RUSIA: NO LLORA POR EL PORTAZO DEL G8

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El G-8, el grupo de las naciones más industrializadas del mundo, se transformó otra vez en G-7 tras romper con Rusia, que era el último miembro de ese club de los ricos. La razón fue la decisión del Kremlin de anexionarse la valiosa península de Crimea en Ucrania. La coalición, que es el soporte más consistente del más amplio G-20 que componen países en desarrollo, entre ellos Brasil, China, India y Argentina, advirtió que está dispuesto a aprobar sanciones conjuntas contra la ex nación soviética.

Texto: Thalif Deen / Fotos: Mikhail Salie / Stanislav Kolesnikov

Cuando las potencias occidentales, lideradas por Estados Unidos, decidieron expulsar a Rusia del Grupo de los Ocho (G-8) países más industrializados, se propusieron “aislar” al presidente Vladímir Putin por haberse “anexado” a Crimea. “¿Qué es lo que sigue? ¿Expulsar a Rusia de las Naciones Unidas y del Grupo de los 20 (G-20)?”, preguntó en tono de broma un diplomático asiático en los corredores de la sede del foro mundial, insinuando que sólo podría ser una fantasía política de Occidente.

La expulsión de Rusia del G-8 no tuvo mayores trámites, pues fue una decisión de los demás miembros del selecto club: Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Italia y Japón, con el apoyo de la Unión Europea (UE) como bloque. Pero el G-20 es una coalición integrada tanto por naciones del norte industrializado como del sur en desarrollo, y en la que tienen gran peso las potencias económicas emergentes del BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica).

 

“La expulsión de Rusia del G-8 no tuvo mayores trámites, pues fue una decisión de los demás miembros del selecto club.”

Australia habría advertido a Rusia que podría ser excluida de la próxima cumbre del G-20 prevista para noviembre en Brisbane, en ese país. Pero eso es más fácil de decir que de hacer. Reunidos en forma paralela a la Cumbre de Seguridad Nuclear realizada en La Haya el 24 y el 25 de marzo, los cancilleres del BRICS respondieron a la amenaza australiana. En una declaración divulgada durante la cumbre, los ministros dijeron que “la custodia del G-20 pertenece a todos los estados miembro por igual, y ningún estado puede determinar unilateralmente su naturaleza y su carácter”.

El G-20 agrupa a Alemania, Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, Canadá, China, Corea del Sur, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, India, Indonesia, Italia, Japón, México, Rusia, Sudáfrica, Turquía y la UE. Cuenta además con algunos invitados fijos. Cuando se votó el 28 de marzo en la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas una resolución implícitamente crítica a la actitud de Rusia frente a la crisis en Ucrania, los cuatro socios de Moscú en el BRICS se abstuvieron, junto a otros 54. La resolución finalmente obtuvo 100 votos a favor, 11 en contra y 58 abstenciones.

Chakravarthi Raghavan, editor emérito del South-North Development Monitor, con sede en Ginebra, relativizó el impacto del G-8 y del G-20: “En el mejor de los casos, son agrupaciones informales autoconformadas sin ninguna legitimidad, con meros ejercicios anuales costosos donde ocasionalmente se producen reuniones paralelas de alguna utilidad”. Explicó además que el G-8 nació (en realidad como G-7, sin Rusia) para atender problemas económicos comunes y afrontar la crisis del petróleo de 1973, cuando los países árabes se negaron a exportar el crudo a las naciones que habían apoyado a Israel en la guerra de Yom Kippur.

 

Kazajistán en la órbita rusa

Texto: Joanna Lillis

La crisis de Crimea está ejerciendo presión sobre la tradicional política exterior de Kazajistán, que ha buscado equilibrar los intereses contrapuestos de Rusia, China y Estados Unidos en Asia Central. Muchos en este país temen que el forzado respaldo del presidente Nursultán Nazarbáyev a la anexión rusa de Crimea le puede estar abriendo sus propios problemas separatistas. En la Cumbre sobre Seguridad Nuclear en La Haya, Nazarbáyev saltó la valla diplomática al ofrecer su firme apoyo al líder de Rusia, Vladímir Putin.

Nazarbáyev culpó a las nuevas autoridades de Ucrania de precipitar la crisis, al alegar que en Kiev se había perpetrado “un golpe de Estado”. También señaló que en Ucrania había “discriminación de las minorías”, brindando así una fachada diplomática a la posición de Rusia. Funcionarios ucranianos furiosos calificaron de “inaceptables” los comentarios de Nazarbáyev. Un representante del Ministerio de Relaciones Exteriores de Kazajistán se apresuró a replicar que la reacción ucraniana estuvo “dictada por las emociones y no por el sentido común”.

La crisis está generando considerable presión sobre el enfoque exterior de Nazarbáyev, que se asienta en mantener buenas relaciones con todas las potencias. Esa política y la abundancia de recursos naturales elevaron el perfil internacional de Kazajistán en la era posterior a la Unión Soviética. Sin embargo, las recientes declaraciones de Nazarbáyev están conduciendo al país hacia “un callejón sin salida” diplomático, señaló el líder de la oposición, Amirzhán Kosanov. “Kazajistán perdió su independencia para evaluar los acontecimientos mundiales y, deliberadamente o no, se está volviendo rehén de la política exterior del Kremlin”, dijo Kosanov.

La posición prorrusa de Kazajistán está causando una consternación interna generalizada. Los críticos se inquietan ante el peligro de que la doctrina de Putin de intervenir para proteger a los rusos de Crimea pueda terminar aplicándose a Kazajistán, aunque en circunstancias actualmente inimaginables, pues Astaná y Moscú son aliados y los derechos de los rusohablantes, aglutinados en el norte del país, están garantizados.

Pero las similitudes entre Kazajistán y Ucrania son notables: ambos son Estados que fueron soviéticos, que comparten extensas fronteras con Rusia y que son hogar de importantes minorías de origen ruso (el 22% de la población en el caso kazajo). “La posición de Kazajistán está dictada no tanto por el credo como por el temor. Los hechos de Crimea son un escenario posible para Kazajistán también”, remarcó el analista Aidos Sarym, radicado en Almaty.

Títulos sensacionalistas en toda la prensa kazaja ilustran las aprensiones reinantes. “¿Kazajistán está amenazado de ocupación para mañana?”, bramó el Assandi Times. “¿Kazajistán es arrastrado hacia una guerra ajena?”, se preguntó la revista Adam Bol. “Al apoyar la anexión de Crimea, Akorda (la administración presidencial) está alentando posibles sentimientos separatistas dentro del país”, dijo Kosanov.

Dosym Satpayev, director del Grupo de Evaluación de Riesgos con sede en Almaty, cree que el respaldo de Nazarbáyev a Rusia en detrimento de Ucrania puede representar lo que ve como el menor de dos males. Para el presidente de 73 años, que lleva más de dos décadas en el poder, el temor al disenso interno supera toda preocupación por “posibles inclinaciones separatistas dentro de Kazajistán. Eso significa que los temores de revoluciones y golpes de Estado resultan mayores para la dirigencia de Kazajistán que la amenaza de separatismo”, opinó Satpayev.

Sin inmutarse por la posición pro-Kremlin de Nazarbáyev, gobernantes occidentales, como el presidente estadounidense Barack Obama, el primer ministro británico David Cameron y el presidente francés François Hollande, hicieron fila para reunirse con él en La Haya. Esto sugiere que Kazajistán todavía tiene mucho espacio para volteretas diplomáticas que lo devuelvan a su tradicional política exterior. Además de tener la mira puesta en las reservas kazajas de petróleo y gas, los dirigentes de las potencias occidentales pueden estar esperando que, tras bambalinas, el veterano Nazarbáyev consiga ejercer alguna influencia apaciguadora sobre el irascible Putin.

Pero pronto quedó claro que el proceso dentro de la agrupación no era efectivo, y el objetivo inicial de estimular un franco y espontáneo intercambio de ideas entre sus líderes había fracasado. “La propia burocracia y los ministerios de los gobiernos no querían que el proceso avanzara”, alegó Raghavan, veterano periodista, ex editor en jefe de Press Trust of India y quien ha cubierto temas de la ONU durante varias décadas para la agencia IPS, en Nueva York y en Ginebra.

Ahora bien, en vez de suspender sus encuentros anuales, los líderes del grupo continuaron reuniéndose, aún cuando perdieron su enfoque original en la economía y pese a que los resultados de esas cumbres siempre estaban decididos de antemano. El entonces G-7 poco a poco comenzó a pronunciarse sobre todo tipo de temas, pero ninguno de sus líderes aseguraba que las decisiones fueran cumplidas en sus propios países.

Putin y Obama

La inclinación de Ucrania hacia Occidente dio más significación política a los planes de Putin para la Unión Euroasiática.

Vijay Prashad, autor del libro The Poorer Nations: A Possible History of the Global South (Las naciones más pobres: una posible historia del sur global), advirtió que el proceso que ha regido a la agrupación desde 1998, cuando se sumó Rusia, ha sido tan opaco como el que llevó a la virtual expulsión de Moscú. El G-7 nació en 1974 “para asegurar que la crisis económica mundial no sea vista como una crisis del sistema democrático o capitalista. La crisis debía ser vista como un shock momentáneo, no como un desafío sistemático. La nueva dispensación neoliberal, tras el colapso de la Unión Soviética, permitió el ingreso de Rusia, a quien se le prometió que la Organización del Tratado del Atlántico Norte no avanzaría más allá de la frontera alemana”, explicó Prashad, de la American University de Beirut.

En tanto, Raghavan indicó que el G-20 se pronuncia sobre una amplia gama de temas políticos, económicos y de otras arenas, aunque cada vez con menos efecto, como cuando ha llamado sin éxito a concluir la ronda de negociaciones de la Organización Mundial del Comercio. “Algunas de sus posturas sobre la situación financiera mundial se diluyeron y no se tradujeron en decisiones o normas debido a la fuerte presión de los grandes grupos financieros de Nueva York y Londres”, expresó el analista, autor del libro Third World in the Third Millennium (El tercer mundo en el tercer milenio).

Los expertos consideraron poco probable una expulsión de Rusia del G-20. Y en caso de que se produzca, tendrá limitadas consecuencias.

 

 

 


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