STREET ART: MANCHAS QUE HABLAN

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Las nubes procuran volverse lluvia. Faltan cuatro días para que comience la semana de Art Basel en Miami. Wynwood, ese corazón del arte que posee Miami, se puebla de artistas del arte urbano que van y vienen con sus planchas, sus aerosoles y su pasión a cuestas. La lluvia ya es una realidad y todos corren a improvisar un refugio. Pero el aguacero es efímero. Dura lo que dura todo en la vida. Poco, casi nada. “Como un mural en 5 Pointz”, diría un artista. Llegados de todos los costados del mundo, estos cultores del street art inundan las calles de Miami rogando por un rincón vacante para plasmar sus obras. En Wynwood, el arte urbano es la savia vital del espacio. Es el motor. Es todo.

Texto: Alex Gasquet / Fotos: Alma Magazine

El street art –término generalizador que abarca grafitis, murales, tags y demás acciones estéticas en la urbe– ha dejado de ser un pasaporte exclusivo de Nueva York, Londres o Berlín. Hoy es una realidad en ebullición en toda urbe que se precie de tal. Transformado en pura expresión artística, el arte urbano ha sido en sus orígenes una verdadera herramienta de lucha política, de reclamo social. Desde el muro de Berlín –espacio de disgregación y de reivindicación– hasta las calles de Belfast convertidas en ilimitadas superficies para manifestarse, el arte urbano ha sido un instrumento de choque contra la opresión y la injusticia.
A la altura de los tiempos que corren y con diferentes ciudades como escenarios excluyentes, este arte de las manchas ha expandido su fisonomía. Algunos de sus exponentes más reconocidos –como Swoon, Banksy, John Fekner, Shepard Fairey o Blek le Rat– han abierto un brecha que va desde la ironía conceptual hasta la pintura abstracta. En las calles coexisten todas las ramas del arte urbano, pero su verdadera masificación es en su mayoría alimentada por artistas cuyas obras se concentran específicamente en el arte. Obras cuyo único propósito es la pura recreación visual, un modo de transformar el territorio urbano en un museo gratuito e independiente.
En esta era contemporánea, alguien como Banksy ha utilizado cada una de sus incursiones con el objetivo de promover visiones distintas a las de los grandes medios de comunicación. Nadie conoce su verdadera identidad: autoridades de los países donde ha plasmado su obra, medios de comunicación, coleccionistas, mercaderes de arte, todos han tratado de develar el misterio de la cara y el nombre detrás del seudónimo. Sin embargo, a partir de su trabajo y desde el manejo de su persona, Banksy ha dado pie para reflexionar sobre la ironía que acompaña su fama. Desde un lugar incógnito y con una fuerte capacidad creativa, se ha ganado el rol de denunciante de un sistema que a su vez lo adora y se obsesiona con él; tras los escándalos, coberturas y horas y horas de devoción mediática sobre su identidad, no es difícil imaginar a Banksy sonriendo en su anonimato ante lo absurdo de la situación.

De la protesta social a la estética urbana
En este Wynwood 2014 pareciera haberse consagrado el arte por el arte mismo. La estética manda. Y si bien para muchos una verdadera intervención urbana propone un cambio de orden en oposición a la ceguera causada por lo cotidiano, la realidad muestra que la “legalidad del mensaje” en Wynwood ha llegado para quedarse y genera significados más ambiguos respecto de la tendencia actual del arte urbano.
Marina Zumi es una artista radicada en San Pablo, Brasil, que por estos días plasma su arte en estos interminables muros de Wynwood. “San Pablo es una ciudad plural y compleja, llena de contrastes extremos, entre la miseria y la riqueza, con su naturaleza y su polución, lo bello y el abandono. A la hora de salir a pintar un mural, tengo dos enfoques posibles: criticar una realidad social o mostrar lo que está bueno. En San Pablo hay un movimiento que sale a enunciar ese descontento social cuyo referente es Paulo Ito, quien pintó un mural que tuvo un gran impacto durante la última Copa Mundial, el cual mostraba un balón de fútbol sobre un plato de comida vacío con un niño de fondo llorando. Si bien entiendo que es saludable expresar temas sociales en la calle, mi posición es mostrar el contraste. Por eso pinto animales y escenarios naturales en contraposición a la polución que invade San Pablo. Intento darle a esa persona que pasa frente a ese muro un minuto de paz. No es que no me importa lo social. Es justamente porque me importa la realidad de esas personas que pretendo mostrarles algo diferente”, relata la artista.
La popularidad del street art y su acceso al circuito de galerías, al campo de la publicidad y a los museos, continúa siendo un tópico urticante para algunos realizadores de una práctica que surge de la necesidad básica de decir algo. El mercado del arte, como otros negocios, se basa en la existencia de bienes de cambio. Y el street art, en cuanto al objeto, no lo es. En cambio, su marginalidad y la temporalidad de su obra provocan una mística en relación a su proceso creativo que vuelve el hecho en sí un bien de cambio en cuanto a la oportunidad de lo que puede crearse alrededor.

“Intento exponer las mejores cosas de la vida mediante inesperadas imágenes que distraen y deleitan a los peatones, sacándolos de sus preocupaciones cotidianas. A pesar de las represalias por parte de la policía en contra del grafiti, continuaré asaltando las calles en la oscuridad, ya que para mí, llevar el trabajo directamente a las calles es parte primordial de la evolución del arte”, señaló Blek le Rat.

Tiempo atrás, Swoon –una de las artistas más reconocidas del street art a nivel mundial– vivió en carne propia los debates sobre la comercialización del arte. Por venderle obras al MoMA, algunos colegas optaron por responderle marcando sus trabajos en la calle con la inscripción “Vendido al MoMA”. En las grandes urbes el poder del capital define los límites de la ciudad. Crea fronteras entre periferia y centro. No todos son bienvenidos al espacio de lo público, así como no todos lo son al espacio privado –galerías y museos–. Por más que se diga lo contrario.
Fabricio Medrano nació y vive en Perú. Atraído por el frenesí de esta semana de arte al aire libre, ancló en Miami y produce su trabajo en un muro con la autorización de su propietario. Según él, existe una diferencia entre grafiti y arte urbano: “El grafiti en esencia es ilegal, rebelde. Es una invasión a la propiedad privada. El arte urbano persigue objetivos más ligados a la estética y, por ende, suele hacerse con permiso para intervenir un espacio. No todo es vandalismo. Muchas veces uno puede mejorar la estética de su propio vecindario con murales bien hechos. En este punto, busco llamar la atención. Captar el interés de las personas y que cada uno de ellas pueda interpretar libremente mis obras. Aunque, en general, lo que busco es resaltar algo positivo. Crear conciencia”.
Luis Valle, un artista oriundo de Nueva York y ya radicado en Miami, alterna su trabajo en las paredes con el arte tradicional. Conocedor de la zona, asegura: “El grafiti en Miami ya excede Wynwood y Design District. Hoy puedes ver su expansión en la pequeña Habana, el Downtown o la pequeña Haití. Wynwood se ha vuelto demasiado comercial. Hay artistas que ya no pintan aquí porque con frecuencia les arruinan sus murales. Es parte de la mecánica del arte urbano. A veces pintas un mural en la noche, y a la mañana siguiente ya alguien ha pintado algo sobre él. Pese a que pinto sobre lienzos, lo que más disfruto es el arte sobre el muro, en plena calle. Porque implica el contacto directo con las personas. Puedes llevar tu mensaje directo a la gente”.


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