RACHEL KUSHNER: LOS LANZALLAMAS

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La celebrada segunda novela de la norteamericana Rachel Kushner comienza con un asesinato y acaba con una desaparición. Entre uno y otra, Reno, su protagonista, va dando bandazos entre preguntas incómodas sobre la libertad y el sentido de las cosas, el poder y la identidad, las graves consecuencias de las acciones políticas y el material insignificante con el que componemos nuestras vidas. Historia de amor y novela de formación a la vez, Los lanzallamas es una obra profunda y radical, fascinante y conmovedora que sigue relampagueando en la mente del lector meses después de terminada su lectura. Aquí las primeras páginas.

Texto: Rachel Kushner / Fotos: Gentileza Galaxia Gutenberg

Le mató con el faro de una moto
(que llevaba en la mano)

Valera se había apartado de su escuadrón y estaba cortando los cables del faro de la moto de otro motorista. El motorista, Copertini, estaba muerto. Valera no sintió tristeza y eso era raro, porque Copertini había sido su compañero de fatigas, un colega con el que había recorrido a toda velocidad la Via del Corso, iluminada por neones blancos, mucho antes de que ambos se presentaran voluntarios para formar parte del batallón de motoristas en 1917.
Fue Copertini quien se rió de Valera cuando éste se estrelló con los raíles del tranvía en la Via del Corso. Era una noche de niebla y estaban resbaladizos. Copertini se consideraba mejor motorista que Valera, pero al final fue él quien dio de cabeza contra un árbol, en la densidad de aquel bosque, por ir demasiado rápido. El chasis de la moto estaba hecho un amasijo de hierros, pero en la bombilla del faro delantero había quedado intacto un filamento que iluminaba un área de suciedad y hierbajos tiesos. La moto de Copertini no era el mismo modelo que la de Valera, pero la bombilla del faro era igual en ambas. Y Valera necesitaba un repuesto. Un repuesto le vendría de perlas.
Oyó el siseo inconfundible de un lanzallamas y el eco disperso de las bombas al caer. Más allá del profundo valle se desarrollaban los combates, cerca del río Isonzo, pero donde él se encontraba todo estaba desierto, apacible: sólo se oía el choque metálico de las hojas de los árboles, mecidas por la brisa.
Había aparcado la moto; había dejado el rifle Carcano amarrado en el soporte trasero, y estaba forcejeando, intentando liberar el faro, girándolo para soltar el casquillo de su receptáculo. Pero se le resistía. Estaba tirando de los cables que lo sujetaban cuando un hombre surgió de pronto de detrás de una hilera de álamos: un alemán, sin duda, con su uniforme verde y amarillo y desprovisto de casco, como un jugador de rugby al que han empujado al combate.
Valera tiró de la pesada carcasa de latón, la soltó, e intentó un placaje. El alemán cayó al suelo. Valera rodó tras él. El alemán comenzó a gatear y trató de asir el faro –que tenía aproximadamente el tamaño y la forma de un balón de rugby, aunque pesaba más– por el manojo de cables que colgaban de él como un nervio óptico cercenado. Valera forcejeó para recuperar el control del faro. En dos ocasiones le dio una patada y lo envió lejos, rozando el suelo, pero de un modo u otro acababa siempre en manos del alemán. Valera logró al fin reducir al hombre: le dio un rodillazo en la cara y le hizo soltar los dedos aferrados al faro. Después de todo allí no recibirían penalización por jugar sucio, nadie les sacaría tarjeta roja en aquellos bosques apartados: el pelotón de Valera estaba a muchas millas de distancia y aquel alemán estaba solo, apartado de su manada, perdido entre los álamos.
El alemán se levantó e intentó abalanzarse contra él. Valera le golpeó en la cabeza con el faro.

La América espiritual
Me dirigí caminando hasta un lugar protegido del sol mientras me desabrochaba la tira del casco. El sudor me corría por la nuca, me bajaba por la espalda y me empapaba la ropa interior de nailon y las piernas, bajo el traje de cuero. Me quité el casco y la gruesa chaqueta, los dejé en el suelo y abrí los respiraderos del pantalón.
Durante largo rato me quedé allí, observando el correr lento de las nubes, enormes masas mullidas en la parte superior y planas por abajo, como si se estuvieran derritiendo sobre una parrilla caliente. Cuando volaba por la autopista, a cien millas por hora, no me quedaba otro remedio que pasar por alto ciertas cosas, como el efecto que el viento ejercía en las nubes. No tenía prisa, el tiempo no suponía una presión. Pero la velocidad no tiene por qué ser una cuestión de tiempo.
Aquel día, cuando salí de Reno rumbo al este conduciendo una Moto Valera, la cuestión era recorrer aquella línea del mapa de Nevada que llevaba pegado al depósito de gasolina, recorrer la órbita del este de Reno, tan familiar para mí con sus burdeles y sus desguaces, la enorme central eléctrica con sus nubes de humo, su retícula de bobinas y muelles que me recordaban con su vallado al juego de la cuna del gato, algún tren de mercancías ocasional y los meandros del río Truckee, tan poco profundo en verano. Las vías del tren y el río me escoltaron hasta Fernley, donde ambos se apartaban de mi camino y seguían hacia el norte.

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Vista desde donde yo estaba parecía que la tierra se había quedado descolorida: había perdido definición y tenía ese tapizado sucio de la autopista y su incesante monotonía. Aceleré. Cuanto más deprisa iba, mayor conexión sentía con el mapa. Este me indicaba que cincuenta y seis millas después de pasar Fernley llegaría a Lovelock y cincuenta y seis millas después de pasar Fernley llegué, efectivamente, a Lovelock.
Iba de un punto a otro del mapa. Winnemucca. Valmy. Carlin. Elko. Wells. Tenía la sensación de formar parte de una misión, incluso cuando me senté bajo la marquesina de un área de descanso para camiones, con el sudor corriéndome por las mejillas y una brisa anónima, caliente y seca, recorriendo los caminitos que la humedad había dejado en mi ligera camiseta interior. Cinco minutos, me dije. Cinco minutos. Si hubiera estado allí más rato, el lugar que me mostraba el mapa podía salirse de su lugar.
Un cartel de la autopista anunciaba “Schaefer. Cuando tienes más de una”. Un azulejo se posó en la rama de un zumaque, bajo las patas que daban soporte al cartel. El pájaro sobrevoló una rama suelta del zumaque: sus plumas eran de un azul uniforme y perfecto, como si le hubieran dado el color con algún sistema industrial. Pensé en Pat Nixon, en sus ojos oscuros y brillantes, sus atuendos de ceremonia, tiesos por el almidón y por los adornos de abalorios. El pelo teñido del color del whisky y cardado hasta formar una onda inmóvil. El pájaro aventuró un silbido corto, un sonido solitario de mediodía perdido en una tira infinita de dispositivos de riego que se extendía junto a la autopista. Pat Nixon era de Nevada, como yo y como aquel pájaro, emblema del estado, tan azul sobre el fondo de la luz del día. Era una ordinaria peinada de peluquería que llegó a primera dama. Y ahora era muy posible que tuviéramos en su lugar a Rosalynn Carter con su voz cristalina y aquella cara amplia, franca y amigable, que irradiaba caridad. Pero a mí me conmovía Pat. La gente a la que es más difícil amar constituye un desafío, y ese desafío hace que resulte más fácil amarla. Uno se siente impulsado a hacerlo. Y esa gente que busca el amor fácil en el fondo no quiere amor.
Pagué la gasolina. De fondo, el murmullo de los hombres que estaban jugando a un videojuego llamado Night Driver. Estaban sentados en una especie de cabina muy bajita, hecha de fibra de vidrio moldeada y con un acabado de brillantina; movían los mandos nerviosos, con los nudillos blancos, tratando de evitar los reflectores de los guardarraíles que tenían a ambos lados de la carretera. Las cabinas de fibra de vidrio se movían y balanceaban cuando los hombres trataban de mantenerse firmes y evitar la catástrofe, y perjuraban o golpeaban el volante de muy mala uva con el talón de la mano cuando sus vehículos chocaban y salían ardiendo. Así había sido en las últimas áreas de servicio. Así era como los hombres descansaban de conducir. Poco después se lo contaba yo a Ronnie Fontaine: me pareció que era algo que Ronnie encontraría especialmente cómico, pero no se rió. Me respondió: “Sí, ya veo. Es lo que tiene la libertad”. Yo dije: “¿El qué?”, y él: “Que nadie la quiere”.
Mi tío Bobby, que se ganaba la vida conduciendo el camión de la basura, pasó los últimos momentos de su vida tirándose de la pierna para soltar el embrague: estaba postrado ya en una cama de hospital, pero su cuerpo seguía empeñado en conducir el camión de la basura, y pisaba el embrague o cambiaba de marcha mientras mi tío se encaminaba hacia la muerte tumbado en una camilla. “Murió trabajando” decían sus dos hijos, impertérritos. Bobby era demasiado mezquino para que ellos le quisieran. Scott y Andy tenían la obligación de engrasar el camión de Bobby todos los domingos de su vida y, ahora que estaba muerto y podían disponer de los domingos a su antojo, ¿qué harían? Pues engrasar sus propios camiones. Bobby era hermano de mi madre.

“La gente a la que es más difícil amar constituye un desafío, y ese desafío hace que resulte más fácil amarla.”

Cuando yo era niña vivíamos todos juntos: mi madre trabajaba por las noches y Bobby nos hacía de padre. Cuando terminaba su turno con el camión de la basura se sentaba a ver la tele, inexplicablemente, desnudo, y nos hacía manipular los botones a nosotros para no tener que levantarse. Preparaba un filete enorme para él y a nosotros nos daba unos noodles precocinados. A veces nos llevaba al casino y nos dejaba en el aparcamiento con un puñado de petardos. O jugaba al gallina con los demás coches de la I-80, conmigo y Scott y Andy en el asiento trasero tapándonos los ojos.
Me crié en un ambiente temerario y sin sentimentalismos y Sandro utilizó esto contra mí en una ocasión: empezó a comportarse como si yo hubiera aparecido en su vida sólo para atormentarle, cuando era precisamente lo contrario. Pretendía estar coladito por mí, pero yo era quien estaba coladita por él. Sandro tenía el poder. Era catorce años mayor que yo, tenía éxito como artista, era alto y le sentaba bien la ropa de trabajo y las botas con puntera de acero, que eran del mismo estilo de las que usaban Bobby, Scott y Andy. Pero Sandro parecía otra cosa con ellas: un rico heredero capaz de manejar una pistola de clavos o una taladradora, una persona a la que el dinero no afectaba, que vestía a veces como un obrero y a veces como un gandul, pero siempre lucía elegante con la ropa que llevara y nunca se cuestionaba si estaba fuera de lugar (el sólo hecho de cuestionárselo ya demuestra que uno está fuera de lugar).
Sandro tenía sobre la mesa de su estudio una foto suya, sentado en un sofá junto a Morton Feldman con sus gafas de culo de botella. Sandro tenía un aspecto relajado y estiloso, con una escopeta cargada que sostenía en alto. La longitud del cañón de la escopeta era igual a la mitad de la letra X que cruzaba la fotografía en diagonal, cortando la imagen. Era una foto en blanco y negro, pero se apreciaba claramente que los ojos de Sandro eran de ese azul blanquecino como los de los lobos que les daba una intensidad fría y llena de astucia. La foto se había tomado en Rhinebeck, donde tenían una casa unos amigos suyos, Gloria y Stanley Kastle. Allí Sandro tenía permiso para disparar algunas escopetas y rifles que había ido coleccionando, muchos de ellos fabricados por la empresa de su familia cuando todavía estaban en el negocio de las armas. Las escopetas eran las que más le gustaban.
Decía que si alguna vez necesitabas de verdad matar a alguien, eso era lo que te hacía falta: una escopeta. Era su manera de decir al mundo, con ese acento suyo ligeramente italiano, que era capaz de matar a alguien si tenía que hacerlo. Y las mujeres siempre reaccionaban ante aquella actitud suya: le abordaban delante de mis narices, como la galerista Helen Hellenberger, una griega seria pero muy bella, vestida siempre como si aún estuviéramos en 1962, con un vestido recto negro y el pelo cardado. Nos encontramos con ella en la Calle Spring justo antes de que yo me fuera a Reno a recoger la Moto Valera para hacer este viaje. Helen Hellenberger, con su vestido ceñido y sus zapatos planos, llevaba una enorme cartera de piel que cogía como si fuera una caja de herramientas y declaró que se moría por ir al estudio de Sandro. ¿Es que tenía que rogarle? Le puso la mano sobre el brazo y dio la impresión de que no pensaba moverse de allí hasta que él asintiera. Sandro exponía en la galería de Erwin Frame, y Helen Hellenberger quería llevárselo a la suya. Trató de disuadirla presentándomela, no como su novia sino como “una joven artista que acaba de salir de la facultad”, como diciendo “a mí no puedes tenerme, pero aquí hay algo que te podrías plantear”. Una oferta que ella tuvo que declinar con una maniobra: así pudo seguir presionando para conseguir una invitación de Sandro a visitar su estudio.
–Licenciada en Arte… ¿dónde? –me preguntó.
–En la UNR –respondí. Pero yo sabía que aquellas iniciales no significaban nada para ella.
–Su obra está muy influida por el Land Art –explicó Sandro– y sus ideas son fantásticas. Hizo una película muy hermosa sobre Reno.
Helen Hellenberger representaba a los artistas más conocidos del Land Art, todos ellos selectos y con una carrera prometedora. Me sentí especialmente cohibida por cómo insistía Sandro en darle información sobre mí y sobre mi obra. Yo no iba preparada para exhibirme ante Helen Hellenberger en aquel momento, y con la actitud de Sandro me sentí insultada, aunque él no se lo propusiera. Pero seguramente lo sabía: encontraba una perversa satisfacción en ofrecerme a mí como sustituta suya.
–Ah, ¿de dónde, decías? –Helen trataba de simular una cortesía de andar por casa, suficiente para satisfacerle a él.
–De Nevada –respondí.
–Bueno… ahora seguro que lo aprenderás todo sobre el arte –sonrió a Sandro como si estuviera depositando un secreto que les pertenecía a ambos–. Si estás con Sandro Valera… Menudo mentor para alguien que acaba de llegar de… ¿Idaho?
–De Reno –dijo Sandro–. Ahora se marcha para allá, para hacer uno de sus trabajos: dibujar una línea que atraviese los salares. Va a ser increíble. Y sutil. Sus ideas sobre el trazo y la delineación son francamente sutiles.
Sandro había intentado rodearme con el brazo, pero yo me había apartado. Sabía qué imagen se había hecho de mí aquella hermosa mujer que se acostaba con la mitad de los integrantes de su agenda, según Ronnie Fontaine, que era uno de ellos: aunque aquello no era más que un pequeño inconveniente en su campaña para representar a Sandro.

Traducción: Amelia Pérez de Villar


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