SALAR DE UYUNI: UN DESIERTO BLANCO A 4.000 METROS DE ALTURA

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Trepado en los picos más altos de Bolivia, se esconde el mayor salar del mundo. Un depósito con 64.000 millones de toneladas de sal, que sorprende al visitante como un escenario atrapante, enigmático y casi fantasmal. Un recorrido de tres días le permite al periodista observar un hotel de sal, una reserva natural o una serie de lagunas pobladas de flamencos rosados junto a sulfurosos volcanes, a casi 5.000 metros sobre el nivel del mar.

Texto: Miguel Angel Vargas Saldías / Fotos: Banco de imágenes del Viceministerio de Turismo boliviano, gentileza de la Embajada de Bolivia

La extraccion de sal en el Salar de Uyuni

La extracción de sal es una de las principales actividades de los pobladores.

Un desierto de leche salada? Cuenta la leyenda que las montañas Tunupa y Mururata, hijos de la Pachamama –la sagrada madre tierra– eran dos hermanos que convivían felices. Un día, los celos se apoderaron del corazón de Mururata, quien vio con desdén la alegría que irradiaba su hermano, quien disfrutaba de la belleza y los dones de la naturaleza. Empujado por sus áridos sentimientos, Mururata desafió en una pelea a Tunupa, quien armado de una honda logró arrancar la cabeza de su agresor, transformándola en el cerro Sajama. El arrepentimiento de Tunupa fue muy grande, pues amaba a su hermano. Por eso su madre, la Pachamama, lo convirtió en un volcán y dejó fluir su leche mientras lloraba, formándose un mar blanco de sal. Las leyendas difieren en el imaginario de las poblaciones que rodean los 12.000 kilómetros cuadrados de planicie. El Salar de Uyuni –ubicado en el departamento de Potosí, al suroeste de Bolivia– es el más grande del mundo. Está formado por 11 capas con espesores que varían entre los 2 y 10 metros. La costra superficial tiene un espesor de unos 10 metros, por lo cual se estima que la cantidad de sal que existe en este depósito es de unos 64.000 millones de toneladas, cantidad que cada año vuelve a nutrirse con el favor de las lluvias. La región cuenta con una de las mayores reservas de litio del planeta e importantes cantidades de potasio, boro y magnesio. Sin embargo, es el turismo el que alimenta a toda esta región. Llegando a Uyuni Los 3.700 metros de altura golpean los pulmones al llegar de madrugada hasta la población de Uyuni. Después de siete horas en tren desde Oruro hasta la estación de Uyuni, el viento y el frío obligan a los viajeros a buscar asilo en alguno de los bares y restaurantes que ofrecen el calor de chimeneas hambrientas de leña. Por las calles solitarias apenas pasean remolinos de polvo que recolectan las  bolsas plásticas abandonadas en el piso. Los primeros rayos del sol empujan al viajero a desayunar y atrapar calor. El cielo azul se despeja por completo y permite que el sol castigue los rostros de los visitantes. Es importante usar bloqueador solar y gafas oscuras pues la sal, como la nieve, puede causar daños en la vista con su fulgor blanquecino. Un par de horas separan a Uyuni del salar. En el camino, los primeros rastros minerales aparecen en la tierra. El paisaje altiplánico se torna árido y se pinta en tonos ocre hasta que, de pronto, un inmenso mar blanco se traga la camioneta 4×4 que nos transporta. “Este es el mejor lugar que conozco para aprender a conducir”, sostiene el chofer. Kilómetros de planicie sin obstáculos. El camino comienza atravesando la región de Colchani, donde están los trabajadores de la sal. Atrincherados con lentes para sol, pasamontañas y guantes, obtienen la sal y la apilan en pequeños montículos para su industrialización. Otros pican bloques que luego son transportados en camiones hasta la planta más cercana.

Océano de sal

Un hotel completamente hecho de sal en el Salar

Un hotel completamente hecho de sal invita a los turistas a pasar la noche

Una hora después, el vehículo parece navegar en un océano de leche; pero al bajar, la impresión es aún mayor. La inmensidad del paisaje marca fronteras sólo con lejanas montañas; el Tunupa y el Mururata, entre ellos. Uno de los visitantes propone un reto. “Este lugar es sagrado. Busquen un sitio lejos de la camioneta y desde ahí den 100 pasos con los ojos cerrados. No hay obstáculos, pueden extender los brazos y sentir el viento. Es la sensación de libertad”. Está en lo cierto. No importa el número de pasos, pareciera que no se ha movido un pie desde el punto de partida. En el camino se observa también el Hotel de Sal, que está construido en su integridad con este material. Bajo el techo de paja brava, sillas, camas, mesas y muros de sal sirven de mobiliario para los turistas. Existen varias construcciones similares en los alrededores. La travesía continúa. En medio camino surge la Isla Pescado, a 10 horas de Colchani. Se trata de una isla de tierra que tiene un peculiar ecosistema que sobrevive en medio del mar salino. Allí se puede hallar una variedad de cactus gigantes que superan los ocho metros y que se alimentan sólo con las lluvias. Es un oasis verde en medio del desierto blanco. En la época de lluvias –de diciembre a mayo–, la superficie del salar se torna blanda y fangosa y los carros pueden quedar atascados. Para mayor seguridad se ha levantado una plataforma que es transitable todo el año. Cuando algún conductor pierde esa huella corre el riesgo de perderse y tener que pasar la noche allí en espera de auxilio; experiencia desagradable si no se está preparado para temperaturas de entre 10 y 15 grados centígrados bajo cero. Cuando se está preparado, la noche en la zona destila una belleza sin par. Las linternas son innecesarias cuando hay luna llena, pues su reflejo cambia el panorama, perdiéndose los cerros en el horizonte para dar paso al cielo estrellado. Y el amanecer ofrece una gama de colores que confunden el cielo y el suelo en un único telón que cautiva al más insensible.

Los flamencos en laguna Colorada.

En medio camino surge la Isla Pescado, a 10 horas de Colchani. Se trata de una isla de tierra que tiene un peculiar ecosistema que sobrevive en medio del mar salino. Allí se puede hallar una variedad de cactus gigantes que superan los ocho metros y que se alimentan sólo con las lluvias. Es un oasis verde en medio del desierto blanco.

El Parque Abaroa

Una extraña formacion de fosiles.

Una extraña formación de fósiles da la apariencia de árbol.

Con el encanto del salar aún en la retina, el camino sigue en busca de nuevos paisajes. Trepada a más de 4.000 metros de altura, la ruta va extraviando vegetación. La cima del volcán Ollagüe empieza a botar vapores sulfurosos hasta llegar a la primera laguna poblada por rosados flamencos: Cañapa. El azul espejado está resguardado por una orilla blanca de sal donde las aves se alimentan de algas. El viento y la sensación de soledad son intensos. Tan lejos de la civilización, las vistas se antojan extraterrestres. Cuatro lagunas más se suman a este recorrido, cada una con determinadas particularidades, como la Laguna Hedionda que ataca con olores sulfurosos a quienes pasan por ahí. La Pampa Siloli muestra más allá un grupo de rocas que resisten los remolinos de arena que carcome en este desierto. El viento y la erosión han formado esculturas fantásticas que asemejan a animales o a un árbol de piedra.  El frío se intensifica al llegar al corazón del Parque Nacional Eduardo Abaroa, que regala un mirador de la imponente Laguna Colorada. Con una superficie de 40 kilómetros cuadrados, la laguna se caracteriza por la intensidad del color rojo de sus aguas, provocado por las algas que alimentan a las tres especies de flamencos o parinas que la habitan. Sobre sus aguas también flotan estelas de bórax blanco como si fueran trozos de hielo. Los cambios de luz y las temperaturas que llegan hasta los 20 grados centígrados bajo cero provocan cambios de tonalidades. La zona también está poblada por vizcachas (especie de liebre de cola larga), patos y zorros andinos. A esta altura del viaje el frío es demasiado intenso. Lo más recomendable es refugiarse en un albergue y tomar bebidas calientes para mimar a los huesos.

5.000 metros de altura

La Isla, Salar de Uyuni

La Isla, un oasis verde en medio del mar blanco.

Al día siguiente, el camino dirige la mirada al punto más alto del recorrido, el géiser Sol de mañana, que bota vapores a 4.963 metros de altura. Los solfatares, ojos de fango que borbotean un nauseabundo vapor sulfuroso, forman un campo de peculiar aspecto. Sol de mañana expulsa vapores blancos rodeado de cráteres de aspecto lunar. Continuando el camino que se dirige a Chile, aparece otro gran salar extendido entre las montañas. Es el Salar de Chalviri, que está acompañado por una laguna poblada también por flamencos. En la orilla, las aguas termales atraen a los turistas y más de un  turista valiente puede vestir al fin su traje de baño y se sumerge en estas lagunillas. El paisaje continúa con desiertos de arena y cerros de colores encontrados. Siguiendo el camino, unas piedras gigantes se levantan entre la arena. Aseguran que, hace mucho tiempo, la erupción de un volcán las ha lanzado hasta allí, por lo que ahora se asemejan a esculturas surrealistas. Por eso, la región es conocida como Campos de Salvador Dalí.

El frío se intensifica al llegar al corazón del Parque Nacional Eduardo Abaroa, que regala un mirador de la imponente Laguna Colorada. Con una superficie de 40 kilómetros cuadrados, la laguna se caracteriza por la intensidad del color rojo de sus aguas, provocado por las algas que alimentan a las tres especies de flamencos o parinas que la habitan. Sobre sus aguas también flotan estelas de bórax blanco como si fueran trozos de hielo.

Los turistas descansan junto al hotel de sal

Los turistas descansan junto al hotel de sal.

Falta poco para terminar los tres días de travesía. El camino deriva hasta el volcán Aguas Calientes y continúa regalando diversas texturas. Casi una hora más tarde, el cansancio es premiado con la visión de la Laguna Verde, cuyo color esmeralda rodeado de un cinturón de sal deja ver de fondo al volcán Licancabur, ya en la frontera con Chile. Sólo resta cruzar los límites de Bolivia para llegar a la población chilena de Atacama, donde la altura baja hasta los 2.500 metros sobre el nivel del mar. Si bien San Pedro de Atacama ofrece servicios limitados, significa un regreso de los viajeros a la civilización. Sin embargo, el misterio del océano de sal aún permanece en la fibra de los visitantes.


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