RED DE PEDERASTIA EN MEXICO: MEMORIAS DEL INFIERNO

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En abril último, la mexicana Lydia Cacho ganó el Premio Mundial de Libertad de Prensa de la UNESCO. Reconocida por su trabajo contra la corrupción política, el crimen organizado y la violencia doméstica en su país, fue perseguida y torturada por denunciar una red de pederastia que implica a hombres muy poderosos en México. Aquí cuenta cómo empezó todo, el momento en que conoció a una niña víctima del infierno. Un vuelco en su vida que acaba de relatar en un libro.

Texto: Lydia Cacho / Fotos: AFP

Cancún, México. Una noche húmeda de 2003, pasada las ocho de la tarde, salía de mi oficina cuando sonó el celular: era una señora que me conocía por mi programa de televisión. Con voz angustiada me dijo que tenía un problema con una amiguita de su hija y que era inminente que acudiera a casa, pues no sabía qué hacer. Le pregunté si era una emergencia o podría esperar al día siguiente; me aseguró que era cuestión de vida o muerte. Subí a mi auto, tomé una libreta y una pluma, y apunté la dirección. Me dirigí a una zona de clase media. La calle estaba oscura, era plena temporada de huracanes y había llovido. Los inmuebles idénticos dificultaban localizar el número. Finalmente lo hallé en un muro deslavado. Antes de salir del auto marqué el celular de la mujer para avisarle que estaba abajo; observé a mi alrededor, saqué un gas lacrimógeno de la bolsa y lo llevé en la mano. Crucé la acera en medio de una oscuridad perturbadora, subí la escalera, y al ver que ella me esperaba con la puerta abierta en el segundo piso del edificio, metí el gas en mi bolsa y la saludé. Entré al departamento, donde me recibió con un beso y un gesto de angustia. Se trataba de una mujer delgada de unos cuarenta años. La adornaba una mirada oscura y dulce, velada por la angustia. El departamento era muy pequeño; lo primero que observé fue a dos jovencitas. Una era la hija de la señora, una niña hermosa de cabello negro. A su lado, y sentada en un pequeño sofá, una jovencita rubia de facciones finas, con ojos castaños y la mirada enrarecida por el miedo y el sollozo. Tenía los ojos inyectados por el rastro del llanto; se estrujaba las manos con angustia y me miraba azorada. La mujer me dijo: “Pues ella se llama Emma, y le expliqué que yo te conozco, que eres periodista, y que además ayudas a mujeres maltratadas. Ella te ha visto en la televisión y me pidió que te llamáramos porque requiere ayuda. Por favor, si necesitas algo me avisas”. La joven estalló en llanto y comenzó a decir que vivía desesperada, que por favor la ayudara. En el televisor encendido de la cocina pasaban una telenovela. Las dos nos hallábamos en un silloncito junto a la ventana. A una distancia de metro y medio está la cocina, y colgado del techo, el televisor. Yo quise apagarlo cuando ella empezó a hablar, para concentrarme en lo que habría de contarme. Pero reaccionó abruptamente; me dijo que no lo hiciera, que necesitábamos tenerlo encendido porque en el noticiero nocturno iba a salir algo sobre su caso. La joven aniñada comenzó a explicarme de manera desarticulada su historia. Primero narró que, cuando tenía trece años, una amiguita la llevó a conocer a un señor que era “muy buena gente”, porque las invitaba a nadar en su hotel de Cancún. El era un hombre muy rico, a quien apodaban “el Johnny”; tenía tiendas de joya, de ropa. Les daba regalos y les compraba cosas para la escuela, libros y ropas finas… Luego resultó que el hombre las utilizaba sexualmente. Emma iba y venía de un suceso a otro, desordenadamente, como quien está harta de contar su historia. Comenzó a temblar y a decir que no confiaba en nadie, que se iba a volver loca y que tenía mucho miedo. Le tomé las manos y le pedí que respirara con lentitud y bebiera un poco de agua. Le expliqué que yo imaginaba que era muy difícil lo que estaba viviendo. Ella respondió que sabía que yo había escrito algo en el periódico sobre su caso, y que la había defendido. Me preguntó por qué lo hacía, a pesar de no conocerla. Le dije que la manera en cómo algunos periodistas tocaron el tema era grosera y sexista. Insistí en explicarle por qué ella no era responsable de los hechos: “Lo que te sucedió es un delito cometido por un hombre adulto contra una menor. La ley te protege. Miles de mujeres sobreviven a esto y pueden volver a ser felices”. Enseguida, Emma se fue tranquilizando. Una sutil sonrisa escapó de sus labios. De pronto comenzaron los avances del noticiero de mayor audiencia en México. Los avances en voz del locutor anunciaron la primicia de un escandaloso video en que aparecería la confesión de un pederasta. La jovencita se transformó; comenzó a pedirme, angustiada, que llamara al noticiero y detuviera lo que estaba a punto de salir, pero yo no comprendía de qué hablaba. “Tú que eres periodista, ¡por favor, llama para que no pasen el video! ¡Me van a matar! Por favor, detenlos. No sabes quiénes son ellos.” Efectivamente yo no sabía quiénes eran esos fantasmas a quienes la joven temía con el fervor de quien huye de la muerte anunciada. En el noticiero pasaron la nota sobre Succar Kuri y una parte del video en que, con toda parsimonia, el hombre confiesa cómo viola a niñas de cinco años. En ese instante sonó un celular. Ambas nos sobresaltamos con el sonido. La joven miró el aparato en sus manos y se le contrajo el rostro con una máscara de terror. Contestó, se me acercó para que escuchara con ella y me dijo bajito, tapando el micro del teléfono: “Es el hijo de Johnny”. Entonces, la voz de un jovencito comenzó a insultarla: “Pinche Emma, estoy viendo en la tele lo que le hiciste a mi papá. O te retractas, o te voy a matar”. El joven colgó el teléfono y ella entró en crisis otra vez. Le pregunté acerca del hijo de Succar. Ella me aseguró que siempre va armado, que es estadounidense, que vive en California, que ella sabía que podía matarla y que era capaz de eso y más. Empezó a hablar sin parar, de los amigos poderosos de Succar Kuri. Son políticos con picaporte en la presidencia de la República, diputados y gobernadores. De pronto se detuvo, y entonces le pregunté respecto a su madre. Cambió su voz y en el rostro se derramó la tristeza; me contó que era alcohólica y muy pobre, que vivía con su padrastro, mecánico de autos, y que ellos no entendían nada ni sabían bien la verdad. Empezó a temblar y a decir que iban a encontrarla y que a lo mejor la estaban escuchando. Me dijo: “Necesito que me ayudes porque tú eres periodista, con tu programa podemos decir la verdad. Si no, me van a matar. Y van a matar a mi mamá y a mi hermanita, a mí y a mis primas porque ya declaramos en la fiscalía”. Insistía repitiendo las frases una y otra vez. En la pantalla seguía el noticiero y volvieron al tema. Le pregunté: “¿Eres tú la que está frente a él?” Respondió que sí. Volvió a llorar su imagen en la televisión. “Páralo, páralo, por favor. Háblale a alguien”, y me daba el teléfono. “Páralo, diles que ya lo paren”, lloraba. “Yo no tengo ningún poder para detener un programa en Televisa, ninguno”, insistí. Fue la primera vez que vi el video. Noté un vacío en mi estómago, una racha helada recorrió mi cuerpo, y de reojo la miraba preguntándome: “¿Cómo pudo sentarse a grabar a su verdugo con semejante arrojo?” La admiré y me conmovió su valor. El video fue grabado por la policía en el jardín de un restaurante del centro de Cancún. El sonido es muy claro, las imágenes del rostro de Jean Succar Kuri se observan mientras él habla, bebe un jugo, y ocasionalmente sonríe cuando habla. Pocas veces se ve el rostro de la entrevistadora. Se escucha su voz nerviosa, que denota la ansiedad de la víctima que se expone ante su agresor con la finalidad de obtener pruebas; en este caso, una confesión tácita. Emma lo consigue al final del diálogo filmado. La joven me explicó que el material grabado fue entregado a la fiscalía. El fiscal obtuvo copias y lo presentó a los medios de comunicación cuando dio a conocer la investigación sobre la red de pornografía y prostitución infantil comandada por el empresario de origen libanés. Pasamos un par de horas hablando. Ella repetía que había cientos de fotografías, veintenas de videos pornográficos de ella y de otras niñas hasta de cinco años. Yo sacaba fuerzas de donde me era posible, registraba las historias y evitaba imaginar el dolor de las criaturas; en ese momento, mi angustia personal no tenía cabida. Le prometí que haríamos lo que ella quisiera. “Necesitamos recuperar a mi hermanita y a las otras niñitas, las encerraron en una casa de servicio social y están asustadas”, dijo. “El Johnny nos grababa la primera vez y nos mostraba los videos. Una vez que entrabas en su red, ya no podías salirte.” Años más tarde se comprobaría cuántas niñas y niños guardaron silencio por las amenazas de Succar. Al día siguiente, luego de una noche difícil, manejé hacia mi oficina. En el trayecto me repetí incontables veces: pensemos en lo que podemos hacer, en lugar del horror de lo que ya sucedió. Hice una lista de estrategias. Personas a quienes acudir, llamadas que hacer, favores que pedir a amigos. Ese mismo día supe que la fiscalía federal tenía indicios concretos de la participación del crimen organizado en el caso Succar. La Agencia Federal de investigaciones y la Interpol trabajaban en la ubicación del pederasta Jean Thouma Succar Kuri, a quien se le integraba además, un expediente por blanqueado de dinero y por vínculos con redes de turismo sexual y pornografía infantil en varios países. Se liberó orden de cateo en las Villas Solymar, propiedad de Succar. En las pesquisas apareció un sobre con un centenar de fotografías pornográficas de niñas mexicanas y extranjeras. En algunas de esas fotos aparecían niños varones, menores de 16 años, entablando relaciones sexuales con niñas pequeñas o siendo abusados por hombres mayores. Según las autoridades federales, había veinte videos comprometedores filmados por Succar, que luego desaparecieron. Un año después policías de Cancún los ofrecían a la venta en 40 mil dólares cada uno. La situación para las víctimas se había tornado más peligrosa. Comencé a recibir amenazas de muerte, las denuncié cada vez que sucedían.

La joven aniñada comenzó a explicarme de manera desarticulada su historia. Primero narró que, cuando tenía trece años, una amiguita la llevó a conocer a un señor que era “muy buena gente”, porque las invitaba a nadar en su hotel de Cancún. El era un hombre muy rico, a quien apodaban “el Johnny”. Luego resultó que el hombre las utilizaba sexualmente.

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Lydia Cacho.

Poco a poco se desvelaban más indicios de trata de menores para turismo sexual, al servicio de hombres de poder mexicanos y estadounidenses. Las niñas y jóvenes, sin comprender la magnitud de los hechos, narraban cómo Succar las había llevado a Los Angeles y Las Vegas, donde tuvieron sexo forzado con empresarios amigos del libanés. Entre las fotografías rescatadas por agentes federales se puede ver la de una pequeña de apenas cuatro años, rubia y con el cabello cortado al estilo Príncipe Valiente amarrada de las muñecas y desnuda. Ante la criatura está el cuerpo desnudo de un hombre mayor de barriga contundente con el pene erecto frente al rostro asustado de la pequeñita. Ni siquiera los agentes federales saben cómo reaccionar frente a la repulsa emocional que les causan estas imágenes; ni ellos, los investigadores, pueden sustraerse de la sensación de miedo que genera semejante acto de crueldad. Yo vi a más de uno arrojar lágrimas de angustia y desolación. Todas y todos lloramos, algunas veces en silencio, frente a frente, respirando para seguir en busca de pistas. El argumento que nos mantuvo inquebrantables fue la valentía de esas niñas: si ellas, tras ese infierno, eran capaces de narrar su dolor, nadie tenía derecho a rendirse. Cada encuentro se convertía en un aprendizaje: una niña con anorexia que no quería tener cuerpo sexuado de mujer para jamás ser tocada por otro hombre; un adolescente que por las noches se golpeaba la cabeza para no sentir deseo sexual por su hermanita, a quien le habían forzado a violar varias veces; una adolescente hipersexuada por tanto abuso, que creía que debía pagar la protección con sexo, y no entendía cómo distinguir entre una persona adulta confiable y una abusiva. Cada vez que me narraban algo de sus vidas, escudriñaban mis ojos con su mirada. Nunca me sentí más vulnerable. Ni cuando entrevisté a los sobrevivientes de la masacre de Acteal en Chiapas, ni cuando preparaba un reportaje sobre una niña asesinada en Ciudad Juárez. Aquí las víctimas, criaturas a ratos dulces y a ratos rabiosas, huían de sus propios recuerdos, arrojándolos como dardos venenosos. A ratos yo sólo les narraba cuentos alegres, y ellas me interrumpían con escenas de terror pornográfico. Ser periodista adquirió más sentido que nunca; mi tarea consistía en ayudarles a contarlo todo. Ellas intentaban encontrar un significado a su tragedia infantil. La única manera de no perderse en la depresión profunda, o en el intento de suicidio (como ocurrió con una de las pequeñas), era seguir relatándolo todo, exorcizar sus miedos señalando a los culpables, repitiendo sus nombres; describiendo sus cuerpos, su sexo, su olor y el tono de su voz al negociar los precios de cada infante. Una mañana de abril de 2004, una pequeña de once años me tomó de las manos y con el rostro desencajado inquirió: “¿Verdad que tú no vas a dejar que nos hagan más daño?”. La respuesta que le di cambió mi vida. Para aquella época me quedaba claro que se trataba no sólo de los delitos de un viejo vicioso, sino también de una verdadera red de poder. Intuía que la única manera de proteger lo que quedaba de estas niñas y niños de vida truncada era insistir en que las autoridades llevaran ante los tribunales y eventualmente a la cárcel a los culpables. Sabía que sería una cruzada larga y accidentada, y que incluso entrañaba el riesgo de perder la vida. Escribí entonces el libro que ayudaría que el líder de la red terminara en prisión. Ese mismo libro desató la furia de sus cómplices, y por ellos fui torturada por más de veinte horas, encarcelada y perseguida. Mi historia, que no es sino la extensión de la historia de las niñas victimizadas, es la misma que la de cientos de periodistas que todos los días padecen en el anonimato los golpes e ignominias de una sociedad violenta, injusta y arbitraria. Me salvé y mantuve la libertad, pero mi vida quedó indefectiblemente ligada a la de muchas de estas jovencitas a quienes admiro y quiero. De ellas aprendí lecciones de dignidad y resistencia. Ahora más que nunca comprendo la importancia del periodismo ético y comprometido, ese que no se queda mirando atrás la banderilla. Como un mantra, a lo largo de estos últimos años, me repetí la frase del maestro Eduardo Galeano: “El reto es atravesar las pruebas del dolor y la violencia con la ternura invicta”.

Lydia Cacho acaba de publicar Memorias de una infamia. www.lydiacacho.net


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