POLICIAS SIN VACACIONES

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Ahora que la violencia decrece en Medellín, que se disipa el humo de los disparos, una extravagante procesión de policías llama la atención del cronista entrenado en menesteres más duros. La otra vida de los hombres de uniforme emerge onírica, extraña, discordante en la tierra de los sicarios. Y en el mismo anaquel pueden convivir las armas, la poesía, los sortilegios religiosos, las cámaras fotográficas y algún dudoso guión para animar fiestas.

Texto: José Alejandro Castaño Fotos: AP/ AFP

El sargento D. no ha tenido vacaciones en los últimos siete años. Es calvo, lleva bigotes y tiene un rostro de malo de película. Le deben siete meses de descanso. “Pero sería demasiado tiempo sin el uniforme de policía”, dice, casi como quejándose. Un antiguo compañero suyo asegura no haberlo visto nunca de civil. Tiene fama de ser un agente rudo con una puntería infalible y la reputación de haberse enfrentado solo a las pandillas más peligrosas de Medellín. Desde hace un tiempo, la policía ha empezado a obligar a sus hombres a cumplir con su temporada de vacaciones. Es la nueva consigna: descansar. Nadie desea que el ánimo de los agentes muera o, peor aún, que su cordura falle a fuerza de trabajar sin reposo. Esa orden quiere terminar con la malsana costumbre entre los Comandos Especiales de no permitir descansos a sus hombres clave. Hay policías que llevan casi una década sin salir de vacaciones. –De pronto me voy para Cartagena– me dice el sargento. Nadie sabe a cuántos sicarios ha matado, pero dicen que su récord es casi de leyenda negra. Ahora es mediodía en el centro de Medellín, y en las botas lustrosas del sargento D. se refleja su rostro como un puño cerrado, el cañón de su fusil con mira telescópica y un escapulario de la Virgen del Carmen amarrado a la culata. Intimida. Algunos creen que está loco. Otros piensan que sólo le faltan vacaciones. Podría jubilarse si quisiera, pero este sargento dice que disfruta demasiado su trabajo y que no sabe hacer otra cosa. Es un cuarentón y ha pasado la mitad de su vida en servicio a la policía. –Un marinero se marea afuera del barco. Yo no sirvo para descansar –gruñe. El sargento D. usa chaleco antibalas y es uno de los pocos policías que cargan un cuchillo de Rambo en el cinto. Un patrullero cuenta que hace años, D. rescató a cuatro compañeros de un callejón en los altos del Barrio Popular, un antiguo santuario de las bandas de la parte oriental de Medellín, en una de las zonas más pobladas y pobres de la ciudad. Los salvó de unos jóvenes armados con granadas y fusiles. Solo y a pie corrió por el intrincado reguero de casas y callejuelas en lo alto de la montaña. Cuando los tiros le zumbaban sobre la cabeza, el patrullero recuerda que D. abrió fuego contra los blancos diseminados. Su puntería y temeridad fueron tan desconcertantes que los sicarios debieron huir. Hay quienes apuestan a que D. morirá de viejo, quizá mientras cambia un bombillo de luz en el baño de su casa. –De pronto –piensa en voz alta– me voy para la finca de unos familiares. Allá puedo hacer ejercicios de tiro.

Algunos policias de Medellin se niegan a descansar

Algunos policías se niegan a descansar. Se sienten desorientados fuera del trabajo.

Antonio Machado, además de policía, es poeta. Tiene cuarenta años y le faltan dos para jubilarse. No ve la hora de irse. Dice que se hará ermitaño y que se dedicará a escribir. Quedamos de encontrarnos en las afueras de la Plaza de Toros La Macarena, un lugar en el que debe prestar servicio de vigilancia mientras termina la Jornada de Humillación, un encuentro de más de diez mil cristianos venidos de diferentes ciudades de Colombia que esperan que Jesucristo se les revele esta tarde en persona. Machado tiene la nariz chata, parecida a la de un boxeador veterano. Es mestizo, de ojos luminosos y rostro irritado, como si acabaran de darle una mala noticia. Casi siempre lleva algún libro en los bolsillos y cuando habla mueve las manos igual que un predicador. Ahora falta un cuarto de hora para las doce del día. El calor es insoportable y Machado, a diferencia de sus compañeros, prefiere permanecer expuesto al sol mientras observa a los cristianos en este redondel de arena donde cada año, con el pretexto de recoger dinero para el hospital universitario de Medellín, la Alcaldía autoriza desangrar toros. –Mírelos: son hombres y mujeres de fe –dice, señalando a la multitud que clama de rodillas–; es gente pobre, la mayoría con líos de alcohol, drogas y enfermedades incurables. Vinieron porque están convencidos de que Dios los salvará. Eso es admirable, aunque parezca una idiotez. Machado estudió teología en el seminario San Pío Décimo. Ahora es profesor de la Policía Comunitaria y enseña prevención de drogas a los niños de los barrios más pobres y peligrosos de Medellín. Hoy Machado está aquí porque los agentes a los que les correspondía el servicio salieron de vacaciones. Su primer libro publicado es Los sueños repetidos. Uno de sus poemas dice: “Quiero pedir asilo en una tribu / de seres mudos misántropos y huraños / que nunca socialicen, que abominen / de toda sociedad y toda ciencia, / y en ese lugar maravilloso / poder abandonarme a la indolencia / unos días, un mes, algunos años. / Pues de tanto mirarnos cada día / he descubierto por fin con alegría / que Dios, la humanidad y yo: / somos extraños”. En efecto: Machado, aunque uniformado, no parece un policía. Habla del amor a los enemigos, de la idiotez de la fuerza, de lo absurdo de las imposiciones y de la libertad como valor supremo. Oyéndolo, uno también cree que en este redondel de arena aparecerá Jesucristo en persona. Hace un rato otro policía levantó a unos indigentes de una de las aceras exteriores de la plaza de toros. Les destrozó los plásticos con los que habían improvisado un dormitorio ambulante y los echó a patadas de allí. Machado lo recriminó: le recitó un discurso sobre el amor al prójimo y le habló de lo cruel que resulta empeñarse en dificultar la existencia de los demás. Su compañero lo mandó a comer mierda. Hubo un día en que el comandante de la estación de policía en la que trabajaba lo amonestó porque tenía una calcomanía del Che Guevara en el tanque de su motocicleta. Machado nunca la quitó de allí. “¿Cómo traicionar la imagen de un guerrero de la igualdad?”, se preguntaba el policía. A veces, dice el poeta, olvida el arma en la casa y llega al servicio con la funda vacía. Es frecuente que, en vacaciones, lo paren otros policías para pedirle documentos de identidad. –En mi tiempo libre no me afeito. Me pongo mis collares y mis pulseras. Ando de sandalias y de pantalones artesanales, de esos que hacen los indios –dice Machado–. Entonces les parezco sospechoso a mis compañeros. Los sábados en la tarde, después de asistir a un café literario con otros poetas, Machado se interna en Lovaina, un antiguo barrio de burdeles en el centro de Medellín, ahora en decadencia. Allí, en un caserón que linda con prostíbulos de transexuales, el policía se reúne a practicar yoga con teatreros y artistas. En las esquinas del barrio se pasean algunos de los primeros travestis que hubo en la ciudad. Son ancianos flacos, de senos caídos y labios maquillados. Parece que él nutriese sus poemas con esas visiones, con esos rostros que se ven como las atracciones abandonadas de un circo pobre: “América es un lugar donde niños descalzos caminan / Encorvados / bajo el peso de su miseria. / América es un lugar donde hay caballos con establos / Propios / y forrajes de primera. / América es un lugar donde hay hombres que duermen / bajo un puente, / y distraen el hambre soñando ser caballos”. Machado recuerda que una vez recibió un tiro de ametralladora en el pecho. La bala era calibre 7,65. –En esa época disfrutaba la guerra, el olor a pólvora, el ruido de los tiros, el jadeo de los moribundos –dice el poeta con solemnidad, y reconoce que nunca salía en vacaciones para poder protagonizar películas en las calles de Medellín. –Pero con ese tiro supe que la vida sí cuelga de un hilo y ya no jugué más al héroe –dice–. Cuando me jubile, no pienso trabajar más. Me quedaré de vacaciones el resto de mi vida. Seré un ermitaño feliz. El animador de los cristianos grita en el redondel de la plaza de toros que Jesús ya viene descendiendo. Todos miramos en dirección al cielo: de un azul sin nubes, luminoso, parecido al reverso de una carpa de circo. Algunos, encandilados por el sol, apartan los ojos. Yo insisto un segundo más, pero el exceso de luz me hace estornudar.

Los sábados por la tarde, después de asistir a un café literario con otros poetas, Machado se interna en Lovaina, un antiguo barrio de burdeles en el centro de Medellín, ahora en decadencia. Allí, en un caserón que linda con prostíbulos de transexuales, el policía se reúne a practicar yoga con teatreros y artistas.

Uniformados de Medellin se dedican al arte y la poesia

En sus horas libres, muchos uniformados se dedican al arte y la poesía.

Los policías también tienen álbum de familia. En un laboratorio fotográfico del centro de Medellín, un policía uniformado recibe un paquete de fotos de Primera Comunión. En el cinto lleva una pistola Browning calibre 7,65, un arma rara entre los agentes que patrullan las calles porque la mayoría todavía usa revólveres calibre 38. En realidad, las armas más preciadas de este policía son una Nikon 8.008 convencional y una Nikon D100 digital. Con ellas, en las horas de descanso, es fotógrafo de fiestas. Sólo en el último diciembre, el agente William Rodríguez disparó sus cámaras más de cinco mil veces. Nunca faltó a los matrimonios, bautizos, aniversarios y fiestas de quince años de las hijas de sus compañeros de la policía. Donde haya celebración, está él. Hace unos años usó su cámara fotográfica en la morgue donde examinaban el cadáver del narcotraficante Pablo Escobar. El ruido del flash se oyó nítido como los cristales de un vaso que se rompe contra el suelo, y el policía contuvo la respiración: le habían ordenado no tomar más fotos mientras los parientes del jefe del cartel de Medellín entraban a ver el cadáver. Pensó que le quitarían la cámara intrusa. Sin embargo, todos los que estaban allí –fiscales, médicos legistas, agentes de la DEA, emisarios del gobierno y parientes de Escobar– permanecieron en silencio alrededor del cuerpo del capo asesinado, como si no hubiesen oído nada. Para el policía la oportunidad era única: frente a él, en la cabecera del mesón que alojaba el cuerpo desnudo y maltrecho de Pablo Escobar, estaba la madre de quien en ese entonces era uno de los hombres más perseguidos y temidos del mundo. Un día después de haber estado en la morgue, el 4 de diciembre de 1993, esa foto apareció publicada en el periódico El Tiempo. La imagen tomada por este fotógrafo de la policía dio la vuelta al mundo y mereció varios premios que Rodríguez no pudo reclamar porque debía mantener su identidad encubierta. El fotógrafo de fiestas anda en moto, por eso huele a combustible y lleva el rostro sucio del humo de los carros. Tiene cinco hijos, y el mayor de ellos estudia publicidad en la Universidad Pontificia Bolivariana, una de las más costosas de Medellín. Allí paga tres millones de pesos por semestre, algo así como 1.300 dólares, por eso dice que debe disparar su cámara sin descanso, como un francotirador acorralado. Cuenta que aprendió a tomar fotos en Oriente Medio, mientras prestaba servicio militar en el desierto del Sinaí, en el batallón de fuerzas internacionales. Después ingresó a la Policía. Un día, por culpa de la guerra, debió reemplazar al fotógrafo de la oficina de prensa, baleado en un parque de la ciudad. Era febrero de 1991, la época más sangrienta en la historia de Medellín. Morían policías a diario, todos acribillados por sicarios pagados. Pronto perdió la cuenta de las bombas lanzadas contra estaciones de policía, y se le hizo familiar registrar las partes amputadas de sus compañeros asesinados, algunos mientras llevaban a sus hijos al colegio o compraban leche en la tienda de la esquina. –Era una época tan violenta que tomaba las fotos con pasamontañas para que nadie me pudiera reconocer en la calle –dice el fotógrafo. Pero los orificios del pasamontañas no lo dejaban ver y un día decidió descubrirse el rostro. Cada año, cuando cumplía su jornada de servicio, el fotógrafo convencía a sus superiores de que lo comisionaran para cuidar bancos: hasta finales de la década de 1990, las pandillas de Medellín acosaban a las oficinas financieras. Además de emplear vigilancia privada, los gerentes debían contratar policías. En un mes de vacaciones, por cuidar bancos, se podía ganar hasta el doble del sueldo de un patrullero. ¿Así quién descansaba? En promedio, en Colombia, un patrullero tiene un sueldo de 600 mil pesos, unos 270 dólares. Por su antigüedad en la policía, y por ser hombre casado y con cinco hijos, ahora el sueldo de Rodríguez es de un millón quinientos mil pesos al mes, poco más de 680 dólares. Para mantener a su familia, me cuenta, estuvo diez años sin vacaciones. Quedamos de vernos en el sótano del Palacio Municipal de Medellín, en la oficina de la Policía de Menores, donde ahora trabaja. El fotógrafo me muestra las fotos del matrimonio de un compañero que nunca le pagó el trabajo. Un día, la primera vez que quiso entregarle el material para cobrárselo, se enteró de que acababa de separarse, y le dio lástima pedirle el dinero. Casi un año después, tras cavilarlo mejor y llegar a la conclusión de que aún, pese a la separación de su compañero, debía entregar esas fotos y reclamar su dinero, le contaron que el policía acababa de morir en una emboscada de las FARC. En las fotos, el agente asesinado sonríe, abrazado a la mujer a quien meses después abandonó. De esas historias, de trabajos perdidos en noches de fiestas de cumpleaños, matrimonios y primeras comuniones, Rodríguez tiene docenas. Cientos de fotos apiladas en su escritorio dan fe de los disparos malgastados de sus armas Nikon 8.008 y Nikon D100. “Lástima –se lamenta– que la Presidencia de la República haya prohibido la posibilidad de un sueldo extra vigilando bancos”. Para los mandos superiores resultaba preferible que sus hombres, dispuestos a no descansar y a mantenerse uniformados como escoltas en un banco, invirtieran su tiempo y energía en patrullar las calles. A fin de cuentas, Medellín era la capital más violenta de Colombia y en sus barrios se cometían hasta seis mil homicidios al año. Incluso ahora, cuando la ciudad ha reducido las estadísticas de muerte en más de la mitad, los policías tienen prohibido usar su tiempo de vacaciones como escoltas privados. Pero el fotógrafo de la policía se las ingenia. Esta noche, por ejemplo, tiene un matrimonio y una celebración de quince años a la misma hora y en sitios a ambos extremos de Medellín. Ya tiene prevista la ruta y el tiempo para llegar a ambos compromisos. No importa que al final sólo pueda dormir cuatro horas. “De cualquier forma –me dice–, un policía rara vez puede dormir más tiempo”.

Bolillo Loco y El Argelino me tienen preparado un recital. Parecen seres piadosos, como si en lugar de agentes fueran consejeros espirituales. En sus raros días libres, en vez de colgar el uniforme y dormir hasta tarde, estos policías animan fiestas infantiles, reuniones sociales, celebraciones parroquiales y almuerzos comunitarios.

Policia de Medellin

Temerarios frente a las pandillas, en su vida personal demuestran sensibilidad.

Se puede ser policía y cantar a la vida en Medellín. El caso de Luis Gabriel Restrepo es apenas una prueba. Es un agente con grado de Intendente que compone canciones y anima fiestas. Le dicen Bolillo Loco. Su compañero es el patrullero Adrián Sánchez, un muchacho de veinte años al que apodan El Argelino, nombre del pueblo donde nació y del que debió escapar para evitar que las FARC lo reclutaran como guerrillero. Ambos trabajan en la escuela de la policía, en las afueras de Medellín, donde justo esta tarde se ven regresar a trescientos futuros agentes de un permiso de cinco días. Esas serán sus únicas vacaciones en años, pero ellos aún no lo saben. Los aspirantes a policías llegan de traje y corbata, una elegancia que no encaja con el sueldo que terminarán ganando. Pero su mansedumbre resulta comprensible: en un país como Colombia, con más de la mitad de su población por debajo de la línea de pobreza, ser policía es uno de los pocos empleos con sueldo asegurado. Bolillo Loco y El Argelino me tienen preparado un recital. Parecen seres piadosos, como si en lugar de agentes fueran consejeros espirituales. En sus raros días libres, en vez de colgar el uniforme y dormir hasta tarde, estos policías animan fiestas infantiles, reuniones sociales, celebraciones parroquiales y almuerzos comunitarios. Nunca cobran, aunque algo de dinero extra les caería bien. El sueño de El Argelino es hacer el curso para oficial, pero no tiene los veinte millones de pesos que le cobra el Ministerio de Defensa por la matrícula, unos 9.000 dólares. De lograrlo, podría recibir un sueldo dos veces mayor del que ahora gana y ayudar a su familia de nueve hermanos. En el caso de un par de policías, hacer humor es una misión benéfica que se paga con risotadas. Nada más. –Trovamos para cambiarle la cara triste a la gente –dice el Bolillo Loco–. Es nuestro aporte a la seguridad nacional. La puntería que tienen para disparar frases antológicas es famosa entre sus compañeros. En las fiestas de la policía, en las que suelen intervenir después de condecoraciones y discursos, dicen que los generales y coroneles se esconden para no ser víctimas de la acidez que improvisan. Alguna vez los policías cantantes hicieron bromas sobre la actriz Elizabeth Taylor. Ya no recuerdan por qué. Dijeron cosas de sus repetidos matrimonios y de su fealdad como consecuencia de una existencia mal vivida. Todos rieron, excepto uno de los generales presentes, cuya esposa tenía el mismo nombre y apellido: Elizabeth Taylor. Desde entonces, cuentan los policías, los trovadores hacen labor de inteligencia antes de llegar a una fiesta. –Nunca he disparado mi arma –admite El Argelino. Lo dice en un tono que parece una disculpa. Lleva apenas dos años con el uniforme. En Medellín, lástima, ya tendrá oportunidad de hacerlo. Un día después de hablar con los policías trovadores me enteré de que el sargento D. se las ingenió para que no lo obligaran a tomar todas las vacaciones que le deben. Se irá sólo un mes y no siete, como debería. Esos treinta días, me dijo uno de sus compañeros, decidió pasarlos en la finca de unos familiares. Al fin decidió irse a ese lugar porque allá podía hacer ejercicios de tiro en las mañanas, después de levantarse, y en las noches, antes de acostarse. Parece que el sargento D. sólo sabe disparar.


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