RITA HAYWORTH: LA PELIRROJA QUE QUERIA VIVIR

0

 

Bailarina eximia, intérprete de carácter y bella sin fronteras. Así era Rita Hayworth, la estrella que sobrevivió a los caprichos de Hollywood, fue abofeteada en Gilda y cayó abatida por el Alzheimer. Una mujer sencilla que se transformó en sex symbol y buscó la felicidad en cinco maridos, tuvo dos hijas y les puso sal y pimienta a sus heroínas del cine. La malvada más deseada, la primera actriz princesa y un striptease de guantes que dio la vuelta al mundo.

 

Texto: Raúl García Luna / Fotos: David M. Davenport / Michael Pillon / Alan Grady / Ken Wilson / Tony Cohn / Jon Adams / Lars Willott

Hay en Gilda una escena en la que Rita Hayworth se desnuda… sin desvestirse. No, no es la de la célebre bofetada que le propina Glenn Ford. Es ésta: despacio, muy despacio, ella se acerca a cámara con su ritmo sensual, su aérea cabellera roja y sus guantes de satén negros, y se los va quitando muy lentamente frente a nosotros, para nosotros, como una prodigiosa stripper que supiera que no necesita más que eso para erotizar a la platea. La magia del cine, el instinto de Rita, y una escena que provocó un insólito escándalo, sobre todo en países católicos como España, donde la iglesia de esos tiempos (corría el año 1946) consideró “gravemente peligroso su osado striptease de brazo”. Otra anécdota para el asombro: en Gilda, antes de la bofetada de Ford, fue ella la que lo abofeteó a él… rompiéndole dos dientes durante la filmación, sin maldad, por pura vehemencia actoral.

Después de esto, Rita se convertiría en el símbolo sexual hollywoodense más popular de los años 40 y 50. Tanto, que la bomba atómica ensayada por Estados Unidos en las islas Bikini llevaría su imagen impresa en la carcasa metálica, y ella sería la actriz más convocada para animar a las tropas enviadas a la guerra de Corea. Tanto, que la llamaron “la gran diosa del sueño americano”. Y bien, ¿pero de dónde provenían semejante carisma y tamaña glorificación? La respuesta está en su vida previa, cuando aún se llamaba Margarita Carmen Cansino y, desde muy niña, bailaba junto a sus padres en los modestos teatros de variedades de México.

Diosa del sueño americano

En el set

Insuperable. Hija de un español y una irlandesa, Rita tenía una belleza única que cautivó a la industria cinematográfica.

Nacida en Brooklyn, Nueva York, el 17 de octubre de 1918, su padre, Eduardo Cansino, era un bailarín natural de Castilleja de la Cuesta, Sevilla, que había emigrado de España en 1913, y su madre fue la showgirl irlandesa Volga Haworth (sin la “y”), de quien más adelante Rita aceptaría tomar su apellido artístico. Dos etnias de sangre caliente, templadas en la intrépida procura del pan y el aplauso diarios. Bohemios fuertes, en fin.

“Desde que pude mantenerme en pie con tres años, recibí clases de baile. No me gustaba, pero no tenía el valor de decírselo a mi padre. Ensayar, ensayar y ensayar. Así fue mi infancia”, explicó Hayworth. The Dancing Cansino’s se llamaba la troupe ambulante liderada por su padre. Y allí, en 1933, a los 15 años, la descubrió un cazatalentos de la flamante 20th Century Fox. Esa teenager de cabello negro y rasgos latinos bailaba endemoniadamente bien, y una gracia muy especial la destacaba del conjunto: su rostro parecía nacido para las cámaras. Pero en Hollywood, a los directores de la Fox les pareció que estaba muy gorda, y que su frente era demasiado estrecha.

“A los 15 años, la descubrió un cazatalentos de la flamante 20th Century Fox.”

 

De ahí que la obligaran a adelgazar por medio de un magro régimen que no reparaba en todo tipo de alcohol que, como buena hija de irlandesa, ella ingería, y a soportar una dolorosa depilación electrolítica que al fin ensanchó su frente. Y sólo luego la hicieron debutar en papeles más bien secundarios, empezando por breves apariciones en Cruz diablo (1934), Dante´s Inferno (1935), con Spencer Tracy, y otras olvidables películas clase B.

Su anonimato terminó cuando la eligieron para hacer de Ramona en lugar de Loretta Young, y no obstante la Fox resolvió despedirla en apenas dos años. ¿Por qué? Su rostro era bello, aunque no daba la apariencia angloamericana que se buscaba por los años 30.

Nace la pelirroja de Gilda

Todo parecía perdido. Sin embargo, conoció al productor Edward Hudson, quien la introdujo en la Columbia Pictures, donde la contrataron por siete años, y le propuso matrimonio. Aún era Margarita Cansino, pero ya le decían Rita, y tras teñirle el cabello de color rojizo, sus asesores refinaron su silueta con otra dieta que tampoco controlaba su ingesta de alcohol. Y, sobre todo, lograron convencerla de anglofonizar su apellido, apelando al de su madre (con “y” intermedia).

Ahora sí, estaba lista para dar el gran salto a la fama: una de las mujeres más bellas del cine en éxitos de taquilla como Only Angels Have Wings (1939), con Cary Grant; más tres de 1941: The Strawberry Blonde, You’ll Never Get Rich, con Fred Astaire, y Blood and Sand, con Tyrone Power. Y bien, para no enumerar sus más de veinte roles protagónicos, hay que decir que sus compañeros fueron siempre de primer nivel: desde James Cagney hasta Fred Astaire, pasando por Victor Mature, Frank Sinatra, Gene Kelly, Robert Mitchum, Jack Lemmon y otros cotizados galanes del momento.

“La iglesia española (corría el año 1946) consideró ‘gravemente peligroso su osado striptease de brazo’.”

 

Espectacular evolución que culminó con Gilda, que en todos los cines del planeta hizo de Rita Hayworth un oscuro objeto del deseo masculino, sobre todo cuando entonaba esos sensuales canciones de jazz que, a decir verdad, no cantaba ella sino una vocalista profesional: Anita Ellis. Ya por ese entonces (1946 en adelante), ella misma admitía ser “un producto de Hollywood” y, a su pesar, agregaba: “Los hombres se enamoran de Gilda y se acuestan con Gilda, y al día siguiente se despiertan conmigo”. Se refería, claro está, a su vida sentimental, generosa en romances, bodas y rupturas según lapsos matemáticamente breves.

Ejemplo: sobre sus cinco maridos, con cada uno de los tres últimos convivió… tres años. Con el segundo, nada menos que el gran Orson Welles, se casó en 1943 y, juntos, no sólo engendraron a su hija Rebecca, sino que a fines de 1947, mientras se estaban divorciando, dieron a luz a su mayor vástago artístico: The Lady from Shanghai, obra maestra de un Welles que no sólo había recortado la célebre melena roja de su segunda esposa, sino que también la había teñido de rubio platino. Una audacia que fue abucheada por millones, los fans de Rita, y aplaudida por miles, los fans de Orson.

Icono de belleza

El American Film Institute considera a Rita la 19ª en la lista de las 50 estrellas de cine más grandes de todos los tiempos.

Rita & Orson, el amor

El príncipe Alí Khan fue un desvío lunar para Rita: con él, imposible actuar. Su destino solar fue Orson Welles: con él, la síntesis vida-arte era un hecho. Parecía su gemelo astral, en casi todo. Marcado por la temprana muerte de su madre, Orson escribía teatro a los 15 años y viajaba a Irlanda en busca de escenarios. En 1933, se afincó en España y luego debutó como intérprete en Nueva York. Brilló con una audaz adaptación de Macbeth con actores negros. En 1938, adaptó y difundió por radio War of the Worlds, de H. G. Welles. Provocó una ola de pánico y hasta suicidios de oyentes que creyeron que los marcianos realmente estaban invadiendo la Tierra. Rita lo escuchó temblando, y retuvo su nombre. Después vio Citizen Kane, y lo ansió en secreto. Orson no había cumplido los 30 años y ya era un genio transgresor. La vio en Gilda y se abalanzó sobre ella. Divorcios, escandalosa boda, una hija y The Lady from Shanghai: cuatro éxitos y dos grandes estrellas en la cumbre de su existencia. Tenían los mismos gustos (beber, viajar) y los mismos amores (Irlanda, España). Pero también Orson la manipuló, le cambió la imagen como antes lo habían hecho en la Fox y la Columbia. Y pronto llegó el choque de temperamentos, la incompatibilidad emocional, la asfixia de Rita. Luego, él se casaría por tercera vez, y ella lo haría con Alí Khan y dos hombres más en los que jamás reencontraría la clave de la felicidad integral que creyó haber descubierto en Orson. Fueron, mutuamente, el gran amor de sus vidas.

 

 

La primera actriz princesa

El director Charles Vidor intentó repetir en 1948 el boom de Gilda, otra vez con Rita y Glenn Ford, al rodar The Loves of Carmen, pero no logró su objetivo debido a la mediocre adaptación del libro original. Ese año Rita comenzó a relacionarse con el príncipe Alí Khan, un multimillonario árabe con quien terminaría casándose en 1949 y quien sería el padre de su segunda hija, Yasmin. Durante el trienio que duró el matrimonio, Rita se mantuvo alejada del cine, al que regresó tras divorciarse en 1951.

La prensa sugirió que sólo así ella habría podido retomar su oficio, dado el fuerte control social y moral que sobre la mujer ejercía el varón no occidental. Posible hipótesis aunque nunca confirmada. Además, se publicó que tal vez ella misma se habría concedido ese prolongado descanso, acaso intentando llevar una vida más tranquila lejos de los sets y el estrellato. Poco verosímil, dado su carácter expansivo y no tímido, como (mal) sugieren algunos de sus biógrafos que, fuera de este furcio, no se equivocan al considerarla “la primera actriz en ser princesa” antes que Grace Kelly de Mónaco.

“Gilda hizo de Rita Hayworth un oscuro objeto del deseo masculino.”

 

No obstante, siempre es difícil volver. Retornó de la mano de Glenn Ford en Affair in Trinidad (1952), y tras Miss Sadie Thompson y el suceso de Salome (ambas de 1953), reincidió en la inactividad y en el matrimonio, por cuarta vez, con el cantante Dick Haymes. Otro trienio, otro divorcio, y otro intento: su quinto y último esposo fue el poderoso productor James Hill, de 1958 a 1960. Metafóricamente podría decirse que Rita ya había celebrado, aún sin saberlo a ciencia cierta, sus bodas de sangre con un amante cruel y despótico, que desde sus entrañas o su cerebro se empeñaba en nublarle la memoria. Aunque este ignoto “marido” sí que le duraría: dos arduas décadas, hasta llegar a conocerlo, muy tardíamente, sin remedio alguno ya.

Curiosamente, su siguiente trabajo se tituló Fire Down Below (1957). Después haría Pal Joey, junto a Frank Sinatra y Kim Novak, y otras películas con las que cerraría los años 50 para abrirse a los dorados 60, e incluso a los plúmbeos 70. En esos nuevos raros tiempos, su carrera actoral se tornó errática y el alcohol no le sirvió de paliativo para eso que ella creía simplemente cansancio, una molestia pasajera que debía superar para seguir adelante. Porque si con algo ya Rita no fantaseaba más era con casarse para dejar de trabajar.

Ese alemán de feo apellido

La descubrio un cazatalentos

La dama de los divorcios. Se casó cinco veces, pero sólo amó a un hombre: Orson Welles (con quien tuvo una hija, Rebecca).

De manera que se entregó con alma y vida a rodajes de escaso valor, tipo The Money Trap (1966), otra vez con el gentil Glenn Ford, o The Wrath of God (1972), un western protagonizado por el recio Robert Mitchum. Era el fin de toda una época. Vietnam ardía, los Beatles arrasaban, los íconos del viejo Hollywood se extinguían, el mundo era de los jóvenes, y ellos estaban en punzante rebeldía contra lo anticuado o impuesto.

Y Rita se enfrentaba a una cruda verdad que jamás le habían diagnosticado. Claro, por eso se olvidaba de todo. No era por el alcohol, como decían los periodistas. Los médicos se lo explicaron a la joven Yasmin: “Su madre padece una enfermedad que deteriora las células nerviosas de su cerebro, le roba su memoria adulta y su capacidad emotiva y orgánica, y la envejece muy prematuramente”. Alzheimer, le indicaron, y que en adelante “la gran diosa del sueño americano” sería como una niña. Recién arrancando 1972, Rita tenía apenas 54 años y Yasmin la lloraba con sus ojos árabes, para cuidarla luego durante quince interminables años, a puertas cerradas, en su piso del Central Park West de Manhattan. Ningún reportero volvió a entrar allí hasta el 14 de mayo de 1987, cuando Rita expiró, a los 68 años.

“En esos nuevos raros tiempos, su carrera actoral se tornó errática y el alcohol no le sirvió de paliativo.”

 

Se dijo que el cóctel Margarita fue llamado así en su honor, cuando aún no era “la” Hayworth. Que era una buena madre lo aseguró Yasmin, quien dedicaría el resto de su vida a recaudar fondos para combatir el Alzheimer. Que fue su mejor compañera de trabajo lo afirmó el abofeteador (y abofeteado) Glenn Ford, fallecido a los 90 años, en agosto de 2006. Que no era una estrella enigmática como Ava Gardner, ni frontalmente erótica como Marilyn Monroe, eso es muy evidente.

Los que saben, insisten en que su sensualidad provenía de la mezcla de dos factores inéditos: una belleza al alcance de los públicos más simples y una picante rebeldía que le permitió hacer de “malvada” sin temor a hacerse odiar. Tanto, que el gran escritor argentino Manuel Puig, tras publicar una de sus más celebradas novelas, La traición de Rita Hayworth, lo explicó de esta manera: “En Blood and Sand, Rita prueba ser hermosa, la más hermosa tal vez pero también pérfida, y ahí comienza el drama que va del sueño a la realidad”. Luego, añadió: “Una danza suya expresaba la alegría de tener un cuerpo, el triunfo de la vida sobre la muerte, de la sexualidad vivida sin culpa y libre de siglos de represión”. Más sencillo, cuando Rita se nos fue, un poeta escribió: “Se sacó los guantes y morí de amor”.

 

 

 


Compartir.

Dejar un Comentario