositor de los principales éxitos y centro visual del trío, se empeñaba en hacer prevalecer su voluntad. A veces Sting entraba en razón tras intercambiar unos cuantos golpes de puño con Copeland. El baterista llegó a escribir insultos para Sting en sus tambores, para que todo el mundo supiera lo que pensaba del “querido líder supremo”. Con aquellas batallas, incluso perdían oportunidades estimulantes. Summers se asombra hoy de que la cantautora Joni Mitchell les pidiera grabar con ellos y que se negaran. Empeñados en combatir el tedio mediante conciertos en India, Egipto y otros países fuera del circuito convencional, acumulaban malentendidos culturales: en México DF tocaron ante los cachorros de la dirigencia del PRI y fueron vituperados por los fans de base. En el Chile de Pinochet se les consideró criaturas no civilizadas por un gesto genital que, en el código interno de la gira, equivalía a una petición de cocaína. Funcionaban como “una manada de sátiros sueltos”. Las relaciones internas estaban más que deterioradas. Para esquivar los impuestos británicos, tanto Sting como Summers trasladaron sus domicilios a Irlanda. No fue una decisión fraternal: sus mansiones estaban en diferentes costas de la isla para que no saltaran las chispas. Sting fue tomando el control: se presentaba a grabar con el repertorio totalmente estructurado, negando así la posibilidad de aportaciones ajenas. Hoy, Andy cree que fueron tontos al aceptar los envites de Sting y responder a cara de perro. Podían, piensa, haberle concedido margen para funcionar como solista sin romper el juguete principal. Teoría dudosa. Todavía se recuerda su reaparición de 1986, durante el estreno en Atlanta del espectáculo Conspiracy of hope, caravana estelar montada por Amnesty International, y resultaba penoso comprobar que habían perdido filo y elasticidad: tres superdotados imitándose a sí mismos, con caras de frustración. Conscientes de que no había magia, dieron un portazo. Sting quemó los barcos al declarar públicamente: “Si alguna vez hablo de resucitar The Police, autorizo a que me internen en un psiquiátrico”.

Sting, compositor de los principales éxitos y centro visual del trío, se empeñaba en hacer prevalecer su voluntad. A veces entraba en razón tras intercambiar unos cuantos golpes de puño con Copeland. El baterista llegó a escribir insultos para Sting en sus tambores, para que todo el mundo supiera lo que pensaba del “querido líder supremo”.

PECADO MENOR

Copeland, Sting, un monje budista y Summers

Copeland, Sting, un monje budista y Summers en una de sus incursiones por Asia. La filosofía oriental era bienvenida para calmar sus épicas peleas. Su final era previsible.

“No recuerdo que en algún momento nos sentáramos y nos dijéramos adiós. Sólo nos fuimos a casa y no volvimos”, cuenta Summers. Ofendidos, los dos socios de Sting se construyeron vidas profesionales fuera de los grandes escenarios. Stewart Copeland desarrolló una fructífera carrera como compositor de bandas sonoras, trabajando para Oliver Stone o Francis Ford Coppola. También participó en grupos más o menos experimentales. En 2002, ansioso por reencontrarse con el gran público, se apuntó a tocar la batería con los resucitados Doors, pero una lesión le impidió ese necrófilo placer. Por su parte, Andy Summers también produjo música cinematográfica, aunque dedicó más energía a sus discos guitarrísticos, a veces con socios como Robert Fripp o Victor Biglioni, ocasionalmente centrados en el jazz, como el bello Green chimneys: the music of Thelonius Monk, de 1999. Musicalmente, lo que hizo Sting a partir de 1984 es de dominio público. Tras abundantes títulos como actor, se fue desencantando del cine. Ejerció de conciencia ecológica y paladín de los derechos humanos, pero, vapuleado por los observadores suspicaces, dejó el campo libre a almas más impetuosas como Bono. Procuraba no herir las sensibilidades de sus ex compañeros: su autobiografía, Música rota, apenas araña en la aventura de The Police. Ha sido Sting quien ha tocado a rebato. Después de permitirse un gran capricho –grabar la música de laúd de John Rowland– y comprobar que las ventas han sido mínimas, ha ofrecido a sus dos contrincantes lo que llevaban décadas deseando. The Police vuelve a lo grande, en estadios. Signo de los tiempos: viajan hasta con un instructor de Pilates. Serán unos ochenta recitales, a partir del 28 de mayo en Vancouver, por los que facturarán 350 millones. Las entradas para los recitales que brindarán en agosto, en el Madison Square Garden de Nueva York se agotaron en cuatro minutos. Y se lo toman muy en serio: los tres reservaron semanas ensayando en Canadá, buscando recuperar la tensión de sus mejores épocas. “Hace cinco o seis años hubo un amago para volver a reunirnos cuando varias bandas lo hicieron”, confiesa Summers, “yo estaba seguro de que iba a suceder. Tuve en mi mente un segundo de paranoia, de preguntarme si en realidad la gente iba a estar interesada en vernos”. Sting ha impuesto algunas de sus condiciones: como grupo telonero va Fiction Plane, la banda de su hijo Joe. El nepotismo, han decidido los demás, es un pecado menor tratándose de The Police.


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