RESIDUOS URBANOS: CONTAMINACION INVOLUNTARIA

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La contaminación cotidiana es mucho más grave que la que en ocasiones asalta los medios. Desde productos descartables a bolsas de basura, un sinfín de elementos que nos rodean terminan debilitando cada día más el futuro del planeta. La producción de residuos se está convirtiendo en uno de los mayores problemas medioambientales. Todo indica que el ritmo en que se desarrollan nuestras vidas –con la necesidad de llevar una existencia más segura, confortable y saludable–, irremediablemente tendrá un coste, donde las sociedades industrializadas generaremos más basura que habrá que tratar y gestionar adecuadamente. Aquí, un estado de situación de lo que hemos provocado y algunas posibles soluciones.

Texto: Iván César Aleman / Fotos: AP / AFP

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Chatarra tecnológica. Los desperdicios de computadoras, baterías y celulares se convirtieron en un problema en los principales países desarrollados.

Sería difícil imaginar la vida sin una serie de elementos que nos resultan imprescindibles. Sin darnos cuenta, los utilizamos a diario sin saber de dónde provienen ni hacia dónde van. ¿Se ha detenido a pensar en el destino final de los residuos que todos los días llenan los cestos de basura o, en el peor de los casos, se arrojan al espacio público? Una vez bajo tierra, agua o mediante el fuego, se convierten en gas y contaminan el aire que respiramos. Existe una infinidad de productos descartables, es decir, de vida útil limitada: linternas, cámaras fotográficas, reproductores de música, electrodomésticos; envases plásticos y metálicos de diferente composición. Ninguno de ellos se desintegra en la puerta de nuestra casa, sino que se transforman en residuos urbanos, que se convierten en peligrosos por su mala manipulación y disposición final. La quema de residuos plásticos, por ejemplo, emana una serie de sustancias tóxicas y persistentes (dioxinas y furanos) en el ambiente que la Organización Mundial de la Salud catalogó como cancerígenos humanos. Al año, una familia tipo arroja una tonelada de basura, incluidos los residuos peligrosos que representan el 1% del total, algo así como 10 kilos anuales. Una rutina que esconde el proceso y, como consecuencia, fomenta que nadie se detenga a pensar antes de arrojar una pila doble AA en el suelo. Aunque este objeto pequeño, una fuente de energía ya extinguida, es suficiente para contaminar 167 mil litros de agua. Se estima que sólo en Nueva York se arrojan alrededor de 100 mil pilas al día a los residuos domiciliarios. Las latas representan otro de los grandes contaminantes del aire y el suelo. Fabricadas en hierro, zinc, hojalata y aluminio, aún se producen para un solo uso, es decir, sin prever un proceso de reciclado posterior. El aluminio, materia prima estrella en la producción de latas, está elaborado a partir de bauxita, un recurso no renovable que proviene del Amazonas, por lo que su extracción ya arrasó con miles de kilómetros de esta selva, y sigue haciéndolo a gran escala, en la medida en que una nueva lata de gaseosa se vende, se consume y se descarta en el cesto. Aunque los residuos urbanos no sólo son generados por los habitantes. Las industrias son todavía más riesgosas. Sin proyectos ecológicos, muchas plantas se deshacen del excedente de la producción, contaminando cientos de kilómetros por sus vertidos residuales. A estos desperdicios se los denomina desechos peligrosos y comprenden todos aquellos que por sus características corrosivas, reactivas, explosivas, tóxicas, infecciosas o inflamables representan un peligro para el medio ambiente o la salud. Debido a su alta peligrosidad y vida activa, los residuos nucleares o radioactivos son clasificados aparte, y requieren sí un tratamiento especial para su desecho.

En nuestro país, una solución para los residuos ya forma parte de las plataformas políticas y los discursos preelectorales. Ocurre que la basura no sólo es nociva, sino que genera negocios millonarios para todas aquellas empresas que la procesan, entierran o incineran. Las encargadas del transporte y tratamiento de la basura facturan anualmente alrededor de 60 mil millones y en este proceso están involucrados muchos Estados que se encargan de separar la basura y luego incinerarla o enterrarla.

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El reciclaje es una solución que avanza muy lenta. Pero requiere del compromiso y del esfuerzo de los consumidores.

La obtención de residuos peligrosos industriales es el resultado del uso intensivo de sustancias tóxicas y materiales peligrosos en los procesos productivos. La emisión de contaminantes al aire, de despojos en las aguas de descarga, y de residuos sólidos son manifestaciones variadas de esta misma raíz. Incluso, una vez acabada la vida útil de un producto, éste puede transformarse en un residuo peligroso debido a sus componentes. Uno de los residuos sólidos más comunes y peligrosos son los llamados Contaminantes Orgánicos Persistentes (POPs por sus siglas en inglés), compuestos químicos orgánicos tóxicos capaces de causar cáncer y afecciones al sistema endocrino; y que por sus propiedades físico químicas son de una gran persistencia en el medio ambiente. No respetan fronteras y pueden ser transportados a grandes distancias por las corrientes atmosféricas; como también biomagnificarse y bioacumularse en los tejidos grasos de organismos vivos, afectando las cadenas alimenticias en los ecosistemas. Si bien algunos países llevan la delantera en la implementación de procesos de separación, reciclaje o compactación de residuos, en muchos otros esta práctica ni siquiera se concibe. Los entes estatales surgen como los primeros responsables en la tarea de generar conciencia de que una sociedad limpia le brinda más tiempo de vida a todo el planeta. Algunos países ya comenzaron a implementar programas de difusión, como España. Mediante la campaña “Di no a tantas bolsas, lleva la tuya”, se entregaron sin costo alguno bolsas de fibras de algodón reutilizables, con el fin de reducir la cantidad de bolsas plásticas que anualmente de descartan, unos 100 billones de unidades. Un deshecho cotidiano que tiene como destino final los cursos de agua, y consecuencia, la muerte de muchas especies. En nuestro país, proyectos sobre qué hacer con los residuos ya forman parte de las plataformas políticas y los discursos preelectorales. Ocurre que la basura no sólo es nociva, sino que genera negocios millonarios para todas aquellas empresas que la procesan, entierran o incineran. Las encargadas del transporte y tratamiento de la basura facturan anualmente alrededor de 60 mil millones de dólares y en este proceso están involucrados muchos Estados que realizan la separación la basura (la orgánica de la inorgánica, y de allí la reciclable, según sus componentes), para luego incinerarla o enterrarla. Este proceso, conocido como relleno sanitario, produce gases que contaminan en aire y napas. Mientras que las plantas incineradoras –que también contaminan a través de los gases producto de la combustión–, eligen llamar “valorización energética” al proceso, ya que mediante la quema, además, producen energía. La otra variante, más sustentable aunque menos lucrativa, es el reciclaje. Si en lugar de incinerar se reciclara papel mezclado, se ahorraría 9 veces más energía. Incinerar plástico genera casi 3 veces más gases de efecto invernadero durante su ciclo de vida que reciclándolo. Reducir computadoras o cualquier producto electrónico, seleccionando lo que aún es útil, economizaría 1.700 veces la energía que se puede originar calcinando computadoras que han sido desechadas.

La producción de residuos aumentaba y no había qué hacer con ella. Este estado de emergencia llevó a que un funcionario como Jack Macy, Coordinador de reciclaje comercial del Departamento de Medio Ambiente de San Francisco, inicie la campaña Basura cero en California. El objetivo de este plan era reducir la producción de residuos y soslayar la incineración de los mismos, prescindiendo así de la contaminación del aire y el reciclaje; evitando la nueva producción de elementos peligrosos.

BASURA CERO

En los últimos 30 años, las naciones más industrializadas han respondido a la contaminación y envenenamiento de nuestro planeta de diversas maneras. En general, ignorando o tratando de ocultar el problema, buscando diluir y dispersar los contaminantes en el aire, el agua y el suelo para que sus efectos sean menos dañinos, y de este modo, “controlar” la contaminación y los residuos peligrosos mediante soluciones tecnológicas. Y fi nalmente resultan pocos los gobiernos que, presionados por la opinión pública, han comenzado a orientar su enfoque, para atacar el problema desde su origen, a través de la reducción y prevención de la contaminación y de la generación de residuos peligrosos. Varios años atrás, la basura industrial y la contaminación que de ella se desprende no quedaban en Estados Unidos ni tampoco era éste el terreno donde se procesaba o incineraba. El movimiento y comercio internacional de residuos peligrosos permitía a las empresas estadounidenses enviar sus residuos peligrosos a Asia, Africa y Latinoamérica, al verse benefi ciadas por precios más bajos y regulaciones ambientales menos estrictas. Esta situación motivó la denuncia internacional de grupos ambientalistas y la celebración de acuerdos regionales. Entre ellos, se acordó el Convenio de Basilea sobre el control de los movimientos transfronterizos de los desechos peligrosos y su eliminación, que prohibió a partir de 1998 que los países miembros de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (en su mayoría del hemisferio norte) exporten sus residuos peligrosos a países no miembros, incluyendo aquellos destinados al reciclaje. Este fue un momento de incertidumbre para las industrias y el gobierno estadounidense, debido a que la producción de residuos aumentaba y no había qué hacer con ella. A esto se sumaban las presiones del Tratado de Kioto para reducir al máximo la contaminación ambiental, no sólo por emanación de gases sino también de residuos sólidos, lo cual significaba el fin de la incineración por exceso de CO2. Este estado de emergencia llevó a que un funcionario como Jack Macy, Coordinador de Reciclaje Comercial del Departamento de Medio Ambiente de San Francisco, inicie la campaña Basura cero en California. El objetivo de este plan era reducir la producción de residuos y soslayar la incineración de los mismos, prescindiendo así de la contaminación del aire y el reciclaje; evitando la nueva producción de elementos peligrosos. Por cada tonelada de producto contaminante se utilizan 70 toneladas de recursos naturales. Esto se hace mediante el tratamiento integral de los residuos sólidos urbanos y supone una lógica: la cantidad de energía necesaria para fabricar productos a partir de materia prima virgen es mucho mayor que la energía que se necesita para fabricar esos productos a partir de materiales reciclados. Así, la cantidad de energía derrochada por no reciclar latas de aluminio y acero, papel, vidrio y plástico en Estados Unidos equivale a la producción anual de 15 centrales térmicas de tamaño mediano. Mientras que la reducción de las emisiones de los basurales deviene un tema fundamental, ya que el tratamiento de residuos orgánicos mediante biodigestores anaeróbicos o su separación para el compostaje, evitan la emanación de metano en los basurales, un gas tóxico muy peligroso para niños en la etapa de maduración pulmonar. El momento límite para frenar el derroche de los recursos naturales es muy difícil de determinar. Suena obvio, pero nunca está de más vislumbrar en la vida doméstica el destino de lo que consumimos, y derrochamos: ese momento previo a deshacernos de las cosas que ya estorban o consideramos inútiles puede ser fundamental para el futuro del planeta. El caso de los teléfonos celulares y sus baterías es ejemplar: en cada aparato está impreso el número telefónico al cual comunicarse cuando uno se quiere deshacer de él. Algo similar sucede con muchos de los nuevos gadgets que renuevan el mercado. Centros de almacenamiento de pilas abren cada año en más ciudades y en casi todas las esquinas hay cestos de basura de diferentes colores que indican dónde arrojar la basura correspondiente para su posterior reciclado. Está en cada uno contribuir para llenarlos.


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