SLAVOJ ŽIŽEK: UN FILÓSOFO MUY PELIGROSO

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No se muerde la lengua cuando se trata de criticar a Europa y se le considera un revolucionario por sus ideas para transformar el orden económico. Slavoj Žižek es un filósofo con pocas pulgas. En su último libro publicado en español por Anagrama –La nueva lucha de clases–, el autor plantea una indagación en las medias verdades sobre lo que sucede en Europa, donde se superponen los atentados terroristas del radicalismo islámico con la llegada de una multitud de emigrantes y refugiados. La solución de esta encrucijada pasa, en opinión del filósofo esloveno, menos por la acción militar que por el fomento de la igualdad y la recuperación de la lucha de clases. De este y otros temas conversa en esta entrevista.

Texto: Sergio Cantone (Euronews) / Fotos: Gentileza Editorial Anagrama

ALMA MAGAZINE: Según usted la globalización es uno de los principales motivos de la actual crisis de los refugiados. ¿Por qué?

SLAVOJ ŽIŽEK: Creo que la otra faceta de la globalización es la construcción de nuevos muros invisibles. Tenemos paro y empleo precario. En Europa la globalización ha fracasado, pues hay gente excluida que vive en la pobreza. Por tanto, ya no se trata de una clara distinción de clases, sino que hay una diferenciación mucho más vaga entre quienes disfrutan de una seguridad básica, derechos civiles, etc., y quienes están excluidos. Necesitamos un nivel de poder transnacional para hacer cumplir algunas decisiones a nivel internacional. Ni la ecología ni los refugiados se salvarán sin ese tipo de mecanismos.

AM: Sin embargo, la Unión Europea debería afrontar ese tipo de cuestiones transnacionales. Pero ha fracasado. ¿Por qué no se están haciendo las cosas bien?

S.Ž.: Esa es la tragedia de la Unión Europea. Europa no sabe lo que quiere. Hoy en día tenemos dos Europas. Una es la tecnocrática que está en Bruselas y que simplemente quiere formar parte del mercado global, sin ni siquiera tener una idea muy clara. La otra, es la Europa populista, antinmigración, que a mi parecer constituye la verdadera amenaza para Europa. Yo no tengo miedo de eso que quieren hacernos ver como una invasión masiva; sin embargo, sí que les tengo miedo a quienes quieren defender hoy en día a Europa. Y si, por ejemplo, Marine Le Pen llega al poder en Francia y así sucesivamente, ¿seguirá siendo este continente, la Europa que conocemos y que nos gusta? ¿Seguirán manteniéndose en Europa valores como la seguridad social, la igualdad de derechos de la mujer y demás?

“Necesitamos organismos transnacionales capaces de tomar importantes decisiones.”

AM: ¿Qué es la “nueva lucha de clases” a la que hace referencia en su último libro?

S.Ž.: Cuando digo “lucha de clases”, no hago alusión a la vieja noción de antagonismo entre proletarios y burgueses. En el libro, me refiero de forma paradójica a una clase de derecha sobre la que el filósofo alemán Peter Sloterdijk propuso una metáfora de la globalización y de su inevitable carácter exclusivo. El la compara con una burbuja, un mundo interior cuyos límites invisibles son casi infranqueables desde el exterior. Por un lado están los ganadores de la globalización, y por el otro, los perdedores, que son tres veces más numerosos que los primeros. Además, la noción de proletariado debe ser redefinida. Ser un proletario en el sentido marxista clásico –un obrero que debe vender su fuerza de trabajo para vivir– es casi un privilegio hoy: hay pobres, estudiantes sin empleo, mil millones de personas que viven en casillas, etc. En este contexto, ¿qué significa hoy la noción de explotación? Hay que volver a fundar completamente la teoría marxista tradicional. Sí, el Muro de Berlín cayó, pero hay una nueva frontera entre aquellos que se benefician con la globalización y aquellos que no.

AM: ¿Y por qué las clases trabajadoras y las clases medias deberían unirse en la lucha de las masas empobrecidas de otros continentes?

S.Ž.: Esa es una pregunta abierta muy importante y que la mayoría de la gente de izquierdas, en general, evita. Cuando se dice que el ciudadano de a pie tiene miedo de los inmigrantes, existen razones para ello. Pues si Europa abre totalmente sus puertas a los emigrantes, no serán los ricos quienes sufran, sino que serán las clases populares las que tendrán menos trabajo y probablemente salarios más bajos. Por tanto, la única solución que puedo imaginarme consistiría en articular una especie de lucha común. El problema no es solo una cuestión humanitaria, sobre si vamos a acoger a los refugiados o no. El problema es que, en Europa, hay una especie de rabia latente. La caída del estado de bienestar es lo que tiene a la gente insatisfecha en Europa. Y lo que más molesta, es que parte de esa misma crisis se debe al desequilibrio del capitalismo mundial. Por lo que es absolutamente crucial que de alguna manera unamos nuestras luchas con sus luchas. Si no aceptamos esto, si en la actual situación seguimos diciéndonos que los refugiados que vengan seguirán siendo una carga, entonces estaremos perdidos. Repito: necesitamos organismos transnacionales capaces de tomar importantes decisiones.

AM: ¿Y con capacidad para aplicar la ley?

S.Ž.: Por supuesto, no veo ningún problema en ello.

AM: Pero esto ha sido rechazado en la Unión Europea.

S.Ž.: Y eso me pone muy triste. Quiero decir, de acuerdo, se ha rechazado, pero ¿cuál es la alternativa? Porque no veo alternativa, porque si renunciamos a la Unión Europea, entonces serán los países más fuertes quienes dominen el juego… Y eso es lo que quiere, por ejemplo, Inglaterra.

AM: El problema no es Bruselas, es la globalización…

S.Ž.: Eso es lo que dice usted, y por eso…

AM: La crisis del estado de bienestar no es por culpa de Bruselas…

S.Ž.: ¡Ah! Los críticos de Bruselas a menudo ignoran que Bruselas no es solo una mala burocracia, Bruselas además impone determinadas normas mínimas de trabajo, y un máximo de horas de trabajo… Y esa es precisamente la batalla que aún ha de librarse dentro de la Unión Europea.

AM: Con el fenómeno Donald Trump, ¿está Estados Unidos afrontando un período revolucionario?

S.Ž.: Por supuesto, Trump me resulta personalmente repugnante, sus malos chistes racistas, su vulgaridad, etc. Pero al mismo tiempo ha dicho algunas cosas muy acertadas sobre Palestina e Israel. Por ejemplo, dijo que también hay que ver los intereses de los palestinos y ver las situaciones de una manera más neutral. También ha dicho que no debemos ver a Rusia simplemente como un país antagonista, sino que hay que encontrar un diálogo. El está incluso a favor de un salario mínimo más alto. Y ha dado a entender que no quiere acabar con el sistema de asistencia sanitaria universal de Obama, sino que…

AM: Es un centrista liberal…

S.Ž.: ¡Sí! Esa es mi tesis. Y si descarta esta idea ridícula, tengo que admitir que tras esa apariencia peligrosa, quizá sea un candidato mucho más oportunista y quizá su política no sea tan mala.

“El Muro de Berlín cayó, pero hay una nueva frontera entre aquellos que se benefician con la globalización y aquellos que no.”

AM: Se vienen las últimas semanas de Barack Obama en la Casa Blanca. ¿Cuál es su balance?

S.Ž.: Aun mantengo cierta simpatía por Obama. No compro ese discurso izquierdista de que Obama traicionó a la izquierda. ¿Qué esperaban, que introdujera el comunismo en Estados Unidos? Pero lo que me gusta de Obama, en lo que considero fue una muy buena misión, es la atención sanitaria universal. Tocó un punto muy importante de la ideología norteamericana. Obviamente tocó algo profundo. Algunos republicanos incluso querían llevarle al Tribunal Supremo. Así es como deberíamos proceder. No digas “gran revolución”. Escoge algunos puntos específicos, aunque puedan parecer muy modestos al principio. No es nada especial. No puedes acusar a Obama de comunismo, por Dios. Canadá tiene asistencia médica universal, así como la mayoría de países de Europa Occidental. Pero en las condiciones norteamericanas esto significa algo muy potente, y creo que es precisamente esto lo que deberíamos estar haciendo hoy. No soñar en la gran revolución o como quieras llamarla, sino escoger puntos conflictivos, dramáticos, de cada sistema.

AM: Rusia y China, ¿representan una organización económica y política alternativa que también podría oponerse al modelo occidental?

S.Ž.: Sí, pero aquí me pongo un poco del lado de Occidente. Porque defienden una alternativa, y no un simple capitalismo autoritario, protofascista. He estado en China y sé de qué hablo. He asistido a varios debates en China y todos intentan dar una sutil justificación confuciana del régimen comunista. Todos llegan a la misma conclusión: “No nos podemos permitir la democracia, porque eso significaría una explosión social”… y siempre usan términos fascistas sin darse cuenta. Ellos dicen: “Necesitamos cierta estabilidad corporativa en la que cada cual encuentre su sitio, debe haber un orden que garantice la solidaridad, etc”. Por tanto, quieren una modernización conservadora. Y, por desgracia, el capitalismo va en esa dirección.

AM: ¿Podría hacerle una última pregunta? ¿Una pregunta personal?

S.Ž.: ¡Oh, Dios mío!

AM: A usted le han definido como el Elvis Presley de la filosofía…

S.Ž.: No, no… ¡Le odio! Está hablando ahora como un enemigo, y cuando el pueblo tome el poder ¡le encerraremos en el gulag durante cinco años! Sí, cinco años. Eso son habladurías de la gente que me ataca de forma indirecta. Dicen que soy un estalinista loco y confuso… Pero usted sabe que deben reconocer que tengo cierta popularidad. Con esa estrategia, al decir que soy Elvis, quieren decir: “Miren es un tipo divertido, pueden ir a escucharle, pero su filosofía es filosofía pop, no se lo tomen en serio”.

Así empieza La nueva lucha de clases

Singular. Considerado un intelectual de izquierda liberal, critica también el neoliberalismo y el capitalismo mundial.

Singular. Considerado un intelectual de izquierda liberal, critica también el neoliberalismo y el capitalismo mundial.

En su estudio clásico Sobre la muerte y los moribundos, Elisabeth Kubler-Ross postuló su famoso esquema de cinco fases para explicar nuestra reacción cuando nos comunican que sufrimos una enfermedad terminal: negación (simplemente rehusamos aceptar el hecho: “Esto no me puede estar pasando a mí”) ira (que estalla cuando ya no podemos seguir negando el hecho: “¿Cómo es posible que esto me esté pasando a mí?”); negociación (la esperanza de que de alguna manera podamos posponer o mitigar el hecho: “Que pueda vivir para ver graduarse a mis hijos”); depresión (desinversión libidinal: “Voy a morir, ¿por qué he de preocuparme de nada?”); aceptación (“No puedo luchar contra la enfermedad, así que es mejor que me prepare”). Más tarde, Kubler-Ross aplicó esas fases a cualquier forma de pérdida personal catastrófica (quedarse sin trabajo, la muerte de un ser amado, el divorcio, la drogadicción), y también recalcó que no tienen por qué darse necesariamente en el mismo orden, ni los pacientes tampoco tienen por qué experimentar los cinco estadios.

En la Europa Occidental de hoy en día, la reacción de las autoridades y de la opinión pública parece constar de una combinación parecida de reacciones dispares. Encontramos (cada vez menos) la negación: “No es tan grave, lo mejor es no hacer caso”. Encontramos la ira: “Los refugiados son una amenaza para nuestro modo de vida y, además, entre ellos se ocultan fundamentalistas musulmanes: ¡hay que detenerlos a cualquier precio!”. Encontramos la negociación: “Muy bien, ¡establezcamos cuotas y apoyemos los campos de refugiados en sus países!”. Encontramos la depresión: “¡Estamos perdidos, Europa se está convirtiendo en Europastán!”. Lo que nos falta es la aceptación, que en este caso significaría un plan europeo coherente para enfrentarse al problema de los refugiados.


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