SERRAT Y SABINA: GIRA MAGICA Y MONUMENTAL

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La oveja negra y el esposo ideal. Dos mitos, dos músicos, dos voces que representan a España y que calan hondo en la emoción de todo el universo de habla hispana. Por primera vez en su historia, los dos grandes trovadores se reúnen para hacer una gira monumental. Y por primera vez, también, se unen para dar una entrevista. Rebeldes, nómadas y renovados después de haber superado cada uno sus males, salen de fiesta juntos.

Texto: Jesús Ruiz Mantilla / Fotos: AFP

ARGENTINA MARADONA

Banquete de pordioseros. Sabina junto a su amigo, el argentino Charly García. Otro mito del rock en español.

Juntos forman una curiosa y sanísima combinación de utopía y desgarro, de denuncia y vagabundeo. Una ración doble de dandy y rufián, de bon vivant y canalla, de esposo perfecto y oveja negra, de hermano mayor responsable y hermano perdido. Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina son estos dos sobrevivientes, maestros de la voz y la guitarra, hábiles como pocos en el arte de mezclar el verso y el acorde. Los dos tienen el equipaje listo. Descansan en Madrid, donde Serrat acaba de estrenar una nueva casa y preparan, con ensayos y sesiones de trabajo minucioso Dos pájaros de un tiro, la gira que los llevará durante seis meses por España y América. Desde el 29 de junio último, cuando comenzaron en Zaragoza, hasta el 20 de diciembre, con el concierto final en Montevideo (Uruguay), recalarán en cerca de 60 ciudades, polideportivos, plazas de toros… Es un periplo que apuesta más por la espectacularidad, con más de diez músicos en la banda, que por el intimismo que tan magistralmente han sabido dominar estos dos artistas en otros escenarios más solitarios. Parece que se han juntado infinidad de veces para salir a tocar, pero no ha sido así. Han cantado con otros –con Miguel Ríos, con Víctor Manuel y Ana Belén, con Fito Páez–, pero nunca juntos: ni en gira ni en disco. No hace falta casi preguntar cuáles son las razones que los llevaron a reunirse. Entonces, explican: lo primero, el puro capricho, el placer de compartir escenario entre dos que se admiran. Después, quizás, algo que últimamente los ha unido más, si eso es posible: la sensación de gozar de otra oportunidad en sus vidas, de haber sido premiados con una suerte de resurrección. Todo surgió después del cáncer que superó Serrat, y del accidente cerebral que padeció Sabina. Estos males, dice el autor de El boulevard de los sueños rotos, lo transformaron en muchos sentidos: “Después de estos años misántropos, jamás creí que la vida me iba a brindar un desafío como éste”. Así habla Sabina, sentado en el piso de su recién ampliada casa, poniéndose una camisa impecable que le acerca Jimena Coronado, su fiel novia peruana desde hace años.

No hace falta casi preguntar cuáles son las razones que los llevaron a reunirse. Entonces, explican: lo primero, el puro capricho, el placer de compartir escenario entre dos que se admiran. Después, quizás, algo que últimamente los ha unido más, si eso es posible: la sensación de gozar de otra oportunidad en sus vidas, de haber sido premiados con una suerte de resurrección.

CONTRAPUNTOS

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Serrat y Sabina.

No es difícil deducir quién organiza las reuniones – Serrat marca el horario, la hoja de ruta y el ritmo– y quién se rinde a las órdenes –esto no genera el más mínimo resquemor en Sabina–. Aunque, se sabe, éste se autoproclama cada vez que puede anárquico y caótico. Sin embargo, no es difícil oírlo decir una y otra vez: “Lo que tú digas, Nano”. Uno es metódico, serio, formal, puntual, cumplidor; el otro es… como es. Es Sabina. Se lo toma o se lo deja. Se lo quiere así, o se lo rechaza sin contemplaciones. Como al poeta de las calles y los bajos fondos, se lo admira incluso en su proverbial herejía, en su caótica manera de desafiar la edad, el gusto, el tiempo y el espacio. “Joaquín es así”, comentan los que lo conocen a fondo. Serrat ha conservado esa voz, que en muchos casos es la de la conciencia; con una sabiduría curtida en bares y callejones, Sabina ha ido adaptando a las posibilidades de una garganta en constante metamorfosis su manera de cantar y su forma de decir. Pero supo como nadie convertir sus limitaciones en marca, tanto que su voz hoy es más auténtica y gusta todavía más. “Lo importante de su voz es que él, con su instrumento, interpreta y sabe conmover”, dice Serrat. Pero si bien cada uno conservó, como pudo, la voz, a lo que todavía no han renunciado es al grito. A la facultad de llamar a las cosas por su nombre y a no dejarse engañar por las maniobras del lenguaje y evasivas más que antiguas para recuperar los tiempos y los privilegios, enterrados por algunos líderes en plena ascensión, como el recién elegido presidente francés, Nicolas Sarkozy. “Eso de lo que tanto habla él, de recompensar el esfuerzo sobre otras cosas no es más que la destrucción de la lucha por la igualdad”, avisa Sabina. Tendrán tiempo para la discusión política, pero también para esos placeres que les quedan. Por lo pronto, ya se sabe en qué restaurante se celebrarán los homenajes el 22 de agosto o el 10 de octubre. “Las comidas, las cenas, todo eso, queda en mis manos”, afirma Serrat, con la palabra de un hombre de honor. “No se hable más”, dice el otro.

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Duo, Sabina y Serrat.

“Yo me pongo en tus manos”, remata con la obediencia del hermano menor. El manager de los dos artistas, Berri, reconoce las habilidades del cantante catalán para el cuidado y la organización. De Serrat, desde hace 35 años; de Sabina, desde hace menos y gracias a la insistencia de su amigo, porque este socio de los dos no quiere manejar a mucha gente más desde su oficina. En su despacho de la Castellana prepara el despliegue de las sesenta personas que trabajarán en la carretera, con cinco trailers y dos autobuses con camas, listos para transportar los equipos y a los técnicos y músicos, de un lugar a otro. También cierra fechas aún pendientes en España y América. Berri cree que los dos son adictos a la carrera nómada y al escenario. Más, especialmente, desde que los dos superaron sus problemas de salud. “Nunca en mi vida se me ha pasado por la cabeza retirarme”, dice Serrat. “Si no, ¿cómo explicas que Joan Manuel, desde el 5 de mayo de 2005, haya hecho 250 fechas, y Sabina, 120?” pregunta el manager. “El Nano, desde que salió de la cama del hospital, agarró la guitarra y se puso a cantar”, dice Sabina. “Yo, no tanto”, aclara. Entonces dejaron atrás sus cuevas, sus colchones y sus penas como con urgencia. Y sobre el escenario les esperaban los escuderos de siempre: sus músicos de cabecera, caballeros de la más noble orden de las melodías, esas que marcaron sueños, conquistas, desamores, amistades, túneles…

Lo que más asombra en ambos, lo que no pasará nunca de moda, ni estará sujeto a las tendencias es ese ojo clínico que tienen los dos para desgranar las verdades de las almas; algo que queda estampado en esa procesión de personajes inigualables que abundan en sus canciones.

LOS VASALLOS

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Causas nobles. Joan Manuel Serrat interpretó sus viejas canciones para los pacientes del Hospital de Niños de Buenos Aires.

Los músicos que más galones se pusieron por acompañar al duo han sido el maestro Ricardo Miralles, que le hace los arreglos a Serrat y lo acompaña en el piano desde 1969. Los otros dos han sido la almohada y el asiento de Sabina desde hace, al menos, 25 años: Pancho Varona y Antonio García de Diego, que escriben canciones con él y de vez en cuando organizan en clubes sus llamadas “noches sabineras”, una especie de karaoke con la banda del artista en directo. La mayoría de los que se inscriben son, cómo no, chicos y chicas jóvenes. Los capos les han repartido 34 temas, 17 de cada uno, para que los ensayen y los fusionen. Para que los vistan con un envoltorio distinto, un sonido diferente; para que busquen una coherencia que dé unidad al espectáculo mientras ellos trabajan en un guión con gags, chistes, sorpresas y filosofía propia. Harán mezclas: Serrat cantará canciones de Sabina, y viceversa. “Serrat hará la canción del pirata, que tendrá gracia porque lo convertirá en un poco rockero, y Joaquín hará, por ejemplo, Señora, que está muy lejos de su estilo”, dice Varona. “Además, yo cantaré en catalán, y aquí mi amigo, en andaluz”, anuncia Sabina. Los primeros ensayos juntos dejaron unas muy buenas impresiones a los músicos. “Hubo magia”, dice García de Diego. La clave está en hermanar el lirismo de Serrat, definen Varona y García de Diego, con otro estilo: “El agrio, ácido y descarado de Joaquín”. Los dos compañeros de fatigas de Sabina afirman que se enfrentan a la gira con devoción, como de rodillas, y con cierto miedo y respeto por ir con quienes van. Serrat y Miralles les imponen respeto. Pero el maestro que acompaña al autor de Mediterráneo los tranquiliza: “Yo no tengo ningún miedo, ni por nosotros, ni por ellos”.

EL YING, EL YANG Texto: Diego A. Manrique

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Serrat y Sabina.

El agua y el aceite. El santo y el diablo. El apolíneo y el dionisíaco. Muchos connaisseurs dirían que Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina son, olvidando su reconocida afinidad personal, musicalmente incompatibles. Pero forman parte del paisaje sentimental de España y América Latina, y quizá no valoramos que son artistas en activo, que requieren ser escuchados con oídos limpios. Serrat lleva tiempo lamentando –a su manera, con socarronería– la relativa invisibilidad de sus últimos lanzamientos discográficos. El Nano tuvo una racha tan fértil entre 1965 y 1975 que su obra posterior ha quedado ensombrecida. No vale aquello tan chistoso de “contra Franco creábamos mejor”: Joan Manuel ha mantenido una producción regular, un disco cada año y medio. Aún más onerosa es su imagen pública, tan extraordinariamente positiva. La paradoja consiste en que Serrat tiene dimensiones de paradigma moral. La voz sensata, la picardía suave, la coherencia ideológica: es el demócrata ejemplar que cae simpático a todo el mundo. El primer Serrat era estéticamente toda una pop star, un muchacho atractivo que seguía la moda en melenas y vestimentas. Lo cual no minimiza su obra, sino todo lo contrario: podía haber seguido la vía convencional, explotando sus encantos; sin embargo, retó tanto al régimen franquista como a la industria, apostando por desarrollar una carrera bilingüe y poniéndole música a los versos de poetas incómodos. No es pequeña hazaña que los poemas de Antonio Machado, Miguel Hernández o Mario Benedetti se hayan universalizado con su voz. A modo de bumerang, los hallazgos poéticos de Serrat también reverberan en textos de escritores de toda clase. Además, Benedetti citó a Sabina en el inicio de un poemario: “Más vale que no tengas que elegir / entre el olvido y la memoria”. Con Sabina también se alteran las prioridades: la sombra del personaje escandaloso oculta al artesano de canciones. En realidad, aquí los árboles tapan el bosque. Joaquín es un alud verbal: se explaya regularmente en entrevistas, libros, sonetos; en otros tiempos, hasta ejerció de tertuliano. Creemos saberlo todo con respecto a sus amores, sus vicios, sus opiniones, sus orígenes, sus aventuras. Es tan impúdico que su quehacer creativo se hace transparente, como si su arte brotara mágicamente. Su gusto por la frase lapidaria y el gesto tronante ha terminado por blindar lo fundamental: su devoción por la canción. Aunque también esculpe músicas con la guitarra, Joaquín dedica la mayor porción de sus energías a las letras. Cada texto suyo es pulido cien veces, ante la desesperación de sus asociados. Como reconoce él: “Yo no termino los discos, me los quitan de las manos”. Frente a su imagen de supremo vividor, se alza la constatación de que Sabina ha mantenido con mínimas interrupciones el más asombroso taller de canciones de la música popular en español de las últimas décadas. Una fábrica donde se experimenta constantemente: hay letras que se han alojado sobre dos o más músicas; la misma música puede acoger letras muy diferentes. Llegado el momento de elegir la que se va a editar, no se aceptan las motivaciones espurias: se sabe que muchos artistas matan por firmar como autores, aunque su aporte haya consistido en cambiar un adjetivo. Sabina es generoso a la hora de repartir esas porciones. Pero le honra aún más su perfeccionismo y la pasión por materializar la mejor canción posible. Una obsesión que enriquece nuestras vidas.

CANCIONERO ESPAÑOL

Habrá todo un universo de ritmos, letras, estilos. Del romanticismo a la rumba, del intimismo al rock and roll, de la copla contemporánea al tango y al bolero, y a los corridos que tanto entusiasman a Sabina desde hace tiempo. Canciones eternas, pañuelos en los que gran parte de Hispanoamérica ha dejado lágrimas. Poesía que cala hondo, pero que han ido pergeñando sin fórmulas, sin mecanismos; sólo ayudados por talento y vicio; sin saber qué conviene inventar primero, si la letra o la música. “Si me emociona mientras la hago, sé que va a funcionar. Si la siento, cuando me emociono, entonces sé que la cosa marcha”, afirma Serrat. “¿Manual? El manual no existe. Si tuviéramos uno, probablemente a todos nos saldría una mierda”, añade. El misterio del secreto es tal que Sabina planea hacer un libro sobre un arte, el de componer canciones, que se ha convertido en la forma musical por excelencia del Siglo XX, y que tiene aspecto de seguir funcionando como tal, inagotable, en el XXI. Aunque, por supuesto, no sería un manual. “Hace tiempo que me gustaría tener una conversación larga entre aquí mi amigo (por Serrat), Silvio Rodríguez, Enrique Morente y yo en la que hablemos de a ver cómo diablos se hace esto”, cuenta este trovador de Úbeda, vecino desde hace años de la madrileña plaza de Tirso de Molina. “Meter una letra dentro de una música con calzador es complicado, pero hay que tener una idea musical en la cabeza”, sigue Serrat. Después, Sabina recurre a la experiencia para desembocar en una nebulosa que nos deja casi donde empezamos: “Al principio, en las primeras 30 o 40 canciones, para empezar hice la letra. Luego probé tener la música antes y me salieron unas letras más triviales, lo cual tampoco me disgustó. Igual, dicen que una canción debe tener una buena música, una buena letra, unos buenos arreglos, una buena interpretación, y después una cosa que no sabemos muy bien de qué se trata, pero que viene a ser lo que más importa de todo. En mi caso, creo que hasta de las instrucciones de un medicamento se puede sacar una buena canción”. Sus referentes son muy distintos. Empezando porque uno lo es del otro. Serrat creció con coplas de la radio y se confiesa devoto de León y Quiroga, de Juanito Valderrama, de Miguel de Molina, y también de Jacques Brel, de Brassens, del tango. A Sabina, quizá por sus años pasando la gorra en los bares de Londres –“donde ya entonces yo cantaba canciones de Serrat a los turistas”, confiesa–, le seducía mucho lo anglosajón. Brassens, también. Pero junto al mito francés, “con quien este cabrón tiene una foto en la que también sale Paco Ibáñez”, dice en referencia a su compadre, “me llamaban más la atención Dylan, Tom Waits, los Beatles…”. Los dos, en fin, eran melómanos en estado de permanente alerta. Luego se revelaron como apóstoles de una manera única de plasmar sentimientos y aspiraciones comunes, en un país que ha cambiado más en los últimos 30 años que en toda su historia. Y ellos dos, Serrat con 63 años y Sabina con 58, son protagonistas de una parte de esta pequeña gran historia contemporánea. Pero también quieren seguir aportando cosas para el futuro. Porque el público joven aún se sigue sumando a sus canciones. Sabina es el clásico atemporal, que con su filosofía del descaro, su habilidad para el eclecticismo y sus letras provocadoras –siempre políticamente incorrectas– es capaz de deslumbrar a todas las generaciones. Serrat, con esa búsqueda de la utopía constante y esa facilidad para la crónica de todos los tiempos, también atrae. Pero lo que más asombra en ambos, lo que no pasará nunca de moda, ni estará sujeto a las tendencias es ese ojo clínico que tienen los dos para desgranar las verdades de las almas; algo que queda estampado en esa procesión de personajes inigualables que abundan en sus canciones. Aunque en esta conexión intergeneracional, Serrat alerta a los padres y a los abuelos: “Cuando, con muy buena intención, les dicen a los niños que el que es bueno es Serrat y no lo que escuchan, ya la hemos cagado”. Prefiere que se acerquen de una manera natural, sin esa piedra que a veces imponen los padres. En este caso, Serrat se encomienda a Sabina para conseguir nuevos fans. “Muchos jóvenes irán a ver a Joaquín, pero yo voy a ser el artista revelación”, dice el catalán. “De eso, nada de nada”, replica Sabina. “No, si éste es muy vivo y juega un papel humilde, pero en el escenario no me va a regalar un palmo”, denuncia Serrat, provocándolo. El más joven de los dos deja claro quién es el que va con más ganas de hacer méritos: “Juro por mis gatos que lo que más me importa de esta gira es no defraudar al Nano”.

Habrá en esta gira conjunta todo un universo de ritmos, letras, estilos. Del romanticismo a la rumba, del intimismo al rock and roll, de la copla contemporánea al tango y al bolero, y a los corridos que tanto entusiasman a Sabina desde hace tiempo. Canciones eternas, pañuelos en los que gran parte de Hispanoamérica ha dejado lágrimas. Poesía que cala hondo, pero que han ido pergeñando sin fórmulas, sin mecanismos; sólo ayudados por talento y vicio; sin saber qué es mejor inventar primero, si la letra o la música.

VIAJEROS INCANSABLES

Los dos conservan una curiosidad intacta por el viaje. El movimiento los incita a alimentar sus vicios de hoy, que son mucho más sofisticados que los del pasado. Serrat se ha hecho viticultor y es propietario de una bodega, Mas Perinet, en la comarca catalana de Priorat. Se dedica a catar por los restaurantes en los que recala. Sabina colecciona libros antiguos. En su casa, 10.000 títulos decoran las paredes. Es una afición que comparte, y con la que compite a la búsqueda de las ediciones más deseadas, con sus amigos García Montero y el editor de poesía Chus Visor, otros dos adictos al olor del papel impreso. Con los viajes, también han observado el cambio casi vertiginoso de su país y las condiciones en las que giran. “Ahora, en cualquier ciudad de provincias actúas en un auditorio con tu camerino. Se han dignificado mucho las condiciones, y uno de los que más han luchado para que los músicos y los cantantes hagamos las giras dignamente ha sido Raphael. Hay que reconocerle eso y muchas otras cosas”, asegura Serrat. En esta gira, prevén, habrá mucha camaradería. “Joaquín, a quien le gusta irse a Madrid desde donde está cuando termina, me parece que en esta ocasión va a dormir en bastantes hoteles”, dice Varona. Todos saldrán ganando. Sabina tiene un pálpito. “Mal se nos tiene que dar para que en todas las ciudades y las habitaciones de hotel donde vamos a compartir tantas cosas, no compongamos algo juntos y que de esto salga un disquito”. Ahora cabalgan juntos. La amistad es el impulso, y la música, el horizonte de su viaje.


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