SILVIO BERLUSCONI: EL CIUDADANO

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Con 71 años de edad, un pasado que lo vincula con la mafia siciliana y unas ambiciones desmesuradas por el poder, Il Cavaliere fue elegido por tercera vez para comandar el destino de Italia. Algunos analistas ven en él rasgos que lo asemejan al Ronald Reagan de los años 80 y al George W. Bush actual. Exhibicionista y desenfadado, sin pudor alguno a la hora de mostrar su vida privada y practicar un humor de dudoso gusto, Berlusconi se las ha apañado para estar otra vez al frente de un Estado que viene acusando reiteradas muestras de agotamiento. ¿La tercera, será la vencida?

Texto: Agustín Atir / Fotos: AP / AFP

Silvio Berlusconi

A los 71 años, Silvio Berlusconi llegó por tercera vez para conducir Italia. El éxito dependerá de la reactivación de la economía.

Los italianos tienen razón cuando dicen que su país es incomparable. Ninguna otra democracia occidental es gobernada por uno de los hombres más ricos del planeta, y ninguna otra nación admite que el principal dirigente político pueda controlar las televisiones nacionales. Silvio Berlusconi, que llegó por tercera vez al poder el 8 de mayo, reúne las dos condiciones: con un patrimonio estimado por la revista Forbes en 9.400 millones de dólares, es la 3a fortuna de Italia y la 90a a nivel mundial; y entre sus tres grupos nacionales y los tres canales del Estado, controla el 90% del sistema nacional de televisión. En un país de 60 millones de habitantes, con más de 600 canales –uno por cada 100 mil personas–, la televisión es un temible instrumento de poder. En la última campaña electoral, Berlusconi estuvo presente en las pantallas 43 veces más que su adversario de centro-izquierda, el ex alcalde de Roma, Walter Veltroni. “El peligro reside en que Berlusconi representa la unificación personal de los tres poderes: económico, político y cultural”, advierte el filósofo Norberto Bobbio. “La nueva forma de populismo que encarna Berlusconi consiste en usar la televisión para hablarle al elector sin mediación”, explica David Lane, periodista del semanario The Economist, en su libro Berlusconi’s Shadow. Sostenido por una batería de sondeos y encuestas cualitativas que le permiten conocer las expectativas de la sociedad, Berlusconi “le habla al bolsillo y al corazón de sus electores”, admite el psicólogo social Alessandro Amadori. “Berlusconi interpretó perfectamente el espíritu y los gustos del italiano medio. Su gran fuerza es ser un hombre común –su sentido del humor, su mentalidad, su cultura y su gestos son típicos de la clase media– y al mismo tiempo alguien incomparable”, argumenta el ítalo-norteamericano Alexander Stille, ex periodista del New York Times, autor del libro Citizen Berlusconi. La eficacia de su sistema recibió una involuntaria verificación científica en 2005, cuando dos neuropsicólogos publicaron los estudios realizados sobre el asombroso caso clínico de un ama de casa de 65 años que padecía una extraña forma de degeneración cerebral. La enfermedad le afectaba sólo el hemisferio derecho del cerebro, donde se procesan y elaboran las imágenes. Incapaz de reconocer a los miembros de su familia, la mujer –sin embargo– sólo recordaba a “un hombre rico, que posee televisiones y tiene éxito político”.

“Berlusconi considera legítimo en política todo aquello que constituyen los sueños y las aspiraciones profundas del común de los mortales”, sintetizó el filósofo Bobbio. Frente a ese panorama, algunos observadores desapasionados admiten su dificultad para explicar la pertinaz obstinación de los italianos en plebiscitar por tercera vez a Silvio Berlusconi.

Esa forma de imponerse a través de la imagen –más que mediante la persuasión política– es el rasgo central del populismo de Berlusconi. “Berlusconi considera legítimo en política todo aquello que constituyen los sueños y las aspiraciones profundas del común de los mortales”, sintetizó el fi lósofo Bobbio. Frente a ese panorama, algunos observadores desapasionados, como el semanario británico The Economist, aceptan su dificultad para revelar la pertinaz obstinación de los italianos en plebiscitar por tercera vez a Silvio Berlusconi. A los 71 años, ese personaje –desinhibido y transgresor– no tiene complejos en exhibir su riqueza, cometer errores y enmendarse al día siguiente, exponer su vida privada y practicar un humor de dudoso gusto. Su único complejo, quizás, es su aspecto físico. Su mayor obsesión es sin duda su estatura, a la cual alude con frecuencia. “No entiendo por qué los caricaturistas me presentan como un enano”, comentó recientemente. Aunque asegura que mide 1,71 metros, nadie le cree o –en todo caso– alcanza esa estatura cuando utiliza zapatos con tacones especiales. Durante la última campaña, su equipo de prensa hizo saber que era más alto que el presidente francés Nicolas Sarkozy (1,65 m) y que el hombre fuerte de Rusia, Vladimir Putin (1,67 m). L Otra inquietud esencial es su calvicie. Se hizo injertos de cabello. Nunca ocultó que también se sometió a varias cirugías estéticas, implantes de dientes plásticos –blancos y perfectos como una publicidad de dentífrico– y realizó numerosas curas de adelgazamiento. “Con los progresos de la cirugía y de la ciencia, ¿por qué privarse de ese tipo de intervenciones?”, se justificó hace algunos meses. “Cuando uno se cuida, todo es posible. Yo me siento como si tuviera 30 años”, aseguró. Para conservar la forma hace una hora de bicicleta fi ja, ejercicios de gimnasia y corre durante 90 minutos todos los fines de semanas. Como un personaje del star system, siempre aparece bronceado, con la cara sin arrugas y maquillado como para ingresar a un set de filmación. Todo ese esmero para tener una apariencia juvenil está destinado a mostrarlo con apariencia vigorosa para hacer olvidar sus problemas de salud: en 1977 fue operado de un cáncer de próstata, del cual afirmó que se había “curado totalmente en forma milagrosa”. En diciembre de 2006, se internó en el Heart Center de Cleveland, Ohio, para que le colocaran un pacemaker. El aspecto físico es un elemento fundamental de su carrera política. Pero también para sus secretas ambiciones de Don Juan. Como a su esposa Verónica Lario le horroriza el papel de first lady y prefiere permanecer en su casa, Berlusconi tiene el campo libre cuando decide poner a prueba su talento de seductor. En 2007, la revista Oggi publicó en su portada una foto de Berlusconi paseando abrazado por los jardines de Villa Certosa, en la isla de Cerdeña, con tres jóvenes esculturales. “El harem de Berlusconi”, decía el título. Un año antes, la prensa había señalado que mantenía una relación sentimental con Francesca Romana Impiglia, su joven secretaria de 22 años. Pero el episodio más grave se produjo en febrero de 2007 cuando en un programa de televisión formuló elogios excesivos sobre la diputada de Salerno, Mara Carfagna, una espectacular ex Miss Italia 1997, que en ese momento tenía 31 años. “Si no estuviera casado, me casaría con ella”, comentó sin medir el alcance de sus palabras. Al día siguiente, su esposa (que vino al mundo como Miriam Raffaella Bartolini) se declaró ofendida por esos comentarios y obligó a su marido a pedirle públicamente disculpas. Las versiones sobre su relación con Mara Carfagna recrudecieron a principios de mayo último, después de su tercer regreso al gobierno, cuando la designó al frente del ministerio de Igualdad de Oportunidades. Con la misma desinhibición con que muestra sus aventuras sentimentales, tampoco oculta su riqueza, convencido de que los italianos lo consideran un modelo y tratan de imitarlo. Berlusconi posee palacios, propiedades, yates, aviones privados, coches lujosos y todos los atributos del éxito con que puede soñar cualquier persona ambiciosa. Su principal conquista es su residencia principal en Arcore, al norte de Milán, una espléndida mansión de 148 dependencias –entre habitaciones, baños y salones–, construida en el siglo XVI en medio de un parque más extenso que el Vaticano. Berlusconi compró esa residencia en 1973 en condiciones poco claras.

“Si no entro en política, terminaré en la cárcel”, le comentó a Cesare Previti. Como hábil estratega, había comprendido que la operación mani pulite había barrido a la democracia cristiana y al Partido Comunista. Esa situación sin precedentes abría una posibilidad para imponer un nuevo partido político. En apenas dos meses creó Forza Italia.

ITALY BERLUSCONI

Bronceado y bien acompañado, Beslusconi es una figura más del jet set que expresa los valores aspiracionales de los italianos.

Después de una tragedia familiar, la única heredera era una niña huérfana de 12 años: la condesa Anna Maria Casati Stampa di Soncino. La venta fue negociada a precio irrisorio por el abogado Cesare Previti, tutor de la niña y socio del Cavaliere. Además, posee otra mansión de descanso en Cerdeña: Villa Certosa es un fastuoso palacio con bungalows para huéspedes, helipuerto, piscinas abiertas y cubiertas, cinco instalaciones de talasoterapia, un falso teatro griego en granito y un pequeño zoológico, todo rodeado de hectáreas de césped inglés. En ese paraíso terrenal recibe a sus amigos políticos y les prodiga trato de rey. Cherie Blair, esposa del ex primer ministro británico Tony Blair, relata en su autobiografía que cuando visitaron Cerdeña en julio de 2004, Berlusconi quiso regalarle un costoso collar. “Fue difícil explicarle que hubiera violado las reglas de nuestro gobierno sobre regalos”, agregó. Más recientemente, el 18 de marzo, apenas cuatro días después de su reciente victoria electoral, albergó nuevamente durante 24 horas en Villa Certosa al hombre fuerte de Rusia, Vladimir Putin, que regresaba de un viaje a Libia. Aunque ya es casi un veterano de la escena política italiana, muchos se preguntan quién es realmente ese hombre que pudo eludir todos los acosos judiciales y llegar tres veces al poder. La carrera de Berlusconi comenzó en 1961 con una ambiciosa empresa inmobiliaria que empezó a construir un barrio de mansiones de lujo en las afueras de Milán. Ese programa fue financiado con créditos acordados por un banco de Lugano (Suiza), conocido por reciclar dinero de la mafi a siciliana, según la denuncia que documenta Paul Ginsborg en su libro de investigación Silvio Berlusconi: Television Power and Patrimony. Sus presuntas relaciones con la mafia lo persiguieron durante toda su carrera. Pero, a diferencia de otros políticos salpicados o condenados por sus vínculos con la delincuencia organizada –como el ex primer ministro Giulio Andreotti–, Berlusconi nunca fue inquietado por la justicia. El investigador Paul Ginsborg también afirma que su vertiginosa carrera de self made man fue discretamente propulsada por la logia masónica Propaganda Due (P-2), que dirigía Liccio Gelli. La investigación realizada por el Parlamento sobre ese grupo secreto que pretendía instaurar una dictadura militar en Italia en los años 60, prueba que Berlusconi se afilió a la logia el 26 de enero de 1978 con el número de carnet 1816, código E.19.78, grupo 17, fascículo 0625. En 1990, su condena por falso testimonio en esa investigación quedó anulada por una amnistía misteriosamente acordada un año antes. Sin embargo, el momento clave de su vida llegó en 1984, cuando tres jueces de Roma, Turín y Pescara intentaron impedir la proliferación ilegal de repetidoras iniciada por Berlusconi para extender su red de televisión Mediaset. Para evitar una medida que hubiera significado la sentencia de su incipiente imperio televisivo, Berlusconi decidió pedir ayuda al primer ministro socialista Bettino Craxi. No sólo logró contener a los jueces, sino que el llamado decreto Berlusconi firmado por Craxi le autorizó a extender su red, le acordó nuevas frecuencias y le permitió programar emisiones de información. Su situación privilegiada se complicó a partir de 1992 con el comienzo de mani pulite (manos limpias), una vasta operación judicial destinada a eliminar la corrupción del mundo político italiano. Esas investigaciones, que pusieron en evidencia las turbias relaciones de Berlusconi con Craxi y el resto de la clase política, permitieron a los jueces inculparlo en 65 casos de malversaciones financieras y corrupción. Además, su holding Fininvest estaba al borde del colapso, asfixiado por una deuda de unos 2.500 millones de dólares de esa época. Fue en ese momento cuando decidió dar el gran salto al vacío para salvar su vida y sus negocios: “Si no entro en política, terminaré en la cárcel”, le comentó a Cesare Previti. Como hábil estratega, había comprendido que la operación mani pulite había barrido a la democracia cristiana y al Partido Comunista, las dos grandes fuerzas políticas que habían dominado la vida política italiana desde la Segunda Guerra Mundial. Esa situación sin precedentes abría una posibilidad para imponer un nuevo partido político. En apenas dos meses creó Forza Italia en alianza con los ex fascistas de Alianza Nacional de Gianfranco Fini y los independentistas xenófobos de la Liga del Norte de Umberto Bossi.

Utilizando las técnicas de marketing que se emplean para imponer un nuevo producto en un mercado, logró disimular sus problemas con la justicia y sedujo a los electores con el mensaje eficientista de un empresario exitoso, capaz de aplicar a Italia los mismos métodos que le habían permitido convertirse en millonario. “Es un personaje que decidió tomar el poder para defender sus intereses y, para lograr sus objetivos, creó un aparato encargado de vender su programa como si fuera un producto comercial”, explicó en ese tiempo el escritor Umberto Eco. A diferencia de sus adversarios, que tenían dificultades para imprimir su propaganda, Berlusconi gastó 10 millones de dólares para publicar 12 millones de ejemplares de su autobiografía, que fue distribuida a uno de cada cuatro adultos en el país. Sin detenerse a escuchar las críticas, prometía como un Mesías “un nuevo milagro italiano”. Hasta se comparó con Jesucristo: “Soy una víctima paciente (…) Me sacrifico por todo el mundo”, dijo sin ruborizarse. Con tres cadenas de televisión a su servicio y millones de dólares invertidos en propaganda, logró convencer a los electores de que pondría su talento como empresario al servicio de Italia. “Es tan rico que cuando llegue al gobierno no necesitará robar”, decían los dirigentes de su partido, como si se tratara de un argumento político. En los 226 días que duró su administración, puso en marcha un proceso de control sobre la justicia. Como había incluido en la lista de diputados a Cesare Previti, logró que la inmunidad parlamentaria protegiera a su aliado de la cárcel. Cuando regresó al poder en 2001 hizo aprobar por el Parlamento una serie de leyes ad personam que le acordaron inmunidad en todos los procesos abiertos por la justicia, incluyendo la delicada acusación de corrupción de magistrado.

Nombre Silvio Berlusconi Seudónimos Sua Emitenza (fusión de las palabras Eminencia y emisor), Biscione (serpiente), Il Cavaliere (título honorífico que reciben los condecorados con el grado de caballero) Nacimiento 29 de septiembre de 1936 en Milán Estudios Abogado (1961) Patrimonio $ 9.400 millones (3a fortuna de Italia y 90a mundial.) Familia Casado en primeras nupcias con Carla dell’Oglio Hijos Maria Elvira (llamada Marina) nacida en 1966; Piersilvio (Dudi) nacido en 1968 Reincidencia Casado en segundas nupcias con la actriz Verónica Lario Hijos Bárbara (1984); Eleonora (1986) y Luigi (1988).

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Racismo. Berlusconi arribó al gobierno asociado con grupos xenófobos y, esta vez, parece estar dispuesto a no defraudarlos.

El Parlamento también decidió dejar sin efecto una investigación por una evasión fiscal de 100 millones de dólares, pero –con un rigor típicamente italiano– lo condenó a pagar una multa de 2.800 dólares. Pese a todo, no pudo evitar la condena de nueve años de reclusión criminal por asociación mafi osa, pronunciada contra su brazo derecho, el senador Marcello Dell’Utri. En su libro Citizen Berlusconi, Alexander Stille cree haber descubierto en Berlusconi algunos rasgos que lo asemejan al Ronald Reagan de los años 80 y del George W. Bush actual: “Cierta forma de hablar el lenguaje de las clases populares, pero favoreciendo con su política a las clases privilegiadas”. Sin hablar ningún idioma extranjero, sin formación diplomática ni gran experiencia política, Berlusconi regresó por tercera vez al poder –acaso por última vez en su vida–, convencido de que será el salvador de Italia. La explicación de ese fenómeno incomparable en el resto de Europa fue aportada, tal vez, por el filósofo Norberto Bobbio poco antes de morir, cuando dijo: “Me pregunto si el berlusconismo no es una especie de autobiografía de la Italia actual”.


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