SIMONE DE BEAUVOIR: MEMORIAS DE UNA MUJER

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Crítico del patriarcado reinante en el mundo en el que vivimos, su pensamiento inició una revolución. A treinta años de su muerte, Simone de Beauvoir, una de las intelectuales más importantes de la historia, hacedora de El segundo sexo –una de las cien obras fundamentales del siglo XX–, asoma con luz propia desde la prolongada sombra de su relación con el filósofo Jean-Paul Sartre. Recordamos a una mujer que le dio alas de libertad al género.

Texto: Silvina Miguel / Fotos: Mattin Gondouin / Isabel Sarrade / Pierre Jauzion / Serge Bastareaud / Benjamin Poitrenaud / Laurence Fouroux / Delphine Le Roux / Thomas Roumieu

Simone de Beauvoir tenía razón. Los recuentos de su propia vida lo confirman, describiéndola no como la escritora y filósofa revolucionaria que fue, sino en función de su relación con Jean-Paul Sartre. Poniéndola en el lugar de “lo otro”, eje de su obra literaria más famosa, El segundo sexo: “La Humanidad es macho, y el hombre define a la mujer no en sí misma, sino en relación a él; no la considera como un ser autónomo. ‘La mujer, el ser relativo…’, escribe Michelet. Y así lo afirma Benda en el Rapport d’Uriel: ‘El cuerpo del hombre tiene sentido por sí mismo, abstracción hecha del de la mujer, mientras este último parece desprovisto de todo sentido si no se evoca al macho… El hombre se piensa sin la mujer. Ella no se piensa sin el hombre’. Y ella no es otra cosa que lo que el hombre decida que sea; así se la denomina ‘el sexo’, queriendo decir con ello que a los ojos del macho aparece esencialmente como un ser sexuado: para él, ella es sexo; por consiguiente, lo es absolutamente. La mujer se determina y se diferencia con relación al hombre, y no este con relación a ella; la mujer es lo inesencial frente a lo esencial. El es el Sujeto, él es lo Absoluto; ella es lo Otro”.

A los 21 años, se transformó en la profesora de filosofía más joven de Francia.

Tiempos modernos

 Sacerdotisa del existencialismo y una de las teóricas clave del feminismo, fue fundamental su vínculo con Jean-Paul Sartre.


Sacerdotisa del existencialismo y una de las teóricas clave del feminismo, fue fundamental su vínculo con Jean-Paul Sartre.

Simone de Beauvoir y el creador del existencialismo Jean-Paul Sarte se conocieron en París, en 1929. Por ese entonces, ambos se estaban preparando para aplicar la agrégation, la competitiva instancia que habilita a ejercer la docencia en el sistema educativo francés. Cuenta la leyenda que Sarte cautivó a Beauvior con su inteligencia, carisma y sentido del humor. Armas poderosas que supieron restarle importancia a la rústica apariencia física del filósofo y consiguieron que la bella joven burguesa no sólo abandonara a su novio, el profesor de filosofía René Maheu, sino que además se comprometiera a una relación con Sartre que trascendería los límites de sus propias existencias para transformarse en uno de los vínculos más desafiantes del siglo XX. “La camaradería que unió nuestras vidas terminó por convertir a cualquier otro tipo de vínculo personal que generáramos en una broma superflua”, confesaría Simone en su autobiografía La flor de la vida. Y agregaría: “Lo que tenemos es un amor esencial, aunque es también una buena idea experimentar romances circunstanciales”.

El liberal acuerdo excluía la convencionalidad de contraer matrimonio y formar una familia. Y la ponía a ella en una posición que hasta ese momento había sido solo patrimonio masculino. “La naturaleza de la unión entre Sartre y Beauvoir nunca fue secreta, ni para sus amigos ni para el público luego de que fueran abruptamente lanzados a la fama en 1945”, cuenta el escritor Louis Menand en su ensayo La extraña relación de Sartre y Beauvoir que escribió para la revista The New Yorker.

“Eran una pareja famosa con vidas independientes, que se veía en cafés, mientras escribían sus libros y se encontraban con amigos en mesas separadas, y eran libres de disfrutar otras relaciones, manteniendo al mismo tiempo un matrimonio de almas. Su vínculo era parte de la mística del existencialismo y fue ampliamente documentado y fervientemente defendido por Beauvior en los cuatro volúmenes de su autobiografía”, alega el experto.

Para después argumentar que “a Beauvoir y a Sartre no les interesaba disimular los hechos por respeto a los estándares de la decencia burguesa. Faltarle el respeto a los estándares de la decencia burguesa era precisamente la intención”. Menand también asegura que “Sartre y Beauvoir solían referirse a su séquito de conquistas con el nombre de ‘la Familia’” y añade que “su método consistía en adoptar una joven como su protegida: llevarla al cine, a cafés, viajar con ella, ayudarla en su educación y su carrera y sostenerla financieramente”, para concluir que “sentir que efectivamente compartían la cama con sus hijas debía ser, como todo tabú, un estimulante erótico para Sartre y Beauvoir”.

Una hija obediente

En abril se cumplieron 30 años del fallecimiento de la filósofa y escritora, nacida en 1908 en el parisino bulevar Raspail.

En abril se cumplieron 30 años del fallecimiento de la filósofa y escritora, nacida en 1908 en el parisino bulevar Raspail.

Georges Bertrand de Beauvoir fue un frustrado amante del teatro y la literatura devenido en abogado y empleado público, primero, y en aristócrata conservador, más tarde, que se había casado en 1906 con Françoise Brasseur, una opaca mujer burguesa con una profunda fe católica. Dos años después de aquella ceremonia, exactamente el 9 de enero de 1908, nacía en París Simone Lucie Ernestine Marie Bertrand de Beauvoir. Hélène, su hermana menor, llegó al mundo dos años más tarde, en 1910, y la precoz intelectual pronto convertiría a la pequeña “Poupette” en su alumna.

Fue Georges quien supo reconocer en su primogénita la sed de conocimiento que alguna vez le había sido propia. Así que la alimentó con entusiasmo. Hasta que, cuando la guerra les robó la fortuna que Françoise había aportado en la unión matrimonial, y la carrera de Simone ya no fue un lujo sino una necesidad, Georges solo pudo ver en el éxito de su hija su propio fracaso. Por ende, la relación padre-hija se volvió tan complicada como la que Simone ya tenía con su madre desde los 14 años, cuando tras una profunda crisis de fe, había negado la existencia de Dios.

Contra la trampa de la maternidad. Estuvo en las calles para reivindicar el derecho a la contracepción y al aborto.

Contra la trampa de la maternidad. Estuvo en las calles para reivindicar el derecho a la contracepción y al aborto.

Para esa época, Simone había dejado la escuela católica de la niñez para ingresar en el instituto Adeline Désir, donde permanecería hasta los 17 años. En esa institución educativa Beauvoir conocería a Elizabeth Mabille, con quien mantendría una íntima y profunda amistad hasta la inesperada muerte de “Zazá” en 1929, aparentemente víctima de meningitis, aunque Simone estaba segura de que la causa había sido el desgraciado acuerdo matrimonial que la familia de Elizabeth le había impuesto. De una u otra manera, la pérdida de Zazá fue clave para Beauvoir y resquebrajó aún más la grieta que ya la separaba de las rígidas maneras burguesas respecto de la posición de la mujer en la sociedad.

Al culminar sus estudios, el próximo paso de Simone serían los institutos Catholique –graduada en matemáticas– y el Sainte-Marie –donde estudió literatura–, y la legendaria Université Paris 1 Panthéon-Sorbonne, luego. Allí conocería al filósofo Maurice Merleau-Ponty y al antropólogo y etnólogo Claude Lévi-Strauss, con quienes establecería un diálogo intelectual que se extendería más allá de los años académicos.

Ya en 1929, disputando la prestigiosa agrégation lograría el segundo lugar, detrás de Sartre y por encima de los filósofos Paul Nizan y Jean Hyppolite. Según la leyenda, Sartre se llevó el primer puesto básicamente porque una mujer no podía obtenerlo. Lo que sí consiguió Simone fue transformarse, a los 21 años, en la estudiante más joven en aprobar la agrégation y en la profesora de filosofía más joven de Francia.

El fin de la docente fue el comienzo de la escritora.

La flor de la vida

Amor. Simone halló en Sartre el compañero ideal para crecer vital e intelectualmente. Jamás vivieron bajo el mismo techo.

Amor. Simone halló en Sartre el compañero ideal para crecer vital e intelectualmente. Jamás vivieron bajo el mismo techo.

Durante los años posteriores a su graduación, Beauvoir ejerció la docencia en liceos de Marsella y Ruan, enseñando literatura y filosofía, y comenzó a utilizar su espacio de poder para criticar el papel de la mujer en la sociedad. Por esto último, y por ser pacifista en tiempos de conflicto, fue despedida por el gobierno nazi en 1941. El fin de la Segunda Guerra Mundial la encontró explorando el rol del intelectual en la vida política y social, y en 1943, una denuncia elevada en su contra por corrupción de una estudiante la alejó de la docencia una vez más. Sería para siempre. Ese mismo año se editaba su novela La invitada, en la que Beauvoir ficcionalizaba el triángulo amoroso que había protagonizado con Sartre y su alumna Olga Kosakiewicz. El fin de la docente fue el comienzo de la escritora.

Además, en los años de la contienda bélica, Simone se había abocado a lo que ella daría en llamar su “período moral”, plasmado en obras literarias que serían publicadas a partir de 1943: desde La sangre de los otros (1945), considerada la novela existencial más importante de la Resistencia francesa hasta el ensayo filosófico Para una moral de la ambigüedad (1947), la novela Todos los hombres son mortales (1946) y la obra de teatro Las bocas inútiles (1945).

En 1945, junto a Sartre, Merleau-Ponty, Raymond Aron y otros intelectuales, Beauvoir fundaba la revista de izquierda Les Temps Modernes, proclive a la discusión política, literaria y filosófica. Además de editarla, Beauvoir contribuía con ensayos como aquel en el que explicaba su manera de hacer filosofía en sus obras literarias, “Literatura y metafísica”. En 1949, Beauvoir publicó su revolucionaria El segundo sexo, obra que la consolidaría como una figura clave del feminismo.

 

En su momento, un libro como El segundo sexo fue visto como un desafío a la decencia.

El segundo sexo

Innovador y aleccionador. El segundo sexo, publicado en 1949, es considerado hoy en día la biblia del feminismo moderno.

Innovador y aleccionador. El segundo sexo, publicado en 1949, es considerado hoy en día la biblia del feminismo moderno.

En su momento, un libro como El segundo sexo fue visto como un desafío a la decencia más que una acusación política al patriarcado; y fueron recién las feministas de la segunda ola las que realmente comprendieron que no era la decencia la que estaba siendo atacada sino la indecencia patriarcal. Lo que no cabe duda es la deuda que el feminismo tiene para con El segundo sexo: “La disputa durará en tanto que hombres y mujeres no se reconozcan como semejantes; es decir, en tanto se perpetúe la feminidad como tal; ¿quiénes de ellos son los más encarnizados en mantenerla? La mujer que se libera de ella quiere, no obstante, seguir conservando sus prerrogativas; y el hombre exige que entonces asuma también sus limitaciones”, relataba un abordaje de esos días.

Vanguardista en sus ideas sobre la posición de la mujer, a partir de los 60, años en los que reinaron las feministas de la segunda ola, Beauvoir se unió activamente a la lucha, escribiendo ensayos, brindando conferencias, participando en manifestaciones, firmando peticiones. En 1970, colaboró en la creación del Mouvement de libération des femmes (movimiento de liberación de las mujeres), sumando su apoyo al manifiesto de las 343 por el derecho al aborto; y ya en 1973 creó una sección feminista en Les Temps Modernes. Además, a lo largo de esa década, Beauvoir publicó su segundo gran trabajo, La vejez, un libro visionario y marxista. Una reflexión en la que el lugar de “el otro” lo ocupan los ancianos, y que en el mapa general de su obra es considerado la cumbre alcanzada luego de textos que analizan la finitud como Todos los hombres son mortales y Una muerte muy dulce (1964).

Todo lo dicho y hecho

Pionera en hablar de la condición femenina como de una construcción cultural, predicó por un modelo de libertad.

Pionera en hablar de la condición femenina como de una construcción cultural, predicó por un modelo de libertad.

El indiscutido suceso literario de Beauvoir, tanto como su escandalosa relación con Sartre, la pusieron en el centro de la escena, concediéndole una reputación que ningún filósofo había alcanzado jamás. Fue quizás una de las primeras celebrities, tal y como las concebimos actualmente. Bajo el escrutinio del mundo patriarcal que se había animado a denunciar, su originalidad fue cuestionada y su mérito, menospreciado.

“Hay algunos pensadores que desde el comienzo son considerados filósofos sin ambigüedad alguna, como Platón. Hay otros cuyo lugar es por siempre cuestionado, como el de Nietzsche; y están aquellos que se van ganando gradualmente el derecho a ser admitidos en el templo de la filosofía. Simone de Beauvoir ha sido uno de estos últimos. Identificándose a sí misma más como una escritora que como una filósofa, el lugar de Simone le ha sido concedido contra su propia voluntad. Ese lugar es ahora indiscutible”, así la ubica en la historia intelectual una de sus estudiosas más esmeradas, la filósofa Michèle Le Dœuff.

Fue quizás una de las primeras celebrities, tal y como las concebimos actualmente.

Tiempos difíciles

Tras algunos devaneos con el sexo femenino, convivió varios años con Claude Lanzmann, algunos años más joven.

Tras algunos devaneos con el sexo femenino, convivió varios años con Claude Lanzmann, algunos años más joven.

Simone perdió a su compañero Sartre en 1980. Al año siguiente, vio la luz su despedida literaria La ceremonia del adiós y adoptó a su compañera Sylvie le Bon, quien con el tiempo se convirtió en heredera de su legado literario. Tres años después de la muerte de Sartre, Beauvoir editó una colección de cartas que él le había enviado a lo largo de su vida en las que admitía en detalle su comportamiento sexual. Simone murió en 1986, de un edema pulmonar. En 1990, Le Bon hizo pública, sin ningún tipo de edición ni cambios, la correspondencia que Simone le había remitido al hacedor de La náusea. Las misivas sorprendieron a muchos, pero no por la promiscuidad que se desplegaba en ellas, sino por la hipocresía.

Simone había negado siempre sus relaciones sexuales con mujeres, mientras que en las epístolas a Sartre las descubría abiertamente. No solo eso. Más desconcertantes fueron las palabras de menosprecio que utilizaba la pareja al referirse a sus conquistas. En el análisis de Menand citado –La extraña relación de Sartre y Beauvoir–, éste infiere que “quedaba claro que en privado Sartre y Beauvoir despreciaban a las personas con las que mantenían relaciones, y que ambos disfrutaban especialmente confesarse las mentiras que prodigaban a sus conquistas”.

Bianca Lamblin, una de las jóvenes amantes de la pareja escribió sobre ellos en sus Memorias de una joven informal (1994) que la perversión del dúo “se ocultaba detrás de la apariencia tímida y apacible de Sartre y de la seriedad y austeridad del Castor (el apodo malintencionado con el que René Maheu se refería a Beauvoir y que sería popularmente adoptado)”, y afirmó categóricamente: “De hecho, en el vínculo que los unía recreaban a su modo la célebre novela epistolar Relaciones peligrosas”.


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