SONIA GANDHI: EMPERATRIZ SIN CORONA

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Con la elección de Pratibha Patil como primera mujer presidenta de la India –la mayor democracia del planeta–, quedó demostrado el gran peso político de Sonia Gandhi. Extranjera en un país que conserva profundas tendencias racistas y xenófobas, la esposa del asesinado primer ministro Rajiv Gandhi ha logrado transformarse en una líder carismática a fuerza de temple y paciencia. Para una italiana que pensaba ser azafata, el reconocimiento de revistas como Forbes y Time –que la consideraron una mujer influyente  y ejemplar– tiene el valor de una coronación.

Texto: Agustín Atir / Fotos: AFP / AP

INDIA ELECTIONS

Una pareja política. Sonia junto a su esposo, Rajiv Gandhi, y al premier chino, Li Peng, en Beijing, 1988.

Sonia Gandhi tiene bien ganado su apodo de “esfinge”. Esta ex azafata nacida en Italia hace sesenta y un años –viuda del ex primer ministro indio Rajiv Gandhi– sonrió enigmáticamente el sábado 21 de julio, cuando conoció los resultados de la elección presidencial: el nombramiento de Pratibha Patil, de setenta y dos años, como primera mujer presidenta de la India era, en gran medida, una victoria personal. “Se trata de un momento muy particular para nosotras, las mujeres, porque por primera vez una mujer dirigirá los destinos de la mayor democracia del planeta”, declaró frente a los micrófonos y las cámaras de televisión. A riesgo de empeñar el prestigio de la dinastía Nehru-Gandhi, que predomina en la historia política de la India desde hace más de sesenta años, la “emperatriz viuda”, la “duquesa”, la “italiana”, la “extranjera” o simplemente “Sonia” –como la llaman sus amigos o sus adversarios– luchó como una tigresa para apoyar la candidatura de una mujer como futura jefa de Estado. Aunque el presidente indio carece de verdaderos poderes y su función es puramente protocolar, el acontecimiento tenía un profundo valor simbólico. En la India, la elección presidencial no se realiza a través del sufragio directo de sus ciudadanos, sino de un colegio electoral restringido que integran los parlamentarios nacionales, miembros de las legislaturas provinciales y una casta de dirigentes políticos fuertemente machista. Por eso era mucho más difícil respaldar a una mujer que simbolizaba la causa femenina: en ese país, cada tres minutos se produce un asesinato, una violación o una agresión contra una mujer. La elección de Pratibha Devisingh Patil tuvo, entonces, un carácter especial para Sonia Gandhi, esa hermosa mujer que llegó a la India por amor y que debió dedicarse a la política por necesidad. Por cautela o por desinterés, ella nunca se preocupó demasiado en aclarar sus orígenes exactos. Algunas biografías afi rman que Sonia Maino nació el 9 de diciembre de 1946 en la localidad de Lusiana, en el Véneto. Otras afi rman que su padre era un industrial piamontés de Orbassano, cerca de Turín. En todo caso, su madre y sus dos hermanas todavía viven en Orbassano. Sonia conoció a Rajiv Gandhi en 1964 en Inglaterra cuando ella estudiaba inglés en la Universidad de Cambridge para trabajar como azafata y él terminaba sus estudios de ingeniería para convertirse en piloto de avión. Durante mucho tiempo, Rajiv le ocultó que era el hijo de Indira Gandhi, heredera de la dinastía política más poderosa de la India. Cuando le propuso casamiento, Sonia le advirtió que no vacilaría en pedir el divorcio si algún día se dedicaba a la política. La boda fue el 28 de febrero de 1968 en una ceremonia sencilla y eligieron la misma fecha en que Indira se había casado, algunas décadas antes, con Feroze Gandhi (sin ningún parentesco con el patriarca de la India).

ADAPTADA PERO CUESTIONADA

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En el parlamento. Sonia Gandhi junto al primer ministro, Manmohan Singh, y a Pratibha Patil; la abogada es la primera mujer en alcanzar el cargo de presidente en la India.

“Pasé a formar parte de la India hace cuarenta años cuando ingresé en el hogar de Indira Gandhi como prometida de su hijo”, suele recordar en los mitines electorales para destruir las acusaciones de sus adversarios, que frecuentemente la acusan de “extranjera”. Sonia, que habla con fl uidez el hindi y luce con elegancia el tradicional sari indio, nunca pensó que algún día jugaría un papel determinante en la vida política de la India. Desde el momento en que aceptó casarse con Rajiv y vivir en Nueva Delhi, decidió adaptarse al modo de vida indio para ser aceptada por una sociedad que conserva profundas tendencias racistas y xenófobas: “Nunca sentí que me miraran como a una extranjera –suele mentir–, simplemente porque no lo soy. Soy india”. Después de su casamiento, su marido siguió trabajando como piloto de Air India. Para evitar que cada vuelo se convirtiera en un acto político, se presentaba como el “comandante Rajiv”. Durante los años en que Indira Gandhi gobernó el país, el matrimonio vivió felizmente con S sus dos hijos en un bungalow residencial, ubicado en el número 10 de la calle Janpath, de Nueva Delhi. Rajiv nunca pensó en dedicarse a la política. El heredero natural de Indira era Sanjay, un joven carismático que se había preparado desde la niñez para llegar al poder. Pero su vida concluyó prematuramente en 1980 al estrellarse con su avión mientras hacía acrobacia. Ese día también cambió el destino de Sonia. La vida apacible que llevaba desde que se había casado con Rajiv terminó de transformarse por completo en 1984 con la muerte de Indira, asesinada por un miembro de su guardia. Una tradición no escrita de la política india dispone que el Partido del Congreso debe ser dirigido por un heredero de la dinastía Nehru. El prestigio del clan proviene de la gran amistad y complicidad política que existía entre Jawaharlal Nehru y el padre de la independencia india, el Mahatma Gandhi. Elegido al frente del Partido del Congreso en 1929, Nehru fue el primer jefe de gobierno cuando la India se liberó del colonialismo británico, en 1947. Su hermana, Vijaylashmi Pandit, fue la primera mujer embajadora de su país y una de las pocas mujeres que llegó a presidir la Asamblea General de la ONU. La hija de Jawaharlal, Indira, gobernó el país durante quince años. Con su muerte, la dinastía corría el riesgo de extinguirse. Desaparecido Sanjay cuatro años antes, Rajiv tuvo que asumir la herencia familiar y aceptar la propuesta del Partido del Congreso de ocupar el cargo de primer ministro. En esa misma época, para no perjudicar la imagen política de su marido, Sonia devolvió su pasaporte y adoptó la nacionalidad india. El 21 de mayo de 1991, su destino sufrió otro vuelco imprevisto con el asesinato de Rajiv, que murió destrozado por una bomba, oculta en un ramo de flores que le entregó un fanático tamil durante una gira electoral en Madras.

PRIYANKA, LA HEREDERA

La dinastía Gandhi tiene la sucesión asegurada: Priyanka, la hija mayor de Sonia y Rajiv Gandhi, decidió no postularse todavía al Parlamento a fi n de conservar intacto su prestigio para el futuro. La joven tiene todos los atributos para aspirar al poder: es joven, hermosa, inteligente, ambiciosa, luce el carismático apellido Gandhi y tiene la gran ventaja de haber heredado los rasgos de su abuela Indira. Pero aún es demasiado joven. Los comentaristas políticos indios aseguran que es más talentosa e inteligente que su hermano Rahul, que desde 2004 ocupa una banca de congresista. Priyanka, nombre que signifi ca “primavera” en lengua hindi, es licenciada en Letras y Psicología en la Universidad Católica de Nueva Delhi. El 18 de febrero de 1997 se casó con el empresario Robert Vadra, con quien tiene dos hijos. La ex primera ministra paquistaní, Benazir Bhutto, que tiene un aguzado olfato político, la defi nió hace unos años como “la nueva heroína de la India”.

LARGA VIDA A SONIA

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Sonia Gandhi y su familia en el área VIP del aeropuerto de Nueva Delhi.

“Comprendí el sentido de su lucha cuando asesinaron a mi abuela y más tarde cuando mataron a mi padre. Ella se sobrepuso en ambas ocasiones. ¡Venció! Mi madre es mi heroína”, comentó recientemente su hijo mayor. Nueve años luego de perder a su marido, en el año 2000, Sonia dio una inusual muestra de tolerancia durante el juicio a una mujer que había participado en el asesinato de Rajiv. La conspiradora, Nalimi, pidió clemencia argumentando que su hijo de siete años quedaría huérfano si la condenaban a la horca. La viuda le pidió a la Corte que actuara con clemencia. El tribunal aceptó fi nalmente conmutar la pena de muerte. Sonia, que hasta el asesinato de su marido se dedicaba a tareas de benefi cencia y caridad, quedó al frente de una dinastía que vive por el poder y a cargo de dos hijos de corta edad. Como todos los herederos de ese clan, Rahul y Priyanka fueron educados para dedicarse a la política. Las especulaciones sobre el futuro político de Sonia comenzaron, en realidad, apenas terminó el sepelio de Rajiv. A pesar de las presiones, se negó a participar en política y a asumir su responsabilidad como exigía la tradición del Partido del Congreso. Esa prescindencia duró hasta que sus hijos crecieron. Durante esos siete años, hasta el momento en que aceptó lanzar su candidatura a congresista, Sonia mantuvo un hermético silencio. En todo ese largo período, sólo concedió dos entrevistas a la prensa. De ahí viene su apodo de “esfi nge”. Su actitud reservada le ganó la simpatía de grandes sectores de la opinión pública. En sus pocas apariciones, su presencia desencadenaba verdaderas reacciones de entusiasmo: “Sonia Gandhi, zimdabad” (Larga vida a Sonia Gandhi) solían gritar con entusiasmo sus partidarios. En 1998, en vista de esos resultados, el Partido del Congreso comprendió que el carismático apellido de Gandhi constituía el mejor recurso para recuperar el poder que había perdido en 1987 tras cuarenta años de gobierno. La decisión de intervenir en política representó un verdadero sacrifi cio: Sonia no dio ese paso al frente por ambición personal, sino como un puente para asegurar la transición. Su determinación de aceptar el desafío para asegurar la herencia política de la familia implicaba, por lo demás, enormes riesgos en un país donde el fanatismo religioso ya había provocado la muerte de dos Gandhi. Luego de aceptar la presidencia del partido, se proclamó candidata al cargo de primera ministra. Como contraparte, sus adversarios se dedicaron a poner el acento en que una extranjera no podía gobernar el país.

RAJIV GANDHI FUNERAL

Aunque le costó desprenderse de su pasado italiano, pudo imponer su pensamiento en un país con tradiciones muy fuertes. Ahora su voz es escuchada.

El Partido del Congreso fue nuevamente derrotado en esa elección, pero Sonia Gandhi ganó una banca de congresista en el Parlamento. Convertida en principal personaje de la oposición, a partir de ese momento se dedicó a preparar el regreso al poder. Seis años después, en 2004, el Partido del Congreso triunfó en las elecciones legislativas y Sonia Gandhi –como líder de la formación política– quedó en condiciones de convertirse en jefa de Estado. De esa manera, podía darse la paradoja de que una italiana de religión católica fuera elegida primera ministra de la India, un país desgarrado por la intolerancia religiosa. Esos argumentos tuvieron una enorme gravitación en la violenta campaña lanzada por la oposición para cerrarle el camino al poder. Varios congresistas incluso afi rmaron que preferían renunciar a sus bancas “antes que ser gobernados por una extranjera”. Algunos extremistas religiosos la acusaron de ser “un agente al servicio del Vaticano”. Pero Sonia prefirió no darse por aludida y, para encontrar una salida elegante, pretextó la dificultad en poder formar una mayoría estable en el Parlamento. “Los intereses del país están encima de toda consideración”, proclamó en el momento de retirarse de la lucha por la cúspide del poder. Ese paso al costado permitió la elección del economista Manmohan Singh como primer ministro. Es cierto que también sus hijos ejercieron una fuerte infl uencia en la decisión de Sonia Gandhi. En todo caso, ese renunciamiento tuvo un tremendo impacto emocional para el pueblo indio. Sonia perdió el poder, pero ganó un prestigio y una dimensión moral que la convirtieron en el único personaje capaz de entronizar o destronar dirigentes en la política india. En 2005, como resultado de una campaña de acusaciones por “acumulación de cargos públicos remunerados”, Sonia renunció a su banca de congresista y a la dirección del Partido del Congreso. Pero no abandonó la política. Como acaba de demostrar la elección de Pratibha Patil como primera mujer presidenta de la India, su infl uencia es más fuerte que nunca. No en vano la revista Forbes la ubicó en el 13° puesto entre las cien mujeres más infl uyentes del mundo. Pero el mejor homenaje acaba de brindárselo el semanario Time al considerarla una de las 100 personas que –por su poder, su talento o su ejemplo moral– contribuyen a transformar el mundo. Para una italiana que pensaba ser azafata, ese reconocimiento tiene el valor de una coronación.


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