SALMAN RUSHDIE: DOS AÑOS, OCHO MESES Y VEINTIOCHO NOCHES

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En su nueva novela, Dos años, ocho meses y veintiocho noches, Salman Rushdie ha escrito una obra maestra, un cuento moderno sobre los grandes conflictos de la humanidad y un testimonio atemporal del poder de las historias. Después de deslumbrar a millones de lectores con Los versos satánicos e Hijos de la medianoche, Rushdie regresa con una brillante novela que confirma su lugar privilegiado en el altar de la literatura universal. Aquí las primeras páginas.

Texto: Salman Rushdie / Foto: Gentileza Editorial Seix Barral

Salman Rushdie

Salman Rushdie

Aunque se ha escrito mucho de ellos, se sabe muy poco de la verdadera naturaleza de los yinn, esas criaturas hechas de fuego sin humo. La cuestión de si son buenos o malos, diabólicos o benévolos, es objeto de acalorada disputa. Hay bastante consenso sobre las siguientes cualidades: que son caprichosos, extravagantes y juguetones, y que pueden moverse a gran velocidad, alterar su tamaño y forma y conceder gran número de deseos a los hombres y mujeres mortales si les place, o bien si se los obliga por la fuerza; y también que su noción del tiempo es radicalmente distinta a la de los seres humanos. No hay que confundirlos con ángeles, si bien hay historias antiguas que afirman erróneamente que el diablo en persona, el ángel caído Lucifer, hijo del alba, fue el más grande de los yinn. Durante mucho tiempo también hubo controversia acerca de dónde tenían sus moradas. Algunas historias antiguas decían, falsamente, que los yinn vivían entre nosotros, aquí en la Tierra, el llamado “mundo inferior”, en los edificios en ruinas y en muchas otras zonas insalubres: vertederos, cementerios, letrinas al aire libre, cloacas y, allí donde era posible, en los muladares. De acuerdo con estos injuriosos relatos deberíamos lavarnos a conciencia después de tener cualquier contacto con un yinn; son malolientes y transmiten enfermedades. Sin embargo, los principales especialistas ya afirmaron hace mucho lo que hoy sabemos que es verdad: que los yinn viven en su propio mundo, separado del nuestro por un velo, y que ese mundo superior, a veces llamado Peristán o País de las Hadas, es muy extenso, aunque su naturaleza nos está oculta.

“Si te quedas despierto toda la noche haciendo el amor –le decía–, en realidad descansas más que si te pasas las horas roncando como un buey. Es algo bien sabido.”

Decir que los yinn son inhumanos puede parecer una obviedad, pero lo cierto es que los seres humanos comparten al menos algunas características con sus homólogos fantásticos. En el terreno de la fe, por ejemplo, hay entre los yinn adeptos de todos los credos del mundo, y también hay yinn que no son creyentes y para quienes la noción misma de los dioses y los ángeles resulta extraña del mismo modo en que los yinn son extraños para los seres humanos. Y aunque muchos yinn son inmorales, algunos de estos poderosos seres conocen la diferencia entre el bien y el mal, entre el camino de la mano derecha y el de la mano izquierda.

PN912Eres_como_eresOK.inddHay yinn que pueden volar, mientras que otros se deslizan por el suelo en forma de serpientes, o corren por ahí ladrando y enseñando los dientes bajo la apariencia de perros gigantes. En el mar, y a veces también en el aire, adoptan la forma externa de dragones. Algunos yinn menores, cuando están en la Tierra, son incapaces de mantener su forma durante períodos largos. En ocasiones estas criaturas amorfas se infiltran en los seres humanos por las orejas, la nariz o los ojos, y ocupan sus cuerpos durante una temporada y se deshacen de ellos cuando se cansan.

Los seres humanos ocupados, por desgracia, no sobreviven. Los yinn de sexo femenino, las yinnias o yiniri, resultan todavía más misteriosos, sutiles y difíciles de captar, puesto que son mujeres de sombras hechas de fuego sin humo. Hay yiniri salvajes y yiniri del amor, pero también es posible que en realidad estos dos tipos distintos de yinnias sean el mismo: que a un espíritu salvaje se lo pueda aplacar mediante el amor, o bien que los malos tratos lleven a una criatura amorosa a un salvajismo más allá de la comprensión de los hombres mortales.

Esta es la historia de una yinnia, una gran princesa de los yinn, conocida como Princesa Centella por su dominio de los rayos, que amó a un mortal hace mucho tiempo, en el siglo XII según nuestro calendario, y de sus muchos descendientes, y de su regreso al mundo después de una larga ausencia para volverse a enamorar, al menos momentáneamente, y después ir a la guerra. También es la historia de muchos otros yinn, masculinos y femeninos, voladores y reptiles, buenos, malos e indiferentes a la moralidad; y de la época de crisis, ese tiempo desarticulado que llamamos la Era de la Extrañeza, que duró dos años, ocho meses y veintiocho días, es decir, mil noches y una más. Y sí, desde aquella época han pasado otros mil años, pero los cambios que nos trajo fueron para siempre. Si fueron para mejor o para peor, eso lo decidirá nuestro futuro.

Trazado_Milagro en Hiti.inddEn el año 1195, el gran filósofo Ibn Rushd, que había sido cadí de Sevilla y posteriormente médico personal del califa Abu Yusuf Yaqub en su ciudad natal de Córdoba, fue formalmente desacreditado y deshonrado por sus ideas liberales, unas ideas que resultaban inaceptables para los cada vez más poderosos fanáticos bereberes que se estaban propagando como la peste por la España árabe, y desterrado al interior, a la aldea de Lucena, en las afueras de su ciudad; una aldea llena de judíos que ya no podían decir que lo eran porque la dinastía que había gobernado antes al-Andalus, los almorávides, los había obligado a convertirse al islam. Ibn Rushd, filósofo al que ya no se le permitía exponer su filosofía y cuyos escritos habían sido prohibidos y sus libros quemados, se sintió inmediatamente cómodo entre aquellos judíos que no podían decir que eran judíos. Antaño había sido el favorito del califa de la actual dinastía reinante, los almohades, pero los favoritos pasan de moda, y Abu Yusuf Yaqub había permitido que los fanáticos desterraran de la ciudad al gran comentarista de Aristóteles.

El filósofo que no podía hablar de su filosofía vivía en una casa humilde de ventanas diminutas situada en un callejón sin pavimentar y se sentía terriblemente oprimido por la ausencia de luz. Montó una consulta en Lucena y su estatus de ex médico del califa le proporcionó pacientes; además, usó los recursos que disponía para introducirse modestamente en el negocio de la trata de caballos, y también invirtió dinero en la fabricación de las grandes tinajas de loza en las que los judíos que ya no eran judíos almacenaban y vendían aceite de oliva y vino.

Un día, poco después del inicio de su exilio, una chica de unas dieciséis primaveras apareció delante de su puerta, sonriendo gentilmente, sin llamar ni interrumpir sus pensamientos de ninguna otra forma, y se limitó a quedarse allí esperando con paciencia a que él reparara en su presencia y la invitara a entrar. Le dijo que acababa de quedarse huérfana; que no tenía fuente alguna de ingresos pero tampoco quería trabajar en el burdel; le dijo que se llamaba Dunia, que no sonaba a nombre judío porque no le permitían decir su nombre judío, y como era analfabeta no sabía escribirlo. También que el nombre se lo había puesto un viajero y que le había dicho que venía del griego y que significaba “el mundo”. Ibn Rushd, traductor de Aristóteles, no puso objeción alguna a aquella explicación, consciente de que significaba “el mundo” en los bastantes idiomas como para hacer innecesaria la pedantería.

–¿Por qué te has puesto “el mundo” de nombre? –le preguntó, y ella le contestó, mirándolo a los ojos: –Porque de mí fluirá un mundo, y quienes de mí fluyan se extenderán por el mundo.

EUFORIACOLECTIVAComo era un hombre de razón, no adivinó que ella era una criatura sobrenatural, una yinnia, de la tribu de los yinn de sexo femenino, las yiniri: una gran princesa de aquella tribu en plena aventura en la Tierra, guiada por su fascinación por los hombres humanos en general y por los brillantes en particular. La acogió en su casa en calidad de gobernanta y amante, y en el silencio de la noche ella le susurró al oído su “verdadero” –es decir, falso– nombre judío, y eso se convirtió en su secreto. Dunia la yinnia fue tan espectacularmente fértil como su profecía había sugerido. En los dos años, ocho meses y veintiocho días que siguieron, se quedó embarazada tres veces y en cada uno de sus partos dio a luz a un gran número de criaturas, al menos siete cada vez, parece ser, y en alguna hasta once, o posiblemente diecinueve, aunque las crónicas son vagas e inexactas. Todos sus hijos e hijas heredaron su rasgo más distintivo: no tenían lóbulos en las orejas.

Si Ibn Rushd hubiera sido adepto de los misterios del ocultismo, se habría dado cuenta de que sus criaturas eran vástagos de una madre no humana, pero estaba demasiado absorto en sí mismo para advertirlo. (En ocasiones creemos que fue una suerte para él, y para toda nuestra Historia, que Dunia lo amara por tener una mente brillante, dado que su naturaleza era quizá demasiado egoísta para inspirar amor por sí misma.) El filósofo que no podía filosofar temía que sus hijos e hijas heredaran de él los tristes dones que constituían simultáneamente su tesoro y su maldición.

9788401016912–Tener la piel fina, ser sagaz y deslenguado –decía– comporta sentir con demasiada intensidad, ver con demasiada claridad y hablar con demasiada libertad. Comporta ser vulnerable al mundo cuando el mundo se considera a sí mismo invulnerable, entender su mutabilidad cuando él se cree inmutable, sentir lo que se avecina antes de que lo sientan los demás, saber que la barbarie del futuro está derribando las puertas del presente mientras los demás se aferran al pasado hueco y decadente. Si nuestras criaturas tienen suerte, únicamente heredarán tus orejas, pero por desgracia, como sin duda son mías, probablemente pensarán demasiado y demasiado pronto, y oirán demasiado y demasiado deprisa, incluyendo cosas que no está permitido pensar ni oír.

–Cuéntame una historia –le pedía a menudo Dunia en la cama durante los primeros días de su vida en común.

El descubrió enseguida que, a pesar de su aparente juventud, ella podía ser una persona exigente y de firmes opiniones. El era un hombre corpulento y ella parecía un pajarillo o un insecto palo, pero a menudo daba la sensación de que la fuerte era ella. Era la alegría de su vejez, pero le exigía un nivel de energía que le costaba mantener. A su edad, a veces lo único que quería hacer en la cama era dormir, pero Dunia consideraba hostiles sus intentos de quedarse dormido.

–Si te quedas despierto toda la noche haciendo el amor –le decía–, en realidad descansas más que si te pasas las horas roncando como un buey. Es algo bien sabido.

A su edad, no siempre era fácil alcanzar el estado necesario para el acto sexual, sobre todo en noches consecutivas, pero ella veía sus dificultades de anciano para excitarse como pruebas de la frialdad de su naturaleza.

–Si una mujer te parece atractiva, nunca habrá problema –le decía–. No importa cuántas noches seguidas. Yo siempre estoy dispuesta, puedo durar lo que haga falta, no tengo límite.

Para él fue un alivio descubrir que su ardor físico se podía saciar con relatos.

–Cuéntame una historia –le pedía ella.

Y se acurrucaba bajo su brazo e Ibn Rushd le ponía la mano sobre la cabeza y pensaba: bien, esta noche me he librado; y le iba desgranando el relato de sus pensamientos.

Usaba palabras que a muchos de sus contemporáneos les resultarían escandalosas, como razón, lógica y ciencia, los tres pilares de su pensamiento, las ideas que habían provocado que se quemaran sus libros. Dunia tenía miedo de aquellas palabras, pero aquel miedo la excitaba, de forma que se acurrucaba todavía más contra él y le decía:

–Cógeme la cabeza cuando me la estés llenando de tus mentiras.

Libros SecretosIbn Rushd tenía una herida profunda y triste, porque era un hombre derrotado: había perdido la gran batalla de su vida ante un persa muerto, Al-Ghazali de Tus, un adversario que llevaba muerto ochenta y cinco años. Cien años atrás, Al-Ghazali había escrito un libro titulado La incoherencia de los filósofos, en el que atacaba a los griegos como Aristóteles, a los neoplatónicos y a sus aliados, Ibn Sina y Al-Farabi, los grandes precursores de Ibn Rushd.

En un momento dado, Al-Ghazali había sufrido una crisis de fe, pero había salido de ella para convertirse en el mayor azote de la filosofía de la Historia mundial. La filosofía, decía en tono de burla, era incapaz de demostrar la existencia de Dios, ni siquiera la imposibilidad de que existieran dos dioses. La filosofía creía en la inevitabilidad de las causas y los efectos, lo cual disminuía el poder de Dios, que podía intervenir con facilidad para alterar los efectos y hacer que las causas fueran ineficaces si así lo quería.

–¿Qué pasa –le preguntó una vez Ibn Rushd a Dunia mientras la noche los envolvía en su manto de silencio y podían hablar de cosas prohibidas– cuando pones en contacto un palo en llamas y una bola de algodón?

–Que el algodón se incendia, claro –contestó ella.

–¿Y por qué se incendia?

–Pues porque es así –dijo ella–. El fuego lame el algodón y el algodón se vuelve parte del fuego, así son las cosas.

–La ley de la naturaleza –dijo él–. Las causas tienen efectos.

Traducción: Javier Calvo

Recuadro

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