SICARIOS: MEDELLIN, LA VERDAD DETRAS DEL MITO

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El nombre engaña. El barrio Santo Domingo Sabio, sembrado en las laderas que rodean a la ciudad de Medellín, siempre fue un infierno. Y no cualquier infierno: el del gatillo fácil, el plomo por encargo, la vida con precio. Refugio de bandas que ejercen un oficio que ya es marca registrada: sicarios. Un periodista colombiano que los conoce bien entró al infierno, salió y escribió esta lúcida crónica.

Texto: José Alejandro Castaño Fotos: Henry Agudelo

El chico con el que converso tiene un fusil AK-47 apoyado en el muslo derecho. Se llama Alexander Ramírez, pero le dicen Popó. Tiene veintitrés años y la cicatriz de un disparo de escopeta en la mejilla izquierda. -Tranquilo que está vacío- dice, mientras aprieta tres veces el gatillo del fusil para mostrar que está descargado. Son las once del día, pero no hay sol. Este barrio, Santo Domingo Sabio, era uno de los más violentos de Medellín. Está en las faldas de las montañas orientales de la ciudad y en sus calles se cometían cincuenta asesinatos al mes. Según cifras de la policía, en la década pasada fueron asesinados allí más de 2.000 jóvenes, la mayoría miembros de bandas criminales. Tres muchachos observan en silencio. Todos tienen heridas de bala en alguna parte del cuerpo. No sé cómo se llaman. A dos de ellos los entrevisté una tarde, después de una masacre cometida en la esquina donde conversamos ahora. -Hace mucho que nadie dispara… como si estuviéramos en paz- dice Popó con el ojo derecho pegado a la mira telescópica del fusil. El cañón del arma señala el centro de la ciudad, abajo, en la explanada de este valle que es Medellín. Parece como si los edificios que avista diminutos fueran blancos que quisiera derribar. Según la policía, casi estamos en paz: en 1991 se cometieron 6.500 asesinatos en los barrios de la ciudad, una estadística que la convirtió en la urbe más violenta del planeta. Ahora los homicidios no llegan a 1.600 al año, una cifra todavía brutal, pero cuatro veces menor. Hoy Lima, Sao Paulo o México D.F. producen más muertos. En la Alcaldía están felices.

Según la policía de Medellín, la tasa de crímenes cometidos por bandas y sicarios descendió: en 1991 se cometieron 6.500 asesinatos en los barrios de la ciudad. Hoy los crímenes no llegan a 1.600. No deja de ser una cifra brutal.

Según la policía de Medellín, la tasa de crímenes cometidos por bandas y sicarios descendió: en 1991 se cometieron 6.500 asesinatos en los barrios de la ciudad. Hoy los crímenes no llegan a 1.600. No deja de ser una cifra brutal.

Todo se debe, aseguran, a un esfuerzo colectivo, e insisten en que la gente, cuando se toma de las manos, logra milagros. Popó dice que todo eso es mierda. Si ya no hay muertos, explica, es porque casi todas las bandas fueron agrupadas por las AUC, el ejército paramilitar que se disputa con las guerrillas de las FARC el control de las zonas más ricas y prósperas del país. Y es verdad. Desde hace cuatro años ninguna banda puede hacer nada en Medellín sin permiso de las AUC. Antes, las pandillas secuestraban, extorsionaban, robaban bancos, hurtaban vehículos, asaltaban tiendas de víveres y asesinaban por encargo. Pero después, con la llegada de los paramilitares, los sicarios recibieron la orden de no delinquir más y concentrarse en aniquilar a las células subversivas que tenían presencia en los barrios. A cambio de sus servicios, las bandas obtuvieron mejores armas, entrenamiento militar y dinero en cantidades ilimitadas. El efecto fue inmediato. Los índices de delincuencia comenzaron a disminuir. Nunca más se escuchó de robos a bancos, los secuestros casi desaparecieron y el número de muertos descendió. Los sicarios, concentrados en cumplir su tarea, dejaron de lado las prácticas delictivas corrientes y se dedicaron a arrinconar a las guerrillas. Aquélla, aunque celebrada por las autoridades, era una paz ficticia, y tras la casi extinción de las células subversivas en los barrios de la ciudad, los sicarios se quedaron sin trabajo. El lío era que, para entonces, ya eran mejores en su oficio: con armas sofisticadas, destrezas de guerra aprendidas en campos de entrenamiento y la costumbre de derrochar fortunas. Las bandas de pronto se convirtieron en un gigante borracho al que había que sedar de inmediato, antes de que comenzara a manotear en contra de quien lo embriagó. Los dueños de las AUC le propusieron una negociación al gobierno para liberarse del monstruo que habían creado, y 870 jóvenes recibieron la orden de entregar las armas a cambio de perdón y olvido ofrecido por el presidente de la república.

EL PODER DE LAS PANDILLAS ERA TAN GRANDE QUE LOS OFICIALES DEBIAN PEDIRLES PERMISO A LOS JEFES DE LAS BANDAS PARA RECOGER LOS CADAVERES. A VECES, LOS MUERTOS PERMANECIAN INSEPULTOS HASTA UNA SEMANA Y EL HEDOR INUNDABA LAS ESQUINAS.

-Ahora nos pagan para estar quietos. Cuando los jefes nos den la orden contraria volvemos a putiar todo- dice Popó, todavía con el fusil apuntando sobre la hilera de edificios del centro. Hace veinte meses fue la negociación. Se supone que todos entregaron sus armas: cerca de trescientos fusiles, doscientas escopetas, ciento cincuenta pistolas y cinco mil balas. Sin embargo Popó, como otros, no fue autorizado por los jefes de las AUC para acogerse al programa y recibió la orden de esperar la negociación final con el gobierno, que aún no termina. Ahora todo está tranquilo, pero si las cosas se dificultan con los representantes del presidente, se sabe que volverán las balaceras y los muertos, otra vez, caerán en las aceras de los barrios. -Dios quiera que todo termine- dice Popó mientras le pasa el fusil a uno de los tres chicos que lo acompañan. Ninguno de ellos está armado y bostezan de manera acompasada, uno después del otro, contagiados del mismo tedio. Desde la falda de esta montaña es posible avistar los carros que llegan a Santo Domingo Sabio. En épocas más duras, cuando las bandas imponían su ley, la policía y los taxistas rara vez subían al barrio. Los grupos de sicarios patrullaban, extorsionaban, ejecutaban y cerraban calles. El poder de las pandillas era tan grande que los oficiales encargados de hacer los levantamientos debían pedirles permiso a los jefes de las bandas para recoger los cadáveres. A veces los muertos permanecían insepultos hasta una semana y el hedor de los despojos inundaba las esquinas. Pero eso fue en otra época. Ahora ya casi no se oyen tiros, los taxistas y la policía recorren las calles libremente y la Alcaldía invirtió veintiséis millones de dólares en la construcción de un teleférico para facilitarles el transporte a los habitantes de Santo Domingo Sabio, de quien ahora se dice que le hace honor al nombre. Antes, la gente le decía Santo Domingo Bruto.

EL CAZADOR DE CRIMENES

Djaffer es francés y acaba de llegar a Medellín. No entiende nada de la disminución en los crímenes, ni le importa. Usa ropa sucia, fuma en exceso y anda en sandalias. Ha cubierto, cuenta, la guerra de Kosovo y la invasión a Irak. Su padre fue reportero en Vietnam y su abuelo en la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, Medellín, incluso para alguien acostumbrado a la barbarie, es un campo de batalla con particularidades asombrosas que, me dice en voz alta Djaffer, quiere relatar. Conozco a muchos como él. Periodistas venidos de lejos con la ilusión de hacer el reportaje de sus vidas. La mayoría no tiene vínculo directo con ningún medio. Son cazadores que, una vez capturada la presa, negociarán su valor por teléfono con un editor que confunde a Colombia con Bolivia, que jura que en el Amazonas se come carne humana y que lo único que sabe de Medellín es que el más grande cartel de la droga del mundo llevó su nombre. Djaffer, como todos los demás, ofrece euros a cambio de información, pues está advertido -y ese quizá sea su mayor acierto- de que en Medellín la plata es Dios, y viceversa. Djaffer consigue un directorio telefónico y llama a los diarios, donde algún redactor judicial, lo sabe bien, lo pondrá en contacto con el mundo criminal de la ciudad. Se presenta, por supuesto, como enviado especial y recalca aquello de haber estado en tales y tales guerras. Al poco tiempo descubre que pese a su dramatizado aspecto de pordiosero y al hedor con el que aspira a espantar el riesgo de un secuestro, la gente le prodiga una atención esmerada, inmerecida. En los barrios descubre que los criminales de sangre fría que imaginaba son jovencitos risueños que juegan a imitarlo. Pero eso que facilita a Djaffer su trabajo es también su perdición, aunque a él poco le importa. Los chicos, en su afán de recibir el botín de euros que aquel trotamundos ofrece, exageran las historias que cuentan, dramatizan los hechos, le dan gusto al visitante. Cuando Djaffer pide ver sus armas, los chicos advierten su oportunidad. Una foto con revólver le costará quince billetes, le explican abriendo las manos. Una con fusil o granadas treinta billetes. Por cien le sacan el arsenal que guste y le obsequian los ademanes que quiera: de ira, tristeza, desconcierto, indiferencia, dolor, gestos aprendidos de otros periodistas venidos antes. Djaffer accede gustoso. La cámara relampaguea una y otra vez. Está encantado: Medellín es una gran fábrica de sicarios.

LOS SICARIOS RECIBIERON LA ORDEN DE NO DELINQUIR MAS Y CONCENTRARSE EN ANIQUILAR A LAS CELULAS SUBVERSIVAS EN LOS BARRIOS. A CAMBIO DE SUS SERVICIOS, LAS BANDAS OBTUVIERON MEJORES ARMAS, ENTRENAMIENTO MILITAR Y DINERO EN CANTIDADES ILIMITADAS.

En el hotel, después del agite de dos días, el extranjero se siente seguro: haber jugado con las fieras sin ser mordido le brinda confianza y entonces, por primera vez, advierte lo innecesario de la suciedad en la que anda. Se baña, al fin, se pone el reloj Tommy Hilfiger que creyó que sólo volvería a usar en el vuelo de regreso, y sale a recorrer los centros comerciales de la ciudad con su amigo, el periodista guía, encantado de mostrarle la otra cara de Medellín, la del progreso, la paz y la armonía social. Para entonces, el trabajo de los sicarios es cosa resuelta. Antes de salir del hotel, Djaffer le escribe un correo al editor internacional de alguna revista en París. Le cuenta el horror que se vive de este lado del planeta y le describe las fotos de niños con fusiles, minutos previos a una confrontación. Después tasa la historia y el periodista francés, ahora con aspecto pulcro, sale del hotel a disfrutar de los placeres que en Europa le costarían una fortuna.

EL PERFECTO ASESINO

Alexander cuenta que le dicen Popó porque una vez, en mitad de una balacera, se cagó en los calzones. Dijeron que no serviría para el negocio. Entonces tenía trece años y su profesor era Gabriel, su hermano mayor -miembro de una mítica banda que trabajaba para el cartel de Medellín- al que la policía torturó y asesinó en el calabozo de una estación. Alexander heredó el oficio, y también dos pistolas nueve milímetros, tres granadas y unos binoculares. Por esos días armó su propia banda, la llamó Los Duros y comenzó a robar. Una tarde, un ex socio de Gabriel le reclamó las armas y lo amenazó. Popó se le enfrentó y lo mató junto a tres de sus hombres. Esa fue la entrada al mundo del crimen. Años después, cuando las AUC comenzaron a reclutar sicarios para hacerles la guerra a las milicias urbanas de las FARC, quedó a cargo de un grupo de veinte muchachos, todos equipados con armas automáticas y entrenamiento militar. En un mes, Alexander podía ganarse hasta cincuenta millones de pesos, unos 23 mil dólares, lo suficiente para sentirse invencible y millonario. Nunca, dice, contó la gente que mató.

“AHORA NOS PAGAN PARA ESTAR QUIETOS. CUANDO LOS JEFES NOS DEN LA ORDEN CONTRARIA VOLVEMOS A PUTIAR TODO”, DICE POPO, TODAVIA CON EL FUSIL APUNTANDO SOBRE LA HILERA DE EDIFICIOS DEL CENTRO.

-Tal vez fueron… no. No sé- dice después de intentar un cálculo. Ahora son las dos de la tarde y hay sol. Las nubes que hace rato impedían que la luz se extendiera decidieron irse y la temperatura sube con rapidez.  Popó manda a uno de los tres chicos que nos acompaña para  que traiga cervezas y cigarrillos. Una de las muertes que cometieron Alexander y sus hombres a nombre de las AUC fue la de un padre y sus hijos menores, uno de ellos de apenas ocho años. Los acusaron de ser auxiliadores de la guerrilla y, antes de dispararle al padre, le amputaron tres dedos y una oreja. Querían que les diera información de otros vecinos implicados. El viejo no dijo nada, ni aun cuando le dispararon a su hijo menor. Alex y sus hombres estaban drogados y sólo se dieron cuenta del error cuando los cuerpos yacían con la vida perforada. Lo increíble es que desde esos días, con las bandas dejando de lado sus otras actividades criminales para hacerles el trabajo a las AUC, los delitos en Medellín seguían disminuyendo. Los empresarios y los banqueros estaban felices y en los noticieros se les veía sonrientes porque sus negocios prosperaban, al fin, sin el azote de los sicarios. ¿Dónde estaban? ¿Qué se habían hecho las bandas? Nadie parecía saber lo que en verdad ocurría y la policía se animó a decir que todo se debía a un trabajo planificado de muchos años. Entonces el alcalde de la época se puso de pie y aplaudió la eficacia. -Hubo tantos muertos que los enterrábamos aquí mismo en el barrio- me confesó uno de los chicos desmovilizados gracias al proceso de negociación con el gobierno.

Hace ya cuatro años que las AUC (el ejército paramili- tar que disputa el poder de la FARC) controlan a las bandas que actuaban en Medellín. Nadie puede robar, extorsionar o secuestrar sin su autorización.

Hace ya cuatro años que las AUC (el ejército paramilitar que disputa el poder de la FARC) controlan a las bandas que actuaban en Medellín. Nadie puede robar, extorsionar o secuestrar sin su autorización.

El muchacho, de veinte años, ahora trabaja como limpiador de pisos en el palacio de la Alcaldía, gracias a lo cual recibe un sueldo de doscientos dólares y un auxilio escolar para que termine la secundaria. En tres años más, pronostican las autoridades, los índices de muertos se habrán reducido tanto que Medellín será una de las ciudades más tranquilas de América Latina. En realidad eso sólo será posible si las negociaciones con las AUC prosperan. Contrario a lo que se dice en los periódicos y en los noticieros, más de la mitad de los sicarios de las bandas nunca se desmovilizaron y, como Popó, recibieron la orden de esperar y tener sus armas listas. -Esta vida cansa mucho, pero ya no sabemos hacer otra cosa- admite Alexander mientras enciende un cigarrillo. El chico que se fue hace un momento por refrescos regresa. Trae una razón. -Que nos movamos de aquí porque vienen unos periodistas gringos que mandó la Alcaldía. Que vienen porque quieren ver el barrio- dice con la voz jadeante. Popó se pone de pie de inmediato. Ahora que los barrios están en paz, reciben visitantes a toda hora y los chicos se cuidan de dar una imagen contraria a la que se anuncia en los periódicos. Nadie quiere dar la idea de que, en realidad, la colada de muerte podría regarse en cualquier momento y ahogar a muchos, como en el pasado, cuando Medellín era la ciudad más violenta de la Tierra. -Venga, escritor, lo invito a almorzar- me propone Popó, mientras lleva al hombro su fusil descargado. Cinco minutos después deja el arma en una casa que no es la suya y seguimos caminando loma abajo, por entre el reguero de viviendas, todas pequeñas, irregulares y amontonadas. Ahora estamos en una calle por la que pasa el cable del teleférico construido recientemente y convertido en la mayor atracción turística de la ciudad. Desde abajo se observan las cabinas, que penden a veinte metros del suelo, y los pasajeros que viajan en ellas. La mayoría, en realidad, no son habitantes de la zona sino turistas. Gente de los barrios exclusivos de Medellín que nunca antes se aventuraron por esta zona. Muchos, en compañía de familiares llegados del exterior, hacen ese paseo aéreo por primera vez y conocen de cerca el mito de los barrios pobres, como si recorrieran un zoológico cuyas fieras pueden ver tras la seguridad de estar aislados en una urna metálica con vidrios panorámicos. -Sonría, que nos están filmando- dice Popó, y alza ambas manos para saludar a los pasajeros del teleférico, algunos provistos de cámaras y binoculares. Todos sonreímos y seguimos loma abajo.


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